viernes, 11 de noviembre de 2016

Leonard Cohen: Seis acordes de guitarra


Me confieso analfabeta en Cohen. Si no hubiera muerto ayer yo no hubiera buscado en Internet noticias sobre su vida, ni hubiera escuchado con atención sus diez temas más famosos tal y como los publica La Vanguardia. Ni hubiera estado atenta a un enlace de El Mundo en el que se recoge el discurso que dio en Oviedo con motivo de recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2011. Qué curioso. No recuerdo cuestionamiento alguno hacia ese premio, quizá porque "Letras" es concepto más amplio que poesía, que novela, que escritura. Ahí la copla entra sin remedio y la canción y todo lo que música acompaña. 

En ese discurso Cohen cuenta una historia. Las historias de los viejos son entrañables y él, en ese año de 2011 ya lo era y lo sabía y tenía esa presunción de los viejos que han pasado ya esos años difíciles en los que todavía se tiene esperanzas de mantenerse lo más en forma posible para seducir a quienes nos cruzamos en la vida. En ese año él había decidido abrazar su vejez como una etapa que lo prepararía hacia la muerte, el final. De ese final habla en su discurso y todos lo entendemos cuando dice que hay que abordarlo desde "los estrictos límites de la dignidad y la belleza". Ah, la belleza, esa causa perdida con el paso de los años que solo reverbera cuando miras al fondo. Ah, la dignidad, inconmensurable necesidad que, cuando eres joven, administras tan mal y tan seguido. 

"La poesía viene de un lugar que nadie conquista", afirma, quizá para hacerse perdonar que, no siendo poeta al uso, vaya a recibir este premio que no esperaba o que no conocí. Porque somos un país lejano para aquellos que viven en ciertos horizontes del Atlántico. Aunque en este caso me equivoco, no estoy en lo cierto. Su guitarra está hecha en España, así lo cuenta. Y su voz la halló tras leer a Lorca, después de repostar en los poetas ingleses a los que entendía sin traducción. Esa voz propia que es la que nunca muere, como la madera. 

La historia se complica cuando un joven español que andaba por Montreal tropezó con Cohen en el parque que estaba justo detrás de su casa de la infancia. El joven tocaba una guitarra con eco flamenco y lo hacía de un modo que el futuro premiado no conocía. Tres clases le dio. Seis acordes le enseñó. Los justos para, según él, componer toda su obra. El joven murió al cuarto día en una pensión de Montreal por su propia mano. 

Confieso que soy una analfabeta en Cohen pero, cuando acabe de escribir esto, y otros días y otros más, bucearé en sus canciones, buscaré sus anécdotas y quizá en una ocasión escriba algo con más conocimiento de causa que ahora. Podré hablar de su elegancia que no conozco, o de sus manías, sus sombreros o su gesto. Baste decir en este instante que no debí ignorarlo tanto tiempo. 


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