jueves, 4 de agosto de 2016

Ahora puede pasar el tiempo, sin que repare en él




Voy a mirar al frente. Allí está la cocina. Rebanadas de pan sobre la mesa. Un tarro de cristal con el aceite. Luz desde la ventana, desde las puertas, luces. En la mesa me siento y noto ese sonido peculiar del silencio cuando se acerca a mí. Muy dentro del estómago encuentro un haz de lágrimas que se han aposentado y no pueden tener permiso de salida. Voy a empezar el día y no me falta nada. Tengo hambre, una tostada, un café y mucho sueño. El tiempo tiene escrito que pasa como quiere, que surca nuestras horas sin detenerse casi. Pero yo lo discuto, lo rompo todo hoy, porque no quiero estar anclada en este día y tiene que pasar, como pasan las olas. 

Planea como una incógnita el paso de este tiempo. Las lágrimas que trae, los huesos rotos, las articulaciones del alma que asemejan gotas de sol sobre una herida abierta. Vives corriendo para ver su sonrisa, vives volando para olvidar sus ojos. Entre tantos dolores una esperanza con un regusto dulce: olvidar, el consuelo de no sufrir por las hojas perdidas del árbol de las palabras nuevas. 

Lo diga Faulkner, lo diga quien lo diga, quede escrito o en verso, oralmente o en libros, tengo que deshacerme de este manto, esta gasa finísima que me envuelve y que me nubla en sueños y en horas de vigilia, para volver a ser yo misma un sueño conseguido, logrado, tan completo que no repare en él, que no lo busque, que no lo sienta nunca, que no espere, que no tiemble al sonido de su voz, que no llore, que no ame, que no vibre jamás, que no apague las luces para verle. Tengo que ser la nada, únicamente mía. 

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