sábado, 30 de abril de 2016

Te escribiría con música


(Mujer sola. Camilla Akrans. 2010)

A veces no te escribo. Te canto. Revolotea el sonido de una canción y la atrapo sin pensarlo. Como si en ella estuviera reflejado todo. Es así. Sencillamente así. Un vuelco en el corazón cuando el estribillo repite sin cesar la frase que diría si es que pudiera. Sin ti no puedo vivir. Entre tú y yo, la soledad. Dime que no es verdad. Y sin embargo, te quiero. 

A veces no te escribo. Esbozo en voz baja el esqueleto firme de una canción cualquiera, amanecida de repente en mi cabeza, sin orden, ni concierto, como si un pájaro anidara en ella y, sin previo aviso, decidiera soltar sus alas y volar a cualquier sitio. En el recodo de las tardes más oscuras, la música enhebra el argumentario de la vida. Es la música la que explica la existencia toda. En esos momento únicos no escribo, sino canto. Te canto siempre a ti. Tú, en el fondo de las cosas. 

Tendría que contarte y cantarte tanto que no sería posible hallar el tiempo suficiente para ello. Toda mi biografía se traduce en canciones. La tuya podría resumirse en un verso. Las exactas palabras que lo forman se contraponen en el aire con la amalgama de sonidos incesantes que llenan mi vida y la cubren de un extraño sopor a veces y de una efervescencia incontrolada en otras ocasiones. 

Tú eres el motivo de que todo se convierta en una travesía difícil que solo la música dirige a algún puerto. Quién sabe si en esa singladura lo que hay de ti es lo cierto o solamente una imagen que no tiene siquiera una banda sonora.

viernes, 29 de abril de 2016

La palabra imposible


( Lee Miller. Fotografía)

Una frase bailaba todo el tiempo en la cabeza: Cuando te veo, te echo tanto de menos...Y así era. Podía soportar la ausencia si no lo tenía cerca. Pero, en esas raras veces, extraordinarias, únicas, en las que lo veía, entonces no podía dejar de añorarlo desde el primer instante. Por eso, apenas lo miraba. Sabía que esa mirada sería su perdición. Sabía que, si guardaba en su retina la forma de sus manos, el hueco de su risa, la llama de sus ojos, la catástrofe sería irremediable. Por eso, apenas detenía en él su mirada. Por eso reía continuamente, de una forma nerviosa, irreverente y tibia. Como ella misma era. Extraña para muchos. Distinta. Conservando un hilo de inocencia que nadie percibía. Ni él siquiera. 

Un pensamiento estaba en su cabeza y de ahí no se movía: Podría decirte tantas cosas. Y he de callarme tanto. Estaba segura de que las palabras nunca hallarían el camino de salida. Estaba segura de que ninguna circunstancia haría posible el desahogo, esa forma diferente de sentir, esa sensación de plenitud en la confesión. Nunca nada lograría que su voz se alzara en la conversación y dijera la única frase que quería, en realidad, decir. No. El silencio estaría siempre con ella. Lo sabía. Y se preguntaba si alguna vez, pasando el tiempo, la suerte o el destino harían posible que, al verlo, dejara de echarlo de menos hondamente.


jueves, 28 de abril de 2016

"La modista de Dover Street" de Mary Chamberlain

Los libros con modistas son encantadores. Hay algunos de ellos circulando por ahí que son prueba de lo que digo. En general, el mundo de la costura es sugestivo, lleno de posibilidades, no solo literarias sino humanas. Quizá sean lo mismo en el fondo. Hace poco hablaba de "La modista" de Rosalie Ham, convertida también en una película de éxito y de aceptable factura protagonizada por la siempre interesante Kate Winslett. Antes de eso, el enorme suceso que supuso "El tiempo entre costuras" de María Dueñas, puso de actualidad, al menos en España, las tramas narrativas en torno a los talleres de costura, bien es verdad que con un trasfondo histórico importante. Recordadme, hablando de esto, que un día reflexione sobre lo que gusta en nuestro país la novela histórica o construidas al menos sobre un telón histórico importante. Para Rosalie Ham su modista tenía que cumplir una misión y resarcirse del pasado. Para María Dueñas, Sira Quiroga o su alter ego Agoriuq Aris estaba inmersa en otra misión, bastante más peligrosa, delicada y trascendente. Aunque nunca tendremos claro si la trascendencia tiene más que ver con el interior o con el exterior de los acontecimientos. 

"Flores para la señora Harris" de Paul Gallico, constituyó una reedición muy bien acogida de un tema eminentemente costureril, esa señora de la limpieza británica que se apasiona tanto con un vestido de Dior que tiene que llegar al continente, en concreto a París y allí intentar comprarse un traje en la famosa firma francesa. 

Así esta "modista de Dover Street" recala por una senda ya trazada pero tiene sus propias peculiaridades. Estamos en Londres, año de 1939 que señala, a la vez, el fin de la guerra de España y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Tiempos convulsos, difíciles, plagados de traiciones y se peligros. Ada Vaughan, ambiciosa, modista y soñadora, conoce a un aristócrata húngaro, Stanislaus von Lieben y con él viaja a París para cumplir su sueño. Este es el arranque del libro y, a partir de aquí, el nazismo, el gobierno de Vichy, la ambiguedad francesa, la Resistencia y, cómo no, el ardor vital de Ava para quien la única forma de subsistir espiritualmente a este hundimiento del mundo que le ha tocado vivir está en la creación de la belleza que, en sus manos, trasciende hacia los vestidos, la moda, la costura. Todos tenemos que buscar la felicidad allí donde se encuentre. Incluso en los peores tiempos de la historia. 

La modista de Dover Street. Mary Chamberlain. Editorial Planeta. Traducción de María José Díez Pérez. 2016. 

"El cine según Hitchcock" de François Truffaut

El cine por dentro, el cine desde dentro. Descorrer la cortinilla negra que oculta el rodaje, los trucos del montaje, la selección de los actores y las historias, todo aquello que existe en la fábrica de las ilusiones y que no ves a simple vista. Los magos del cine se guardan en la chistera muchas palomas y muchos conejos, no todos ellos blancos, como los que tomaban el té con la reina de Alicia. Un director de cine francés entrevista a un director de cine inglés que hace de americano, que convierte al cine americano de suspense en "el cine". 

Este libro forma parte de la edición conmemorativa de los cincuenta años de Alianza Editorial, efemérides que todos los lectores deberíamos celebrar ampliamente. Los libros de Alianza nos han parecido sólidos, bien dispuestos, magníficamente traducidos en su mayoría y diversos, con esa diversidad que va de un extremo a otro del universo literario. 

Las cosas de Hitchcock, que aquí aparecen reflejadas a modo de conversación fluida y ligera, casi como si se tomaran el té de las cinco en una precioso paraje del campo inglés instalado en la Bretaña francesa, son tanto manías, como esquemas, como modos de funcionar, como ideas, como reiteraciones, como costumbres adquiridas, como genialidades. Las presencias que lo acompañaron, las visiones, los puntos de vista, la rueda gigantesca de la fortuna que hizo de algunos de sus films productos de culto aún vigentes, todo ello a modo de enorme ensalada que mueves delicadamente con unas finas cucharas de madera natural, y que luego depositas en ese lugar de tu cabeza que tiene al cine como uno de los principales, si no el principal, motivo para soñar sin interrupciones. Los pájaros, Psicosis, Vértigo, La ventana indiscreta, El hombre que sabía demasiado, Rebeca, Encadenados, Sospecha, Cortina rasgada...son algunos de los hitos en los que descansa la narración y aún el conocimiento que tenemos de este hombre cuyo aspecto físico nos resulta tan familiar al aparecerse, inopinadamente, en cualquier recodo de sus películas. Recodos insospechados. Como esa fotografía de estudiantes que cuelga en el elegante salón de la casa de Ray Milland y Grace Kelly, una de sus rubias gélidas, en Crimen Perfecto. Pequeños detalles en un cineasta grande. 

El cine según Hitchcock. François Truffaut. Libros Singulares, LS. 2016

miércoles, 27 de abril de 2016

En otro orden de rosas...


(Emile Vernon. Pintura)

El olor de las rosas te salpica. Ha llegado de nuevo, de improviso, de fiesta, desde lejos, a través del milagro de la técnica. Las rosas han convertido en un invernadero todo el lugar que habitas. Allí, sobre las aguas transparentes de un jarrón francés y de cristal, se posan quietas, sin llamar la atención pero lanzando rayos con su tono rosado y sus hojas tan verdes. Las rosas hoy se llenan de sentido, anuncian la efemérides, saludan el momento en que viste la luz, en que un hombre y una mujer callados, a la espera de verte, se miraron por fin con la mirada cómplice de quien sabe que existes y que eres. El calor de sus besos se mezcla con las rosas todavía. Existen porque sientes. 

martes, 26 de abril de 2016

Pero no serás tú


(Mujer. Diego Rivera) 

Habrá un amanecer de sábanas revueltas, de olor a café fuerte en la cocina. Un aire clandestino cruzará el cuarto y sabremos que el amor ha regresado. Se asomará desnudo a la ventana y en su espalda escribiré la historia de un tiempo inesperado que se ha clavado a fuego entre mis ojos. Y no habrá más miradas oscuras, sino ese batallón de claridades que precede a la lucha de los cuerpos y que la continúa sin tregua. Estaremos seguros de las cosas, tanto como en el mundo esto es posible. Y aunque el miedo a la muerte seguirá estando al lado, parecerá más tenue, más ligero, más perdido en el tiempo, menos vivo. 

Pero no serás tú....

lunes, 25 de abril de 2016

"La presa" de Iréne Némirovsky

Me reconozco lectora de Némirovsky desde que leí, hace ya algún tiempo, ese librito tan lleno de resabios autobiográficos y adolescentes: "El baile". Después leí "David Golder" y "Suite Francesa", los tres libros iniciales de la bibliografía de la autora. De los tres, sigue siendo "El baile" el que plasma mejor esa sensación de inevitabilidad que la define. Es como si la tormenta estuviera a punto de descargar a pesar de que amanece un día radiante. Como si hubiera una amenaza latente, algo por venir que fuera oscuro y dramático. 

Después de estos libros la editorial Salamandra ha hecho una enorme difusión de todos los demás que van apareciendo y llenando la estantería Némirovsky. Entre ellos, "El ardor de la sangre" y "El malentendido" ocupan para mí un lugar de honor. Seguramente porque expresan esa sensación trágica de que algo está a punto de pasar y porque no se hace ilusiones acerca de la naturaleza humana, tan llena de defectos como de virtudes. Pero son los defectos los que en la pluma de Iréne logran destacar sobre lo demás. Es una pesimismo inevitable, no complaciente, ni existencial, sino lleno de razones que tenemos por fuerza que compartir. 

La vida de Iréne Némirovsky ha pesado como una losa en la consideración de su obra. Evadirse de su trágico final o del rosario de problemas que aconteció durante su biografía es prácticamente imposible. Sin embargo, no debería constituirse en un motivo para su lectura, más bien es un elemento más del telón de fondo que la define. Pero el talento estaba ahí y hubiera florecido, floreció de hecho, incluso sin nazismo, sin persecuciones y sin campos de concentración. Es un talento basado en la observación y también en la descripción íntima de lo que observa. Una descripción que no está llena de elementos externos únicamente, sino que ofrece una conjunción única de interior y exterior, a modo de retablo emocional. 

"La presa" es una novela sobre la ambición y la mentira. El protagonista es Jean-Luc Daguerne, ansioso de llegar a lo más alto e impelido para ello, sin demasiados escrúpulos, a una vorágine de falsedad, luchas por el poder y pisoteo de lo más sagrado. La pérdida de la confianza de sus seres cercanos no es nada comparable con la traición a sí mismo que define este descenso de Daguerne en aras del logro de sus objetivos. En ocasiones, además, no es posible rectificar y lo mejor de cada uno queda enterrado en un pozo de oscuridad inevitable. 

La limpieza narrativa de Némirovsky aparece aquí al servicio de lo peor que los seres humanos pueden sentir, ofreciendo así un panorama desolador de la sociedad, en la que ella, desde luego, no tenía demasiadas esperanzas. Sin embargo, el relato de lo negativo no es nunca un juicio duro ni inapelable, sino que está lleno de la compasión que la escritora lanza sobre todo lo que la rodea. Esa compasión llegó a extremos imprevisibles y puede constituir, sin duda, otro de los elementos clave de su punto de vista literario. Es esa dualidad, entre pesimismo real y necesidad de salvación por los sentimientos, el eje de su forma de entender el mundo que vivió, el tiempo que le tocó compartir. 

Todos los libros de Iréne Némirovsky, al margen de su argumento y de su valor literario, te hacen pensar, te ponen delante un espejo en el que no tienes más remedio que mirarte. Y esa mirada en ocasiones no es agradable. Pero es real, está ahí y no puedes negarte a ella. 

"La presa" de Iréne Némirovsky. Editorial Salamandra. 2016. 

Ella se ha equivocado


(The good live. Mike Savad. Fotografía)

Una vez ella tuvo la certeza de que había hablado de más. Tenía uno de esos momentos de tristeza incierta que cuesta trabajo definir y cometió el error de comentarlo. Deberías saber que es el silencio lo que importa en esos casos- le dije cuando tuve ocasión. Pero ella no había aprendido aún que callarse es un valor porque el consuelo no llega de quien quieres, sino de quien puede o sabe. 

En el fondo- advertí- no existe sino el lento transcurrir de las horas, el paso cotidiano de los días, como forma de encontrar un pequeño descanso, una tregua, a la vida agitada, a estos tiempos convulsos en los que todo se va en encontrar porqués que nunca existen. Pero ella se empeñaba en creer que las palabras tejen un paraguas de bondad en torno a las cosas. Así, las usa demasiado y en demasiadas ocasiones, yerra. 

Contemplando la vida paso a paso está cuando percibe que el transcurrir del tiempo tiene que ver con la suma de un instante de dicha junto a otro. Ha calculado mal en ese enorme torneo de lo precario y por eso no entiende que las cosas se conviertan en cántaros vacíos en los que llueve, pero el agua de lluvia no siempre baja limpia. 

sábado, 23 de abril de 2016

Un secreto


(Fotografía de Jesús Vela Ortega. Lisboa) 

Aunque no te lo he dicho, he atravesado mares para volver a verte. He recorrido espacios que antes desconocía. He grabado mi tenso caminar en muchas olas. Y, en todos los puertos, al abrigo de tantas sensaciones, he podido escribir la frase exacta, la que explica las cosas que no cuento, la que dice por ti lo que no he dicho. Te quiero, es la verdad que está grabada a fuego en mis amaneceres, cuando la luna apenas se ha escondido y yo quiero encontrarte pese a todo. La bruma de la tarde recrudece el deseo y al llegar en la noche la oscuridad perenne yo presiento que, al fin, sobre todas las cosas, este tiempo de ahora tendrá final un día. 

Dorado corazón inmerso en hojas de firmes primaveras presentidas. 

viernes, 22 de abril de 2016

Si hablamos de Shakespeare...



(Fotograma de la película "Shakespeare in love", John Madden, 1998)

Lo he contado alguna vez. Era tan pequeña cuando oí hablar de Shakespeare, que, cuando algo después leí el primer libro suyo, la primera de las obras de teatro que conocí directamente de las que escribió, pensé que había dos personas distintas. Uno era Chespir y el otro era Sakesper. Qué delicioso error...Me resulta una confusión encantadora, derivada de que no sabía inglés y de que aún no había cumplido diez años. Una niña de piernas largas y risa pronta que se sentaba en el suelo de la azotea, orientada al levante, para recibir el oceánico regalo de la brisa de las tardes de verano, enmedio de libros y de cuadernos por escribir...

No podría explicar por qué, desde entonces, me resulta mucho más familiar la peripecia del Bardo, sus textos, sus personajes, que el eminentemente hispano de Cervantes y su hijo, El Quijote. O quizá sí, quizá haya una explicación que debiera convencernos. La forma en la que, a la vez que de los libros, recibía noticia del inglés a través de otros formatos, como el cine, por ejemplo. Las adaptaciones de las obras de Shakespeare al cine son numerosas y, sobre todo, gloriosas. Y algunas de sus frases se han convertido en una especie de refranes, de lugares comunes que aparecían y aparecen en libritos, en comentarios, en fragmentos...Aprendí algunas de ellas sin saber siquiera a qué obra correspondían. 

Nadie me obligó nunca a leer a Shakespeare y, si lo hice, fue por afición familiar, por inclinación natural y por derivación del cine. Así, terminé desembocando muy pronto en la mayoría de sus obras y, desde aquí, en sus biografías, las historias entrelazadas sobre su vida, el Globe Theatre y, lo que es más curioso, en sus coetáneos, en sus rivalidades, en las mujeres de su vida, en sus problemas y, desde esa atalaya, en sus Sonetos, mi última singladura en lo que se refiere a su conocimiento, pero tan feliz y tan llena de detalles cercanos, tan sublime, que hoy es algo que forma parte de mi mesa de trabajo, de mis tardes de ocio y de mis sueños. 

Tan escasa fortuna, con respecto a todo esto, ha tenido Cervantes y ha tenido El Quijote, que me obligaron a leer tempranamente y que no leí entonces, desde luego, que me hago mil preguntas sobre cuán imposible es la lectura por decreto y sobre que algunas obras literarias tienen su tiempo y no antes, porque el antes puede perjudicarlas gravemente. El Quijote no es una flor temprana, antes bien, es una fruta madura que ha de tomarse con prudencia y en su fecha. Mi reconciliación cervantina fue tardía pero, desde que se produjo, logré entender un poco su sentido y la grandeza de quien, enmedio de una turbulenta existencia ajena a la literatura (en abierta diferencia con su colega inglés) fue capaz de abstraerse del torbellino de la supervivencia para crear belleza y no tan sólo. 

jueves, 21 de abril de 2016

Esos días azules...


(Fotografía de Jesús Vela Ortega)

Lo recuerdas ¿verdad? Podía ser una tarde de caluroso agosto o una mañana de septiembre, cuando aún las obligaciones escolares estaban a una distancia prudente. Incluso un atardecer del indeciso junio, cambiante y duradero a partes iguales. Momentos que hoy reescribes con el fuego de la distancia, con el ardor del tiempo transcurrido, con la seguridad de que estuviste a punto de perderlo todo pero que, en el último instante, algo rescató tu memoria, seguramente porque no podía ocultarse en ella tanta dicha. 

Así, los pies descalzos encontraban la dureza del agua, la firme convicción de la piedra, el desahogo de las voces que se elevaban a un aire incombustible. En la lejanía, engañosamente perdidas en una bruma que ahora no comprendes, estaban los sonidos de la vida diaria, el eco de los sueños, el resplandor de lo que poseías en esos años. Todo era bello con esa belleza ingenua de la primera juventud, de la adolescencia presentida. Todo se convertía en una canción de estribillo plagado de buenas intenciones. Todo era bello y bueno en el entonces que tus ojos vivían asombrados, tanto como los míos plagados de una esperanza cierta que la vida se encargó de guardar en el fugaz secreto de los encuentros rotos. 

miércoles, 20 de abril de 2016

Cervantes, contemporáneo

La conmemoración del 400 aniversario de la muerte de Cervantes puede que haya concitado el interés de los expertos, el público concienciado o los productores culturales, pero es bien cierto que, salvo excepciones, no cala en el público joven ni en la población escolar. El motivo por el cual este país desdeña a sus hijos de una forma tan abrupta, es un secreto que no conozco. 

Pero la realidad es esa: en cualquier otro país del mundo ser la patria de Cervantes constituiría un motivo de orgullo y todos los formatos estarían a disposición de la efemérides. Véase lo que ocurre, por ejemplo, en el Reino Unido, con mi querida Jane Austen. Libros, películas, cómics, nuevas adaptaciones, series de TV, merchandising en el que hay postales, cuadros, camisetas, joyas, ceniceros, jarras de desayuno….toda una enorme parafernalia puesta al servicio de la divulgación de su figura y su obra.

Nada de esto ocurre con nuestro Cervantes, que parece al común un personaje anacrónico, al que se confunde incluso con su genial protagonista, El Quijote, y al que se imagina cabalgando con la cabeza perdida por esos lugares de la Mancha de cuyo nombre no nos acordaríamos aunque pudiéramos. 

Y, sin embargo, la biografía de Cervantes bien pudiera ser objeto de una serie de intriga en la televisión, de todas las películas del mundo y de un manga, un cómic, una historieta, un aquel…Interesantísima y llena de peripecias tipo Águila Roja por lo menos.

Quizá este extrañamiento se deba a su vida itinerante y al hecho de que no es una sola la ciudad emblemática, la ciudad levítica en su existencia, sino varias. Alcalá de Henares, Madrid, Valladolid, Sevilla. Incluso había que anotar en esta relación Orán, donde las cosas no fueron precisamente dulces. 

Aunque Cervantes conoció el amargo sabor de la derrota en cuantas ocasiones quiso el destino ponerlo a prueba. Resulta, por eso, un personaje contemporáneo en su andadura y sus pretensiones. La contemporaneidad de Cervantes reside en que no es un vencedor, sino un perdedor escéptico y aun así lleno de imaginación desbordante y de talento propio. Por eso resulta tan raro que nos parezca alguien lejano. Sus preocupaciones fueron las nuestras. Llevar una vida digna, con suficiente acomodo económico y en la que pudiera desarrollar sus inquietudes. Su polifacetismo también es una seña de identidad contemporánea: funcionario, militar, literato. También tuvo su corazoncito y en él reinó un nombre de mujer: Catalina. 

martes, 19 de abril de 2016

La voz al otro lado


(Erwin Blumenfeld. Fotografía. 1944)


Lo sabe. Ella lo sabe. Claro que lo sabe. Cómo no saberlo...Y a veces lo comprende. Pero a veces únicamente. Las más, odia lo que sabe, lo que ve, lo que presiente. Pero es la vida, piensa. Y la vida se escribe de tantas formas...Y así no queda otra que seguir, paso a paso, aunque la suerte, la lotería, puede que no te toque nunca o que lo haga una vez y luego se convierta en maldita ruleta que señala su objetivo y te marca. 

Sabe que no existe territorio en el que se anclen sus sentimientos sin parecer desnudos. Que hay horas en las que todo se escribe con un nombre impostado, falso y sin conexión con la vida. Sabe que las noches huecas tienen su contrapunto en el eco salado de las lágrimas. Que él se muere por otras soledades y que las vive sin anunciarse, pero con la determinación del que busca en el desierto. Sabe que nunca se escribirán amaneceres, que nunca habrá un silencio en el que suene el click clack de los besos. Ella lo sabe todo. 

Se guarda el corazón en ese sitio al que no tiene acceso nadie, en el que nadie encuentra una esencia que esconde como si fuera ese viejo perfume del que nos resta solo una gota, en un tarro de cristal antiguo, tallado, convertido en reliquia de un pasado inexistente que la cabeza escribe para no derrumbarse. Se convierte en tiniebla, incluso en risa, en hallazgo doloroso y en esperanza inútil. Se convierte en mirada que nunca se condensa en ese instante firme del encuentro. Se convierte en un sueño inesperado, despejado en la bruma de las noches inciertas y en las tardes cansadas y en los días indecisos y en las hojas de papel amarillo que caen del almanaque sin que nada las turbe. 

lunes, 18 de abril de 2016

Ocultación


(Erwin Blumenfeld. Fotografía.)

En ese mundo de mujeres, las había afortunadas. Gente sencilla pero que parecía estar tocada por la varita mágica de la suerte. Gente apacible, respetada, que convivía con tranquilidad y que no se despertaba de noche en medio del susto y la desesperación. Pero también existía lo otro. Lo otro se ocultaba, nadie podía saberlo. Las primeras interesadas en ocultarlo fueron ellas, las mujeres que tenían una trastienda emocional llena de objetos viejos y punzantes. Esas mujeres agachaban los ojos cuando iban por la calle. Les parecía que ellas mismas eran las culpables de lo que les pasaba. No tenían capacidad para entender que nadie merecía aquello. No. Ellas sentían que la vida era un castigo y que ese castigo tenía que tener una motivación. Nadie podía sufrir así sin causa alguna. 

Se equivocaban. Equivocaban sus silencios, que atravesaban las frágiles paredes de las casas y atronaban las calles. Equivocaban sus confidencias, hechas siempre al calor de la tragedia, a personas inadecuadas, que solamente incubaban odio y nunca resistencia. Equivocaban las lágrimas, porque no lloraban por ellas y su vida desperdiciada, sino por sus hijos, a los que miraban con un sentimiento de cobardía nunca superado. Equivocaban el camino, porque andaban despacio y escondiéndose en lugar de rápido, de frente y con decisión. Ellas no lo sabían. Pero todos eran cómplices. 

domingo, 17 de abril de 2016

Ellas, las otras



(Spring fashion. 1953. Erwin Blumenfeld. For Vogue) 

Las cuatro mujeres tenían vidas parecidas. Pero ellas eran distintas. Ahí estaba lo esencial, lo que las hacía diferentes. Esa forma de ser, más allá de las cronologías o de sus gustos cotidianos. La mayor estaba hecha al trabajo duro. Su infancia fue terrible y ella la había soportado con un gesto elegante, sin apenas darle importancia. En su vida de casada hubo desgracias que asimiló como quien tiene un pequeño tropezón al andar con unos zapatos de tacón alto. Y así, todo se le iba en gozar de la vida, en vivir aunque no hubiera ganas, aunque no hubiera tiempo, aunque nada hubiera. 

Otra de esas mujeres vivía en una mentira. Fingía. Era una persona y se mostraba como otra. Ese fingimiento tenía un claro objetivo. Llamar la atención. Ella quería ser la persona mimada a la que todos cuidaran y a la que todos hicieran el mayor caso. Seguramente aquello le vino de su infancia, de su juventud, junto a una madre omnipresente que no se separó de ella ni siquiera casada. Una vida a la sombra la convirtió en un ser inútil, asustadizo, lleno de necesidades que, en realidad, eran solamente un reclamo. Pero  había quien envidiaba su forma de convertirse en el centro del mundo. 

La tercera mujer tenía mucho miedo. No quería envejecer. No quería enterarse de que los años pasaban. No quería saber a quienes miraba su marido de forma subrepticia. No quería conocer la realidad de otras personas más felices y más decididas. Su vida dependía de los otros, de la aprobación de otros, del sí de los demás. En ella misma no hallaba ninguna compensación, ningún desvelo. Estaba vacía la mayor parte del tiempo, hueca, insomne, plena de preguntas que nunca nadie iba a responder. La tercera mujer estaba sola aunque ella no lo sabía. 

Y la más joven era diferente a todas, mucho más de lo que a simple vista podía parecer. En su universo estaban los libros, las películas, las coplas, las canciones de amor, las risas de los niños, el baile, la emoción. Todas las cosas de alrededor tenían significado y todas se escribían de una forma especial para ella, que era una soñadora sin remedio y que quería ser feliz a toda costa. Aún así, no se dio cuenta nunca de la belleza que atesoraba, de la hermosura de sus ojos o de su pelo oscuro, de su piel tan inmaculada que no tenía ni una sombra. No era consciente de su fuerza y por eso la perdió. Y sufrió por amor toda su vida. Sin saber que la amaban aunque no había palabras. 

Salto mortal (y rojo)


(Red on Red. Erwin Blumenfeld. 1954. Fotografía) 

Eran tiempos de silencio. Esos años en los que las apariencias eran tan importantes que ocultaban el fondo. Incluso no había fondo directamente. Solo apariencias. 

En esos años ella se saltó las reglas. Decidió que iba a escribir su historia por sí misma, con su propio cuaderno, su lápiz bien afilado y su goma de borrar. Usó la goma para borrar su matrimonio. Usó el lápiz para dibujar el perfil de un hombre diferente. Varonil, ansioso, volcado en ella y en sus esperanzas. Así, se convirtió en lo que nadie en la calle querría ser. Se convirtió en un pecado andante, que se paseaba sin esconderse por las calles desiertas y se bañaba esplendorosamente feliz en las playas. 

Una vez la encontré frente a frente. Caminaba a su lado con aire resuelto. No era guapa, pero el amor había logrado el milagro de que pareciera fresca y satisfecha. De ese modo, cuando te cruzabas con ella advertías una especie de pátina de la que carecían todas las demás mujeres de su edad y condición. Sonreía para sí misma, como si guardara un gran secreto. Y en verdad, así era. El secreto del amor correspondido y fuera de la legalidad. Ella, que casi no había sabido nada del mundo antes de eso, fue capaz de decirles a todos, solo con su manera de andar, que había hallado un secreto desconocido para todos. 

sábado, 16 de abril de 2016

Pronunciaré tu nombre


(Fotografía de Eduardo Blanco Amor: Playa de Capri)

En ese viaje imaginado que nunca tendrá lugar visitaremos la isla de Capri. Nos acogerá con la gentileza acuática de los lugares de moda y anidará en nuestro corazón un sentimiento nuevo. Seremos entonces nosotros mismos sin este peso de ahora, sin esta ocultación de lo que somos. La playa será el recóndito escenario de los besos, besos que no hemos escrito todavía, besos que no pueden retrasarse porque la vida avanza. 

Habrá esperanza entonces de que todo esto no sea una mera representación de teatro, consideraremos que tenemos una oportunidad de vivir lo que antes han sido solo palabras y una sonrisa tenue inundará la cama con vistas al mar que acogerá ese momento eterno del cuerpo a cuerpo sin tapujos. Ay, qué será entonces de los miedos...qué color tendrá nuestra mirada...cómo esconderemos el pasado para que no nos estorbe...

Pronunciaré tu nombre sin olvidar ni una sola de sus letras, tu nombre completo, el nombre del amor que ahora callo. Pronunciaré sus sílabas como si recitara una oración, pues tú eres la única fe que profeso, el único motivo por el que considero necesario vivir. Pronunciaré esa frase que convierto en mentira desde siempre y no negaré esa evidencia que flota entre nosotros sin que se nutra de la piel que abrazamos en los sueños. Pronunciaré tu nombre y será igual que si naces de nuevo. Y ya no habrá dolor. 


Nada de nada



(Autorretrato. Fotografía de Elizabeth Hase. 1930)

El caso es andar, dice la canción que escucho mientras escribo. Una ecuación perfecta. La música que no es el fondo sino, incluso, el motivo. Las palabras que acuden y sacuden el ordenador en un tic tac continuo y pausado a la vez. Ese momento en el que la lluvia golpea la ventana, la hace retumbar, la llena de gotas que te impiden ver el exterior. Tampoco puedes mirar hacia dentro. Si lo haces, las gotas de lluvia se habrán convertido en lágrimas. Lágrimas perennes que danzan en torno a ti porque tú las has convertido en un motivo cotidiano. 

El caso es andar, nada me pertenece. Soy nada. No tengo ninguna razón para contarte cosas ni para escribirlas apenas, dice ella mientras sus ojos, enrojecidos a saber de qué y por cuánto tiempo, sacuden las lágrimas y las pestañas se arquean sin otro remedio que el disimulo. He escondido que tengo un desasosiego permanente y que tú me lo produces, piensa ella. Esos pensamientos se acumulan día tras día y escriben un caleidoscopio de amasada ternura, que solamente ella descifra. Nadie lo oye. Nada de nada. 

El caso es andar. Escudriñar los sentimientos y tratar de que las emociones se domestiquen. No voy a contarte la realidad, dice ella. Es imposible hacerlo, no lo entenderías. Y tampoco eso es necesario. Hay una crueldad latente en la ocultación, sé que soy cruel y no puedo evitarlo. Quisiera poder dejarte en la cuneta y no volver jamás a conocer tu nombre. Me duele tanto verte que no puedo evitar el deseo feroz de perseguir tu olvido. Amar y olvidar se escriben igual, son verbos consecuentes, no pueden separarse, están unidos. Me daña lo que eres, lo que haces y de lo que has vivido. No hay nada en ti que me recuerde, amablemente, que soy algo más que esta nada que se zambulle en mi espacio anegándolo todo. Eres cruel y por eso no quiero nada más que dejarte a un lado para siempre. 

jueves, 14 de abril de 2016

Por una rosa


Es de esas rosas que crecen sin permiso, que viven sin agua, a veces sin luz y hasta sin sol. Es una rosa que nace sin remedio, que no puede apagarse aunque no tenga nadie que le insufle la vida. Es una rosa evidente, una rosa impermeable, una rosa única. Es una rosa de afectos, una rosa de desamparo, una rosa de dicha. Es una rosa de pasión. Es la rosa que llevo desde que eres en mi vida. Tan espontánea como tú y con el mismo sentido. Es mi rosa. Por ti nació y así vive. 

Diez libros para el Día del Libro


("Mujer leyendo en un interior". Ricardo López Cabrera, 1898)

Si existe una festividad verdaderamente alegre esa es el Día del Libro. El 23 de Abril. El momento, la excusa perfecta para entrar en el parnaso y buscarte un libro y lanzarte a leerlo con ganas. El tiempo de hacer regalos y de hacer llegar a alguien tu sentimiento por medio de un texto que te encanta. O de recibir la sorpresa en forma de un libro que es de tu agrado y la persona que te lo regala va y lo sabe. 

Por si no sabéis qué libro compraros o regalar o regalaros, he aquí diez de ellos que he leído últimamente y que me han gustado mucho. Ocho escritos por mujeres y otros dos por hombres. Casualidad. O no.  Y los escribo sin orden, ni concierto, ni jerarquía, así, sin más....

"Flores para la señora Harris" de Paul Gallico. Editorial Alba

"Y eso fue lo que pasó" de Natalia Ginzburg. Acantilado

"París era ayer. 1925-1939" de Janet Flanner. Editorial Alba. 

"La costurera" de Rosalie Ham. Editorial Lumen

"Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin. Editorial Alfaguara

"Madre e hija" de Jenn Díaz. Ediciones Destino. 

"Un regalo que no esperabas" de Daniel Glattauer. Editorial Alfaguara

"Apropiación indebida. Una novela sobre el amor" de Lena Andersson. Editorial Alfaguara

"Departamento de especulaciones" de Jenny Offill. Libros del Asteroide

"Tú no eres como otras madres" de Angelika Schrobsdorff. Periférica y Errata naturae

martes, 12 de abril de 2016

"Nora Webster" de Colm Tóibín

Tres años de la vida de Nora Webster, desde que se queda viuda de Maurice, hasta que decide desalojar los armarios con su ropa y romper los recuerdos escritos que de él tenía, son el espacio de tiempo en el que transcurre este libro. El tiempo acota el contenido y las emociones. Nora tiene cuatro hijos, debe trabajar y seguir viviendo mientras elabora su duelo y recorre ese oscuro camino que va de la vida en compañía a la vida en soledad. Un aprendizaje que solamente se culmina cuando la aceptación de lo ocurrido es plena, cuando el horizonte del futuro pesa más que el dolor del pasado. O que la felicidad compartida, aún mucho peor de sobrellevar. 

Tóibín entreteje otros contenidos en la historia. La vida laboral de Nora, los acontecimientos históricos que acontecen en su Irlanda, las relaciones con sus hijos o vecinos, redes de amistades que aparecen y se van, amalgamas de pensamientos que se cruzan firmemente en ella y en su determinación de sobrevivir a la catástrofe sentimental de la pérdida de quien había sido su compañero hasta entonces. Todas estas tramas no pueden distraer del motivo central de la novela: la disección del duelo y de sus consecuencias. 

Irlanda, finales de los años sesenta, principios de los setenta. Este es el ámbito geográfico y cronológico en el que se desenvuelven estos años de la vida de Nora. Una Irlanda que aparece con todos los matices posibles y que resulta tan literaria siempre. Una mujer de cuarenta años, con cuatro hijos a su cargo y que pierde a su marido, después de una existencia compartida razonablemente feliz, como lo es la de las familias normales. Una construcción emocional enmedio de los avatares del día a día, tambaleándose a veces y otras veces convirtiéndose en un reto que hay que superar. El dolor no es aquí sino un elemento más, que sombrea al personaje y lo hace más cercano y comprensible, incluso cuando sus circunstancias se ocultan con el telón de fondo de la vida en esos años y en ese lugar. Superar el dolor o convertirlo en aliado, hacer que no termine contigo de igual forma que la pérdida ha acabado con tu equilibrio, con el suave retrato de tu vida anterior. 

"Léxico familiar" de Natalia Ginzburg

Natalia Ginzburg (Palermo, Italia, 1916-Roma, 1991) es una de esas escritoras cuya vida bien podría dar lugar a varias novelas. Su nombre de soltera era Natalia Levi y pertenecía a una familia culta y de izquierdas. Su vocación literaria fue temprana y desde los dieciocho años publicaba relatos en revistas. Se casó con el director de la Editorial Eunadi, Leone Ginzburg, y ese matrimonio la puso en contacto con el mundo literario de una manera plena. En 1943, Leone fue detenido y asesinado en el marco de la lucha antifascista y ella se dedicó desde entonces a trabajar en la editorial. Desde Roma, donde fijó su residencia después de esto, formó parte del Parlamento como miembro del PCI y siguió escribiendo hasta su muerte. 

El número de novelas y relatos que ha publicado es muy importante. Este "Léxico familiar" a modo de memorias familiares, salió a la luz en 1963 y ha venido siendo reeditada desde entonces en varios idiomas y por diversas editoriales. Un tapiz sentimental por el que transcurre su vida hasta ese momento, es el motivo principal del libro. Pero, a pesar de los difíciles días que tienen lugar en su biografía, hay una discreta contención que aparta toda exageración, todo lamento, de las palabras que escribe. Emociones sí, pero matizadas, como si sobre ellas arrojara una tenue gasa que las hiciera más llevaderas y simples. Las relaciones humanas son el gran tema que la autora desgrana, tanto en su autobiografía como en el resto de sus novelas o relatos. Relaciones humanas dotadas de la enorme complejidad que encierran y basadas en el secreto de las palabras, en la posibilidad de comunicación a través del lenguaje, su máxima expresión, su verdadera esencia. "Solo he escrito lo que recordaba. Por e so, quien intente leerlo como si fuera una crónica encontrará grandes lagunas. Y es que este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela" dice Ginzburg de este "Léxico familiar".

En el libro aparecen sus hermanos, sus amigos, la gente que compartió su niñez y su juventud. El retrato de esas personas se mezcla con el de los ambientes y paisajes, con la nitidez de un buen fotógrafo que apresara gestos y emociones. En eso reside la fuerza de su literatura, en hacernos ver, como testigos privilegiados, todo lo que el transcurrir del tiempo hace al horadar nuestros corazones con el paso de los días y con la mezcla de los afectos. En realidad, lo que hace Natalia Ginzburg, de modo literario porque posee la fuerza de la palabra, es dialogar consigo misma, con lo que es, lo que fue, lo que ha sentido. Ese diálogo íntimo, cuando tiene la posibilidad de ser trasladado al papel, es lo que genera un intercambio de emociones que nada puede hacer desaparecer a pesar de que la memoria se debilite. 

domingo, 10 de abril de 2016

Confórmate con filosofar

Recordarás la escena. En ese baile tan ansiado por todas que se celebra en Netherfield, Elizabeth Bennet y su hermana Mary están sentadas sin bailar. Para las muchachas de esos primeros años del siglo XIX el baile era el mayor motivo de diversión, el espacio en el que acontecían los principales prodigios, a saber: hallar un hombre con medios económicos suficientes como para librarlas del oprobio de depender de otro hombre, un padre o un hermano. Como dice Italo Calvino en el prólogo de un libro que he leído recientemente, y que ahora no voy a detenerme en buscar, las mujeres han estado toda la vida esperando, sufriendo y bajo el dominio de un hombre, que, al final, terminaba por engañarlas. Aunque rodeada de la fina ironía de Austen, la actitud de Elizabeth no deja de ser la misma que la de otras chicas casquivanas que florecen en el libro que recoge la escena, "Orgullo y Prejuicio". Cuando Mary lanza un alegato contra los bailes, por absurdos y poco intelectuales, ella le contesta con esa famosa frase que me hace pensar: "Ya que no tenemos pareja, conformémonos con filosofar". 

Filosofar puede representar cualquier cosa. Buscar un subterfugio cualquiera para olvidar la triste realidad: la soledad de una mujer sin hombre al lado. Algo que puede resultarnos antiguo, obsoleto o trivial, pero que es una verdad escrita a fuego. En ese tiempo y en todos los tiempos. En el tiempo de ahora, el que vivimos. Recuerda, si no, esos titulares de periódico que hablaban de "dos mujeres solas" al citar la noticia del ataque a dos turistas en no sé qué país de la América Hispana. Una mujer sola es siempre una mujer sin hombre. Puede haber miles de mujeres juntas pero, si no hay hombres, esas mujeres, a decir de la sabiduría popular, están solas. 

De ahí viene el dolor. De esa seguridad adquirida, cultural o innata, que te dice que no eres nadie sin un hombre a tu lado. Que bromea con las vírgenes y con las viudas. Que establece una línea divisoria entre la mujer, cuando es apetecible y objeto de deseo sexual y cuando ya ha terminado su período vital de gustar a los hombres o no tiene los encantos suficientes para ello. La naturaleza se ha vengado en las mujeres y, al tiempo que la ha dotado del milagro de la maternidad, que los hombres envidian aunque no lo confiesen, la ha condenado a que el paso del tiempo sea extremadamente difícil y también a no supervivir emocionalmente si no hay un hombre a su lado. 

La belleza femenina no es tal en sí misma, ni tampoco la fealdad. Ambas están supeditadas a la mirada del otro, a la visión masculina. Si una mujer fea se siente amada, la fealdad desaparece. Y al revés. No sirve de nada la belleza si aquel en quien has depositado tus ilusiones no se da cuenta de ella o no la admira. 

Así, la mujer de la sombrilla que pintó Monet, camina sola y tuerce el gesto al ver ante ella un camino por recorrer en total silencio. Un silencio no elegido sino impuesto. Un silencio que oculta miedos y sinsabores. La belleza de la tarde no le dice nada, no le importa siquiera. Su vestido se arquea al paso entre las hojas y la sombrilla la protege del viento que mueve su pañuelo. Pero el rostro permanece impasible, quizá transido de una lágrima que no quiere terminar de formarse, quizá lleno de luz en la esperanza, quizá perdido en un terremoto de pasión inconfesa. 

Sea como fuera, la mujer de la imagen, sola, tiene que conformarse con filosofar en este tiempo árido de la ausencia de abrazos. Como tú, como yo, como nosotras. Pero tú, yo, nosotras, sabemos que la fuerza está en nuestras propias manos. Y que todo lo demás, si viene, será por añadidura..



viernes, 8 de abril de 2016

Andrés Neuman: la belleza de la alegría

El caso es que no recuerdo la fecha pero conocí a Andrés Neuman en una Feria del Libro de Sevilla, allá en esa carpa que habilitan en la Plaza Nueva donde los autores se sientan en una pequeña tarima y los lectores en sillas de madera forradas de blanco, como si asistieran a una boda en una hacienda de Utrera o Carmona. 

La tarde de primavera era cálida y Neuman nos contaba, con su acento peculiar y una media sonrisa que siempre gasta, a saber por qué extraño motivo, las peripecias de los viajes que le condujeron a escribir algunos de sus libros. Los aeropuertos y las estaciones de tren, esos sitios de tránsito en los que puede uno hallar fuente de inspiración o de desesperanza, fueron el poso en el que buceó para plasmar sus vivencias y sus pensamientos en el papel. 

Neuman es polifacético y tiene una obra miscelánea, muy variada y a veces efímera, porque anda por la red, a través de su propio blog, que cuida y mima. Pero deja en el papel huella precisa para que los lectores no se le escapen por las rendijas de Internet. A Dios rogando y con el mazo dando, se diría. 

En uno de sus libros "El equilibrista", que publicó Acantilado en 2005, hace una apología de la alegría que merece la pena considerar en tiempos estos tan dados a la preponderancia de pesimista existencial. Del coñazo, bien dicho, para entendernos. Estos pesimistas suelen, por otra parte, abominar de las redes sociales. Las consideran un engendro, un núcleo del mal concentrado en pocas líneas, algo insoportable para sus delicados estómagos. Sin embargo, para Neuman las redes son un medio de contar cosas, de hacer literatura, sin la dependencia de otros que puedan decidir que publican lo que escribes. Por eso usa el blog y Twitter y Facebook. Un poco de todo. 

Ese renacer del papel de la alegría como goce estético que él preconiza y anuncia como bandada de pájaros en primavera, puede servir de ejemplo de una filosofía de la vida basada en la belleza de existir. Un algo filosófico que quizá no tenga más bases que la propia vivencia o el destino o una elección consciente de lo que quiere ser. Pero, al fin, no es menos científico que andar dando tumbos, arrastrando los pies y soplando con premeditación. De todos modos, prefiero esperar la alegría. 

domingo, 3 de abril de 2016

Con la lluvia de abril


(Ilustración: André Kohn)

La ciudad se estremece bajo una lluvia suave que cubre por unas horas su perfil cálido de sol inclemente. Toda ella se viste con esa cortina acuosa y líquida que motea las gafas y convierte en duro diamante el roce de las manos en las mejillas. Hay quien no ha reparado en que el cielo está gris y se mueve sin paraguas con la actitud de incomprensión que esta lluvia de primavera ofrece. En la iglesia los asistentes a la misa no saben que, al volver a la vida exterior, el manto oscuro que ha cubierto el cielo se desgrana ya en suaves copos líquidos que mojan sin molestar apenas. 

Ella recorre los puentes, que tantas otras veces ha pisado, bajo el techo breve de un paraguas de corazones rosas y se pregunta como hace siempre por ese milagro de una ciudad que ofrece mil caras y otras mil oculta. El río es una larga lámina que recibe la lluvia con indiferencia y en él los remeros se mueven rítmicamente sin pausa y con desdén. Sin preguntas. En sus movimientos exhiben las impúdicas certezas cotidianas mientras lo atraviesan a la velocidad de la luz blanca de una mañana de alborozado abril. No es este un abril cruel porque, sin previo aviso como suelen, las violetas han florecido y fieles a su cita aparecen humildes en un cesto de mimbre sobre la mesa de cristal. 

Ella guardará en su cabeza, no puede evitarlo, las fotos de todos esos instantes y, cuando pasen los días, aún notará en los labios el sabor dulce de las gotas de agua como el mejor regalo de esas horas. La música de fondo se diluye y se convierte en copla sin que nada ni nadie pueda entender siquiera por qué el eco de la infancia es tan profundo y rodea con sus brazos incluso este tiempo en que vive sin pretenderlo casi.

viernes, 1 de abril de 2016

La chica de ayer


Sonaba “La chica de ayer” y ella caminaba como si volara, de puntillas por el asfalto tórrido de un verano que se escribía, por vez primera, junto a un río y no en la salada claridad de su mar de siempre. Sonaba la música y ella soñaba, mientras recorría graciosamente el barrio que había elegido para vivir y que se abría como una promesa de amanecer, de esas que nunca pasan desapercibidas. Era tan joven y tenía tantas ansias, tantos sueños por escribir y tantos caminos por andar….En esas, alguien apareció inopinadamente. En ese encuentro hubo risas y mosquitos que dejaban en las piernas desnudas las señales inequívocas de sus molestas intenciones. Pero nada de eso podía borrar la emoción de los primeros momentos, de esos instantes en los que todo parecía nuevo. Y lo era, en verdad. Así hubo tiempo de conocerse, de escribirse mutuamente en el manual de las primaveras y de las estaciones que iban sucediéndose sin que nada enturbiara la felicidad de esas horas. Hasta que la vida, que se alimenta de sí misma y que a veces es incomprensible, decidió que ya estaba bien y que, de nuevo, había que reinventarse. Y ella lo hizo. Como siempre. Con la misma sonrisa y el mismo gesto al andar. Sonaba la música y ella la dejó de oír, pero solo por un momento. 

Un coche para dos


El primo Jaime era el más guapo de la familia. Era oficialmente guapo. Aún lo es, aunque los años han pasado. Conserva un precioso cabello abundante y  áspero y moteado de gris. Unos ojos soñadores color verde-mar y unas manos cuidadas y llenas de ligereza. Es un hombre atractivo y entonces era un joven comestible. Como es diez años mayor que yo siempre me consideró una niña y nunca me prestó la menor atención. Pero un día la cosa cambió. Yo estaba recién divorciada de mi primer marido, aún no había cumplido los treinta y me encontraba en un momento envidiable. Libre de las ataduras de un matrimonio que se había revelado bastante absurdo disfrutaba de la sensación de no tener que darle cuentas a nadie de mi vida. Así fue como el primo Jaime me vio en un acontecimiento familiar: atractiva, feliz y dueña de una sonrisa arrebatadora. Creo que se enamoró al instante,  cuando me vio llegar con un vestido negro sin mangas y unos pendientes largos de cristal que hacían zigzag y que brillaban con la luz de las lámparas. Su mirada lo dijo todo: me descubrió y se preguntó dónde había estado yo durante los años pasados. Había, eso sí, un inconveniente: estaba casado. Pero eso para mí no significaba nada. Yo no buscaba compromiso, sino emociones. Y estaban aseguradas con él. Todo era subrepticio, escondido, oculto. Ese es un maravilloso estado del corazón: late por alguien que solo tú conoces. No hay rutinas, sino sorpresas. El teléfono sonaba y era él. Urdía cualquier plan para poder encontrarnos, a pesar de la distancia de más de cien kilómetros que nos separaba. La distancia era un acicate, no un inconveniente. Su coche era muy potente y su voz encantadora. A lo lejos, lo imaginaba subiéndose a su vehículo y pensando en mí. Nos gustaba viajar juntos. Inventábamos viajes que hacíamos en la clandestinidad más absoluta y compartíamos momentos inenarrables, o quizás pudiera resumirlos diciendo que hubo tanta pasión como anhelo. Los viajes en coche eran excitantes, sí, esa es la  palabra. La sensación de estar a su lado, mientras él usaba una mano para conducir y me dedicaba la otra totalmente…Esa sensación se recuerda por mucho que el tiempo pase y los otoños se conviertan a veces en desconcertantes. El primo Jaime se convirtió en Jaime y era un hombre adorable. Aquello no podía durar demasiado. Ni yo pretendía cambiarle la vida, ni él era capaz de hacerlo. Nunca se planteó nada más que eso: sutiles encuentros a la luz de la luna, en el restallante mediodía o en los atardeceres frescos del verano junto al mar. Siempre pensé que aquella relación fue una reconfortante medicina que llegó en el momento justo. Escribir la pasión es una asignatura que nadie debería saltarse.