viernes, 27 de mayo de 2016

"La abadía de Northanger" de Jane Austen


(Catherine Morland, en la versión de "La abadía de Northanger" de 2007)

La abadía de Northanger se publicó en diciembre de 1817, cinco meses después de la muerte de Jane Austen. Sin embargo había sido la primera novela totalmente terminada y lista para salir a la luz, incluso antes que Sentido y Sensibilidad y que Orgullo y Prejuicio. El desdén de los editores fue la causa de este retraso considerable. Su título original era "Catherine", que es el nombre de la protagonista, pero Cassandra Austen, la hermana de Jane, de acuerdo con su hermano Henry, decidió cambiarlo. Hizo lo mismo con el otro título que había quedado sin publicar a su muerte y que se lanzó en la misma fecha, esto es, Persuasión, que había sido denominado al principio "The Elliots". Ambos fueron publicados por el editor Murray. 

El Edinburgh Magazine criticó los libros favorablemente y estos se vendieron bien. En este tiempo, 1818, el editor Egerton había reeditado por tercera vez Orgullo y Prejuicio, esta vez en dos volúmenes, con una aceptación muy importante. Hasta quince años después no se volvió a editar en Inglaterra ninguna obra de Jane Austen. Precisamente en los años veinte del siglo XIX se publican en Francia por primera vez, acompañados de bellísimas ilustraciones, como era moneda común en la época. 

La abadía de Northanger narra la historia de la joven Catherine Morland, una aficionada a las novelas góticas, llena de ingenuidad. Los Tilney, considerándola erróneamente una rica heredera, la invitan a su casa de campo y allí Catherine despliega toda su imaginación y el aprendizaje de los libros que ha leído para dedicarse a investigar tortuosos asuntos de familia que nunca tuvieron lugar. Las cosas no son como parecen y la vida de Catherine no sigue los derroteros ansiados por ella, ya que, al final, no tendrá más remedio que convertirse en una persona sensata, con los pies en la tierra y buscando el mejor futuro posible. 

Es una novela irónica, divertida, en la que Austen, del mismo modo en que lo hace Cervantes con El Quijote se burla de los destrozos que en las mentes jóvenes hacían las novelas de la época, plagadas de castillos, fantasmas y espíritus retozones. El ingenio de Austen se pone de manifiesto en lo que no es sino una parodia en la que recrea perfiles humanos indisociables a la sociedad de entonces. 

El comienzo del libro, como todos los de Austen, es genial y anticipa ya el carácter del mismo: "Nadie que hubiera conocido a Catherine Morland en su infancia habría imaginado que el destino le reservaba un papel de heroína de novela" Ahí es nada. Nadie. Salvo ella misma. Catherine me recuerda a una ¿amiga? que tuve en la adolescencia, una de esas personas que chupan la sangre de los que están alrededor y lo hacen para sacar beneficio, sea el que sea. Gustaba de relatar historias en las que, invariablemente, ella era la damisela maravillosa asediada por gentiles caballeros, salvada por ellos y admirada por todos. Como yo la conocía aquello me parecía de una extrañeza supina, pero no era cuestión de discutir con alguien que podía clavarte una daga al menor descuido. Ella decía siempre una frase: "Cada una es la protagonista de su propia película". 

Catherine es mejor persona, más confiada y más honesta, aunque guarda la misma fantasía mal entendida y el mismo carácter atropellado, siempre pendiente de un mundo mágico que, en realidad, ya tendría que saber que no existe, porque la propia Jane Austen era muy consciente de ello. El exceso de fantasía lleva a la locura o, cuanto menos, al ridículo. 

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