miércoles, 19 de octubre de 2016

En el jardín


(Impresionismo americano)

No todo fue tristeza. Nadie soporta la tristeza mucho tiempo. Por eso fue tan doloroso. Teníamos las palabras. Y teníamos las risas. Oírle reír era una gigantesca punzada de optimismo. Reía de una forma especial, con ganas, desde dentro. No impostaba la risa. El tiempo de reírse era el único que parecía verdad. Yo quería hacerle reír a toda costa por eso sufrí tanto cuando me convertí en un problema. Todas las mujeres de su vida nos hemos acabado convirtiendo en problemas. Las del pasado y las que vendrán.

Pero su risa, ay su risa. Conquistaba el espacio. Era limpia y producía el efecto de una catarata de agua en el desierto. A través del teléfono reía con ganas y transmitía un halo de complicidad imposible de evitar. Y, cuando estaba frente a mí, esa mirada, durante el acto de la risa, tenía una fuerza tal que todavía la mantengo en mis ojos. La veo siempre. Está ahí. No se marcha, ni se oculta, ni se escapa. Lo veo reírse y entonces muero.

No todo fue tristeza. Leíamos versos de los poetas que amábamos. Pronunciábamos con cuidado palabras. Las palabras eran nuestro territorio, el lugar en el que nos sentíamos seguros. Me gustaba cantarle. Al otro lado del teléfono mi voz siempre le sonaba a copla. Yo era entonces una cantante antigua que desgranaba amores perdidos, sufrimientos, quejas…Todo lo que un día llegaría a ser, aunque entonces yo no lo sabía.

Me gustaba leerle textos y oír mi voz mientras su oído estaba atento y a veces me comentaba cosas de mi acento que le hacían sonreír. Su sonrisa…ay, esa sonrisa presta a todo. Me llegaba tan dentro que dudaba de mí misma, de lo que era y de lo que había sido antes de conocerlo. Cómo pude vivir sin su sonrisa…cómo puedo vivir ahora. 


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