lunes, 25 de abril de 2016

"La presa" de Iréne Némirovsky


Me reconozco lectora de Némirovsky desde que leí, hace ya algún tiempo, ese librito tan lleno de resabios autobiográficos y adolescentes: "El baile". Después leí "David Golder" y "Suite Francesa", los tres libros iniciales de la bibliografía de la autora. De los tres, sigue siendo "El baile" el que plasma mejor esa sensación de inevitabilidad que la define. Es como si la tormenta estuviera a punto de descargar a pesar de que amanece un día radiante. Como si hubiera una amenaza latente, algo por venir que fuera oscuro y dramático. 

Después de estos libros la editorial Salamandra ha hecho una enorme difusión de todos los demás que van apareciendo y llenando la estantería Némirovsky. Entre ellos, "El ardor de la sangre" y "El malentendido" ocupan para mí un lugar de honor. Seguramente porque expresan esa sensación trágica de que algo está a punto de pasar y porque no se hace ilusiones acerca de la naturaleza humana, tan llena de defectos como de virtudes. Pero son los defectos los que en la pluma de Iréne logran destacar sobre lo demás. Es un pesimismo inevitable, no complaciente, ni existencial, sino lleno de razones que tenemos por fuerza que compartir. 

La vida de Iréne Némirovsky ha pesado como una losa en la consideración de su obra. Evadirse de su trágico final o del rosario de problemas que aconteció durante su biografía es prácticamente imposible. Sin embargo, no debería constituirse en un motivo para su lectura, más bien es un elemento más del telón de fondo que la define. Pero el talento estaba ahí y hubiera florecido, floreció de hecho, incluso sin nazismo, sin persecuciones y sin campos de concentración. Es un talento basado en la observación y también en la descripción íntima de lo que observa. Una descripción que no está llena de elementos externos únicamente, sino que ofrece una conjunción única de interior y exterior, a modo de retablo emocional. 

"La presa" es una novela sobre la ambición y la mentira. El protagonista es Jean-Luc Daguerne, ansioso de llegar a lo más alto e impelido para ello, sin demasiados escrúpulos, a una vorágine de falsedad, luchas por el poder y pisoteo de lo más sagrado. La pérdida de la confianza de sus seres cercanos no es nada comparable con la traición a sí mismo que define este descenso de Daguerne en aras del logro de sus objetivos. En ocasiones, además, no es posible rectificar y lo mejor de cada uno queda enterrado en un pozo de oscuridad inevitable. 

La limpieza narrativa de Némirovsky aparece aquí al servicio de lo peor que los seres humanos pueden sentir, ofreciendo así un panorama desolador de la sociedad, en la que ella, desde luego, no tenía demasiadas esperanzas. Sin embargo, el relato de lo negativo no es nunca un juicio duro ni inapelable, sino que está lleno de la compasión que la escritora lanza sobre todo lo que la rodea. Esa compasión llegó a extremos imprevisibles y puede constituir, sin duda, otro de los elementos clave de su punto de vista literario. Es esa dualidad, entre pesimismo real y necesidad de salvación por los sentimientos, el eje de su forma de entender el mundo que vivió, el tiempo que le tocó compartir. 

Todos los libros de Iréne Némirovsky, al margen de su argumento y de su valor literario, te hacen pensar, te ponen delante un espejo en el que no tienes más remedio que mirarte. Y esa mirada en ocasiones no es agradable. Pero es real, está ahí y no puedes negarte a ella. 

"La presa" de Iréne Némirovsky. Editorial Salamandra. 2016. 

2 comentarios:

  1. Una reseña magnífica. Lo acabo de leer y también me ha impresionado. ES la primera lectura de Irène y desde luego no será la última.

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  2. Muchas gracias, Pilar. Un fuerte abrazo. Te recomiendo que leas "El ardor de la sangre". Y luego, las demás.

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