martes, 31 de mayo de 2016

"Persuasión" de Jane Austen


Persuasión, cuyo título original fue The Elliots, fue escrito entre 1816 y 1817. En marzo de este último año ya estaba listo para ser publicado. Un mes antes, en febrero, había recibido del editor Murray el importe de las ganancias de Emma, descontadas las pérdidas de Mansfield Park. Ascendían exactamente a 38 libras y 18 chelines. Eso le hizo decir a la autora: "Las mujeres solteras tienen una espantosa proclividad a ser pobres". 

Persuasión es una de sus obras menos conocidas, pero contiene hallazgos admirables. En primer lugar, el propio perfil de la heroína, no una jovencita, sino una mujer hecha y derecha que, además, ha perdido el tren de la felicidad ocho años antes y lucha por volver a encontrarlo. Ann Elliot es, junto a Marianne Dashwood, la única mujer "romántica" que aparece en las novelas de Austen. Ambas aman la poesía, ambas disfrutan con la naturaleza a la que consideran el centro del mundo y las dos tienen sus miras puestas en un amor imposible. 

Puede decirse que el resto de los personajes del libro, y esto hay que anotarlo en el debe, están trazados de una forma simple, incluso caricaturesca, en comparación con los secundarios de sus otras obras. ¿Estilización voluntaria, pérdida del músculo literario o cansancio debido a la enfermedad que ya la rondaba? En todo caso, la elección de una antiheroína como Ann Elliot demuestra una considerable madurez, no solo literaria sino personal. Y lo mismo puede decirse de algunas frases y reflexiones que el libro recoge. En este sentido, se trata de una novela con matices filosóficos. 

"Le habían impuesto la prudencia en su juventud, y sólo conoció el romance cuando se hacía mayor...la secuencia natural de un despertar antinatural"

"Los hombres han tenido siempre la ventaja de contarnos su propia historia. Como han accedido con mayores medios a la educación, han dispuesto del poder de la pluma en sus manos. No reconoceré por eso que los libros demuestren nada"

Persuasión se publicó cuando ya había muerto Jane Austen. Fue su hermana Cassandra la encargada de que saliera a la luz y también la persona que destruyó la mayoría de las cartas personales de la escritora, por expreso deseo de esta. El argumento del libro lo sitúa en la órbita de los dramas realistas. La protagonista es una mujer que ha tenido una infancia difícil y que, en un momento dado, rechazó a un hombre del que estaba enamorada profundamente, al dejarse llevar por consejos que se demostraron erróneos. Cuando ese hombre vuelve a aparecer en su vida, todavía presa del despecho y ahora rico y honorable, algo se le remueve a ella y aparece la lucha por buscar, esta vez sí, la oportunidad de ser feliz. Un libro de segundas oportunidades, por un lado; un muestrario de emociones, relaciones y sentimientos de una sociedad que estaba en ebullición, por otro.

Ann Elliot ama la lectura y la poesía en concreto. Su corazón ha guardado como en un cofre antiguo el afecto por el hombre que constituye el centro de su vida. En este sentido es un amor constante, único, indisoluble. Un amor romántico, podíamos decir, porque surge con todas las circunstancias en contra y se mantiene, asimismo, en un silencio atroz. También Marianne Dashwood, en "Sentido y Sensibilidad", entrega su corazón a un hombre que no va a corresponder en la misma medida. Por eso, ambas se separan del resto de las "mujeres Austen" y se convierten en paradigmas del amor romántico, en medio de un océano de heroínas atrevidas, valientes, modernas y llenas de la efervescencia de sentirse bien en su propia piel. Austen, como siempre, rompe moldes.

"Una cena en casa de los Timmins" de William M. Thackeray


Si la curiosidad os lleva a rebuscar por ahí en la biografía del autor de este libro coincidiréis conmigo en que fue una vida de novela. Corta pero plena de atractivos, colmada de peripecias a cual más extraña, incluso rocambolesca. 

Quizá por eso su personalidad era periférica, poliédrica, divertida, exótica y ditirámbica. Un observador de las realidades desde ese punto de vista casi cómico que te hace sonreír y aun reír, pero que, al fin y al cabo, representa como en un espejo las virtudes y defectos que la humanidad arrastra desde siempre, las componendas, los achaques, las burdas patrañas, las exageraciones...

¿Quién de nosotros no se ha metido en la ingente y difícil tarea de organizar un evento en casa? Una cena, por ejemplo. Miles de detalles que se escapan, intendencia, menú, sillas para sentarse, espacios para fumar, atenciones para todos...

Eso es lo que hace en este delicioso libro (hummm, delicioso, esa es la palabra, comestible, infinitamente dulce, dulce, con esa gotita amarga de la risa irónica, pero tierna) la prota, Rosa Timmins, de los Timmins de toda la vida, de los Timmins que vive en Lilliput Street con su marido, el señor Fitzroy Timmins. Rosa tiene lejanos parientes nobles y eso a ella le llena mucho, le hace la boca agua, por decirlo de una manera gastronómica. Su marido es abogado pero no rico, aunque ella, pobre, ese matiz se le escapa lo suficiente como para perder la noción de la realidad. No es que quiera aparentar, es que se cree que puede hacerlo. Cuando su casa se convierte en el lugar de recepción de la buena sociedad londinense las cosas se complicarán y surgirán problemas y cuestiones antes no valoradas. No basta la buena intención, ni los buenos modales...

Una cena en casa de los Timmins. William M. Thackeray. 2016. Editorial Periférica. 64 páginas, 11 euros. 
William Makepeace Thackeray (Calcuta, 1811-Londres, 1863). Huérfano desde los cinco años, se crió en el Reino Unido. Estudio en Cambridge, viajó por Europa, recibió una considerable herencia y adquirió un periódico. Vivió en París, fue caricaturista y columnista en diversos medios. Dos de sus obras han pasado con justicia a la historia de la literatura: La feria de las vanidades y Barry Lyndon. 

domingo, 29 de mayo de 2016

"El impacto de lo viejo"


Puede parecernos que los tiempos han cambiado tanto que las manifestaciones artísticas son la cruz de aquellas que pueblan la historia del arte. Puede parecernos que los temas, los modelos, las técnicas, los formatos, han modificado de tal manera su esencia que nada de lo que ahora se trabaja en los talleres de los artistas tiene parangón con el pasado. Puede parecernos, incluso, que los lenguajes son diferentes, simplemente porque podemos echar mano del iPad, del móvil o de la televisión por cable. Fuera de Silicon Valley la vida continúa poco a poco, sin ese estruendoso girar de las horas que convierte los minutos en revoluciones constatables. El Big Data, las telecomunicaciones, la web 3.0., la hiperconectividad, los paraísos virtuales, las redes sociales, todo ello es el signo de los tiempos, la muestra clara de que los siglos generan contradicciones, iconos y un muestrario imposible de evitar en el que nuestra vida se muestra hasta en su mínima esencia. 

Pero, si ahondas en la superficie, si atraviesas la línea que cubre el horizonte de las cosas, si te fijas con detalle en algunas cuestiones al parecer intrascendentes...quizá halles motivos para la reflexión y para el encuentro con modos que parecen perdidos, agostados, exhaustos. Así, en ese ciclo feliz de la exploración que el hombre realiza en torno a la creación, con las alas de lo imaginado a punto y con el auxilio de los materiales que, en cada caso, son precisos, hay lazos innegables, círculos que se cierran y miradas comunes, diálogos, que lejos de haberse agotado, se nos antojan novedosos, frescos, vivos. 

En la exposición que con parte de los fondos de la Fundación Cajasol ha imaginado y llevado a la práctica Sema D´Acosta en la Sala Murillo, hay un intento definitivo y claro de tender puentes. El puente que une el pasado con el presente. El puente que transita desde la tradición a la vanguardia. El puente del pincel, el óleo, la tabla, hasta el ordenador, el objetivo y la digitalización. En esta ciudad de puentes los puentes artísticos se han cruzado más de una vez y, en esta ocasión, es un recorrido con fundamento, con el criterio cierto de que puede interpretarse y se debe interpretar, lo que los artistas del pasado hicieron en su día y lo que otros artistas contemporáneos han labrado con la fuerza de su talento. 

Recorres lentamente los espacios de la muestra, observas texturas, colores, formas, imágenes, extensiones de color, superficies marinas, fotografías del aire y del mar, desnudos expresivos, reiteraciones, ideas, interpretaciones, huellas...A cada paso piensas en lo vulnerable y, sin embargo, firme, que es la creación humana. Cómo el pensamiento, la emoción, el sentimiento y la duda, son intemporales. Cómo todo se escribe una y otra vez de mil maneras. Cómo todo se envuelve en una sutil pantalla que trasciende el tiempo y el espacio. Cómo la obra artística hermana los momentos y acerca las generaciones. Así, en ese tránsito, las fotos, las imágenes de vídeo, la pintura y los textos, forman aquí un todo que te aborda directamente y te hace las preguntas de la vida. Esos porqués cuya respuesta aún no conocemos. 

El impacto de lo viejo. De cómo la tradición pictórica pervive hoy en la imagen. Fundación Cajasol. Sala Murillo, Sevilla. Comisario: Sema D´Acosta. Artistas: Eugenio Ampudia, Bigas Luna, Phil Collins, Alberto García-Alix, Carlos Aires, Pierre Gonnord, MP&MP Rosado, Edward Burtynsky, Mariana Vassileva, Larry Sultan, Dionisio González, Ángeles Agrela, Gino Rubert, Luis Gordillo, Valentin Vallhonrat, Robert Polidori, Joan Fontcuberta, Bleda y Rosa, Ramón Masats, Juan Carlos Robles, Raúl Belinchón, Maider López, Chema Alvargonzález, Atín Aya, José Guerrero, Johanna Dome, Eulalia Valldosera, Pilar Pequeño, Miguel Ángel Tornero. Colección: Fundación Cajasol. 

sábado, 28 de mayo de 2016

"El misterioso caso de Styles" de Agatha Christie


¿Quién mató a la señora Inglethorp? Esta es la circunstancia que precisa ser aclarada y que constituye el argumento principal del libro.

Para contar la historia, la primera de una larguísima serie de ellas, Christie recurre al capitán Hastings, licenciado de la guerra y amigo de un peculiar detective belga (no francés, cuidado con confundirse), llamado Hercule Poirot. El señor Poirot es delgado, de mediana estatura y luce un poblado y cuidado mostacho, que bien le hubiera merecido la pena cultivar si fuera soldado. Hastings es un hombre enamoradizo, ingenuo y que se deja llevar por sus impresiones inmediatas, lo que se contrapone a la forma de pensar de Poirot, que elabora concienzudamente sus predicciones acerca de lo que ha sucedido en realidad con cada uno de los crímenes que resuelve. 

Hastings y Poirot son, pues, los introductores de la historia, aunque será el primero el narrador y el segundo el investigador. Ambas visiones resultan contrapuestas y, a veces, divertidas, pues Poirot le toma el pelo a Hastings con frecuencia y este llega a desconfiar, en algunos momentos, de la supuesta pericia de su amigo. Desconfianza que deviene en admiración cuando se descubre todo y se ofrece la verdadera explicación, en esas sesiones finales aclaratorias que tanto gustan a la escritora. Una especie de performance colectiva en la que Poirot se suele lucir a modo. 

Las pesquisas de Hastings son migas de pan en el camino de Pulgarcito y tendrán que confrontarse con las más logradas y atinadas observaciones de Poirot, que usa sus “células grises” para lograr el éxito final. Nada de huellas de sangre, restos de comida, análisis de venenos...lo más infalible en este caso es, siempre, la reflexión que hace el detective acerca de hechos y personajes. De esa reflexión sale la luz y esa luz siempre deslumbra a Hastings quien, aunque se acerca siempre a la verdadera solución de las historias nunca atina lo suficiente. 

En el libro no pueden faltar los elementos familiares, los Cavendish; el inspector de policía, Japp; los técnicos, el fiscal Philips, el abogado Wells y el médico Wilkins; la gente de servicio, como Annie, la joven camarera, Dorcas la antigua doncella o Evelyn Howard, la asistente de la señora Inglethorp. El ambiente de "campiña inglesa" que transmina en toda la obra de la escritora aparece aquí detallado de una forma encantadora.

El amor romántico de Hastings es, en este caso, Cynthia Murdoch, protegida de la señora Inglethorp y enfermera. Estos amores le duran al capitán lo mismo que dura una novela y va pasando de uno a otro con total comodidad. El caso es que su corazón esté ocupado y su ilusión en alza. Por su parte, Poirot, más mayor y experimentado, no deja de sentir determinadas tendencias hacia las jovencitas en apuros, a las que suele ayudar con algo más de dedicación de la burocrática.

Las novelas policíacas de Agatha Christie siempre comienzan con una relación, en un orden alfabético convencional, de los personajes que aparecen en el libro, junto a cuyos nombres se describe brevemente quién es. Esta relación es de gran ayuda, lo mismo que el recurso a insertar planos de habitaciones o de sitios, con el fin de contribuir a la comprensión de lo que se relata. Pequeñas argucias y trucos que la dama del crimen convirtió en rutinas muy apreciadas por su legión de lectores.

No voy a revelar quién mató a Emily Inglethorp pero sí diré que, durante mucho tiempo, rebuscaba en las librerías, en las estaciones de tren, incluso en los kioscos, por ver si encontraba un libro nuevo de la señora Christie. Estos hallazgos eran convenientemente celebrados y, uno a uno, compusieron toda mi biblioteca agathistica, en la que están todos sus libros policiacos, las novelas que escribió como Mary Wesmacott, su autobiografía (libro voluminoso) y sus Cuadernos, en los que se recoge su forma de escribir.

Gracias a todo ello mis días han sido y son más placenteros, mis penas más leves y mi sonrisa más amplia. 

Tristesse


Porque sé que la tristeza mata
procuro desprenderla cuando aparece
y deshojar las pesadillas antes de que se cumplan
y descalzarme de sueños no cumplidos.

Esa tristeza es una hoja afilada
una especie de laberinto inconcluso
que describe esos momentos en los que nada cubre
que convierte las horas en un ruido perpetuo. 

En mí con la tristeza escribo cada día
nada me importa si sé que es imposible
ahogarla entre las lágrimas, vencerla entre los lirios
y por ti solamente viviría claridades.


viernes, 27 de mayo de 2016

"La abadía de Northanger" de Jane Austen


(Catherine Morland, en la versión de "La abadía de Northanger" de 2007)

La abadía de Northanger se publicó en diciembre de 1817, cinco meses después de la muerte de Jane Austen. Sin embargo había sido la primera novela totalmente terminada y lista para salir a la luz, incluso antes que Sentido y Sensibilidad y que Orgullo y Prejuicio. El desdén de los editores fue la causa de este retraso considerable. Su título original era "Catherine", que es el nombre de la protagonista, pero Cassandra Austen, la hermana de Jane, de acuerdo con su hermano Henry, decidió cambiarlo. Hizo lo mismo con el otro título que había quedado sin publicar a su muerte y que se lanzó en la misma fecha, esto es, Persuasión, que había sido denominado al principio "The Elliots". Ambos fueron publicados por el editor Murray. 

El Edinburgh Magazine criticó los libros favorablemente y estos se vendieron bien. En este tiempo, 1818, el editor Egerton había reeditado por tercera vez Orgullo y Prejuicio, esta vez en dos volúmenes, con una aceptación muy importante. Hasta quince años después no se volvió a editar en Inglaterra ninguna obra de Jane Austen. Precisamente en los años veinte del siglo XIX se publican en Francia por primera vez, acompañados de bellísimas ilustraciones, como era moneda común en la época. 

La abadía de Northanger narra la historia de la joven Catherine Morland, una aficionada a las novelas góticas, llena de ingenuidad. Los Tilney, considerándola erróneamente una rica heredera, la invitan a su casa de campo y allí Catherine despliega toda su imaginación y el aprendizaje de los libros que ha leído para dedicarse a investigar tortuosos asuntos de familia que nunca tuvieron lugar. Las cosas no son como parecen y la vida de Catherine no sigue los derroteros ansiados por ella, ya que, al final, no tendrá más remedio que convertirse en una persona sensata, con los pies en la tierra y buscando el mejor futuro posible. 

Es una novela irónica, divertida, en la que Austen, del mismo modo en que lo hace Cervantes con El Quijote se burla de los destrozos que en las mentes jóvenes hacían las novelas de la época, plagadas de castillos, fantasmas y espíritus retozones. El ingenio de Austen se pone de manifiesto en lo que no es sino una parodia en la que recrea perfiles humanos indisociables a la sociedad de entonces. 

El comienzo del libro, como todos los de Austen, es genial y anticipa ya el carácter del mismo: "Nadie que hubiera conocido a Catherine Morland en su infancia habría imaginado que el destino le reservaba un papel de heroína de novela" Ahí es nada. Nadie. Salvo ella misma. Catherine me recuerda a una ¿amiga? que tuve en la adolescencia, una de esas personas que chupan la sangre de los que están alrededor y lo hacen para sacar beneficio, sea el que sea. Gustaba de relatar historias en las que, invariablemente, ella era la damisela maravillosa asediada por gentiles caballeros, salvada por ellos y admirada por todos. Como yo la conocía aquello me parecía de una extrañeza supina, pero no era cuestión de discutir con alguien que podía clavarte una daga al menor descuido. Ella decía siempre una frase: "Cada una es la protagonista de su propia película". 

Catherine es mejor persona, más confiada y más honesta, aunque guarda la misma fantasía mal entendida y el mismo carácter atropellado, siempre pendiente de un mundo mágico que, en realidad, ya tendría que saber que no existe, porque la propia Jane Austen era muy consciente de ello. El exceso de fantasía lleva a la locura o, cuanto menos, al ridículo. 

jueves, 26 de mayo de 2016

La verdad sobre el caso Joël Dicker


Si hay algo que me gustaría hacer en la Feria del Libro de Madrid que comienza mañana, ese algo es conocer, en persona, de verdad, a Joël Dicker. Y agradecerle, de paso, que escribiera La verdad sobre el caso Harry Quebert. 

No voy a contaros ahora de qué trata el libro. Seguramente lo habéis leído la mayoría. Fue uno de los libros más vendidos y leídos en 2013. No siempre coinciden ambas cuestiones. En demasiadas circunstancias los libros se venden y se compran, pero no se leen. En el caso de La verdad sobre el caso Harry Quebert apostaría que no es así, que los lectores fueron legión, todavía lo son. 

No recuerdo la fecha exacta en la que lo leí, pero sí dónde estaba y qué hacía allí. El lugar, una clínica en la que mi marido estaba viviendo su última semana de vida. Yo entonces no lo sabía, él tampoco. Solamente el médico, el internista, lo tuvo claro. Sus palabras "es cuestión de tiempo", fueron misteriosas, pero ese misterio duró poco, menos de una semana. De lunes a sábado por la noche. Un tórrido agosto sevillano. El tiempo feliz de las vacaciones, cuando todo el mundo viajaba y el resto se iba a la playa a luchar contra la canícula. 

Él luchaba por vivir. Quería curarse. En esos últimos días aún quería curarse. A pesar de que la mascarilla de oxígeno era todo lo que le permitía seguir respirando, él quería curarse. No quería dejar este mundo, tenía demasiadas cosas por hacer. No solamente porque era muy joven sino porque siempre consideró que "hacer" era una manera de vivir. Crear, inventar, investigar, luchar, seguir, andar, trabajar. Los verbos en el infinitivo de su vida. Y esa vida iba a terminarse la primera semana de agosto del año 2013, en una clínica de Sevilla, mientras yo ignoraba que se estaba marchando tan rápido y guardaba las lágrimas en un trastero del cerebro del que aún no han terminado de salir. 

Uno de esos días el libro de Joël Dicker estaba en mis manos, una tarde interminable, en la que no había nada que hacer, ni qué decir, ni gente, ni amigos, ni visitas, nada, salvo la letanía de enfermeras que iban y venían, salvo el roce del visillo blanco sobre la pared, salvo la respiración dudosa que te sobresaltaba. La habitación estaba a veinte grados, hacía un frío glacial. Yo estaba acurrucada en una silla incómoda, envuelta en una manta, porque todo era helado, todo era como si la vida se nos escapara a todos. 

El libro estaba en mis manos y sus páginas pasaban, los personajes hacían de las suyas, yo me prendía en sus letras, unos minutos, horas, no sé cuánto y así dos o tres días a lo sumo, ni siquiera recuerdo el número, con desazón a veces, apenas sin comer, sin reír por supuesto, sin nada más que desesperanza, agonía, pérdida. 

Fue ese libro La verdad sobre el caso Harry Quebert el que me mantuvo despierta cuando quería cerrar los ojos, el que me mantuvo alerta incluso sin comer, el que me hizo sostenerme en un abismo al que estaba a punto de caer, el que me hizo resistir en un océano de frío sin remisión. Fue ese libro y después de aquello, después de su muerte, con el dolor del adiós y de la partida, el libro, ya acabado, se unió a otros en mi estantería blanca y ahí sigue, sin que sus páginas hayan vuelto a ser abiertas, ni su cubierta contemplada, ni su peso comprobado. Ahí sigue sin más, testigo mudo.

Si algún día logro escribir esta historia como fue, o como la viví, aparecerán de nuevo las páginas del libro y el relato hará un hueco para contar las sensaciones de esos días oscuros en los que Harry Quebert fue el único lazo de unión con el mundo que estaba al otro lado de la puerta de un cuarto de hospital. 

El talismán


Porque tú me lo diste y yo lo guardo
(es un secreto a voces que te quiero)
y por eso tus cosas son el modo en que te tengo cerca;

que no esperaba rosas ya lo sabes
ese objeto que nadie elegiría
algo inservible salvo para ti
el tipo de recuerdo que no se borra nunca.

Un pergamino contendría palabras; un libro, quizá versos;
esto de ahora no sé cómo llamarlo
pero lo tengo al lado todo el tiempo
continuamente así 
contándome despacio que existes
que tú eres, que estás, que no puedo escucharte cuando quiero
ni hablarte ni escribirte ni pensarte
pero eres, estás, existes.

Es un objeto fácil, muy barato, muy simple, 
una nimiedad, la tontería que no puede faltar en un encuentro sin pasión y sin sexo.
Está conmigo y es tuyo, aún lo es, 
lo contrario que tú, 
que existes, que no estás, que no eres de mí, 
es un secreto a voces que te quiero
 es un querer baldío, que no pesa ni cuenta ni se adorna con flores. 

Tampoco olvidas tú la primavera....


miércoles, 25 de mayo de 2016

Rizos y un mapa de España


(Fotograma de "Sentido y Sensibilidad" de Ang Lee) 

Es la música, en primer lugar, lo que hace de esta versión de Ang Lee del libro de Jane Austen "Sentido y Sensibilidad" una pequeña maravilla. Un tributo eficaz, diáfano, exacto, al genio de la escritora, a su creación de personajes y ambientes, a su estilo, a su ingenio e inteligencia. La música crea el tono especial que la distingue y, entre todos los libros de Austen, en los que la música siempre tiene un importante papel, es aquí donde expresa el dolor y la alegría con mayor lucidez. Lo mismo ocurre con los versos, las palabras, los poemas que se recitan, el consuelo de la lírica en los momentos difíciles. Shakespeare y sus sonetos que invitan al amor, aunque sea, como sabes, un amor aureolado de triste cobardía. 

Entre todas las imágenes hay una evocadora, imposible de pasar por alto, una imagen en la que me detengo y en la que observo cosas que quizá otros no ven. Al fin nuestros ojos siempre vuelven hacia dentro, la mirada interior, lo que somos y fuimos. 

Debajo de una mesa, escondida de todos, guardando su mal genio, su dolor, su evidente tristeza, una niña. Tiene unos nueve años, se llama Margaret y se peina con rizos. Una niña despierta, preguntona, vital, pero también tímida y llena de dudas. Huye de las visitas. Se guarda para sí un corazón roto prematuramente por la muerte del padre. Esconde su desarraigo al mudarse de casa, dejando atrás lo que ha sido su vida hasta entonces. 

La niña no está sola en su escondite. Junto a ella, en el suelo, un Atlas. Un gigantesco Atlas como ese Atlas que otra niña recibió de regalo a los diez años exactos. Uno de esos Atlas que se despliegan y ocupan todo el sitio, que tienes que leer en el suelo y en el que los países son algo más que nombres o lugares, son escenas, montañas, ríos, llanuras y valles. Ciudades, pueblos, gente, una esperanza. Margaret encuentra en su Atlas el camino que la conduce a la evasión y así la pena se matiza, se convierte en un paréntesis que, a veces, puede enfriar el dolor. En ocasiones incluso es feliz mirando su Atlas. Imaginando cosas. Leyendo en voz alta los nombres de países y ciudades. Pasando los dedos por encima del curso de los ríos. Soñando  islas desconocidas a las que arribar alguna vez. 

La música rodea a la niña del mapa, a las dos niñas. Es la música lo que las une, lo que hace que sean tan parecidas. Ambas balancean las piernas al compás de ese sonido único. Ambas sonríen para sus adentros cuando logran burlar la vigilancia de los mayores. Ambas enjugan sus lágrimas saladas rebuscando en los oasis, en los desiertos, en las apabullantes urbes, algo de la dulzura que se escapa como agua entre los dedos.

Son niñas tan exhaustas que quieren encontrarse a sí mismas en cualquier espacio que ese Atlas señale. Y, aunque ellas no lo saben, mejor volar desnudas, mejor perderse, que ver de frente la rutinaria realidad de cada día. Lo cotidiano no está hecho para ellas. 


"Julia Bride" de Henry James

Estamos en Nueva York, durante los primeros años del siglo XX. La alta sociedad neoyorkina está sujeta a tantas convenciones como la aristocracia rural inglesa o la nobleza centroeuropea. Las normas han de ser seguidas y el desacato puede provocar, de hecho lo provoca, el ostracismo, el aislamiento social. Las mujeres son el elemento más débil de esta estructura. Las posibilidades de un buen matrimonio (la salida natural para todas ellas) se ven seriamente afectadas si la familia no es "come il faut", si hay algo en el pasado que resulte preocupante o si algún acontecimiento del presente tambalea la consideración pública de los parientes. 

Julia Bride tiene las de perder. El divorcio de su madre (el último, hay que decir) no es una buena noticia. Tampoco ella ha llevado una vida ejemplar. No ha respondido como debía a sus compromisos, no ha estado a la altura. Todo se vuelve en su contra en el momento menos propicio para dudas y esto mismo, el rechazo de los demás, se convierte en un acicate para intentar lograr la redención social, para encontrar ese puesto a la sombra, lejos de la intemperie, ese lugar en el que nadie tiene nombre ni existe a los ojos de los otros. Julia Bride es una joven muy hermosa pero con una parentela bajo la luz de los focos. Así que su pretendido matrimonio con Basil French está en la picota. Ningún hombre de posición, en este tiempo, se enamora tanto como para poner en riesgo su propio papel en la sociedad. Tampoco Basil French. La intervención de Pitman, el último marido de su madre, tendrá una doblez innegable: yo te ayudo a ti y mi ayuda se vuelve en mi favor. Argucias de comedia de salón que aquí se manifiestan con la maestría de James, un escritor que creó escuela y que sigue resultando actual, pasados los años y en un nuevo siglo. 

Cuando se leen las pretendidas novelas sentimentales de ahora se echa tanto en falta el ingenio... El verdadero ingenio, ese que nace de una inteligencia clara y de una mirada original. Se perciben de una forma tan clara la tramoya, el engaño, las cuerdas que sujetan las narraciones con tan escaso fuste que se añora una escritura como la de James y como, desde luego, la de sus discípulas, entre ellas, la gran, grandísima Edith Wharton, diseccionadora eficaz de la clase alta neoyorkina. No basta con contar "algunas cosas", sino que hay que saber hacerlo, hay que usar con tiento, cuidado y belleza ese delicado instrumento que es el lenguaje. La palabra, he ahí el secreto. 

"Julia Bride" es una encantadora nouvelle (o un relato largo, como dicen algunos críticos de estas pequeñas y no tan pequeñas obras de James) que te deja el sabor de boca agridulce de la propia vida. Cincuenta páginas, ilustraciones evocadoras y una edición tan preciosa como lo son todas las de D´Epoca Editorial. Una historia, unos personajes, Henry James, siempre significan emociones y sentimientos bien trabados y predispuestos a ser leídos en un momento cualquiera de la tarde, cualquier tarde de cualquier día del mes o de la vida. 

Julia Bride de Henry James. Centenario. D´Epoca Editorial. 2016. 

Apunte biográfico sobre Henry James 1843-1916 (Lecturalia). Este año se conmemora el primer centenario de su muerte. 
Autor y ensayista americano, Henry James fue uno de los grandes escritores de finales del siglo XIX, conocido tanto por sus novelas y relatos cargados de tensión psicológica como por sus ensayos sobre teoría literaria.

James pasó la mayor parte de su vida en Europa, sobre todo en París y Londres, llegando a obtener la nacionalidad británica, aunque pasó su juventud en Estados Unidos, estudiando en universidades como Harvard y Cambridge, donde estudió Literatura.

Sus obras se caracterizan por una gran fuerza de los personajes y de su mundo interior, así como por la combinación de ideas y situaciones a caballo entre la vieja Europa y los Estados Unidos. A lo largo de su carrera, James escribió títulos tan conocidos como Otra vuelta de tuerca, Retrato de una dama, Los embajadores, La copa dorada o Las bostonianas.

Como crítico literario, James fue uno de los renovadores del estudio de la novela y apostó por una nueva interpretación del desarrollo y la relación del autor con el lector, como se puede leer en su ensayo más importante, El arte de la novela. Además, James también se adentró en el mundo del teatro, tanto en la crítica como en la propia dramaturgia.

La recepción de su obra en vida no fue del agrado de los críticos y durante la primera mitad del siglo XX recibió numerosas críticas negativas que con el paso del tiempo han ido desapareciendo hasta reconocer la calidad de sus textos.

Varias de sus novelas y relatos han sido adaptados al cine con gran éxito, como Otra vuelta de tuerca, La heredera, La copa dorada o Las bostonianas.

No queda amanecer

Podría decirte que eres un canalla. Un desaprensivo. Que me has tomado por una puta. Alguien que se vende por placer. Y que me merezco por eso el consiguiente castigo: esperar. Esperarte. Que mi vida de mujer casada razonablemente feliz se ha venido a pique porque soy una persona insatisfecha y tú solamente has jugado un papel secundario. El de alguien que me ofrece lo que nunca he tenido. Placer. Podrás decirme que fue bonito mientras duró y que nada tiene demasiada importancia, que no se puede ser tan intensa, ni tan romántica, ni tan sentimental. Que, al fin y al cabo, la vida son dos días y hay que vivirlos a tope. Podríamos intercambiar estas frases si tú no hubieras desaparecido, si supiera donde encontrarte, dónde estás y cómo te llamas. No tienes nombre ni dirección ni biografía. Y yo soy una mujer a la espera. 

No se puede vivir esperando. No se debe esperar nada de alguien que te confiesa el primer día sus intenciones. El único día. No soy una mujer fácil, ni una aventurera. O no lo era. O no sé si lo soy. Ahora ya no estoy segura de nada. Has hecho que dude de mí misma. Lo único que sé de mí es que soy alguien que se ha acostumbrado a esperar. 

Recuerdo la noche en que nos conocimos. La única noche. Entré en ese garito inmundo por casualidad. Fue un atrevimiento. Una forma de rebelarme contra la vida y contra el aburrimiento. Parecía una taberna. La música sonaba con desgana y, al fondo de la barra, había una única mesa vacía, una mesa en la que no quedaba ni rastro de bebida, la mesa limpia que parecía esperarme. La gente bebía cerveza y hablaba en voz muy alta. Chillaban y bebían. Los hombres sobaban el culo a las parejas, les rodeaban la cintura con los brazos y escupían besos en sus escotes. Besos lascivos y sin sentimientos, un puro toqueteo que a mí me repugnaba. 

Esa visión tan extraña y llena de suciedad me asustó. Fue un instante tan solo, pero deseé no estar allí, salir corriendo, deseé que la enésima pelea con mi marido no hubiera tenido lugar, quise estar lejos, volver a mi casa, a mi esquina serena, instalarme en mi vida de siempre. En esa clase de vida que me cubre de un vacío imposible de llenar. Porque no hay otra cosa. Eso creía. 

Solo me detuvo tu sonrisa. Un algo brutal y un algo tierna. Me sonreíste desde el otro lado del bar y te acercaste a mí como un vaquero en busca de una res. Eras el personaje de una película de John Ford, un hombre duro, con el cuerpo tenso y una expresión extraña. Me sonreíste y no hablaste nada. Te bebiste tu copa de un trago y volviste a llenarla. Una húmeda gota, una tan solo, quedó prendida en la comisura de tus labios. Yo deseé bebérmela en ese instante. Me sonreíste y colocaste una de tus manos en mi nuca. Una mano grande, recia, una mano segura de sí misma. Habías bebido otro sorbo de tu whisky sin agua y tu boca tenía un sabor amargo. Fui capaz de notarlo aun sin haberme acercado todavía. 

Tu mano poderosa me acercó a ti. Con brusquedad. Sin ninguna ternura. Me temblaban las piernas. Se abrió el botón superior de la blusa blanca que llevaba y dejó entrever el tono azul oscuro del sujetador. Palpitaba. Tu mano me acercó a ti y me abriste los labios con tu boca, hábilmente, como quien sabe lo que hace. Y lo sabías. Mis labios se fundieron. Percibí un aliento agridulce y noté tu saliva. Algo tibio, algo cálido, algo helado. Separaste mis labios con tu lengua y yo no pude moverme, aprisionada, con tu mano en la nuca, muy cerca de tu cuerpo. Tan cerca que sentí todos tus músculos, cada uno de tus nervios, cada parte de ti, completamente. 

Me hubiera marchado entonces si tú no me aprisionas contra ti, si tú no aplastas mi cuerpo contra el tuyo. Si yo no hubiera notado sobre mí cada uno de tus huesos. Continuación del mío, tu cuerpo se incrustaba, me separabas las piernas, entrabas en mí a través de la ropa. Yo no podía moverme. 

Me hubiera ido corriendo a cualquier parte, pero entonces cedió la presión de tu mano, separaste tu cuerpo y yo me quedé huérfana. A esa distancia, tus manos tomaron el óvalo de mi cara y tus ojos dijeron al tiempo que tu boca: Bésame. Ahora, bésame tú. A ver cómo me besas. 

Entonces, torpemente, con mi gesto de miedo, de casada aburrida, con los ojos abiertos, con los labios tan húmedos de dolor, acerqué mi boca a la tuya y te besé una vez, otra, mil veces, me comí todos los besos que antes no había dado, me tragué tu sabor hasta las heces. Te bebí entero a través de los labios. 

Me hubiera ido en ese mismo instante. Pero entonces me subió por la espalda un espasmo, un escalofrío que antes no había notado. Me ardieron las entrañas. Y no pude marcharme. Aún te espero. 

Ahora parezco una mujer como las otras. Una mujer casada, respetable, que mira con los ojos aunque nada percibe, con el frío calado hasta los huesos. Parezco la de siempre, pero ya no lo soy. Después de aquella cita te esperé en muchas noches, te busqué en mucha gente, te soñé entre mis sueños. Tus palabras dijeron que llegaría otro día, que llegaría otra noche, que el fulgor entrevisto, que el ardor de los cuerpos, nunca podría acabarse. 

Pero no soy la misma. No has llegado. No queda amanecer. 


lunes, 23 de mayo de 2016

Aliviarás mis sombras

Habrá un amanecer de sábanas revueltas, de olor a café fuerte en la cocina. Un aire clandestino cruzará nuestro cuarto y sabremos que el fuego se enciende sin permiso.

Te asomarás desnudo a la ventana y en tu espalda escribiré la historia de un tiempo inesperado que se ha clavado lento entre mis ojos. El arco de tus brazos será sombra y aliviará una lágrima que no supo perderse.

Y no habrá más miradas oscuras, sino ese batallón de claridades que precede a la lucha de los cuerpos. Y no habrá hielo, paréntesis de nieve o frío silencio cósmico, sino el anuncio de ese ardor en la sangre que despierta sin tregua.

Así tendremos, en el hoy sumergidos, un motivo constante para no odiar los sueños y abriremos por fin el recipiente en que guardamos intacta la esperanza.

Pronunciaré tu nombre sin olvidar sus letras, sin olvidar su eco, el nombre del amor que ahora me callo. Pronunciaré sus sílabas como si recitara una oración tan vieja como viejo es el hombre.

Pronunciaré esa frase que significa todo, que significa “vente”, que significa “estoy” . No negaré esa evidencia que flota entre nosotros ni buscaré ropajes que cubran mi deseo.

Pronunciaré tu nombre y será igual que si brotas, si naces otra vez después de la tormenta. Y ya no habrá dolor ni el vuelo de la rosa en las espinas.

Cubriré tu tristeza con las olas de un mar que abraza resplandores sin motivo y, aunque no quiera hacerlo, la haré mía. La notaré en los ojos y en las manos. En mí estará tu vida. Tú mismo. Tú. Tan triste.

Estaremos seguros de las cosas, tanto como en el mundo esto es posible. Y aunque el miedo a la muerte rondará a nuestro lado, parecerá más tenue, más ligero, más perdido en el tiempo, menos vivo…


domingo, 22 de mayo de 2016

Ninguna mirada


(Jesús Helguera. Fotografía para almanaques)

De ordinario sobrevuelas mis ojos. Nunca observas en ellos si hay alegría o desdicha. Miras hacia lo alto, recalas en lo lejos, pero nunca hay, amor, espacio para verme. No sé si esto es porque soy invisible o porque tú, en una rara muestra de desidia, desengaño o desgana, no tienes forma de mirar lo esencial, de ver la vida. Es así, sin embargo. Y, a veces, frente a frente, notarás que desvío la mirada, notarás que me voy, que dejo el espacio común en el que estamos y huyo hacia otras soledades, otros tiempos, otras cicatrices. Notarás que no quiero mirarte, ni verte entero, amor, porque si así lo hiciera moriría en el intento. 

"La vida resguardada" de Ellen Glasgow


Tengo un amigo al que le gusta despegar con las uñas las etiquetas adhesivas de los objetos, esas en las que viene el precio y el código de barras. Encuentra un raro placer en levantarlas por una de las esquinas y hacer que, enteras, se separen definitivamente. Yo acabo de quitarle la etiqueta  de la contraportada a este libro, a pesar de que no es una compra reciente sino del año 2008. Concretamente y como reza en la primera página, lo compré el día 22 de diciembre de ese año en la Casa del Libro de Madrid. Recuerdo bien ese viaje. Habíamos llegado en el AVE y parábamos en un hotel de esos con encanto en la calle Serrano. La calle estaba en obras, ahora lo pienso. El barrio de Salamanca era, para mí, el oasis del bienestar. Sus tiendas de marca, su ambiente, sus restaurantes. El clima era excepcionalmente bueno para tratarse de la Navidad. Y nosotros estábamos muy felices porque allí todo presagiaba momentos llenos de entretenimiento y de diversión. Y así fueron sin duda. 

El libro lo compré a la vuelta y lo leí casi entero en el AVE de camino a casa. Ya sabéis lo que ocurre con algunos libros. Los abres, lees las primeras líneas y ya te adentras en ellos como si fueran un santuario, un lugar del que quieres descifrar todos los secretos. Su autora, Ellen Glasgow (Richmond, Virginia, 1873-1945), era una desconocida para mí hasta ese momento. Pero la hermosísima portada, el aire sereno que transmitía el libro, fueron suficientes para comprarlo. Rara vez me equivoco en estos casos. Tampoco entonces. 

Glasgow es considerada una de las mejores novelistas americanas del siglo XX. Escribió novelas, relatos y su autobiografía. Desgraciadamente, pocos se han publicado en castellano. En 1942, tres años antes de morir, recibió el Premio Pulitzer. He soñado alguna vez, en esas fantasías que tienes cuando tu ánimo decae, en ganar este Premio. También en obtener un Oscar de Hollywood. Me veo a mí misma, elegantemente vestida, pisando la alfombra roja, del brazo de....Gerald Butler....Tanta fantasía termina por cansar cuando ves que el tiempo pasa y que no ganas nada. Ni el tal Butler aparece...

"La vida resguardada" transcurre, como toda la obra y la vida de Ellen Glasgow, en Virginia. Ella, que era de salud débil, apenas salió de allí. Ambientada en los años inmediatamente anteriores al estallido de la Primera Guerra Mundial, nos cuenta la historia de una niña Jenny Blair, que conduce la historia al tiempo que se va convirtiendo en una mujer, enamorada por más señas del marido de la mejor amiga de su madre. George Birdsong podía ser su padre por edad. Algo ocurre entre ellos y ese algo es vislumbrado por la esposa de George, que está muy enferma. 

Esta es una relación condenada por todos. La sociedad sureña nunca la entenderá y por eso la obra habla de la falta de comunicación entre hombres y mujeres. Habla también de prejuicios, convenciones sociales y soledades. De incomprensión y de deseos no satisfechos. De pasiones humanas, al fin y al cabo, que la autora disecciona como si hubiera vivido en primera persona todas ellas, aunque sabemos que no fue así y que su vida, tranquila, transcurrió en torno a los libros y a algunas buenas amistades. 

Fue la lectura, sin duda, lo que hizo de ella una mujer sensata, sensible y culta. Lo que la ayudó a desprenderse del corsé que le imponía la sociedad tradicional y acomodada en la que nació y se crió. Lo que le dio la valentía de describir, con ironía y elegancia, la decadencia de esa misma sociedad.

"Diarios" de Iñaki Uriarte

Una de esas extrañas perlas que se encuentran a veces en las redes sociales, en forma de amigo, me puso en el camino de Iñaki Uriarte y sus Diarios. La forma en la que una descubre los libros es harto compleja. Tienen tantas maneras de aparecerse que podría escribirse un opúsculo sobre eso, un texto breve y entrañable en la que se contara de qué manera llega a tu vida un libro o un autor. Es casi tan emocionante que relatar el encuentro con esa persona especial a la que quieres sin remedio. A la causa entera de tu perdición. 

Pero, sigamos. Mi amigo me contó sus impresiones y yo compré los libros, los leí y los coloqué en esa zona cercana en la que están los textos a los que de vez en cuando acudes. Son libros nunca terminados, referencias, motivos. 

Ahora, repasando Internet, he visto que ha salido el tercer volumen y yo me he quedado atrás a la hora de comprarlo, seguramente porque mi amigo, el recomendador, se ha enamorado y no frecuenta nuestra salita de estar del Twitter sino que dedica todo su tiempo a gozar del amor. A veces pienso en las conversaciones que tuvimos en el pasado y una pequeña punzada de nostalgia me asalta. Pero, al fin, él es feliz y eso es lo que importa. 

La solapa de la portada del primero de los Diarios, el que abarca desde 1999 hasta 2003, publicado como todos por la editorial Pepitas de Calabaza (que afirma de si misma ser una editorial "con menos proyección que un cinexin") lleva una simple referencia sobre el autor: "Iñaki Uriarte nació en Nueva York (1946), es de San Sebastián y vive en Bilbao". Y se acabó ahí la cosa. Y en la solapa de la contraportada van unas cuántas opiniones de ilustres críticos y escritores acerca de la obra en cuestión: Enrique Vila-Matas dice que es "un diario formidable". Antonio Muñoz-Molina afirma que nos hallamos ante "un ejemplo de naturalidad y agudeza". Andrés Trapiello también ha opinado: "Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien leyendo un diario". Y así otros. 

Con el pretexto de hablar de sí mismo, habla de casi todo. Esto es así en todos los casos, naturalmente. Pero Uriarte engancha los temas con la naturalidad del que no tiene que convencer a nadie. No se trata de dar buena impresión, esa plaga que nos azota a casi todos. Ese querer ser mejor de lo que eres para que te quieran más de lo que te quieren. No. Parece haber decidido que es un irremediable, alguien que no tiene mayor importancia que cualquiera de nosotros. 

Habla, por ejemplo, de la felicidad. "La felicidad parece un objeto débil, insípido, pero cuando llega le da sabor a todo. Algún día no lejano se inventarán una especie de termómetros de felicidad. La gente se los pondrá casi todos los días y sabrá cómo anda de ella. Si va mal, se tomará alguna pastilla o decidirá hacer algo que sepa por experiencia que le pone contento"

Habla, también, de la lectura. "Leer hoy ya no tiene ningún prestigio. Los jóvenes no suponen que en los libros exista algo que pueda servirles o ser bueno para ellos. Nunca ha leído nadie mucho. Pero ahora la lectura ya no está ni siquiera valorada. Antes teníamos un cierto sentido de culpa si no leíamos. Ahora no"

Habla, creedme, de la playa: "Hay pocos espacios públicos donde se perciba tanto bienestar como en una playa. En la playa hay mucha felicidad, y sin una gota de alcohol. Y en ningún sitio se admitiría tanta gente durmiendo, medio desnuda, dándose cremas en posturas que en otra parte se considerarían obscenas. La playa es un gran espacio erótico. Es una de las razones de que acuda tanta gente. Las playas desiertas tienen su encanto, pero las repletas, también. En realidad, creo que las playas desiertas están desiertas porque no hay chicas"

Habla de sí mismo: "Creo que soy una persona en general más buena que mala. Pero sin ningún esfuerzo ni mérito. Siempre he pensado que es mi natural. Sin embargo ¿no dicen que lo natural es ser malo? ¿No hablan de que el hombre es por naturaleza un lobo para el hombre, de que la vida natural no es más que una lucha despiadada por la supervivencia y la reproducción? ¿No aseguran que somos un conjunto de instintos agresivos y egoístas apenas cubiertos por un barniz de civilización? 

Y así todo. Da que pensar. 

sábado, 21 de mayo de 2016

"El mundo deslumbrante" de Siri Hustvedt

Siri Hustvedt es la mujer de Paul Auster. Y eso es una pesada carga literaria. Muchas personas, lectoras de Auster, se extraña de que exista Siri, de que escriba y de que lo haga tan bien. En cierto sentido son dos escritores extremadamente opuestos. Auster estructura su obra en torno a un mismo ritmo, una melodía repetida que cambia en los matices. Siri indaga por caminos inesperados, abriendo su escritura a posibilidades remotas.

Este no es un libro al uso, hay que decirlo. Una novela con estructura compleja en la que aparecen entrevistas, diarios, textos, que van ayudándonos a conocer a la protagonista, Harriet Burden, una mujer extraña. Era la esposa de un poderoso marchante de arte de Nueva York en los años ochenta, cuando ya la ciudad se había convertido en el centro mundial de las expresiones artísticas, desplazando así a la antigua Roma, o a París, por citar dos de las ciudades emblemáticas.

El machismo imperante en aquel momento (¿quieres decir que ya no existe?) relegó sus posibilidades artísticas y ello la hizo sufrir y vengarse: daba a conocer sus obras a través de tres jóvenes promesas masculinas (Anton Tish, Phineas Q. Eldridge y Rune). Identidades móviles, personajes, falsedades como sistema. Para contar esta historia Siri Hustvedt utiliza los diarios de Harriet, testimonios de personas que tuvieron contacto con ella, artículos de prensa, críticas acerca de las obras....De esa manera se aborda una cuestión crucial que subyace en el complicado mundo del arte. El propio papel de la mujer como creadora, como protagonista de su destino y de su elección profesional. Un papel que, a lo largo de la historia del arte, ha sido silenciado, sustituido, ninguneada y, en algunas ocasiones, anulado totalmente. Esta reivindicación, en forma de novela, de texto literario, tiene la cualidad de parecernos, por su mismo argumento, una fiction, una novela real, no con sentido histórico, sino ampliamente biográfico y ambiental. Nueva York, sus galerías de arte, sus museos, como telón de fondo, de la misma manera que aparece tantas y tantas veces en las novelas de los autores americanos. Un mecanismo de relojería encauza todas las piezas al objetivo final. Y el mecanismo funciona de una forma altamente eficaz porque nos hace vivir en primera persona el devenir personal y profesional de alguien cuyo talento fue, quizá, una rémora, como en tantas ocasiones la inteligencia y la originalidad suponen una losa sobre las mujeres que las poseen.

El mundo deslumbrante. Siri Hustvedt. Editorial Anagrama. Panorama de narrativas. Traducción de Cecilia Ceriani. Octubre de 2014. 

Anagrama ha publicado otras obras de esta escritora: Todo cuanto amé, Elegía para un americano, El verano sin hombres, La mujer temblorosa y Vivir, pensar, mirar. 

viernes, 20 de mayo de 2016

"Los niños se aburren los domingos" Jean Stafford

Ese caudaloso río cuyas aguas recogen el gran número de escritoras a las que voy descubriendo de todas las maneras posibles en los últimos años, se ensancha hoy con Jean Stafford, de quien reseño "Los niños se aburren los domingos", feliz título, delicioso, que evoca también los momentos finales del fin de semana, cuando todo anuncia la llegada del lunes y el advenimiento de la obligación contra la devoción. Esos domingos raídos de sueños. 

Cuando intentas averiguar algo más de la autora te encuentras con que en España es una desconocida y no hay noticias de ella en Internet, salvo en otros idiomas. Así que tienes que hacer una labor de rastreo para conocer su peripecia vital y así ayudarte a entender el sentido de estos relatos (13) que la editorial Sajalín ha seleccionado y publicado por primera vez en castellano. Tantas otras veces en la literatura las voces que se oyen no son las que más sentido tienen, ni las mejores. Simplemente el silencio cubre talentos que nunca encontraríamos.

En la bitácora de Jorge Ordaz "Obiter Dicta" y en la de Cesc Guimerá, hallo algunos datos que arrojan luz sobre la vida y la personalidad de Stafford. Nació en Covina, California, en 1915 y murió en Nueva York en 1979. Se cuenta que murió sola y que dejó su herencia a la mujer de la limpieza. Su padre era un escritor de novelas de serie B ambientadas en el Oeste, una especie de Marcial Lafuente Estefanía en inglés. Se casó tres veces y las tres con hombres relacionados con la literatura. Primero con Robert Lowell, cuyo azaroso matrimonio relató en algún texto. Luego, con Oliver Jensen, el editor de Life y por fin con el escritor de deportes del New Yorker A. J. Liebling, de quien enviudó muy pronto. 

La adicción a la bebida marcó su existencia. Sus intentos de desintoxicación también los recogió en su obra. Formó parte de los círculos literarios de Nueva York en los malos tiempos en que las mujeres eran todavía consideradas "adornos". Un bonito detalle para lucir en un salón de té. Su primera novela, "Boston Adventure" de 1944, tuvo un enorme éxito. La colección de relatos "Collected Stories", de 1969, obtuvo el Premio Pulitzer. Su estilo está lleno de líneas zigzagueares, que enuncian unos retratos humanos profundos y con enormes matices. En sus argumentos aparecen las clases altas y bajas, la infancia, la adolescencia y la vida de las mujeres, a las que presta especial atención. Maneja la ironía y la distancia cuando es necesario, pero también un brutal apasionamiento y una descripción certera de lo que observa y de lo que ella misma vive. Vida y literatura están, así, muy unidas, impregnadas la una de la otra. Veracidad es, pues, la palabra que la distingue y determina. 

"Los niños se aburren los domingos" son trece relatos en los que las protagonistas son mujeres. Diversas, distantes, diferentes, diluidas, dispersas, disonantes, disipadas, disolutas, dispares, díscolas, divinas, diletantes, diédricas, difíciles, dignas...Definitivamente dueñas de todo menos de lo que de verdad importa. Son mujeres que conservan en algunos casos la esperanza de una vida mejor, de un cambio que les proporcione el acceso al paraíso. También las hay que están profundamente cansadas de su situación, sobre todo de sus matrimonios. La crítica a la intelectualidad neoyorkina, tan puntillosa, es otro de los elementos que aparece en ellos. De igual manera que Edith Wharton criticaba las ínfulas de realeza de la sociedad del Nueva York de estos años, de esas "primeras familias" que creían poseerlo todo, así Jean Stafford se fija en los ambientes literarios y artísticos para extraer de ellos una fría observación que disecciona sin piedad.

Las mujeres de Stafford desconocen que el peso principal que llevan sobre sí no es externo. No es el reiterado malhumor de sus hombres, que las tratan como si fueran una cansada presa. No es el cansancio de la responsabilidad, o el desamor, o la furia de ser ignoradas cuando llegan a una edad, o el vacío de un nido que nunca les perteneció, o la infidelidad o el miedo. Las mujeres de Stafford no llegan a saber, aunque lo vislumbran, que el mayor obstáculo para su felicidad está en su interior, porque, aunque ellos no saben quiénes son ellas, las propias mujeres también lo ignoran. 

Ella corrobora algo que he pensado y que cada vez se reafirma más con mi propia experiencia como lectora: los hombres escriben acerca del mundo y las mujeres acerca de ellas mismas. 

Los niños se aburren los domingos. Jean Stafford. Editorial Sajalín. 2014. Traducción de Ana Crespo. 

jueves, 19 de mayo de 2016

Va y viene de la rosa a la salina


Yo era una niña móvil, cambiante, caleidoscópica. Aún lo soy. No una niña, desde luego. Pero sí soy móvil, cambiante y caleidoscópica. Días y días. Días de todos los colores. Azules, trágicos; naranjas y amarillos, luminosos; verdes, esperanzados; grises, anodinos; negros, terribles; blancos, desconcertantes; violetas, geniales…Luego están los días contigo dentro. Esos son dorados, tibios, cálidos, del color de una sinfonía o de una obra de arte bien terminada. Los días contigo no deberían terminarse nunca, pero pasan con insólita rapidez, porque son días que solo contienen una o dos horas a lo sumo. 

Esa niña tan dispersa en intenciones y tan llena de preguntas tenía la costumbre de demorarse y otra aún peor. Andaba hacia atrás. Mi madre caminaba delante de mí y esperaba que llegara a su altura. Pero yo nunca lo hacía. Reclamaba una y otra vez que fuera ella la que se detuviera, la que cambiara el paso. Mi madre no se sentía en la obligación de ayudarme a resolver el eterno enigma de hacia dónde avanzar. Por eso, en muchas ocasiones, simplemente me miraba con aire de duda y dejaba las horas pasar. Sabía que el tiempo era y es mi principal enemigo. Que todas las certezas, si era uno capaz de congelarlas, terminaban siendo agua, agua quieta, salada y blanca, que se escurría entre los dedos. 

"Un hombre astuto" de Robertson Davies


Quedé fascinada por Robertson Davies cuando leí "Levadura de malicia", libro del que debo haber escrito algo en este blog. Davies tiene una de esas maneras de escritor que me atrapan. Las palabras se suceden unas a otras en cascada, no solamente con una expresión correctísima sino con una secuencia lógica y de aplastante veracidad. Parece que cuenta hechos que ha vivido y contrastado, sucesos de la vida real, encuentros cotidianos, vida al fin y al cabo.

Davies es canadiense y, además de actor fue escritor y productor de obras de teatro, periodista y autor de una columna humorística con el pseudónimo de Samuel Marchbanks. Sus once novelas están organizadas en forma de trilogías. La Trilogía Salterton comprende "A merced de la tempestad" de 1951, "Levadura de malicia" de 1954, "Una mezcla de flaquezas" de 1958. Por su parte, la Trilogía Deptford contiene "El quinto en discordia" de 1970, "Mantícora" de 1972 y "El mundo de los prodigios" de 1975.

Luego está la la Trilogía de Cornish: "Ángeles rebeldes" (1981), "Lo que arraiga en el hueso" (1985) y "La lira de Orfeo" (1988). Dejó otra incompleta, la Trilogía de Toronto, a la que pertenece "Asesinato y ánimas en pena" de 1991.

En "Un hombre astuto" se nos cuenta la historia del doctor Jonathan Hullah, heterodoxo y lleno de métodos singulares. Cuando muere, el mismo día de Viernes Santos, el padre Hobbes, en Toronto, Hullah iniciará una investigación para conocer los motivos de su muerte, azuzado por el interés de una joven periodista. El detallista relato no está exento de escenas hilarantes, de un punto de vista absolutamente original y de personajes cuajados, interesantísimos desde todos los ángulos.

El perfil literario de Davies es el de un autor que tocó casi todos los géneros. Fue también profesor de Literatura en la Universidad de Toronto, una vez que hubo abandonado el ejercicio del periodismo. Su consideración como escritor de calidad que, al mismo tiempo, logra conectar con el lector a través de un lenguaje sencillo y de unas tramas absolutamente elaboradas, ha ido subiendo con el tiempo. En España es la editorial Libros del Asteroide la que ha publicado sus libros y lo ha dado a conocer a los lectores. Toda su obra tiene un denominador común: un arranque espectacular en el que se plantea, a modo de incógnita, una cuestión que va a ser resuelta en el contenido del libro. La elección de esas cuestiones y la forma en la que se resuelven es marca de la casa. El detallismo de Davies no es, por otro lado, farragoso ni aburrido. Todo lo contrario. Salta de un hecho a otro con habilidad, muestra las cartas de los personajes con ímpetu y rodea al lector de una manera eficaz llenándolo de palabras escogidas, de una estructura acorde con el relato y de un impecable desenlace siempre. 

Robertson Davies (1913-1995) nació en la región de Ontario, en Canadá y se educó, entre otros lugares, en Europa. Se licenció en Literatura en la Universidad de Oxford y fue actor en el Reino Unido. Ejerció de periodista, comediante, escritor y siempre con gran éxito. Escribió once novelas. 

Un hombre astuto. Robertson Davies. Traducción de José Luis Fernández-Villanueva. Libros del Asteroide, 2016. La obra trae esta dedicatoria: "Para Brenda y nuestras hijas Miranda, Jennifer y Rosamond. 

miércoles, 18 de mayo de 2016

"Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado" de Maya Angelou

Hay libros que solo se entienden si ves delante de ti, como un caleidoscopio abierto al sol, la figura de su autor. De su autora, en este caso, Maya Angelou, de nombre real Marguerite Annie Johnson (Saint Louis, 1928-Winston Salem, 2014). Alguien que fue poeta, narradora, bailarina, actriz y cantante. Que vivió una larga vida, llena de circunstancias adversas y también de momentos geniales. Alguien para quien la existencia no fue un mero trámite, sino una aventura. 

En su obra literaria destacan siete autobiografías, tres libros de ensayo, otros cuantos de poesía...Tuvo muchos premios, un gran reconocimiento y títulos honorarios de todo signo. Fue recompensada en vida por su trayectoria y su esfuerzo. Pero, sobre todo, por su convicción. Lejos de avergonzarse de lo que fue y lo que hizo, convirtió su vida en objeto literario, elevó a la belleza de las palabras lo que, en realidad, escaseaba en delicadeza y en vigor. 

"Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado" es el primer libro entre los autobiográficos. En el relato abarca desde su infancia hasta los diecisiete años, tiempos cruciales para cualquiera y en los que Maya pudo forjar su personalidad, anunciar lo que sería en el futuro. No se puede obviar, cuando de ella se habla, la multitud de empleos que sostuvo en su juventud, entre los que están el de cocinera, prostituta, bailarina y actriz de clubs nocturnos. También fue periodista y se dedicó al activismo político. Produjo y dirigió obras de teatro, películas y programas de televisión. Fue una todo terreno que, asimismo, se introdujo en el panorama académico. En 1982 fue profesora de Estudios Americanos en la Universidad de Wake Forest en Winston-Salem, Carolina del Norte.

Entre toda esta maraña de ocupaciones, habilidades, empleos y trabajos, sobresale su colaboración con el Movimiento por los Derechos Civiles y con el mismo Martin Luther King Jr. y con Malcolm X. Cuando publicó este libro dio a conocer elementos muy íntimos de su biografía y abrió la posibilidad de que otras personas lo hicieran. En lugar de libros edulcorados o matizados por el paso del tiempo, Angelou muestra la realidad de sus vivencias y en ellas hay tanto luces como sombras. "Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado" ha sido considerado un libro fundamental para conocerla y para el género de las biografías. Es también su obra maestra.

Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado. Maya Angelou. Traducción de Carlos Manzano. Libros del Asteroide, 2016. 

martes, 17 de mayo de 2016

Tiempo de sonetos

Tengo en las manos una preciosa edición de los Sonetos de Shakespeare, una edición bilingüe del Instituto Shakespeare, preparada por Jenaro Talens y Richard Waswo. La Introducción y las notas corren a cargo del propio Richard Wasco con la versión castellana de Manuel Talens y la traducción de los Sonetos es de Jenaro Talens. Lo ha publicado la editorial Cátedra, con motivo de la conmemoración, en 2014, del 450 aniversario del nacimiento del escritor, que nació en 1564 y murió en 1616 con 52 años de edad.

Aunque estoy acostumbrada a manejar libros y a escribir de libros, este me sobrecoge. Todo Shakespeare me parece una cumbre inabordable en su comprensión y difícilmente asumible parcialmente. Ha de conocerse entero y cuanto más, mejor. 

Resulta por eso muy adecuada la Introducción que la obra contiene. La lectura de la misma arroja luz incesante acerca de la forma en la que Shakespeare componía sus sonetos, así como sobre su publicación, en la que no estuvo la mano del escritor ni para ordenarlos ni para corregirlos. Los Sonetos de Shakespeare parecen ser la muestra clara de su poética más cercana, la más sentimental, pequeñas joyas que hablan del amor, de los dilemas morales que esta pasión causa y de emociones que son consustanciales al ser humano y que, por tanto, siguen existiendo de la misma forma que él las expresa. 

Una curiosidad. Los sonetos están dedicados a un tal Mr. W. H. que no se sabe a ciencia cierta quién es. Los publicó el editor Thomas Thorpe en el año 1609 y fueron escritos con anterioridad aunque se desconoce el detalle de esa producción. Con esa dedicatoria comienza la edición original: Al único a quien se deben los sonetos que siguen Mr. W. H. toda la felicidad y esa gloria eterna prometida por nuestro inmortal poeta le desea con sus mejores votos quien se aventura a darlos a la luz. Lo firma T.T. que es el responsable, según parece, de esa dedicatoria. 

lunes, 16 de mayo de 2016

"La hoguera de las vanidades" de Tom Wolfe


Hay libros que se te resisten. Con ellos no hay amor a primera vista, ni flechazo, ni entendimiento. Los abres y los dejas. Vuelves a acercarte a ellos y te rechazan. Los buscas y no quieren que los halles. También ocurre con las personas, pero, en este caso, no hay solución. Las personas no pueden conquistarse, ni cambiarse, ni engañarse. Pero con los libros puede uno tener paciencia. Esperar tranquilamente a que el viento cambie. Ahora sur, ahora oeste. Esperar y volver a la carga. Tener esa actitud voluntariosa de los estudiantes cuando una asignatura se les atraviesa. Nunca he sido una estudiante voluntariosa y por eso en esta ocasión "La hoguera de las vanidades" ha sido un reto para mí. Un reto que he logrado vencer. Y por eso, desde ahora, será uno de "mis libros". 

Esa vertiginosa sensación de que estás entrando en un mundo que no controlas, que tiene sus propias reglas y que tú no las conoces. Esos adjetivos malsonantes. Esos personajes atrabiliarios, incluso en su normalidad. La normalidad es aquí un hecho singular, hay que decirlo. Y luego, la crítica atroz al sistema, mejor dicho, a todos los sistemas. Y la desvergüenza con la que el autor, americano, critica a América. Dios salve a América, pero vamos a despedazarla juntos. La muestra histriónica de razas y nacionalidades, cada una de las cuales con sus muchos defectos y sus escasas virtudes. Los acontecimientos que se suceden como en un juego de construcciones, un mecano cuyas piezas van a acabar encajando aunque no lo sepamos al principio. El dominio de los submundos que se terminan mezclando: el judicial, la policía, los brokers de la bolsa, los negocios, los matrimonios que cenan en restaurantes de ricos, los pobres, los negros, los políticos...Y la forma: periodismo de sucesos, puro y duro. Sin contemplaciones ni palabras bonitas, todo directo y sin permiso. La verdad. O una verdad. 

Hay también, y no debería pasarlo por alto nadie que leyera el libro, una misoginia evidente. Las mujeres aparecen yendo al gimnasio, lo que las convertirá en sardinas sin corazón. Aparecen como amantes sin escrúpulos. Como sujetos interesados en todo lo que huela a dinero y a poder. Como musas de sueños que nunca tendrán nada de espirituales. Las mujeres de Wolfe son lo que las mujeres no queremos ser o no queremos admitir que somos. Son "ellas", gente sin clase y sin corazón. Eslabones fríos que se conjugan con unos hombres sin alma, o con el alma pintada del color del dólar. 

Algunas escenas me hacen envidiar la genialidad del escritor. ¿Cómo lo hace? te preguntas. Esas horas en las que el Mercedes Benz, que conduce Sherman McCoy y en el que va también su amante, Maria, se pierde por el Bronx, saliendo del aeropuerto Kennedy intentando llegar a Manhattan. Creo que pocas veces he leído algo tan perfecto, una sinfonía tan estudiada, una traslación al espacio físico del relato tan espléndida. Y así podía citar otros muchos momentos porque el libro, en su totalidad, es una obra maestra. Nunca Nueva York tuvo tantos nombres sobre la mesa, nunca su callejero se vio desmenuzado con tanta intensidad, nunca sus vidas, ritmos, personas, grupos sociales, se encontraron tan inmersos en una descripción furibunda y, al tiempo, exacta. 

Tardé días en poder entrar en el libro. Ese ejercicio ha sido duro y he estado a punto de tirar la toalla. Pero ha merecido la pena. Es asombrosamente fértil el reguero que deja en tu memoria y en tu entendimiento cuando lo lees. Es genial sin paliativos. Horas de gozo como solo la lectura puede lograr. En medio del desierto, un libro como este es el oasis que necesitabas. Tom Wolfe de los cojones, te he vencido. Y tú a mí, a continuación, me has conquistado. 

Sinopsis: Sherman McCoy es un triunfador, un broker que una noche se ve inmerso en un problema grave que va a cambiar su vida para siempre. Junto a él, la vida en Nueva York aparece retratada a través de la peripecia judicial de un vicefiscal, Larry Kramer; de un alcalde que es vilipendiado por las hordas del Reverendo Bacon, negro y provocador; de toda una serie de abogados, fiscales y demás ralea judicial; de policías y periodistas que se alían para ayudarse en una investigación que convertirá la vida de todos en algo que no estaba previsto. 

Tom Wolfe  (el Balzac de Park Avenue, como se le llama con su aquiescencia después de que se declarara revisionista del francés) nació en Richmond (Virginia)  en 1931 y fue, antes que otra cosa, periodista con garra y cronista de visión original y aguda. Hijo de un ingeniero y de una diseñadora, su estilo personal es inconfundible con trajes de marca, sombreros ad hoc y espectaculares sombreros. Es el impulsor de lo que se ha dado en llamar "nuevo periodismo", que él mismo definió como "el género literario más vivo de la época". La editorial Anagrama ha publicado un gran número de sus libros: La izquierda exquisita, La banda de la casa de la bomba, Los años del desmadre, El nuevo periodismo, Lo que hay que tener, La palabra pintada, ¿Quién teme al Bauhaus feroz?, Las Décadas púrpura, Elegidos para la gloria, En nuestro tiempo, Ponce de ácido lisérgico, Bloody Miami y Todo un hombre. Escribió La hoguera de las vanidades en 1987 y con ella pretende retratar la realidad al modo periodístico. Una mezcla de Steinbeck, Dickens y Zola con lenguaje de reportero transgresor. 

"La librería encantada" de Christopher Morley


"La librería encantada" es la segunda entrega de las aventuras de Roger y Helen. La primera aparece en el encantador "La librería ambulante". Ambos títulos son definitorios de su contenido pero, para disfrutar de ellos, hay que zambullirse de plano en sus pormenores. En el primero de ellos nos encontramos al librero Roger Mifflin que decide vender su librería con ruedas, su yegua y su perro a la inquieta Helen McGill, cansada de una vida rutinaria que pretende cambiar de un plumazo. Ahora, en este segundo tomo, algunas cosas han cambiado, aunque no el espíritu romántico y cotidiano con el que se mira a los libros y a la lectura. 

La Librería Encantada está en Brooklyn y ha terminado así el periplo viajero de ambos con sus libros a cuestas. Un sueño se ha cumplido, el sueño de tener, en ese espacio precisamente, en ese barrio multicolor y cosmopolita, un sitio donde los libros reinen. Y con ellos, la ilusión y la imaginación plenas. Esas recomendaciones atinadas que convierten la aventura de leer en un acto pleno de sentido y de trascendencia. Un libro para cada persona, un momento para cada libro, podría ser el resumen de esto que explico. 

Su autor es Christopher Morley (Haverford, Pensilvania, 1890-Nueva York, 1957). Morley es un individuo muy interesante. Se graduó en Historia Moderna en la Universidad de Oxford y de su estancia en el Reino Unido adquirió y reforzó su natural refinamiento y su sofisticación. En este sentido es muy Noel Cöward pero sus derroteros van por otro lado. Morley volvió a Nueva York en 1913 y allí se dedicó a trabajar en la editorial Doubleday. Fue durante años un prestigioso periodista, columnista y reportero, un todoterreno de la información en unos tiempos en los que la prensa estaba adquiriendo un prestigio inusual hasta entonces, al hilo de la labor desempeñada durante la primera guerra mundial. Forma parte de ese grupo de escritores-periodistas que dominaban tanto el oficio de informar como el arte de crear.

De su formación inglesa le quedó un amor evidente por la obra de Shakespeare y, como él mismo afirmaba, una admiración clara por A. Conan Doyle, combinando sin problemas ambos afectos. No obstante, su fuente más directa de inspiración estuvo, a la par que en su propia vida y experiencias, en las lecturas de Walt Whitman y de Mark Twain, el gran pícaro americano. Si no has leído a Twain te resultará complicado entender algunos registros de escritores norteamericanos. Por su parte, Morley se considera como un maestro de escritores tan diversos como Kinsley Amis o Tom Wolfe. De este último os diré que, después de un tiempo en el que empeñaba en escaparse de mi alcance, mientras yo perseguía afanosamente meterme dentro de su "Hoguera", a día de hoy se ha producido el milagro de que mi voluntarioso afán se vea compensado con la alegría de leerla y de disfrutarla. Oh, Dios, no os lo podéis imaginar...o quizá sí....

Su obra, la de Morley quiero decir, abarca ensayos, novelas, poesías, además de los cientos de artículos que escribió en su vida periodística. Es tanto un escritor de éxito como un escritor de culto, condiciones que no suelen darse unidas en la mayoría de los casos. Refinado, lúcido, inteligente, muy british, en las fotos que se conservan de él hay siempre un aire estudiado de dandy socarrón e irónico, con sus trajes a medida, el pelo cuidadosamente engominado hacia atrás, sus gafas metálicas y su permanente pipa que lo acompaña en todas las imágenes. Estos escritores son todos muy elegantes, cosa que no podría decirse exactamente de todo el gremio...¿no os parece?... 

Además de "Parnassus on Wheels" de 1917 publicada por Periférica en el año 2012 como "La librería ambulante", y de "The Haunted Bookshop" que es el título al que nos referimos en esta reseña, que se publicó originalmente en 1919, Morley publicó en 1918 un libro de ensayos "Shandygaff", así como las novelas "Thunder oh the left" de 1925, "The Trojan Horse" de 1937 y "Kitty Foyle" de 1939. Esta última fue llevada al cine, interpretando Ginger Rogers el papel principal y consiguiendo con él un Oscar de la Academia.  Además, es autor del libro de poemas "The Old Mandarin" de 1947. 

El humor refinado que distingue el estilo de Morley aparece en "La Librería Encantada" mientras describe a la fauna que pulula por el establecimiento, toda clase de personas que intentan vivir e incluso sobrevivir a secas, en momentos históricos tan convulsos y plagados de noticias tristes que vienen de Europa. Nueva York aparece reflejada como una ciudad abierta, plena de contrastes y acogedora de aquellos que quieren hallar un sitio donde compartir emociones. La tarta chocolate de Helen es, por otra parte, el gran elixir que los ampara. 

La librería encantada. Christopher Morley. Editorial Periférica. Mayo de 2016. Traducción de Juan Sebastián Cárdenas. 320 páginas.