domingo, 27 de marzo de 2016

Los secundarios Austen



Entre la galería de personas que aparecen en las novelas de Jane Austen hay un muestrario tan potente de caracteres que podríamos escribir un ensayo al respecto. Pero como los ensayos solo los leen los hombres y los hombres no leen a Austen haríamos un mal negocio. Así que podemos pasar directamente a poner el foco en algunas de ellas para descubrir, con total regocijo, la deliciosa ironía con la que hace esos retratos. 

Pongamos el caso de las madres. He aquí dos de ellas: la señora Dashwood de “Sense and Sensibility” y la señora Bennet de “Pride and Prejudice”. Dos modelos de madre, claramente separados en intenciones, forma de ser, conducta e, incluso, manera de relacionarse con sus hijas. Solamente coinciden en que las dos son madres de hijas solamente. No tienen hijos varones y, fijaros, esa cuestión es fundamental en el desarrollo de la novela. Porque, al no tener varones, al finca de sus respectivos esposos está vinculada a la rama masculina de la familia, es decir, que no puede ser heredada por las hijas. En el primer caso, es el hijo del primer matrimonio el que se quedará con todo. En el segundo, es el hijo de un primo del marido. Mal negocio este del mayorazgo y de las tierras y haciendas vinculadas. Austen le presta la atención debida en todas sus obras, aunque de la forma indirecta y cotidiana que suele. 


La señora Dashwood es una mujer quejumbrosa, con escasa iniciativa, paciente y de carácter dulce. No se entromete en la vida de sus hijas y, en ocasiones, no se entera de por dónde van los tiros de cada una de ellas. Ni siquiera es capaz de meter en cintura a la pequeña, Margaret, con solo trece años y una gran afición a la cartografía. Un mapa de España abierto en el suelo es la pista que la descubre cuando, tras la muerte de su padre, se esconde debajo de un sofá para no ser vista por las visitas. 

Por el contrario, la señora Bennet es ordinaria, entrometida y su único objetivo es que sus hijas hagan una buena boda. Expresa lo que piensa de manera ruidosa y es precisamente esa forma de ser y ese objetivo tan claramente expresado lo que entorpece las expectativas de sus hijas, sin que ella sea capaz de advertirlo. La sensibilidad de la señora Bennet es nula y sus “pobres nervios” los protagonistas de todas sus reacciones ante los avatares sentimentales de la familia. 


Además de madres, en los libros Austen se definen cuñados, esa especial parentela que tiene su principal cometido en la presunción cuando llegan las reuniones familiares. En este caso nos fijamos en dos: Fanny Dashwood, que es precisamente la mujer del heredero que va a desalojar a Elinor, Marianne y Margaret Dashwood, junto con su madre, de la casa paterna y, por otro lado, John Knigthley, el marido de Isabella Woodhouse, la hermana de Emma. 

Ambos cuñados no pueden ser más diferentes. Mientras Fanny es ambiciosa y se porta con crueldad con sus cuñadas, disuadiendo a su esposo, en una escena superlativa en cuanto a dotes de manipulación se refiere, de la obligación de asignar alguna cantidad económica para el sustento de sus medio hermanas, John es un hombre decente, preocupado por sus hijos y que soporta con estoicismo los caprichos y las manías del señor Woodhouse, su suegro, aviniéndose a atenderlo y a visitarlo a pesar de que algunas de esas manías interfieren directamente con su estilo de vida. Algunos comentarios cuando está demasiado exasperado no significa que John no sea un tipo perfectamente adecuado para la vida familiar. 


Seguramente los elementos más ridículos entre los secundarios son los clérigos. Dos de ellos aparecen con papeles muy definidos en “Pride and Prejudice”, el señor Collins y en “Emma”, el señor Elton. Collins y Elton son petulantes, ambiciosos, interesados y faltos de sentido común. Han accedido a la iglesia sin poseer la mínima capacidad de entender el mundo que les rodea y se sitúan en una posición absurda que los deja al descubierto a las primeras de cambio. 

El primero de ellos, el señor Collins, llegará a Longbourn con la idea de resarcir a sus primas del problema que les crearía la orfandad al pasar a sus manos la finca. Así, decide casarse con una de ellas y pone sus ojos en Elizabeth, la segunda, tras ser advertido de que Jane está a punto de ser pedida por Bingley. El rechazo de Elizabeth hace época y entonces Collins, ayudado gentilmente por Charlotte Lucas, se vuelve hacia esta y le pide matrimonio. Su adoración hacia su protectora, Lady Catherine de Bourgh es el elemento más divertido de toda la novela. Servilismo y torpeza a partes iguales. 

El señor Elton, por su parte, después de pretender a Emma, viajará a Bath a buscar a alguna muchacha con cinco mil libras de renta al año por lo menos. Por supuesto, Emma lo rechaza sin contemplaciones y se horroriza al ver que era ella y no Harriet Smith el objeto de las atenciones del clérigo. 

He aquí un muestrario de personajes que solamente una inteligencia clara y un talento literario único podrían crear. 

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