lunes, 18 de abril de 2016

Ocultación


(Erwin Blumenfeld. Fotografía.)

En ese mundo de mujeres, las había afortunadas. Gente sencilla pero que parecía estar tocada por la varita mágica de la suerte. Gente apacible, respetada, que convivía con tranquilidad y que no se despertaba de noche en medio del susto y la desesperación. Pero también existía lo otro. Lo otro se ocultaba, nadie podía saberlo. Las primeras interesadas en ocultarlo fueron ellas, las mujeres que tenían una trastienda emocional llena de objetos viejos y punzantes. Esas mujeres agachaban los ojos cuando iban por la calle. Les parecía que ellas mismas eran las culpables de lo que les pasaba. No tenían capacidad para entender que nadie merecía aquello. No. Ellas sentían que la vida era un castigo y que ese castigo tenía que tener una motivación. Nadie podía sufrir así sin causa alguna. 

Se equivocaban. Equivocaban sus silencios, que atravesaban las frágiles paredes de las casas y atronaban las calles. Equivocaban sus confidencias, hechas siempre al calor de la tragedia, a personas inadecuadas, que solamente incubaban odio y nunca resistencia. Equivocaban las lágrimas, porque no lloraban por ellas y su vida desperdiciada, sino por sus hijos, a los que miraban con un sentimiento de cobardía nunca superado. Equivocaban el camino, porque andaban despacio y escondiéndose en lugar de rápido, de frente y con decisión. Ellas no lo sabían. Pero todos eran cómplices. 

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