martes, 25 de octubre de 2016

Madrid, Madrid


A Madrid ha llegado Edna O´Brien, una de mis escritoras favoritas (esto es poco decir, suena frívolo y superficial) para presentar su última novela "Las sillitas rojas". Hubiera dado lo que fuera por estar allí, en esa librería, por ver de cerca a O´Brien (soy bastante mitómana) y por preguntarle algunas cosas de Kate y Baba que se me quedaron sin resolver. No vivir en Madrid tiene estas cosas. En todas las ocasiones en las que una exposición, una presentación de un libro o, simplemente, la imagen de la ciudad majestuosa y delicada que es, me hace pensar en ello, siempre tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo. Debería coger el AVE todas las veces del mundo y plantarme allí, sin más, sin parafernalia ni preparaciones. Sería lo mejor. 

Mi prima Mary (que es mi súper prima, esa prima que todos queremos tener, porque tiene las mejores cualidades, la mayor gracia y la generosidad especial de la buena gente) siempre dice que, para ella, estar en Madrid es la mejor cura para todos los achaques. Cuando llega, afirma, "ya no le hace falta el Dolalgial". Algo así os puedo yo asegurar. La última vez que estuve, incluso con el papelón que llevaba encima, logré captar esa buena vibración que siempre me produce, pero, la vez anterior, cuando iba expresamente a disfrutar de museos y de calles, todavía fue mejor. Bajarme del tren y aspirar el sonido de mayo me convirtió en otra persona. 

Edna O´Brien me conquistó con "Las chicas de campo". Y luego leí "La chica de ojos verdes". Y después "Chicas felizmente casadas". Su último libro "Las sillitas rojas", está ahora por aquí cerca y solo me he acercado a él a saltos. Si intentas encontrarle un gazapo te vas a equivocar. Edna es la perfección. Envidio su escritura como la de pocos escritores. Y esa forma de no parecer que el texto está trabajado, ese aire de espontaneidad, que esconden talento y esfuerzo, no cabe duda. "Las sillitas rojas" van a esperar un poco todavía. No es momento de leerlo. Sé que he de esperarme. Pero la visión de Edna en la librería, firmando sus libros, me ha producido una gran añoranza. En mi ejemplar, que es un regalo, nadie garabateó mi nombre ni añadió "besos".....

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