miércoles, 28 de diciembre de 2016

El regreso del capitán Wentworth


(Autorretrato de Constance Mayer, 1775-1821)

Anne Elliot, la protagonista de "Persuasión" está muy enamorada de Frederick Wentworth desde los diecinueve años y cuando él le ofrece matrimonio rechaza su proposición. Los diecinueve años de entonces, finales del siglo XVIII y principios del XIX, eran una buena edad para casarse. Incluso se registran matrimonios con menos edad. Sin embargo, Anne renuncia a su felicidad y hace infeliz también al hombre que la quiere. Los consejos de Lady Russell y la falta de aprobación por parte de su padre contribuyen a ello. Sin embargo, Anne tiene sentimientos profundos y ocho años después de aquello, cuando vuelve a encontrarse con Frederick, convertido en el capitán Wentworth, un hombre triunfador y de fortuna, las cosas son bien distintas. Una suerte de determinación la guía. Sabe lo que siente y sabe que ahora actuará de forma diferente si él la sigue amando. Pero es algo que está por ver, no hay ninguna certeza de que el afecto del capitán se haya mantenido en el tiempo. La principal razón de esta duda es que se trata de un hombre orgulloso, que se sintió no solo abandonado en sus sentimientos, sino lastimado, por la actitud de ella. Y Anne debe hallar el justo punto entre su propia dignidad de mujer, que no está en discusión, así como su amor intacto. 

Lo primero, piensa Anne, es entender sus propios sentimientos, descifrar qué siente su corazón cuando la vuelta del capitán se produce. Y por eso destina parte de su tiempo a reflexionar sobre ello.  Esa actitud filosófica de pararse a considerar lo que experimenta y lo que ve, es la guía que marca su actuación y es un aprendizaje que confiere al libro un carácter especial de educación sentimental. En su persona, en Anne Elliot, se da la unión madura de la emoción del amor con el razonamiento. No es un amor ciego. No quiere engañarse, no quiere perderse, no quiere dejar de ser como es y, al tiempo, su corazón y su persona entera tienden hacia el capitán Wentwork de esa forma inequívoca que aparece cuando nos enamoramos. Eso asegura que sea capaz de comportarse debidamente, no según las convenciones sociales, sino según ella misma. El respeto a las normas es algo que se refleja en su proceder, pero no a una norma establecida por el uso colectivo, sino como algo intrínseco a los seres humanos. No hacer daño, no hacérselo a uno mismo. Es una mujer de una pieza que, en análisis más ligeros, puede parecer algo victimista y sufridora. Nada más lejos. 


(Constance Marie Charpentier. Melancholy, 1810) 

La vida de Anne Elliot no está sobrada de afectos. Y la infancia determina el carácter como sabemos. El cariño que recibes, el apego que tienes a tu madre, la seguridad que tu padre te proporciona con su apoyo y protección son definitivos para dibujar una personalidad futura. Es huérfana de madre (como lo es Emma, por ejemplo) y su padre no la quiere. Es un hombre pagado de sí mismo que se contempla en un espejo todos los días. El espejo de la petulancia y la vanidad. Tampoco se siente (con razón) querida por su hermana mayor, Elizabeth, ni por la menor, Mary. Ni una ni otra pueden entender la manera de ser de Anne que es, curiosamente, otra vez "la segunda hija". Como Elizabeth Bennet en "Orgullo y Prejuicio". No la primogénita, como Elinor Dashwood, sino la segunda, la de en medio, alguien que aquí pasa completamente desapercibida y que si no se hubiera enamorado de Frederick Whentwork poco tendría que contar de su primera juventud.

Todas estas circunstancias familiares podrían haberla convertido en una mujer a la deriva, una mujer que se deja llevar por los otros, que busca su aprobación constante (evidencia de una baja autoestima) o que cambia de opinión por agradar. No es así. Anne Elliot se da cuenta perfectamente de cómo son las personas que la rodean y no se equivoca. Tiene un sexto sentido, una inteligencia clara que, unida a su capacidad de razonar, la convierten en una mujer preparada para entender el mundo y para conocer a sus semejantes. No espera ningún imposible y sabe distinguir lo bueno de lo innoble. 

El personaje de Lady Russell es ambivalente, no acaba de darnos la clave de su pensamiento y de sus acciones. Fue una de las artífices del mal consejo que obligó a Anne a separarse de su enamorado. Pero, por otro lado, parece que la quiere y, sobre todo, que Anne sigue confiando en ella aunque...¿no es verdad que sus pensamientos quedan a resguardo de todos, incluida de Lady Russell, en esta segunda aparición de Frederick en su vida? ¿no será que ha aprendido que, en cuestión de amores, es mucho mejor dejarse guiar de los propios instintos, intuiciones o razonamientos y, en todo caso, equivocarse sola? Así se desprende de su absoluta discreción ya que, en ningún momento, revela a nadie su desazón por el reencuentro ni los pensamientos que ello le suscita. ¿Solo timidez o también prudencia? 


(Marguerite Gérard. Preludie to a Concert. 1810)

En realidad Anne Elliot es la primera heroína de novela que ha de luchar por mantener su equilibrio personal al tiempo que intenta reconquistar al hombre que quiere y que perdió en su día. No se trata, además, de una jovencita de extremada belleza, como Emma, o de ingenio notable, como Elizabeth Bennet, sino de una mujer hecha y derecha cercana a la treintena, lo que, en años como aquellos, equivalía ya a la madurez. Es bella sin exagerar, tiene una pequeña dote y nada destaca en ella a primera vista. Esto hace mucho más interesante su peripecia. No es una top-model sino una persona normal. Cualquiera de nosotras podía ser Anne Elliot. Y no logra su objetivo, es decir, el amor de Wentworth con malas artes, con técnicas de simulación o de manipulación, que ofenderían su sensibilidad y la harían avergonzarse de sí misma. Ese todo lo contrario, es la limpieza de sus actuaciones, la claridad de sus sentimientos y su actitud de frente y sin impostura, lo que la hace aparecer ante los ojos del capitán, tanto antes como ahora, con un atractivo irresistible. 

Anne Elliot, siendo pasablemente guapa, tiene algo que es tan valioso como la hermosura y mucho más útil en estos casos. Una especial inteligencia emocional que hace que sus reflexiones sobre qué le ocurre y por qué le pasan las cosas sean acertadas y dignas de ser tenidas en cuenta. No se engaña a sí misma pero tampoco se deja llevar por lamentos inútiles. Ve la realidad, ni más ni menos. Por eso va observando la evolución que la conducta del capitán Wentwork va experimentando, desde su inicial desapego aparente hasta esas conversaciones casi robadas, esas miradas, que le dan a entender que el fuego existe, que no se ha apagado del todo. Y no se equivocó. Esa penetración psicológica que hace de su amado es cosa de mujeres modernas, de mujeres seguras de sí misma que no están dispuestas a vivir la vida de otros ni a renunciar a la suya propia. Y la descripción que hace la autora de los momentos de zozobra, que los hay, de tristeza, desconcierto o duda, es uno de los puntos fuerte de la narración.

En las novelas de Austen no pasa nada, salvo que las personas hablan entre sí, se visitan, se mueven de una casa a otra, acuden a reuniones, asisten a bailes o a conciertos, pasean por la calle, se encuentran y se relacionan. Este microcosmos humano es el que da lugar a todo tipo de emociones y sentimientos, desde los más elevados a los más abyectos. Es un muestrario de la naturaleza humana que todos reconocemos al leer sus libros. Y, junto a los sentimientos y las emociones, las conductas, los actos, los hechos que son incontestables y que no admiten sino la fidelidad de la prueba. Anne Elliot posee una penetrante capacidad de observación y necesita momentos de reflexión para encajar todo lo que ve y lo que siente. Nada hay de impulsividad, pues, en esa forma de actuar. Lo impulsivo surge, como es natural, en esos encuentros imprevistos en los que ella, cogida por sorpresa, debe sujetar su corazón, atarlo en corto, evitar que por los ojos y la boca salga todo el torrente de un sentimiento que, controlado o no, es verdadero y genera ríos de pasión.

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Las pinturas que aparecen en esta entrada formaron parte de una exposición que se organizó en el año 2012 en el Museo Nacional de Suecia. La muestra se llamó Stolhet och fördom (Orgullo y prejuicio) tomando así el nombre de la novela más famosa de Jane Austen. El período histórico que ocupaba (1775-1860)  incluía el tiempo en que vivió la escritora, que nació en 1775 y murió en 1817. 
Este período histórico contempla la tensión entre burguesía y nobleza, la Ilustración y la Revolución Francesa entre otros acontecimientos de gran repercusión en el occidente europeo y en América. 

El objetivo era dar visibilidad a pintoras que en su momento no habían podido ocupar los Salones como su talento merecía. Allí estaban, entre otras, además de las que aparecen en los pies de imágenes, Marie-Suzanne Giroust (1734-1772), Marie- Thérèse Roboul (1728-1805), Anna Wallayer-Coster  ( 1744- 1818), Ulrica Pasch (1735-1796), Amalia Lindegren, Hortense Haudebourt-Lescot...

La novela a la que se refiere esta entrada es "Persuasión" escrita por Jane Austen y que fue publicada póstumamente en 1818. 

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