viernes, 19 de agosto de 2016

Un vestido lavanda con fondo de ojos verdes




No diré ahora tu nombre porque desapareciste con la vida y estas palabras no vas a leerlas. Sé que andas por ahí, casado, con hijos, eres un triunfador. Entonces ya lo eras. Tenías una mirada perfecta, verde y atlántica, a pesar de que vivías tierra adentro y no eras un hombre de mar. Los hombres que han nacido en la mar no tienen ese ansía de mujer que tú gastabas. Más bien parece que el agua los limpia del exceso de deseo. Pero la gente de tierra adentro sabe muy bien cómo el abrazo es el pasaporte perfecto para la noche y el día. Para la mañana y la madrugada. 

Había feria en no sé qué pueblo de las cercanías y tú me invitaste a ir contigo. Eso salvó la fecha de cualquier otra incidencia y la convirtió en la antesala de la gloria. Mi risa retumbaba desde el amanecer cuando el calor me apartó de la cama y me lanzó casi derecha a la piscina, tanta era la resaca de una noche baldía de descanso. El mediodía, pleno de confidencias, hizo que bebiera algo más de lo que podía soportar alguien que nunca bebe. Pero estaba feliz, dispuesta a todo. Tú me habías invitado a esa feria y yo iba a estrenar un vestido que, estaba muy segura, te iba a llevar directamente a mis brazos. 

El efecto del alcohol de antes del almuerzo no tardó en hacerse presente. Ay, mi cabeza. Recuerdo todavía la sensación de aturdimiento mezclada con unas ganas tontas de reír. Reía por el vino peleón y reía por ti, porque sabía que, pasadas unas horas, el verde de tus ojos iba a mezclarse con el tono lavanda del vestido. Te imaginaba ya camisa blanca, un pantalón vaquero, unas manos tan dulces, una boca tan cálida. Te imaginaba ya. Y deseaba que fueran las once, que llegara la noche, que se hiciera de noche cuanto antes. 

Fue tan poco romántico el primer desenlace....Mis ojos se cerraron con un sueño imposible de evitar, después de que la mezcla de alimento y bebida se empeñara en marcharse de mi estómago de muy mala manera. La riña de mis tíos, la sorna de los primos, todo un balance de desastre inminente. Yo no iría esa noche a la feria y en esa feria ibas a estar tú, teníamos que estar los dos en un abrazo quizá de despedida. Así que pasaron esas horas de tarde, al fresco anhelante de la habitación, con un balcón abierto a la calle que ardía, pasaron esas horas y llegó la noche y entonces pareció que todo iba a cambiar de signo, que una señal te iba a acercar de nuevo. 

Se fue el momento malo. Mi estómago decidió ser formal.  Me levanté de un salto. Me duché, me lavé el pelo largo, rubio y lleno de estrellas. Me vestí de lavanda, zapatos rosas y un bolso de colores. Me puse una cinta en el pelo que todavía conservo. Me pinté los labios del rosa pálido que tanto te gustaba. Sonreí y esto fue todo.

A las doce, en punto, como Romeo, un silbido a través del balcón anunció que allí estabas. Me asomé y era cierto. ¡¡¡ Estabas ¡¡¡¡¡ Con tu camisa blanca, con tu vaquero azul, de pie, junto al coche que tu padre esa noche decidió que podías usar para ir a la feria. Y yo te grité desde arribe. Grité tu nombre y dije ¡¡¡¡¡ espera, espera que ahora bajo ¡¡¡¡¡ Y bajé, sin apenas ruido, con los zapatos en la mano y el corazón ardiendo. Estabas allí, eras tú, mi chico de ojos verdes y de boca perfecta. 

Me besaste al llegar a tu lado. Oh, sí, fue un beso sideral, un beso único, el beso que esperaba desde hacía varios días. Y junto a ti en el coche, fíjate si recuerdo, se borró el mal momento de las náuseas. Y ahora, al escribirlo, se ha disipado un poco el dolor de este tiempo, en el que existe un coche, un hombre del que no puedo hablarte y, a su lado, alguien que no soy yo. Tú sí estuviste. Y el beso estuvo. Ahora, ya nada queda que pueda llamar mío. 

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