lunes, 15 de agosto de 2016

"Los niños tontos" Ana María Matute

Hay un ejercicio que me gusta hacer cuando llega el tiempo espacioso de las vacaciones. Nota al margen: que conste que escribí "despacioso" pero el corrector del Air me ha corregido a su vez y así ha surgido "espacioso" que es una palabra que también encaja a la perfección porque puede significar que hay espacio para todo, tiempo para aburrirse, que me decían cuando era chica. 

Ese ejercicio es husmear por las estanterías de mis libros a buscar cualquier cosa que me llame la atención y que me haga detenerme. Hay libros que ni siquiera recuerdas haber leído, haber comprado o que te hayan regalado. Dedicatorias curiosas de gente que ya no está en tu vida o que nunca estuvo, a pesar de que te regaló un libro. Algunos de esos libros, sin embargo, encierran un significado muy especial. 

Este es uno de ellos. Apenas tenía yo veinte años cuando lo leí, en esa edición de Destino de unos años atrás (la tercera edición, he de decir) y tengo en la cabeza la sensación que sentí y hasta las lágrimas que derramé con algunos de sus cuentos. Una lectura honda, diría yo. Porque Matute era una escritora muy honda, muy llena de significados, plena de sentido. 

El libro es tan chiquitín. Unas ochenta páginas en letra suelta, fácil de leer, con dibujos y un aire de texto de colegio. Veintiún cuentos muy breves, apenas de un folio cada uno, dedicados a esos niños que nos parecen diferentes y que quizá lo son, aunque no siempre esa diferencia sea a favor nuestra. Siempre acude a mi memoria, cuando pienso en este libro, aquel cuento de Juan Ramón en el que el niño tonto se fue al cielo. Quizá el retrato más exacto de la candidez de aquellos a quienes la naturaleza negó sus dones en un reparto tan injusto como inevitable. 

En "Los niños tontos" hay niños y niñas. Está la niña fea, el hijo de la lavandera, el niño que no sabía jugar, el niño del cazador, el niño de los hornos, la niña que no estaba en ninguna parte...Ninguno de estos niños tiene nombre salvo, curiosamente, Zum-Zum, que es el niño que encontró un violín en el granero, uno de los más extensos del libro. Cada uno de estos niños exhibe un acento particular, una circunstancia, una característica, un error, que brilla con insolencia en el universo en el que transitan, en el que hacen una vida, a veces a medias. 

He conocido a algunos de estos niños. No son como los niños africanos, que nunca lloran porque saben que es inútil llorar. Tampoco tienen el horror pintado en los ojos que muestran a las cámaras los niños refugiados de las guerras. Ni el desconcierto de los niños enfermos en los hospitales, constantemente preguntándose por qué a mí. No. Los niños que he conocido sonríen con una sonrisa cauta, ingenua y débil. Se mueven con cuidado, porque no quieren hacer ruido, no quieren que se note su presencia. Desmenuzan los juguetes, se preguntan acerca de ellos y, en ocasiones, no saben usarlos ni saben para qué sirven. Los niños que he conocido tan de cerca, tan de cerca, tienen el aire de los niños de este libro, son niños pálidos, niños asustados, niños en evidencia, niños perdidos, como aquellos que buscaba Peter Pan con tan relativo éxito. 

Matute es una escritora poderosa. Detalla los rostros de los niños, el movimiento de sus manos y pies, el gesto de su cara, el mohín de su nariz, al tiempo que describe lo que los rodea con una cierta ternura, con esa mirada comprensiva de quien no juzga, ni advierte, ni riñe, sino cuenta. Contar es muy difícil. Los cuentos son la esencia más exacta de la literatura. Quizá de la vida plasmada en palabras. Ella lo sabía. Y el lenguaje sirve a esa intención prístina de que todo resulte transparente. Por eso los diminutivos son la esencia de estos cuentos. Diminutas sensaciones, diminutos espejos, diminutos sentimientos, la pequeñez convertida en causa, efecto y razón de ser. Niños tan pequeños...

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