martes, 7 de junio de 2016

"Todo lo que hay" de James Salter

Salter impresiona. Incluso el gesto medio sonriente que luce en la solapa interior del libro. Un rostro surcado de arrugas con sentido. Lo que ha vivido y lo que querido contar. Uno selecciona siempre de la vida aquello que merece la pena guardar en el arcón de los recuerdos. Aún más terrible es elegir qué cosa, persona o situación nos va a acompañar con la letra escrita. Si yo tuviera que inventar ahora mismo el modo en que mi gente se acopla en mi escritura para la eternidad no sabría qué decir. Ya no sé qué decir. 

En la contraportada hay gente que habla: John Irving (una novela preciosa, que contiene suficiente amor, desengaño, venganza, identidades confundidas, deseo insatisfecho y euforia del lenguaje como para complacer a Shakespeare)

John Banville (Fascinante...la evocación de un mundo de postguerra vívidamente imaginado y hermosamente escrito)

Julian Barnes (Una novela amena y elegante, llena de fuerza y sabiduría) 

"Todo lo que hay" se asienta en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Philip Bowman vuelve a casa después de participar en la guerra y entra a trabajar en una editorial. El mundo editorial era un espacio efervescente en estos años y la actividad era frenética. Es un mundo en el que Bowman se mueve bien, porque todo lo que está relacionado con la literatura y los libros le resulta familiar. Su éxito profesional, sin embargo, no anda parejo con la vida amorosa, a pesar de que es un seductor nato. Y conocer a una mujer fascinante no hará sino acercarlo a un camino que él no pensaba recorrer nunca.

Sutileza, inteligencia, belleza, elipsis marcadamente estudiadas, intensos paisajes narrativos, inteligencia, laconismo bien empleado, trazos magistrales al definir a los personajes...todo eso es Salter y por eso impresiona. 

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