lunes, 26 de septiembre de 2016

Casi un despertar


(David Parrish. A mitad del camino. 2007. Hiperrealismo)

Todos los días iniciaba una frase de la misma manera: De pronto descubría que....La frase se interrumpía en este instante y quedaba inconclusa. La frase y la intención. La intención era que un haz de luz la iluminara para que ella fuera capaz de ver el punto de vista exacto, la forma exacta de calibrar qué era aquello, una actitud exactamente cierta. Quiero saber qué soy, repetía. Quiero saber qué siento, ansiaba. 

Lo hacía todos los días sin darse cuenta. Iba por la calle en alguno de sus paseos cotidianos y la frase surgía: De pronto descubría que....Cuando llegaba la interrupción no sabía qué decir. Y, luego, si quería recordarlo, todo se escapaba como aire entre los dedos. Una gota de sol en el agua fría habría bastado para convertir esa frase en un amuleto. Pero nada encajaba. Así que vez tras vez las palabras eran ineficaces. No servían. 

No bastaba la brisa de la tarde, ni el resplandor del sol, ni el olor a musgo del camino lateral, ni la plaza cubierta de hojas doradas, ni las alegres pérgolas que anunciaban las rosas. Ese olor no bastaba. No bastaba guardarse para sí el aire silencioso de un secreto que ya nunca podría aparecer, desnudo,  firme, convertido por ti en una mueca única, infalible, perfecta. Supo que era el final aunque la frase no tenía colofón. 

He visto como las olas del día se mueven en torno tuyo. He vislumbrado lo oculto, lo que nunca quieres dejar que aparezca. Mi corazón se ha roto al ver que el engaño es tu lenguaje cotidiano. No hay ninguna esperanza que se transmita como el olor de los jazmines a las manos que los acarician inermes. Inerme mi corazón y yo ya no puedo decirte que algo encuentro en todo esto que aplaque mi ira. Una vieja traducción del silencio de siempre me ha vuelto de cara a la pared. Soy una niña castigada en el colegio que no quiere cumplir ese castigo. Tú te has escapado de nuevo, has mentido y en esa mentira hay una flor que nunca va a dejar de crecer. Un nenúfar vigoroso que se escapa de tu pecho y que se conjuga con el verbo...déjame que lo calle, al fin y al cabo, ninguna palabra puede contravenir el silencio que ahora proclamo. 


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