viernes, 8 de abril de 2016

"El equilibrista" de Andrés Neuman

El caso es que no recuerdo la fecha pero conocí a Andrés Neuman en una Feria del Libro de Sevilla, allá en esa carpa que habilitan en la Plaza Nueva donde los autores se sientan en una pequeña tarima y los lectores en sillas de madera forradas de blanco, como si asistieran a una boda en una hacienda de Utrera o Carmona. 

La tarde de primavera era cálida y Neuman nos contaba, con su acento peculiar y una media sonrisa que siempre gasta, a saber por qué extraño motivo, las peripecias de los viajes que le condujeron a escribir algunos de sus libros. Los aeropuertos y las estaciones de tren, esos sitios de tránsito en los que puede uno hallar fuente de inspiración o de desesperanza, fueron el poso en el que buceó para plasmar sus vivencias y sus pensamientos en el papel. 

Neuman es polifacético y tiene una obra miscelánea, muy variada y a veces efímera, porque anda por la red, a través de su propio blog, que cuida y mima. Pero deja en el papel huella precisa para que los lectores no se le escapen por las rendijas de Internet. A Dios rogando y con el mazo dando, se diría. 

En uno de sus libros "El equilibrista", que publicó Acantilado en 2005, hace una apología de la alegría que merece la pena considerar en tiempos estos tan dados a la preponderancia de pesimista existencial. Del coñazo, bien dicho, para entendernos. Estos pesimistas suelen, por otra parte, abominar de las redes sociales. Las consideran un engendro, un núcleo del mal concentrado en pocas líneas, algo insoportable para sus delicados estómagos. Sin embargo, para Neuman las redes son un medio de contar cosas, de hacer literatura, sin la dependencia de otros que puedan decidir que publican lo que escribes. Por eso usa el blog y Twitter y Facebook. Un poco de todo. 

Ese renacer del papel de la alegría como goce estético que él preconiza y anuncia como bandada de pájaros en primavera, puede servir de ejemplo de una filosofía de la vida basada en la belleza de existir. Un algo filosófico que quizá no tenga más bases que la propia vivencia o el destino o una elección consciente de lo que quiere ser. Pero, al fin, no es menos científico que andar dando tumbos, arrastrando los pies y soplando con premeditación. De todos modos, prefiero esperar la alegría. 

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