miércoles, 29 de junio de 2016

Click


(Francine van Hove)

Nunca lo hubiera hecho. Jamás. Si pudiera volver atrás y borrar ese acto. Ese simple gesto, ese sonido tenue, ese momento en el que el pasado volvió para convertirse en un presente tenso y sin futuro. Ojalá nunca lo hubiera hecho. Nunca hubiera escrito las primeras palabras, nunca hubiera abierto un corazón perdido, nunca hubiera regalado esos versos, ni contado esas historias. 

No debió haberlo hecho. Ella tenía la soledad anclada en las manos pero era preferible a una mentira. Era preferible al miedo de equivocarse. Era preferible a la ostentación de algo que nunca alcanzaría, que nunca sería suyo. Ese dolor de la risa ajena. Esa imaginación de la dicha. Ese vuelco en el corazón por el secreto que aparece de pronto. 

Nunca lo hubiera hecho. Es mejor el vacío, el mejor el silencio, es mejor no esperar, no tener, no sentir, no ser, no cavilar, no soñar, no mirar, no saltar de la cama, no saltar de alegría, no salir prendida de un deseo, no tener un deseo por el que anclarse a la existencia. 

Sobraba el click. Ha venido sobrando todo el tiempo. Y ahora el daño es tan profundo que ningún poema puede restañarlo, ninguna canción volverlo a convertir en tierna risa, ninguna aparición en promesa cierta. De nada se arrepiente salvo de haberlo amado. Ese click inoportuno, indeseado, la puerta al universo canalla de la vida, la puerta al sitio en el que ella nunca será la luz resplandeciente sino el verso apagado de una imposible visión. 

sábado, 25 de junio de 2016

A veces, el silencio...


(Ramón Casas)

No te dejes llevar por mi sonrisa
ni por esa inquietante mirada de mis ojos
ni por el movimiento de mis manos
ni el rojo intenso de mi lápiz de labios.

Más bien fíjate en el silencio
en las horas que paso sin hablarte
en los huecos que dejo entre palabras
en las oraciones inconclusas y ajenas de sentido.

Repara en todo eso hoy que ya sabes
que tiemblo solo de tenerte cerca
que busco ser, al menos una hora,
el motivo fugaz de una ilusión sin límites. 

viernes, 24 de junio de 2016

Tarde azul sobre un tiempo dorado


(Pintura de Ramón Casas)

Recuérdalo
recuérdalo en el próximo otoño
cuando los días sean cortos y largas las noches
cuando el desasosiego llegue y se alejen las distracciones
cuando algún acontecimiento te haga necesaria. 

Recuérdalo
recuérdalo en las noches de soledad
cuando una punzada de ausencia lo inunde todo
cuando se espere tan poco que la vida no cubra
cuando no haya donde mirar ni mirarse.

Recuérdalo 
recuerda este dolor de ahora
recuerda que este vacío existe y tiene nombres
recuerda que eres tan solo un instrumento
un juguete perdido, una moneda sin valor.

Recuérdalo
recuerda que los instantes se clavan en el alma
recuerda que no tienes donde volver los ojos
que su hombro no está para llorar
ni besan sus labios, ni sus manos acarician. 

No dejes de recordarlo
porque de esa manera el olvido tendrá un camino abierto
así un día tus ojos dejarán de soñar con su mirada esquiva
así no dolerán sus adioses ni su indiferencia
de esa forma no tendrás que ocultarte de todos
para mostrar un dolor que te llena de pesadumbre. 

No dejes de recordarlo
pero recuerda sobre todo su crueldad
su desapego, su lejanía, su juego sin leyes
recuerda que nada eres para él, ni lo has sido nunca. 

jueves, 23 de junio de 2016

No me dejes

Sonaba una canción en francés. El cantante tenía la voz trémula, gastada, como si de verdad sintiera lo que la copla decía. Es la música, piensa ella, que te hace encontrarte de frente con lo que no quieres saber ni ver. Así es la música, una manera única de levantar el ánimo o de hundirlo del todo. 

No me dejes, decía aquella voz. No me dejes, pensaba ella. Es imposible que me olvides. No puede haber cambiado tanto de ayer a hoy. No pueden haberse sembrado mentiras donde antes hubo sueños. No es posible que hoy sea olvido lo que ayer se vistió de esperanza. No me olvides y, sobre todo, no me dejes. 

La voz se va agostando, se termina y la música cesa. Todo se para. El mundo se ha parado de repente. Ella recoge la tristeza con las manos, se arropa y se devuelve una sonrisa en el espejo. La sonrisa confirma lo que ya ha adivinado de antemano. No me dejes, repite, no me olvides, no puedes olvidarme. Soy la misma persona, piensa ella. Mi risa es la misma y son las mismas estas manos. Mi pelo es el mismo y el color de mis ojos. Mi mirada es la misma y el anhelo de mi corazón es el de siempre. No me dejes. La emoción que siento al verte cerca es la misma. Yo espero tu voz como antes. No me dejes. No puedes olvidarme. Vuelve la letra de la canción y ronda la tarde entera, se escribe en mayúsculas, letras doradas, transparentes, letras insumisas del aire. No me dejes, dice ella y se habla a sí misma. No me dejes. No, que este vacío se aposenta en el estómago y no puedo ya sentir que un día sigue a otro. No es posible que me hayas olvidado tan pronto. 

Entonces vuelve los ojos al interior y deja de escuchar esa frase. Se pregunta sin intermediarios por qué él ha dejado de existir, por qué él ya no está, por qué ella ha creído en un espejismo. Soy la misma, se dice, digo las mismas cosas, río igual y me siento de igual modo. Pero tú me has olvidado, te has cansado de mí y, lo peor de todo, no has tenido el valor de decirlo. Hemos sido nada y ahora nada es lo que queda. Aun así, no me dejes. 

(Ilustración: Ramón Casas) 

Aire breve


(Mujer de vestido rojo. Ramón Casas)

Cuando la vida se escribe en letra mayúscula
y los acentos recaen siempre en la misma palabra,
cuando las horas transcurren como olas
marchando y regresando de continuo
a modo de canción de una sola estrofa...

es entonces cuando entiendo que la nostalgia prende
que las manos se curvan, que los ojos se llenan
de una velada penumbra sin secretos
de un resplandor fugaz
de una victoria
que no sé describir sin hablar de besos encendidos. 

Cuelgo entonces en mis labios la risa
como una máscara de un teatro inventado
callada soledad, abierta, plena, difusa soledad en lo que soy,
mastico el nombre que te di al tenerte
maldito corazón, vigilia rota,
dentro de esa razón hallo un secreto
que no sabes, ni sé, ni se comparte, 
que no está,
que no existe,
que no es nada salvo aire, la tenue sombra anclada en el vacío. 

miércoles, 22 de junio de 2016

"La librería ambulante" de Christopher Morley

Este libro se editó en España, con Periférica, en el año 2012, pero el que tengo en mis manos es la décima reimpresión que se hizo en abril de 2016. En otro lugar de este blog reseñé la segunda parte "La librería encantada". Entonces hubo lectores que me comentaron que les había gustado más este de ahora. Cuestión de gustos. En todo caso, todo Morley y su ingenio están aquí y allí. 

Roger Mifflin, el librero, y la señorita Helen McGill, son los protagonistas de esta historia, un clásico de la literatura norteamericana que vio la luz por vez primera en 1917. Personajes tiernos, entrañables, dotados de ingenio y de una ligereza que no es simpleza sino aguda observación y un sentido práctico de la vida que los lleva a encontrar en los libros todo aquello que la cotidianeidad a veces oculta. Hondas reflexiones, ironía, gracia muy especial, movimientos pendulares de razonamientos que te hacen reír sin más, espectaculares diálogos y el poso hondo de la literatura en su relación con lo mejor de los hombres. Todo esto aparece en "La librería ambulante" y en la obra de su autor. 

Christopher Morley, aunque nació en Pensilvania en 1890, estudió en Oxford y esa formación europea se observa con toda claridad en su pensamiento y su escritura. Fue editor, columnista y reportero, recorriendo Estados Unidos para escribir, de primera mano, el pulso del país para un periódico muy prestigioso. Ese contacto con la vida real, con los pormenores de la existencia de muchas personas, dotó de una sencillez singular su obra y sus textos en general. En él se da una dualidad difícil de hallar: fue escritor de culto y escritor de éxito. Su humor, muy inglés, es refinado, sutil y lleno de mensajes ocultos. Hay que entender sus claves para adentrarse en el fondo de lo que escribía. Pero, una vez que se hace, la recompensa es muy valiosa. El disfrute de una literatura hecha con estilo y calidad, al tiempo que realismo y magia. 

"Cuando John Gutenberg, cuyo verdadero nombre era, según el profesor, John Gooseflesh, pidió prestado un dinero para montar su imprenta, arrojó al mundo un montón de problemas" Esta frase genial aparece en el capítulo I del libro y es un aviso de lo que nos vamos a encontrar en él. Y continúa: "Andrew y yo éramos extraordinariamente felices en nuestra granja, hasta que él se convirtió en autor. Si hubiera podido prever todas las molestias que sus escritos nos causarían, habría quemado, desde luego, el primer manuscrito en la estufa de la cocina". 

La librería ambulante. Christopher Morley. Editorial Periférica. 2016. 
Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. 

domingo, 19 de junio de 2016

Puentes


(Puente de La Pepa, Cádiz) 

Con el mar en calma, en esos raros días en que el viento, los vientos, hacen vacaciones. Con el sur dispuesto a arrojar lluvia. Con el levante en acción, faldas al aire, cabellos en la cara, arenas imposibles. Con el poniente, húmedo, pegado a los ojos, desértico de grados....

De todas las maneras y en todas las músicas posibles, los puentes, este puente y su hermano mayor, sobre la anchurosa bahía, lentos para construirse, firmes para sostenerse, hambrientos de anécdotas y sueños, los puentes sobre la bahía se yerguen y levantan el sueño de que la tierra vuela sobre el mar. 

Cruzas los puentes como un trasunto de la vida. Recorres sus aristas, sus elevaciones; observas su rápido vaivén, sus cimientos volátiles. Cruzas los puentes y te encuentras contigo. A uno y a otro lado de su territorio estás tú. No puedes escaparte. Ni siquiera intentarlo. Así te ves, de niña presurosa, de joven a la espera, de mujer todavía en el aire la búsqueda. 

Todos los puentes parecen conducir al mismo sitio. Es un lugar que no reconoces como ajeno, al contrario, es tan tuyo que no lo identificas a veces. Tienes que ser cuidadosa con el viento, pero, más aún, con el aire. Ese aire que te lleva hacia un cabo interior, una isla, una ensenada bañada por el sol, una emoción primera, una esperanza última. 

jueves, 16 de junio de 2016

Si te hago una pregunta, se hunde el mundo



Tendré todos los besos que no diste
los versos que escribieron en el aire
antes que tú, sin duda, 
los que te precedieron en mi alma, 
un enjambre de abrazos florecidos.

Tendré, seguro, el tiempo que gastaste en buscarme
una ecuación de sueños al cuadrado.
Tendré, lo tendré todo, pero no será ahora ni será mañana
no anunciado, ni firme ni en penumbra
sino más bien oscuro, temido, acuciando sonrisas.

Así será, mas ni siquiera tú, ni siquiera tu rostro
ni tú, ni tus manos siquiera, ni tu boca, ni tú,
ni tú nada dirás, ni tú te darás cuenta
y en presentido afán volcaré este silencio
escrito ahora, sin más luz que la tuya. 

lunes, 13 de junio de 2016

Inocencia enamorada

Hay editoriales de las que puedes leerlo todo. Una de ellas es Libros del Asteroide. Me fío completamente de su criterio, como si fuera una amiga que es tan buena lectora que siempre te aconseja que leas algo bueno. Algo especial. Como en las bodas: algo azul, algo viejo, algo nuevo, algo prestado. Por cierto: ¿por qué en mis bodas no hubo nada de eso?

Ese "algo" es, en esta ocasión, "Un amor que destruye ciudades" la primera obra traducida al castellano de la escritora china Eileen Chang. Con esa deliciosa forma de nombrar que usan los orientales a partir de los ordinales: la primera hermana, la segunda amiga, la tercera abuela, el cuarto señor....

Eileen Chang es una más de las escritoras que llegan a mí, como si fueran palomas que vuelan solitarias y sin rumbo, para ser descubiertas y acogidas sin remedio. Voces de mujeres que escribieron, algunas silenciadas, otras olvidadas, las más, tenuemente obviadas del mundo masculino de los best.

Podía contarte cosas que hallarás al leerla y otras que no pueden expresarse porque forman parte del gran secreto de  la literatura. Esa desazón, ese nerviosismo, esa íntima soledad del hallazgo. 

Y el tono delicado, de casi porcelana, con la que se describen los espacios, los entornos, las horas, los tiempos, los sitios, las gentes. Delicadeza. Esa es la palabra. Pero sin cursilería, más bien con una rotunda y definitiva convicción. En la publicidad de la editorial sobre el libro hay una frase de la autora que no puedes pasar por alto, porque supone una declaración de intenciones: "...cuando las personas se enamoran son más inocentes y están más desamparadas que cuando luchan en guerras y revoluciones". 

Creo en esa inocencia del amor. En esa hipersensibilidad que te produce el enamoramiento, según la cual eres capaz de percibir todo lo que ocurre a tu alrededor, con los sentidos agudizados y una predisposición diferente a captar el universo. Estás tan segura de que ese es el estado en el que quieres mostrarte que no puedes perderte nada. Aspiras el día y la noche. Nada es baladí para el enamorado y no es cierto, al menos no lo creo, que sobrevueles la vida como si todo se ocultara tras la persona amada. Antes, al contrario, todo se trasluce en ella, todo se filtra.

En el caso de esta novela corta de Eileen Chang (oh, las nouvelle, qué hallazgo, qué perfecta relación entre calidad y cantidad suele existir en ellas) hay un conflicto inherente al amor. Pero, quién diría que existe amor sin conflicto, al menos de entrada. El amor es un conflicto en sí mismo, una situación propicia para confusiones y fábulas. Fan Liuyuan, el rico heredero que busca esposa, no se enamorará de aquella que le está predestinada, sino de su hermana, bella y divorciada, que debe huir por eso mismo de su familia en Shanghai e instalarse en Hong Kong. Una proscrita, como la hermosa Ellen Olenska que dibujó la Wharton en su "La edad de la inocencia". Aunque...a quién le importaría ser apartada de la vida si tienes la vida contigo...

Inocencia. Esa es la palabra. Una ingenua inocencia enamorada. 

Extraordinaria es también la vida de la autora. Pertenecía a una familia de la clase alta de Shanghai, dentro de un matrimonio desigual entre una mujer educada a la europea y un hombre muy tradicional. Tras el divorcio, quedó con su padre, que la maltrató durante años. Se hizo muy popular en su país publicando novelas cortas y cuentos pero tuvo que huir en 1955 a los Estados Unidos, por motivos políticos, con la llegada de los comunistas al poder. Nunca más volvió a China. Murió en Estados Unidos en 1995. 

"Un amor que destruye ciudades" de Eileen Chang. Traducción de Anne-Helene Suárez y Qu Xianghoeng. Editorial Libros del Asteroide. Junio de 2016. El volumen incluye también el relato "Bloqueados". 

sábado, 11 de junio de 2016

Leyéndote...


(Francine van Hove. París, 1942)

Esplendorosa, directa al corazón, tu palabra, ella sola, tu palabra.
Eco de ti, nombrado, único, sed de silencio que no es ni se convierte en nada. 
Tu palabra.
La amé antes de conocerte y la amo todavía, 
aunque las rosas se hayan marchitado, aunque el alma me duela de repente.
Tu palabra ya en ti, en cualquier cosa.
Lo tibio de tu voz, vocabulario, inventos, giros, equivocaciones,
tu palabra perdida me duele como el llanto. 
La espero pero nunca me aparece, no llega
no está, no se acerca, no emerge, 
tu palabra, ni tú, ya no te espero, no la espero, no es, no existe, 
ya no soy. 

Si tú estuvieras...


En esa hora calma del atardecer
cuando el sol pasa de súbito del azul al rojo
cuando el agua parece vibrar y convertirse en ascua
es entonces cuando miro a mi alrededor
y descubro las sillas vacías y el silencio.

La ciudad se estremece esperando la noche
esa vaga promesa de encuentros y de besos
mientras el horizonte se tiñe de ojos claros
de nubes convertidas en simientes apenas
horadadas de tiempo sin raíces.

Así tú ya no estás. No queda 
nada de lo que fuiste ni palabras ni ecos ni emoticonos
no hay nada y la pantalla permanece vacía
sin lágrimas ni risas, en total soledad, 
total desgana. 

Si tú estuvieras, estallaría un enjambre de besos imposibles 
contaríamos historias que nunca tendrían fin
y un sueño inmaculado a veces inconstante
otras veces dorado, otras de tinta azul
en tantas soledades terminaríamos siendo
tú y yo como otras noches
como otros días
ayer. 

"Las pequeñas virtudes" de Natalia Ginzburg

Hay por algún sitio de este blog noticia de otros libros de Natalia Ginzburg (1916-1991). Italiana de Palermo ha dejado una obra compuesta de relatos, novelas, teatro, biografías y ensayos. Al repasar su vida no pueden dejar de mencionarse los nombres de Leone Ginzburg, su marido, que murió a manos de los nazis en 1944 y de su gran amigo y colaborador en la editora cultural Einaudi, Cesare Pavese. Pavese era tan buen escritor como hombre atormentado, alejado siempre de la felicidad y del concepto de rutina tranquila que el hombre ansía para sobrevivir. Su desequilibrio existencial le llevó al suicidio. Por su parte, Leone, tras haber fundado Einaudi junto con Pavese y el propio Giulio Einaudi, murió atrozmente torturado. 

El paisaje personal y sentimental de Natalia está poblado, pues, de dolor. Un dolor que ella conjura, o pretende hacerlo, con la escritura, con la literatura como medio de expresión y de redención. Una manera de situar a los fantasmas de su vida en un lugar seguro, donde no puedan dañarla ni asaltar su castillo. Natalia Ginzburg es el mejor ejemplo de la mujer que piensa por sí misma. Su educación así lo permitió. Era hija de un librepensador judía y de una católica que no influyeron en su hija con sus ideas religiosas. Todos los hermanos fueron, como ella, antifascistas, y en ese momento peligroso en el que hubo que dar un paso adelante, mostrar la cara y la firmeza ante los desmanes del fascismo, ella no lo dudó y se posicionó con claridad del lado de la Europa libre. 

Cinco hijos, dos maridos, numerosos premios, una gran actividad política que la llevó, como a muchos intelectuales antifascistas en Italia, al Partido Comunista Italiano, jalonan su trayectoria y la dotan de una visión tan interesante como original. El universo humano, familiar, cercano, la vida íntima y sentimental de las personas, las emociones y los encuentros entre hombres de distinta personalidad y de distintas ideas, fue su fuente, el germen del que extraía sus escritos. 

"Las pequeñas virtudes" mezcla de ensayo y de autobiografía, incide en esta línea y nos muestra sus ideas, tanto como sus pasiones y sus debilidades. Once textos que son una radiografía de su literatura. 

Las pequeñas virtudes. Natalia Ginzburg. Editorial Acantilado. Traducción de Celia Filipeto. 

viernes, 10 de junio de 2016

Crímenes y una taza de té


Dos trenes se cruzan al anochecer. En uno de ellos viaja una anciana delicada y pizpireta, que vuelve de Londres a Saint Mary Mead, después de haber dedicado una tarde a hacer las compras de los regalos navideños. Está muy satisfecha. Buen precio y buena calidad, la máxima de cualquier ama de casa que se precie. Después de acomodarse en su vagón del tren (primera clase, por supuesto, aunque el aspecto sencillo y usado del abrigo de la dama haya confundido, en primera instancia, al mozo de estación), tendrá ocasión de rememorar sus adquisiciones y de echar, incluso, un sueñecito. 

El otro tren circula en dirección contraria y en él un hombre estrangula a una mujer. La velocidad hace que la cortinilla se levante justo en el momento en que este tren se cruce con el de Elpesth McGillicuddy, que es la señora de la que antes hablaba. Así, Elpesth será el valioso testigo ocular del crimen y retendrá en su cabeza el rostro amoratado de la mujer que está siendo estrangulada, así como su abrigo de piel clara, de mala calidad. Todo en esa mujer parece ser barato. Incluso está teniendo una muerte barata, a manos de un hombre barato. Un hombre que se muestra de espaldas, no lo olvidemos, curioso detalle que ha de ser tenido muy en cuenta. 

Ser testigo de un crimen no es cosa que deje el estómago en su sitio. Por eso, cuando la señora McGillicuddy llegue a casa de su amiga, la señorita Marple, en Saint Mary Mead, estará tan impresionada que solamente un remedio milagroso hará que su cuerpo entre en situación. Como gente educada que son ninguna hablará de lo sucedido hasta después de que una frugal cena las entone y, a continuación, y sobre todo, les sirvan una buena taza de té indio, en servicio de porcelana inglesa, con ese toque romántico de las rosas enlazadas y el ribete en oro que ha de ser limpiado a mano con sumo cuidado. 

He aquí el efecto que una taza de té tiene en el espíritu. Apacentar los diablillos que se acomodan en el estómago cada vez que una catástrofe se sucede, paliar las penas del amor cuando todo parece convertirse en una montaña rusa de angustias imparables, limpiar las culpas de los errores cometidos aun de buena fe, compartir una confidencia amigable en el mejor de los modos posibles con amigos que nunca, nunca, van a traicionarte...eso es una taza de té y mucho más. 

Yo debería ser una adicta al té. Debería apreciar su sabor fuerte en todas sus tonalidades y colores: verde, rojo, negro, endulzado con miel o azúcar de caña, aromatizado con hierbabuena, adobado con una pasta diminuta recién hecha o con bollitos cubiertos de un fino glaseado...el té es el aditamento esencial de un buen libro de misterio, de una novela de amor, o de una obra de autoayuda. 

En "El tren de las 4,50" que es el libro en el que salen la señorita McGillicuddy y la señorita Marple, y luego Florencia, la excelente y listísima matemática devenida en chica para todo, y también el propio asesino, que no desvelaré, y la inocente víctima de sí misma y de un canalla que quiere dinero por encima de todo, en ese libro, el té salva las conciencias y anima los cuerpos. Igual ocurre en otros cientos de novelas que he leído, algunas en momentos en que precisaba ser salvada y otras en la belleza de la felicidad más inmediata. 

De manera que yo, ahora, debería tomar una taza de té. El té debería acompañarme en los momentos en los que caigo sin remisión en la trampa que se presenta de improviso. Debería estar presente en mi dieta como una forma de control de las emociones convulsas que no se acomodan al redil en el que tendrían que pastar siempre. El té podría ser mi alimento cuando necesito pararme, esperarme, sentarme, callarme, y, sobre todo, desear intensamente que esto pase, que esto termine ya, que quiero ser libre, que esta esclavitud no es amor, sino una forma desnuda de pintar el sufrimiento. 

jueves, 9 de junio de 2016

Queriendo no pensarte


(Modigliani)

Hay cosas, cada día, que no pueden dejarse
por más que exista el frío o que el calor apriete o que la lluvia baile
y lance su sonido contra el cristal que guarda tus instantes de cielo;
hay cosas que realizas automáticamente
usar la nutritiva, ponerte la hidratante, el contorno de ojos, el labial, el perfume,
a pesar de que el sueño te venza en ocasiones
a pesar de que el tiempo te corra más aprisa...

Hay cosas que sostienen tu inmenso y cotidiano temblor de cada tarde o el sol de las tormentas
y buscas entre ellas un motivo aparente para que nada cambie, para que te asegure
que el alba es un capítulo que se escribe sin hache
y tú devuelves todo a la vida que fuiste...

Entre las cosas, todas, están las que no quieres, están de las que huyes, están las que lastiman.
Están tus ojos quietos, está tu boca firme, están tus manos blancas, está tu cuerpo frío, 
están tus oquedades, están tus sinsabores y también tus constantes, absolutas mentiras.
No quieres conocerlo, no quieres que esté cerca, no quieres recordarlo, 
queriendo no pensarlo está de nuevo aquí y te escapas y huyes. 

Si no tengo tu voz, ni oigo latir tu tiempo, ni presiento tu risa, ni toco tu mirada, 
si no abrazo tu cuerpo, si no admito presagios, si no tengo esperanzas, 
si quiero que te marches, si no quiero quererte,
¿por qué te atas al fondo de todos los minutos, 
por qué no desvaneces tu presencia y me dejas, 
por qué no te separas de mí por un instante
por qué me lloran lágrimas, 
por qué me miento tanto? 


miércoles, 8 de junio de 2016

La noticia ha llegado por teléfono...


El calor del mediodía se ha visto interrumpido por ese sonido hosco, que parece anunciar siempre algo inconveniente, salvo cuando, detrás del aparato, está la voz que deseas oír, esa que ya no suena nunca. 

Alguien, entre sollozos, un familiar cercano, te acerca la noticia y te lo cuenta a media voz, como si nos estuviera grabando el CNI y no hubiera de dejarse constancia de nada. Es una nota íntima, familiar, un susurro, un algo que a pocos importa, salvo a los que lo conocimos y a los que, durante algunos años, compartimos con él juegos, risas y charcos tras la lluvia. 

Agustín ha muerto, dicen las palabras. Agustín, tan joven y con tanta vitalidad, tan risueño, tan lleno de ese aire permanente de duda, tan supuestamente dado a la vida, Agustín, ha muerto, vuelven a repetir esta vez los ecos. Agustín, que tenía hijos y esposa y que disfrutaba del campo como del agua para beber y que era bastante arisco para los besos y algo tosco para expresar los amores y dificultoso para dejarse convencer. Agustín ha muerto y ha sido de pronto. 

De pronto significa que no tenía edad para morirse, que no estaba enfermo, que ha dejado todo a medio hacer, que no hay testamento ni reparto, que no ha elegido la frase de su lápida, que sus cajones han de ser desenvueltos por otras manos distintas a las suyas. Significa que no se ha despedido, que deja a su madre absurdamente extraña, porque no entiende una marcha temprana siendo su edad tan tardía...

Mi recuerdo ha volado a otros tiempos, días de quinceañeras en los que Agustín, que era mayor que yo algunos años, se montaba en su moto de pequeña cilindrada, dejaba el campo y su pueblo para aparecer en la ciudad prohibida, aquella en la que los militares hacían de su capa un sayo y en la que estaba mi casa, en la calle más larga y arraigada de todas las de entonces. Agustín aparcaba la moto en la puerta de atrás, para no ser vistos por las miradas indiscretas y depositaba en mi casapuerta, en mis brazos he de decirlo claro, una muñeca que había comprado con sus ahorros y que se unían a mi larga colección de barriguitas, nenucos, bebés queridos, pepones y negritas. La muñeca de Agustín podía ser una chica real por el tamaño que tenía y había viajado en su enorme caja en la parte de atrás de la moto. Vestía de rosa y ante. Tenía botas y el pelo ensortijado y casi rojo. Como el tuyo, me dijo, porque Agustín siempre me vio pelirroja, quizá porque pensaba que el carácter no era propio de una rubia dócil ni de una morena hogareña. 

En medio de la noticia, el rostro alegre de la muñeca me ha hecho sonreír y algo de lo que fue Agustín se trasladó a través de la tecnología y no murió, permanece impasible, pegado a mí, a nosotros. 

"Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi..." de Luis García Montero



(Richard Estes. Sloan´s. Hiperrealismo americano)

Tú me llamas, amor, yo cojo un taxi, 
cruzo la desmedida realidad 
de febrero por verte, 
el mundo transitorio que me ofrece 
un asiento de atrás, 
su refugiada bóveda de sueños, 
luces intermitentes como conversaciones, 
letreros encendidos en la brisa, 
que no son el destino, 
pero que están escritos encima de nosotros. 

Ya sé que tus palabras no tendrán 
ese tono lujoso, que los aires 
inquietos de tu pelo 
guardarán la nostalgia artificial 
del sótano sin luz donde me esperas, 
y que, por fin, mañana 
al despertarte, 
entre olvidos a medias y detalles 
sacados de contexto, 
tendrás piedad o miedo de ti misma, 
vergüenza o dignidad, incertidumbre 
y acaso el lujurioso malestar, 
el golpe que nos dejan 
las historias contadas una noche de insomnio. 

Pero también sabemos que sería 
peor y más costoso 
llevárselas a casa, no esconder su cadáver 
en el humo de un bar. 

Yo vengo sin idiomas desde mi soledad, 
y sin idiomas voy hacia la tuya. 
No hay nada que decir, 
                                              pero supongo 
que hablaremos desnudos sobre esto, 
algo después, quitándole importancia, 
avivando los ritmos del pasado, 
las cosas que están lejos 
y que ya no nos duelen.

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Luis García Montero, poeta, novelista y catedrático de Universidad, es el máximo representante y teórico de la llamada "poesía de la experiencia". Nació en Granada en 1958. En sus comienzos estuvo vinculado al grupo de la "nueva sentimentalidad". Ganó el Adonais de Poesía con "El jardín extranjero". 

En Cuba comienza el deshielo

Si eres Presidente de los Estados Unidos de América y te conceden el Premio Nobel de la Paz a poco de comenzar tu primer mandato tienes la obligación moral de hacer algo, de dejar alguna impronta, un sello, una seña de identidad que te sitúe en la historia política de tu país, o, lo que viene a ser casi lo mismo, del mundo. Y debes hacerlo al final de tu segundo mandato, lo que evitará repercusiones negativas.
Los presidentes de Estados Unidos llevan la fecha de caducidad marcada con tinta indeleble y su aventurerismo de final de etapa casa muy bien con su propio papel en el ámbito de la geopolítica. Así queBarak Obama ha aterrizado por cuarenta y ocho horas en La Habana, la capital de Cuba, con la doble intención de fijar su nombre en la historia y de conseguir que los empresarios estadounidenses hagan negocio. Todo, pues, encaja.
El régimen cubano, que quiere legitimarse como sea, recibe con los brazos abiertos al primer presidente americano que pisa la isla desde hace 88 años. Lo de yanquis go home no reza en este caso. Mejor  welcome Obama.
La negritud le otorga al político un plus de familiaridad con el pueblo cubano, pese a que 55 años de supervivencia lo han convertido en una ciudadanía escéptica ante cualquier atisbo de que las cosas pueden ser diferentes algún día. Ya nadie cree en eso. Menos aún ante la “batida” de disidentes previa a la visita, en el mejor estilo castrista de toda la vida. Aunque, en realidad, es una visita “de familia”.
Con Obama han llegado, por supuesto, la Primera Dama, Michelle, su suegra, Marian Robinson y sus hijas, Malia y Sasha. En el aeropuerto José Martí hubo flores para todas ellas: blancas para Michelle, rojas para Marian y rosadas para las chicas.
Como en Cuba no hay primeras damas sino, en todo caso, eficaces enfermeras atendiendo la longevidad de los Castro, ha sido un encuentro asimétrico, sin ese duelo de belleza o de elegancia que suele acompañar, según relatan las revistas del cuore, cualquier desplazamiento de este tipo. Un año de embajadas abiertas y gestiones al más alto nivel han conseguido adornar el predecible fin del bicéfalo régimen cubano, siquiera por razones de edad, dándole un aspecto de gesta histórica, como algunos periódicos se encargan de resaltar.
Cuarenta y ocho horas de Obama en Cuba no van a permitirle conocer cómo vive la gente. Para eso tendría que dejarse de séquito (ochocientas personas lo acompañan) y hacer como mi sobrino Álvaro y su padre hace un par de años. Dejarse caer por allí con poco dinero y dispuestos a vivir la realidad al pie de la vida cotidiana.
El chico era un rendido admirador del Che Guevara. Tenía su habitación llena de posters, oía a la Nova Trova Cubana con devoción y consideraba a Cuba y su política como el no va más de lo revolucionario, dicho en el mejor plan posible. Así que su padre decidió que lo mejor era que conociera in situ aquello que le provocaba tanto éxtasis. Y así lo hicieron. Y así volvió Álvaro curado de romanticismo. La pobreza, la miseria, la delación, el mercado negro, el hambre, los vehículos hechos a mano para desplazarse por el campo, las casas con sus moradores hacinados, los médicos que cobran treinta dólares al mes, el ansia de huir…le produjeron una huella imborrable.
Cuando estuvo de vuelta a su casa, tras cincuenta días isleños, comenzó por dejar las paredes de su habitación limpias y sin cartel alguno. Regaló las camisetas con sus imágenes guevaristas y nunca más se oyó en su derredor ningún cante o canto de Rodríguez o Milanés. Sacrificó incluso la belleza de “Yolanda”.
Estaba tan decepcionado que trabajo le ha costado entender que no es oro todo lo que reluce y que, como decía el poeta, la cuna del hombre la mecen con cuentos. Para los andaluces, Cuba es el pueblo de al lado. En tiempos, era más fácil subirse a un barco y marcharse para allá que cruzar los Pirineos. Las expresiones lingüísticas que usamos por aquí, que representan tanto el uso como el sentimiento, están plagadas de cubanismos. Nuestra música, el flamenco, le debe tanto a Cuba que no sería lo mismo sin esos sones que se entretejieron en los cantes para convertirlos en un fenómeno atlántico y total. Por eso sentimos como nuestro cualquier cambio que conduzca a la isla a la democracia y la libertad.
Puestos a comparar, Obama puede pasar a la historia como el iniciador de una nueva Cuba para el siglo XXI. Nada que ver con lo de Zapatero: su aportación más genial fue el cheque-bebé. Y ni siquiera sirvió para remontar la natalidad.

Austen y la lectura de novelas


(Bárbara Laage, París, 1946)
Novela, sí. ¿Por qué no decirlo? No pienso ser como esos escritores que censuran un hecho al que ellos mismos contribuyen con sus obras, uniéndose a sus enemigos para vituperar este género de literatura, cubriendo de escarnio a las heroínas que su propia imaginación fabrica y calificando de sosas e insípidas las páginas que sus protagonistas hojean, según ellos, con disgusto. Si las heroínas no se respetan mutuamente, ¿cómo esperar de otros el aprecio y la estima debidos?...
Así se expresa Jane Austen, en primera persona, en su obra La abadía de Northanger. Sale a la luz su opinión mientras relata los gustos literarios de Catherine Morland e Isabella Thorpe.
Defiende con vehemencia el derecho de estas muchachas a leer aquello que más les guste y la necesidad de que los propios novelistas no abominen de lo que hacen. El alegato se pierde entre las páginas del libro y puede pasar desapercibido si no se hace una lectura atenta y reiterada del libro.
Por otra parte, dado el tono mordaz, risueño, divertido e irónico que impregna el libro, no deja de resultar llamativa esta intervención casi gremial que hace la autora. Esta llamada al sentido común de sus colegas, los escritores. Y, en este otro sentido, sigue pareciendo una curiosidad el hecho de que sin tener ningún libro publicado (pues La abadía de Northanger estuvo dispuesto para ello antes que ninguno de sus otros libros pero el desprecio del primer editor lo condenó al silencio durante años… y terminó siendo publicado póstumamente) ella ya se considere a sí misma “escritora”.
La conciencia de autoría, el orgullo por el trabajo que realiza, son tan potentes en Austen que llaman la atención poderosamente. Según ella, no es escritor el que publica (como dicen muchas voces), sino el que escribe, independientemente de que tenga o no público, de que sus obras vean o no la luz.
La crítica literaria recibe, en este fragmento del libro, una buena andanada: Dejemos a quienes publican en revistas criticar a su antojo un género que no dudan en calificar de insulso, y mantengámonos unidos los novelistas para defender lo mejor que podamos nuestros intereses.
Un discurso profesional, tanto como político. Alude a una supuesta comunidad de intereses entre escritores, algo que no existía en aquel momento, presidido por feroces individualidades; no distingue sexos entre los autores, cosa harto compleja y, además, larga contra los críticos la advertencia de su dudosa labor. Nada nuevo bajo el sol, en este caso. Y no falta la argumentación de su defensa de la novela. Una argumentación que se basa claramente en una cuestión difícilmente rebatible: el placer que la lectura de novelas proporciona a los lectores.
¿O he de decir a las lectoras? Representamos a un grupo literario injusta y cruelmente denigrado, aun cuando es el que mayores goces ha procurado a la Humanidad. Por soberbia, por ignorancia o por presiones de la moda, resulta que el número de nuestros detractores es casi igual al de nuestros lectores.
Resulta de interés el convencimiento expresado por la escritora de que las personas que leen novelas, aun extrayendo de ello el máximo placer, suelen ocultar estas preferencias y aludir a otro tipo de lecturas más conspicuas o consideradas socialmente más elevadas desde el punto de vista intelectual.
Esta clase de mentiras, seguramente usuales en aquel tiempo, podía aplicarse ahora a la lectura de determinados libros, considerados menores por aquellos que se llaman a sí mismos gurús de la cosa literaria. Por ejemplo, las propias novelas de Austen, consideradas como “románticas”, “femeninas”, y otros apelativos nada adecuados, por cierto.
Si preguntamos a una dama: “¿Qué lee usted?” y ésta, llámese Cecilia, Camilla o Belinda, que para el caso lo mismo da, se encuentra ocupada en la lectura de una obra novelesca, nos dirá sonrojándose: “Nada…una novela”; hasta sentirá vergüenza de haber sido descubierta concentrada en una obra en la que, por medio de un refinado lenguaje y una inteligencia poderosa, le es dado conocer la infinita variedad del carácter humano y las más felices ocurrencias de la mente avispada y despierta.
Considerando que el libro estaba totalmente terminado en 1799 y que la autora había nacido en 1775, está claro que alguien que con veinticuatro años demuestra esta clarividencia y es capaz de formular opiniones tan rotundas, es una persona con suficiente talento, capacidad, inteligencia y valentía como para haber logrado completar una obra literaria de envergadura tal que su revisión a lo largo del tiempo la ha convertido en un hito fundacional y fundamental de la historia de la novela y, por ende, de la literatura.

Cosas de mujeres (Artículo en The Cult)


(Liu Yifei. Chinesse Actress) 
Hay una lucha por la igualdad que está basada en medidas cosméticas, en lenguajes duplicados y en actitudes de cara a la galería. Hay otra que es más difícil de apreciar, porque se centra en esfuerzos individuales o de pequeños colectivos y consiste en no renunciar a nada por ser una mujer. Y hay una tercera, la más efectiva, que parte de un cambio estructural y legal y que se acompaña de una nueva mentalidad.
Se llama “cambiar el chip”. Ver las cosas desde otra óptica, nada mediática ni novelera, sino seria, rigurosa, continuada y sensata. Discutir el derecho a la igualdad entre hombres y mujeres a estas alturas de la civilización occidental (en el resto de civilizaciones el panorama pinta peor) es cosa innecesaria, baladí, fuera de tema.
Todos estamos de acuerdo en que no pueden existir diferencias en razón del sexo o el género, como llamarse quiera. Otra cosa distinta es sustanciar esto en la vida real, permitir que la existencia cotidiana haga posible que se haga efectiva.
Si una imagen vale más que mil palabras, cualquiera que plasme gráficamente los niveles más altos de dirección de cualquier importante empresa o institución nos ofrecerá la masculinización del poder en la forma más evidente posible. Esa foto es masculina. Incluso en profesiones tan “femeninas” como la docencia, el número de mujeres que ocupaban cargos de responsabilidad es manifiestamente menor de la que el peso de lo femenino tiene entre sus miembros.
En la vida política, aunque se han dado pasos, todavía estamos esperando a que haya una candidata al gobierno de España. Y, desde luego, no es figura usual en el resto de países. Vigdis Finnobogadottir, la finlandesa que se convirtió, al ser presidenta de Islandia, en la primera mujer elegida democráticamente para ese cargo, abrió un camino poco transitado.
Hablando de Islandia se ha establecido una interesante correlación entre el nivel de empleo femenino más alto del mundo (por encima del 80 %), o el número de cargos directivos femeninos (en torno al 40%) y la política de conciliación familiar que, desde 1974 y tras la huelga de mujeres finlandesas empezó a desarrollarse en este país.
Al fin, todo es cuestión de igualdad de oportunidades y de concienciación social. Pero es la vida cotidiana, la vida diaria, el ámbito en el que este tema alcanza aspectos que llaman la atención.
La primera cuestión a considerar es que las chicas de ahora son menos igualitarias que sus madres o sus abuelas. Se observa (y esto es constatable fácilmente por las personas que trabajan con estudiantes) una regresión en el papel de la mujer a la hora de situarse en pie de igualdad con el hombre, sobre todo en el aspecto que más lastra la ambición femenina: el emocional.
Es la carencia de una educación sentimental que excluya la dependencia con respecto al hombre la que sigue convirtiendo la vida de las chicas en una permanente contradicción. Se usa lenguaje coeducativo, obligatorio por ejemplo en la educación andaluza; se celebran efemérides; se incluyen en el currículum materias orientadas a fomentar la igualdad y temáticas transversales con el mismo objetivo, pero las muchachas, en una gran  proporción, continúan preguntándole a sus novios qué largo de falda se ponen y cualquier fracaso sentimental las destroza y las deja en la cuneta de sus aspiraciones.
Las emociones son el campo en el que la mujer pierde toda oportunidad de lucha, sobre todo porque subsisten clichés anticuados que hablan de “mujeres solas” cuando no tienen un hombre al lado, o que se refieren a la “ambición” de la mujer cuando en los hombres se habla de “emprendimiento”.
Las renuncias que las mujeres han de hacer, en su vida personal, para lograr que su vida profesional esté al nivel de sus objetivos y de su cualificación, son muchas y no han descendido en los últimos años. Más bien se mantienen sin que ese “techo de cristal” del que hablaban las feministas de mediados del siglo XX haya desaparecido. Tampoco los medios de comunicación, los mensajes publicitarios, ayudan a fomentar imágenes femeninas que no pasen por la belleza, el glamour o la lucha contra el envejecimiento.
En todas las profesiones, además, la mujer sufre el estrés añadido de tener que mantener un nivel físico que sobrepasa lo que la propia naturaleza decide con el paso del tiempo. Es decir, no es fácil ser mujer incluso hoy.   
(Caty León) 

martes, 7 de junio de 2016

Prohibido leer a Jane Austen


Una de sus amigas se lo dijo en cierta ocasión. "Tienes el cuello torcido, como las Modigliani". Amiga vengativa, envidiosa, una de esas brujas que aspiran a zorras con el paso del tiempo y se titulan cum laude. Se llamaba Margarita y la odiaba. La odiaba porque ella no se daba cuenta de ese odio y sobrevolaba por él sin ensuciarse la ropa ni el gesto. 

Pero aquella frase dicha con mala uva no le molestaba. Le encantaba Modigliani y sus mujeres, esas caras de lápiz ladeadas, las bocas curvas y rojas, los coloretes destacados sobre las mejillas y los ojos sin mirar a ningún sitio. A veces ella seguía su ejemplo. Se colocaba en un banco en el andén de la vieja estación del tren del pueblo y cerraba los ojos. Solamente podía oír el susurro de los pies cruzándolo y el aviso del tren, pero no percibía imágenes ni gestos. 

Ella era una niña inteligente y se convirtió en una mujer inteligente. Las mujeres inteligentes son peligrosas. Crecen en un mundo que ellas creen dominar y salen al exterior a base de errores sin remedio. Su ambiente de familia era tan liberal que trataba a los chicos de tú a tú. No era presumida, al uso, sino coqueta. No utilizaba a un hombre para darle celos a otro y era franca con todos. Si lo quería, lo afirmaba. Si no, lo decía también. 

Nadie en estas condiciones puede sobrevivir demasiado tiempo sin que le rompan el corazón. Un corazón roto puede recomponerse varias veces. Los corazones son como los niños: de plástico. Por mucho que se caigan, siempre se levantan con una sonrisa y la pierna destrozada. Pero el paso del tiempo endurece el corazón y esa flexibilidad de recomponerse se atenúa. A veces ya no es posible. A veces el corazón se transforma en duro pedernal. 

Ella no quiso oír las voces que le hablaban de él y sus defectos. Le dijeron que era mujeriego, que utilizaba a las mujeres, que las dejaba tiradas como a colillas. Mil y una historias adornaban su currículum y había quien se alegraba de lanzar tierra sobre su reputación porque el despecho, el abandono y el odio hacen milagros. Pero ella no quiso oírlos porque lo que tenía de él eran palabras dulces, eran canciones italianas que hablaban de amigos que se encontraban cada año, eran versos de poetas que se escribían con acentos únicos, eran textos, sonrisas, despedidas en clave, besísimos...

Y un arsenal de palabras propias, compartidas, un arsenal de gestos, de finales, díassss, nochesssss, tardessssss, meeeeee. Todo eso se guardaba en ese lugar del corazón en el que se encuentran las cosas más dulces y más tiernas. No hubo besos, ni abrazos, ni caricias, ni amores, ni te quiero; no hubo deseo, ni fulgor, ni pasión, ni añoranza, no hubo sexo, ni camas, ni sábanas calientes....solo palabras escritas el aire, palabras dichas por el aire, aire preñado de palabras....

Un día ella supo que todo era impostura, que todo era mentira, que era fácil decir palabras y lanzarlas sin más; que no existía nada. Supo que él atizaba los fuegos desde lejos como si fuera un pastor que mueve a las cabras con una varita de abedul. Supo que ella era uno de esos fuegos y que se habían terminado las brasas, no existían pavesas para remover, todo estaba seco, umbrío, húmedo, lánguido, perdido. 

Sin saber cómo, sin entender lo de antes ni lo de ahora, ella recoge sus palabras, las que iban danzando de su boca a la suya, las guarda todas, las deposita dentro de sí, en un lugar inasequible, allí donde nadie puede imaginar que están, y no espera nada. Borra de su vocabulario algunas palabras: besukis, besísimos, corazón...y muchas otras cuyo significado no podríais entender. Borra un paseo junto al río bajo la lluvia. Los partidos de fútbol. Los textos incompletos. Las ideas. Borra las risas contagiosas. Tú me llamas, amor, será que vas en taxi. El manos-libres. El programa del día. Lo borra todo. 

Una mujer inteligente no puede dejarse engañar de esta manera, piensa. Una mujer inteligente tiene que saber, mirándolo a los ojos, si ese hombre miente cuando dice que hay amistades que viven para siempre. Las mujeres inteligentes no deberían leer a Jane Austen. 

"Todo lo que hay" de James Salter

Salter impresiona. Incluso el gesto medio sonriente que luce en la solapa interior del libro. Un rostro surcado de arrugas con sentido. Lo que ha vivido y lo que querido contar. Uno selecciona siempre de la vida aquello que merece la pena guardar en el arcón de los recuerdos. Aún más terrible es elegir qué cosa, persona o situación nos va a acompañar con la letra escrita. Si yo tuviera que inventar ahora mismo el modo en que mi gente se acopla en mi escritura para la eternidad no sabría qué decir. Ya no sé qué decir. 

En la contraportada hay gente que habla: John Irving (una novela preciosa, que contiene suficiente amor, desengaño, venganza, identidades confundidas, deseo insatisfecho y euforia del lenguaje como para complacer a Shakespeare)

John Banville (Fascinante...la evocación de un mundo de postguerra vívidamente imaginado y hermosamente escrito)

Julian Barnes (Una novela amena y elegante, llena de fuerza y sabiduría) 

"Todo lo que hay" se asienta en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Philip Bowman vuelve a casa después de participar en la guerra y entra a trabajar en una editorial. El mundo editorial era un espacio efervescente en estos años y la actividad era frenética. Es un mundo en el que Bowman se mueve bien, porque todo lo que está relacionado con la literatura y los libros le resulta familiar. Su éxito profesional, sin embargo, no anda parejo con la vida amorosa, a pesar de que es un seductor nato. Y conocer a una mujer fascinante no hará sino acercarlo a un camino que él no pensaba recorrer nunca.

Sutileza, inteligencia, belleza, elipsis marcadamente estudiadas, intensos paisajes narrativos, inteligencia, laconismo bien empleado, trazos magistrales al definir a los personajes...todo eso es Salter y por eso impresiona. 

Cállate....



En aquel primer colegio la profesora destilaba alegría. Parecía volar por encima de sus tacones. Era chiquitita y llevaba las uñas largas, perfectamente pintadas de rojo, muy femeninas. Cogía los lápices con gesto elegante y se movía entre las mesas observando cuadernos y libros. Canturreaba suavemente una canción y movía las caderas al compás de su paseo por el suelo de mármol del aula, a la que se abrían dos enormes ventanales. 

Era la profesora ideal, la que te entiende, la que nunca te manda callar, la que te impulsa a que hagas ese papel en la función de teatro, y te dice que escribas cuentos y que se los des para leerlos, y te anima a cantar en el coro..Llegas a creerte así que tus palabras tienen un don y deseas compartirlo. Y entras en el paraíso prohibido de los pensamientos y quieres traslucirlos a ideas y a palabras, a sonidos que surquen la tarde azul y las mañanas grises. 

Después de eso, abandonado ya el firme y dorado nido del primer colegio, todo el mundo se conjuró para hacerme callar. "Cállate" era la frase más repetida de las que oía en mi adolescencia. Incluso en casa, cállate, nos vuelves locos. Cállate, deja que tu padre vea el fútbol. Dile a tu muñeca que se calle, que no para de entretenernos y tenemos ya la cabeza perdida de oírte. Olvídate de los Estados Americanos y no hace falta que recites poemas a cada rato. Las niñas están mejor calladas. Incluso tú, que no tienes para nada cara de buena. 

Hablar se convirtió en una odisea, en un reto, en algo prohibido. Solo pensar era seguro, solo guardar los pensamientos y conservarlos en la mente hasta que un día los papeles hicieron de las suyas y así nació la escritura. Escribo porque nadie me oye, porque nadie me escucha, explicaba a aquellos que me hacían preguntas sobre mi eterno cuaderno con bolígrafo de cuatro colores.  Ni las personas a las que más amé sintieron nunca la necesidad de oírme contar las miles de historias que mi cabeza generaba. Ni esas personas me leyeron nunca. 

Ahora ya, desierto mi corazón de la última ilusión de encontrar un alma gemela en esto de la palabra, vago por cuadernos y ordenadores intentando atrapar la palabra y convertirla en texto. Hablo sola esperando que el silencio me calle. Y no espero de ti nada más que el silencio y ese grito conocido y odiado: Cállate. Ahora ya, créeme, resulta innecesario.


lunes, 6 de junio de 2016

Cosas que nunca haré (contigo)



Mirarnos tiernamente en la terraza solitaria de un cafetín de Uzès. Sentir las manos sudorosas de caminar unidos por la tierra calma y severa de la Provenza francesa. Emocionarnos con la ruta de Austen, desde Steventon, a Bath y a Chawton. Contarte sus historias como si fuera yo la que las escribiera en el tiempo pasado. Amanecer en la Riviera, a la orilla del mar, y descubrir el color de la vela más alta de ese barco a lo lejos. Pasar la noche en vela, en una poussada portuguesa, adivinando el sonido de tu cuerpo al latir y al abrazarnos. Juntar nuestras cabezas una noche de cine de verano, tendidos en la arena, bajo la atenta luz de las estrellas, en La Misericordia, con el Mediterráneo de testigo. Pasear por la playa sintiendo que los pies se clavan en la arena y, en la espalda, el suave roce, la presión de tus manos, sólidas pero tiernas, pero vivas. Oír tus confidencias en una noche oscura del más feroz invierno, junto a una chimenea, en un lugar mediano del centro de las cosas. Contemplar un eclipse. Viajar a las antípodas. Bebernos la amargura. Compartir la esperanza de hacernos millonarios en un click. Querernos vivamente. No odiar, no sentir miedo. Darnos a la bebida sin límite y sin forma. Bebernos todo entero lo que somos, a la vez, para siempre. 

Era tu risa el pájaro que alumbraba mis días...


Yo siento que tu risa es mi mayor regalo. Sonríes y me parece que vuelas a lo alto. Y que escribes mi nombre con letras invisibles. Y que guardas el sueño más hondo en tus pupilas. 

Así comprendo todo, incluso lo lejano. Incluso la mentira. Incluso la distancia. Si es tu risa el espejo que escribes mientras hablas, entonces te recibo y no vuelve la pena. 

Amor, estamos tristes, estamos derrotados. Nos arde el corazón de no tenernos cerca. Nos duelen las espinas de un rosal que se nutre de la sangre que vuelcan los ojos que no vemos. 

Te quiero tanto, amor, que desando oquedades, que despido caminos, que derroto nocturnos amaneceres plenos del sabor de las lágrimas, que se vierten, amor, por lo que nunca fuimos. 

"La renuncia" de Edith Wharton

Edith Wharton (1862-1937) es una de mis escritoras de cabecera. Su sutileza elegante, su frialdad cósmica  y sosegada, esa mezcla de corazón y pensamiento firme, sus descripciones, su análisis irónico de las clases sociales, sus personajes plenos de fondo y forma en un duelo perfecto...todo lo que ella escribe me emociona. 

"La edad de la inocencia" de 1920, ganadora del Pulitzer, es el buque-insignia que la representa. Pero escribió otras muchas cosas, entre ellas deliciosos libros de viajes. Siento especial debilidad por otros dos libros suyos: "Estío", con ese maravilloso arranque (algún día podría escribir un libro con los inicios más encantadores de la literatura que me gusta) y "La solterona", agridulce novelita que tiene tanto guardado a pesar de que sus páginas son escasas. 

Aquí al lado tengo "La renuncia", una joya entre las suyas, que, en esta ocasión y en esta edición contiene un pequeño pero interesante regalo: la introducción que hace a la obra Louis Auchincloss (1917-2010), novelista y ensayista estadounidense, que formaba parte de una de esas "primeras familias" a las que Wharton dedica pasajes tiernos y punzantes a la vez en algunos de sus libros. La introducción desmenuza la novela, por lo que es un problema leerla antes, es un spoiler del todo, pero luego, arroja luces y mueve perspectivas, lo que resulta gratificante y reafirma algunas cosas de las que piensas y cambia otras. Un hallazgo, un juego literario de alta graduación. Auchincloss fue biógrafo de la Wharton (qué bien le va a esta mujer el artículo) y también de Henry James y Theodore Roosevelt. 

Hay un hombre en la vida de Kate Clephane y es uno de esos hombres que pueden arruinar la existencia de una mujer. Pero el destino es un juguete loco y Kate volverá de su retiro en la Costa Azul hasta Nueva York para estar con su hija que va a casarse. Precisamente con Cris Fenno, el hombre maldito, el antiguo amante de su madre. La tragedia está servida y también los escrúpulos de la autora que ha llegado a un momento de su vida en los que echa de menos la recia moral que los mantenía a todos en pie y que trazaba los límites con total firmeza. 

Esta es, a juicio de Auchincloss, la última gran novela de la Wharton. La protagonista, una mujer. Las emociones, todas. El verbo, elegante, digno, ágil, elaborado, sutil, perfecto. 

Abril si está contigo...


Mi corazón abrilea cada vez que me llegan tus palabras, todas ellas fértiles, aunque tristes en ocasiones. Demasiadas salen de tu penumbra, de esa zona oscura en la que habitas sin remedio. Sin embargo, cuando vuelan y se remontan en el espacio virtual en el que somos, todas ellas parecen adquirir un hálito de vida. Esa vida es la que me recibe cuando escucho en Abril que hay violetas que mueren apenas nacidas. Abril se equivoca cuando intenta convertirse en un julio deshabitado. Cuando las lluvias se esconden y no quieren ensuciar el fino estambre de un pavimento seco. 


domingo, 5 de junio de 2016

Tú no tienes corazón


Las consultas de los psiquiatras, los psicólogos y los terapeutas están colmadas de pacientes en busca de claves para superar la crisis emocional subsiguiente a un desengaño amoroso. Son muchas las variantes que este puede presentar: abandono, infidelidad, cansancio, amor no correspondido, amantes que se cansan, amigos que quieren ser otra cosa...En este berenjenal de las emociones se encuentran, sin carnet y sin permiso, tanto las personas "normales", que tienen una forma de vivir y expresar el sufrimiento con pautas sanas, y otra curiosa gente que obedece a tipologías peculiares pero que, como no son cojos o ciegos, no los advertirnos a simple vista. 

Están los narcisistas, los egocéntricos, los ególatras, los egoístas, los misóginos, están los depredadores sexuales, los minusválidos emocionales, los inmaduros, toda una fauna extremadamente volátil que se mueve a veces de una a otra consideración, mezclando varias y, en todos los casos, generando relaciones patológicas con sus contrarios. O contrarias. Porque tanto puede aplicarse esto que decimos a hombres y a mujeres. 

Sufrir por amor tiene tintes normales cuando se produce la ruptura de una relación que se ha desarrollado dentro de las vías del respeto, el conocimiento mutuo y el sentimiento compartido. Toda relación puede llegar a romperse por causas diversas pero si las personas han sido claras y honestas, las vidas separadas a partir de ahora no llevarán la carga del desengaño, de la decepción, de la incomprensión absoluta. 

Sin embargo, cuando se topa con individuos (sean del género que sean, repito) que tienen algunas de las características arriba indicadas, todas ellas patologías emocionales y trastornos de la personalidad, entonces nos encontramos con un serio problema. Los narcisistas y egocéntricos desarrollan una amplia batería de actividades para seducirte, para lograr que te unas a su religión, para convertirte en acólitos de su secta. Estas personas suelen padecer una enorme inmadurez evolutiva y una consistente minusvalía emocional que los imposibilita para entender siquiera mínimamente el complejo universo de los sentimientos y las emociones. No pueden querer, no saben querer, no se enamoran nunca. Pero sustituyen esos sentimientos nobles y recíprocos por una clase de dominación que ejercen sin reparo sobre sus víctimas, pretendiendo sojuzgarlas y hacerlas bailar a su son. 


Ellos establecen las normas en sus relaciones, sean amorosas, sexuales o de otro tipo (lo de hablar de amor aquí puede estar muy fuera de lugar) y esas normas han de seguirse a rajatabla, si quieres formar parte del harén del señor. O la señora. En caso contrario, serás arrojado a las tinieblas y tendrás que oír toda la serie de descalificaciones, lugares comunes, mantras y sambenitos que el individuo así dispuesto puede largar contra el que no sigue su ritmo y sus órdenes. 

Los narcisistas, por ejemplo, aliados con el rasgo egocéntrico y con una absoluta falta de generosidad y de entrega a los demás, se convierten en minusválidos emocionales que deben tener a su alrededor una corte de adoradores para que se sientan realizados. Esas adoradoras, normalmente mujeres, siguen la corriente que el jefe les traza, bailan a su son y se muestran como ellos quieren que sean: superficiales, sonrientes, siliconadas, botulínicas, dispuestas a todo, ayunas de curiosidad (no se pueden hacer preguntas), sumisas (saldré contigo cuando toque), mudas (la cháchara femenina cansa), livianas (sin problemas), y dispuestas a todo lo que ellos decidan cuando lo decidan y hasta cuando sea. Porque un rasgo de estos tipos está en que su inmadurez los lleva a cansarse casi de inmediato de las diversas relaciones que plantean. Sean cuales sean esas relaciones. El avance en las relaciones siempre trae consigo compromiso y eso es algo que no se pueden permitir. 

Aunque los narcisistas saben que la imagen que reflejan en su espejo no es perfecta, hacen como si lo fuera y exigen a las mujeres que también la presenten. De esta forma, socavarán la autoestima de las damas que querrán ser siempre más delgadas, más callada, más rubias, más conformistas, más simples, porque todo eso contribuye a alabar al  dueño y señor de vidas y haciendas. 

Si has topado alguna vez con uno de estos narcisistas, ególatras, misóginos, inmaduros, minusválidos emocionales, verás que es un cóctel que se presenta todo mezclado, variando en cada caso las gotitas de los ingredientes. Todo tienen en común que despliegan una gran energía en la conquista, en la seducción de las víctimas. Dedican mucho tiempo a relacionarse con ellas desde el teléfono, los móviles, las redes sociales...y bastante menos en la vida real, quizá porque la realidad admite poco disfraz. Son aparentemente tipos brillantes, seductores, que saben decir un piropo a tiempo y que emplean palabras cariñosas para referirse a las mujeres en su trato diario: corazón, cherie, cuore, vida, amor, princesa...En esos tiempos iniciales de la caza de la víctima estarán muy pendientes de ellas, de qué hacen, de cómo lo hacen, de qué tal están....preguntas continuas que la víctima interpretará como interés por ellas y sus vidas. 

Al mismo tiempo, dado que suelen ser tipos de cierto rango social (los pobres y los trabajadores manuales no tienen tiempo para estas gilipolleces) presumen, aunque con cierta humildad engañosa, de relacionarse con tal o cual banquero, de asistir a tal o cual cena o almuerzo, de presenciar tal concierto....todo ello con una encantadora desgana, como si su presencia fuera muy valiosa y ellos la ofrecieran con escasísimo interés y de forma generosa. Esa exhibición de relaciones sociales forma parte de su tramoya y hará que muchas mujeres se acerquen simplemente porque les supone una especie de plataforma para avanzar en cualquiera que sea su profesión.

Pero no nos engañemos. Los narcisistas, egocéntricos, inmaduros, minusválidos emocionales, no son como tú y como yo. No aprecian a la gente ni a sus logros, por eso nunca saldrán en ayuda de un amigo salvo que haya una contrapartida clara. Ayudarán solo a aquellos que, a su vez, puedan ayudarles. Es un trueque genial. No un regalo. Ni siquiera un quid pro quo porque no es infrecuente que acudan a pedir ayuda a sus damiselas rendidas a sus pies para cualquier tipo de cuestión que ellos no dominen. "Te necesito", dicen convencidos con una suave voz a través del teléfono. Y la dama que contesta a su llamada se siente importante para ellos, necesaria, útil. ¿Cómo no voy a hacerle este favor aunque me cueste lo que me cueste? La dama, que en ese momento no cae en la cuenta del agradecimiento ni del quid pro quo, puede tener la tentación de, a su vez, solicitarle un favor al mismo individuo y encontrarse con la desagradable sorpresa de que la ventanilla de peticiones está cerrada a cal y canto.

El psicólogo Walter Riso tiene una receta clara para este tipo de relaciones: "Huye lo más lejos que sepas y lo más rápido que puedas"