domingo, 28 de agosto de 2016

Cuentos para Francine van Hove: Palabras de luz


Aprendí a leer sola. Pero, antes de eso, aprendí a hablar. Atribuirle nombre a las cosas, llamarlas por su nombre, pronunciar sus nombres. Hablaba en alta voz y mi mirada recorría los muebles, las calles, los espacios, los rostros, citando los sustantivos como si fueran tesoros recién descubiertos. Algunas palabras me parecían extraordinarias. Abubilla. No sabía qué era una abubilla, no he visto una abubilla nunca, pero el sonido era delicioso. Ese comienzo atropellado que recordaba la palabra abuela. Ese final pícaro, como si fuera un diminutivo. Abubilla. 

Mi madre siempre me relataba que la gente no entendía cómo una niña tan pequeña podía pronunciar todas las palabras sin errores. Una vez sostuvo una discusión con una señora que se empeñaba en decirle que yo no podía tener tres años, que eso era imposible. Mi madre no olvidó nunca el incidente y lo repetía cuando había ocasión, en esos momentos dulces en los que comentaba las anécdotas familiares como si fueran hechos históricos. La mejor historia para ella era la vida de nuestra familia. Y así, entre los hechos de su padre, su héroe, se mezclaban mis hazañas de niña que hablaba y corría desde los once meses. La intuición pedagógica de mi madre le decía que alguien que hablaba y corría desde antes de cumplir un año tenía que ser “lista”. Y ese fue su diagnóstico. “Mi hija Catiti es muy lista”, solía decir. Y mi padre corregía: “Mi hija Katiuska es especial”. 

Aprendí a leer sola. Conocía ya los nombres de las cosas pero faltaba identificar su grafía, su forma, su trazo. Leer y escribir son los actos más complejos de realizar, lo más difícil de aprender. Antes de ir al colegio yo ya sabía leer y escribir fue cosa de unos meses. Tuve un secreto, una fuente de conocimiento que poca gente tiene  a su alcance. Una fórmula. Una ayuda. Mi casa estaba situada a la espalda de un cine de verano. El cine y su calle fueron el territorio de aprendizaje que cada día me convocaba delante de los enormes cartelones para “leer” los nombres de las películas y los detalles de las mismas. Mi madre, con paciencia, los iba leyendo. Yo los repetía. Letras mayúsculas y minúsculas, en caracteres diversos, en colores, en relieve, grandes, pequeñas. Nombres extranjeros que no sabía pronunciar en sus idiomas pero que sabía leer y reproducir en un cuaderno de dibujo, de esos de pastas duras y hojas rugosas. Nunca he sabido dibujar nada, excepto letras. 


Y luego estaba el teatro. En el patio, en una esquina donde el sol no era demasiado inclemente, allí se colocaba en los veranos una enorme colcha floreada en desuso, muy estirada y sujeta con unos alfileres de madera de tender la ropa y delante de aquel escenario improvisado me recuerdo a mí misma gesticulando y recitando textos, poemas, El Cid, historias inventadas, pequeñas obritas escritas en hojas ralladas y en cuadernos, fragmentos de los que venían en los libros del colegio, y todos los amores shakespeareanos de mi madre hechos literatura. Me convertía en princesa, en india salvaje, en dama en apuros, en niña perdida, en mosquetero del rey…Hablar, hablar, decir, hablar, recitar, contar, cantar, música, baile, teatro, canciones, libros, escribir, escribir, leer, leer, leer. Quién no lo hubiera hecho….

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