martes, 23 de agosto de 2016

Despedida sin beso


Durante un tiempo el sonido de su voz, un mensaje o un correo electrónico, abrían la caja de los placeres, activaban un resorte inigualable. Daba igual la hora del día o de la noche, la estación, el frío, el calor o la lluvia. Daba igual la pena o el silencio. Igual la mentira o la farsa. Las ocupaciones quedaban atrás y se abría una puerta que nunca pensó iba a traspasar. 

Ella nunca lo esperaba. Siempre le parecía una sorpresa, un regalo. Era un regalo que venía sin merecerlo, que él le hacía y que llenaba todas las horas sin que nada pudiera comparársele. A veces había un previo aviso de horas o de días. En otras ocasiones, surgía de improviso. Y siempre el mismo ritual:

Ducha, agua muy caliente, los ojos abiertos bajo el agua, el pelo que hay que frotar bien, el champú que huele tan agradable, esa crema para el cuerpo, que hace juego con el perfume. Las piernas, los brazos, los hombros, como si, en realidad, él fuera a acariciarla. Elegir la ropa, buscar aquello que más te favorece, que más puede gustarle, algo sencillo, alegre quizá, algo nuevo, algo elegante, algo diferente, algo tuyo. Los accesorios, los zapatos, el bolso, el reloj. Y luego, el maquillaje, los labios, las uñas. El corazón desatado, palpitando. Y siempre en su boca la misma frase repetida: Voy a verlo, Dios mío, dentro de un rato voy a verlo. Lo veré, estará a mi lado, estaré cerca, podré verlo. Por fin. 

Pero desde el principio, imperceptiblemente, unas migas de pan iban cayendo, poco a poco, casi sin avisar, algunas muy ocultas, señalando el destino de todo aquello, dando trazas de lo que era en realidad, aunque ella no podía verlo, porque su alma estaba prendida en el encuentro. 

Una vez era una frase intempestiva, otra una llamada al móvil, otra una cancelación del plan o un cambio brusco que revelaba desinterés, otra una objeción, otra un me da lo mismo, otra un elige tú, otra un no estoy de humor, otra un tengo un mal día, otra este día está reservado para alguien mejor...El tono de esas migas de pan se fue elevando: me presionas, me aburres, me persigues, me buscas, me cansas, me irritas, me riñes....Una palabra fue tomando forma en todo esto y en un momento fue la reina de todas las citas y encuentros: Nada. Nada. Nada. 

Así que ahora aunque suene el teléfono, aunque el mensaje traiga una promesa, aunque ella vaya a su encuentro como antes, nada es igual. Nada es lo mismo. Nada continúa siendo. Su corazón no tiene el ardor de la esperanza. Ni la alegría. Ni el deseo. Ni la búsqueda. Ni la sonrisa. Ni la risa franca. Ni la complicidad. Ni el disfrute. Sabe que ya no hay nada. Sabe que nunca lo hubo. Sabe que el error fue suyo. Sabe que es inútil preguntarse y preguntar. No hay beso, porque no hay despedida, porque nada se encuentra aunque las cosas aparenten ser como eran. Ella lo sabe. Es cierto que lo sabe. 

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