miércoles, 27 de julio de 2016

Casi una verdad


(Princesa Ira Von Furstenberg. Fotografía de Richard Avedon)

Abrió el libro por la primera página y algunas palabras saltaron de inmediato, dejaron la superficie lisa color champán y se adentraron en otro universo, otro mundo paralelo del que era imposible escaparse. Una de las palabras era "exquisita" y otra "fugaz". Las dos juntas no significaban nada especial pero, una vez reunidas, no podían separarse. Más adelante encontró "cachemira" y, un poco antes, "lágrimas". En la página 55 había una frase entera: "Ella no sentía ni el deseo ni la obligación de quedarse con él". Ella y él no tenían nombre, eran seres inopinados, seres abstractos, ideas más bien, que habían empezado a bosquejarse con la lectura. Así le ocurría siempre. 

Le gustó "regocijo" y también "césped". Pasó de largo de "exhausto" y de "moqueta". Se detuvo en "encaje" y en "exótica". Y así las palabras del libro compusieron un relato que no tenía apenas sentido pero que parecía disponer de vida propia. Voy a escribir una carta, pensó. Es una carta que está compuesta de "maquillaje", de "frescor" y de "autobús", y en la que no hallan sitio "pasión", "abrazo", "beso" o "piel". No podría olvidarse de "desconcierto", "silencio", "duda" o "inalcanzable". 
Y es mejor que aparezca "distancia", "apenas", "decepción" y "risas". Todas las risas pueden aparecer en esa carta, será lo único bueno que en ella crezca sin medida. 

Las páginas del libro cayeron una a una. En todas reconoció un sonido y un verbo. A veces, un pensamiento se confundía con el suyo. Un personaje le recordaba a otro. Él no estaba. Ya podía suponerlo. Era silencio y en el silencio no hay palabras. Quiso recordarlo a pesar de todo, porque era peor el dolor de la nada, que el dolor de la pena. Pero no hubo caso. El libro terminó y ahí no hubo prórroga. 

sábado, 23 de julio de 2016

"Nada crece a la luz de la luna" de Torborg Nedreaas


El sueño de una buena narradora es encontrar a alguien que la escuche. Sentarse a desgranar las horas y los días, los hechos del pasado, el anhelo que el futuro está esperando aún a cumplir. Contar es tan antiguo como el hombre y sirve el mismo verbo para las matemáticas y el lenguaje. Contar cuentos, contar cantidades. Esa polisemia lo convierte en un hallazgo, en un camino cierto para lograr el milagro de la comunicación.

La mujer de este libro tiene cosas que decir, cuentas que ajustar, paraísos que descubrir, errores que pagar. Solo necesita un oyente, alguien que, en la oscuridad de la noche primero y en la fría madrugada después, se apropie del sonido de su voz mientras enumera esos momentos de su vida que la han convertido en lo que es. Como una Sherezade que quisiera  borrar de un plumazo los cuentos y sustituirlos por los retazos de una vida rota.

Es así como Torborg Nedreaas ha concebido su historia. Es así como transcurre. El secreto está en lo que se cuenta y también en lo que ese relato origina en la mente del hombre que escucha. Un hombre y una mujer que se han encontrado por casualidad, o no, en una estación de tren, ese sitio impersonal y a la vez íntimo en el que todo puede suceder, incluso una relación inopinada, incluso un trasunto de romance imposible. No existe entre ellos ningún lazo especial salvo la necesidad complementaria de hablar y de escuchar. El hombre elige, antes que poseer el cuerpo, asir su alma, ese espacio único que cada persona atesora y que solamente puede descubrirse cuando otro ser humano decide aventurarse a conocerlo.

Durante una noche entera la mujer explica los avatares de su vida, sus amores, sus deseos, sus tormentas y paisajes. Un poco de café para no dormirse, alcohol para ayudar a que fluyan las palabras, cigarrillos a medio consumir, una butaca donde descansar las piernas ateridas de andar sin rumbo, poco atrezzo es necesario para provocar el torrente de las palabras que deben pronunciarse. Es una ceremonia, un rito. El silencio acompasa los sonidos y la voz de la mujer se yergue como la máxima razón por la que esa noche merece la pena vivirse.

Quién no posee dentro de sí un relato de su vida que no ha compartido con nadie…Quién no precisa, a veces, sacarlo fuera y ponerlo a lucir bajo la claridad del sol para que se airee y se guarde de nuevo en mejor estado, como si fuera una prenda de ropa antigua que no ha perdido nunca su esplendor…Es así como el libro nos muestra paralelamente lo que la mujer narra y lo que el hombre piensa, en un ejercicio doble de aclaración que el lector atesora y entiende.

La novela se publicó originariamente el año 1947 en Noruega, el país natal de la autora, considerada allí un clásico moderno, que se sigue leyendo por las distintas generaciones de noruegos. Nedreaas había publicado dos años antes un libro de cuentos, pero fue esta novela su consagración y el libro que la representa ante los lectores nórdicos. Intimidad, sutileza, cierta crítica social relacionada con la ideología de la propia escritora, detallismo sin caer en la exageración, creación de atmósferas, personajes atormentados, psicología de los sentimientos, todo ello aparece en la obra, con el añadido de una visión reverencial del telón de fondo, Noruega, de su naturaleza casi perfecta y de su entorno poco común.


Nada crece a la luz de la luna. Torborg Nedreaas. Editorial Errata Naturae. Colección El Pasaje de los Panoramas. Traducción de Mariano González Campo. Madrid, 2016.  

viernes, 22 de julio de 2016

Qué silencio de luna presagiado...


(Fotografía: Henri Cartier-Bresson)

Búsqueda inexistente, un presagio, la inocencia perdida, cuántas cosas te dije, te conté, describí ante tus ojos. Las anchas escaleras del pasado se convirtieron en pasaje secreto en el que escondes todo lo que daña, lo que no hace sonrisas, lo que destruye el tiempo. Así, contigo en esa abierta dicha, como si nada antes tuviera color, sabor o sueño, así de firme y clara me he mostrado ante ti. 

Abrí de par en par mi vida y la puse delante de tus ojos. Todas las noches subía la enredadera de tu mirada única, de tu ardor diferente. Deseé que me besaras, pero no fue posible. No hubo nada, ni tan solo caricias. No hubo nada, ni tan solo silencio. Nada, ni ese momento en el aire suspendido en el que hallas al otro lado un fuego abrasador que te conmueve. Nada. Ese es tu nombre, nada. 

El aire se llevó tu nombre


(Henri Cartier-Bresson. Mercado do Bolhao. Portugal) 

Tuve un sueño en el que tú no estabas. En lugar de apreciar tu huella efímera, tu rostro amado, estaba él, un muchacho al que apenas conozco, alguien que me ha mirado como tú nunca has hecho. En el sueño las cosas encajaban. Los vestidos, de telas transparentes; el color de la noche, tan opaco como suele ser el verano cuando el calor arrecia; la caída de la lluvia, en ese arco pálido de luz cuajado de brillantes arquetipos. Todo tenía sentido y él también. Tan solo tú, tan solo tu presencia jamás imaginada, el hueco presentido de tu aliento, tu olor que no conozco y nunca identifico, solo tú, ese especial latido que encuadra tu mejilla, solo eso se ocultaba, como las viejas sombras de Manderley al lado del fuego que lo arrasa, entretanto te miro y no te hallo. 

Debe de ser amor esta nostalgia de no haberte tenido y no escucharte. 

jueves, 21 de julio de 2016

Las Mitford


(Unity y Jessica Mitford)

Fascinante la vida de las seis hijas de Lord y Lady Redesdale. De ese padre descreído y excéntrico y de una madre con notable sentido común, para compensar, nacieron estas seis mujeres cuyas biografías han inspirado personajes, series, películas y literatura. De ellas, Nancy y Jessica son las escritoras, pero todas han tenido una vida de libro. Criadas en casa a manos de institutrices para que el colegio no las contaminara, llevando una cotidianeidad absurda y llena de prejuicios, en la mayor pobreza a pesar de sus títulos, cada una de ellas dio el salto a una existencia apasionante, digna de ser conocida y de ser glosada. Eran bellas, inteligentes, atrevidas, fuertes, decididas.



(Las Mitford: Unity, Jessica, Diana, Nancy, Deborah y Pamela) 

Veamos: Diana, que había nacido en 1910, se casó primero con el heredero de la cervecera Guinness y luego con Oswald Mosley, un fascista inglés con quien contrajo matrimonio en el mismo despacho de Goebbels. Su connivencia con los nazis la condujo a prisión durante tres años. Unity, la segunda hermana, también abrazó el fascismo y su apasionamiento proalemán hizo que muriera en ese país, de resultas de la infección de una bala que ella misma se disparó. Quiso suicidarse pero no lo logró, así que fue suicidio a cámara lenta. Una paradoja. Porque quizá cuando ocurrió ya había desaparecido la idea de su cabeza. 

Jessica Mitford fue, por contra, comunista y estuvo en España con ocasión de la Guerra Civil antes de escribir sus libros "Nobles rebeldes" y "Muerte a la americana" y de dedicarse a la música, como vocalista de un grupo. Nancy era socialista y escribió varios libros. Su matrimonio con Peter Rodd en 1933 la sumió en el aburrimiento que compensó largándose a París. Allí mantuvo un romance huracanado y sin final feliz con la mano derecha del general De Gaulle, Gaston Palewski. 

Pamela llevó una vida muy tranquila en lo que respecta a los escándalos que habían protagonizado algunas de sus hermanas, pero sin embargo tuvo algunos destellos que llaman la atención. Por ejemplo, se casó con un científico millonario (dos condiciones que no tienen por qué ir separadas), llamado Derek Jackson. Y fue capaz de hacer algo que todavía hoy resultaría una rara avis en las mujeres:recorrió sola en automóvil casi toda Europa (ufff). Ya sabemos lo que es una mujer sola, viajando. 

La hermana más joven era Deborah que nació en 1920 y murió en 2014. Era apolítica, amante del campo, los caballos y los perros, es decir, típicamente english. Emparentó con gente tan ilustre como JFK y Fred Astaire a través de su matrimonio con Lord Cavendish, con el que se casó en 1941. 


(Nancy Mitford)

Nancy es la más conocida y seguramente la más interesante de las hermanas Mitford. Nacida en Londres en 1904 escribió novelas, biografías, ensayos y mantuvo una columna en el London Sunday Times que le proporcionó fama y prestigio, por su brillante e irónico uso del humor más ácido y corrosivo. También fue una destacada redactora de cartas, que se han recogido en varios volúmenes. Su observación de la vida de los otros, de los usos de la alta sociedad francesa e inglesa, ha dado lugar a pasajes de verdadera calidad y han inspirado a otros autores para escribir textos diversos, así como guiones de cine y televisión. 

En su vida personal no tuvo suerte si hablamos de lo sentimental. Su matrimonio fue un fracaso porque su marido era bastante pusilánime y desafortunado en lo que se refiere a mantener la economía familiar. Se enamoró de un coronel que acabó cansándose de ella y dejándola por otra amante. Eso se compensó de alguna forma con su éxito social, su arrebatadora belleza y su encanto y elegancia, que la convirtieron en modelo ocasional de Dior o de Lanvin. Encantador resulta su vocabulario de palabras usuales en la alta sociedad. Una muestra más de su ironía y su fino sentido del humor, algo tan unido a la inteligencia que resulta curioso comprobar cómo algunas preclaras mentes adolecen de él presumiendo de ella. No era el caso de las Mitford, desde luego. 

Novedades de Acantilado para el otoño de 2016


La editorial Acantilado ha lanzado ya la primicia acerca de los libros que saldrán a la luz en este sello durante los meses septiembre, octubre y noviembre de 2016. Entre las novedades anunciadas hay algunas que me resultan de especial interés: "Noche es el día" de Peter Stamm, por ejemplo. También "Tardía fama" de Arthur Schnitzler, ambos en septiembre. En el mes de octubre destaco una entrega de Georges Simenon "El muerto de Maigret" o la correspondencia entre Friderike y Stefan Zweig. Por último, en noviembre aparecen "Domingo sombrío" de Alice Zeniter y "Amores imperfectos" de Hiromi Kawakami, entre otros. 

Uno de los libros me llama especialmente la atención. Se trata de "Amor y filología" y recoge la relación epistolar entre María Rosa Lida y Yakov Malkiel. Ambos filólogos se casaron en 1948 en Berkeley. La historia de María Rosa Lida es especialmente interesante y de ella daban cumplida cuenta en la universidad e incluso en el bachillerato los profesores de Lengua y Literatura, que reconocían así su aportación a los estudios filológicos en lengua castellana. 

miércoles, 20 de julio de 2016

La sal entre los dedos


(Joaquín Sorolla y Bastida)

El sol había decidido tomarse el resto del tiempo libre. Comenzaba a batirse en retirada después de un día inclemente en el que los habitantes de la calle notaron sin duda alguna que el verano estaba allí. Las tres niñas merodeaban por una de las esquinas, sentadas y a veces de pie, en torno a la puerta de la casa de una de ellas. Llevaban pantalones cortos, camisetas de tirantes y una expresión de aburrimiento pintada en la cara. Los días de asueto podían convertirse en un suplicio si no se encontraba un pasatiempo adecuado. Este era el caso. 

Una niña, de camiseta rosa, tenía el pelo suelto, sujeto con un lazo de seda a un lado de la cara. Otra, de cabello muy corto, llevaba una blusa de rayas blancas y verdes. La tercera niña se desesperaba estirándose los rizos para convertirlos en una masa lisa y manejable usando horquillas y gomas elásticas. La hora de la siesta había concluido y ya tenían permiso para salir de casa y dedicarse a cualquier cosa que no fuera molestar. Por eso sus pasos se dirigieron espontáneamente al final de la calle, allí donde la carretera se bifurcaba en varios caminos. El que conducía a la estación del tren no les interesaba, demasiado obvio, demasiado visto. El central, que llevaba a la barriada de los militares, tampoco ofrecía mucha distracción. Conocían a algunas niñas y en ocasiones se movían por allí, pero no esta tarde. Así que la elección estuvo clara: a la derecha, al lugar en el que el mar se incrustaba en la tierra a través de los esteros y las blancas claridades de las salinas. 

Recorrieron el corto espacio que les separaba de los fuertes napoleónicos, a medio derruir, que estaban a una lado de la carretera. Los montículos blancos eran el telón de fondo de esas horas en la que el sol pintaba la sal de un color rosa claro mezclado con el aliento del crepúsculo. Las tres se sintieron libres de ataduras. Sus padres no las vigilaban. El calor se había remansado. Todo el universo se abría ante ellas como una promesa cierta que deseaban con intensidad. Sentadas allí, mirando el espacio plateado cubierto de un halo violeta, las tres niñas caminaron sin saberlo por el futuro. Qué les depararía la vida, pensaban. Qué hombros se extenderían ante ellas para recoger sus llantos. Qué besos llenarían sus labios de ese sabor agridulce del amor. Qué manos acariciarían sus cabellos tejidos de hebras brillantes y firmes. 

La tarde fue cayendo y las niñas hicieron, como tantas otras veces, el camino a la inversa. Volvían a casa. La noche era el anuncio del regreso. Quizá una parte de ellas quedó allí, entre las viejas piedras del pasado. Quizá allí permanece todavía. Aunque ellas no lo saben.

jueves, 7 de julio de 2016

El ruido solitario del corazón


(Aristide Maillol. Profil de femme. 1890)

Estás cerca del mar y aun lejos, inaccesible, sin que puedas verlo ni tocarlo, su música aparece en cada una de las olas que golpean con diminuta fuerza en esa orilla. Nunca el mar ha estado en su telón de fondo. Nunca en sus encuentros existió. Y, sin embargo, el mar se lo recuerda a cada instante, como si lo llevara en su pupila, como si sus palabras se dijeran mezcladas con las suyas, como si el eco de su voz palpitara tan dentro. 

Estás en la colina, contemplando el silencio que a veces trae el estío y un aire inmaculado te recuerda sus ojos, su mirada, que tiene ya un cansancio que destila y que te hace quererlo más profundo. Una ensenada de besos volaría si pudiera y se aposentaría en su mejilla izquierda y las manos tendrían el vuelo de las noches, antes de que el reloj señale la hora exacta del adiós y la pérdida. 

Estás en la ciudad y siempre esperas que aparezca en un recodo, que se convierta en presencia y te aturda. Que te abrace, porque ese abrazo tiene la fuerza necesaria para hacerte pensar que esto es la vida y no un simulacro de tiempo inabordable. En la ciudad su voz se convierte en sonrisa y esta es risa enseguida y luego viene un beso y un latido final plagado de arrogancia, de orgullo de quererle tanto como le quieres.