jueves, 31 de marzo de 2016

"Tú no eres como otras madres" de Angelika Schrobsdorff

La unión de dos editoriales independientes o "pequeñas" ha dado lugar a la publicación en castellano de este libro, "Tú no eres como otras madres" de Angelika Schrobsdorff. Voluminoso, 587 páginas y con una portada preciosa que me llamó desde el primer momento y una maquetación atractiva a cargo de María O´Shea. Un libro es un objeto tanto como un contenido. Al menos para mí. Por eso, los libros "bonitos", me atraen y suelo lanzarme hacia ellos. Diseño y título complementan el interior. Rara vez me falla la intuición en eso. 

Periférica y Errata Naturae han abierto la puerta de las colaboraciones y así podemos disfrutar de esta historia en la que la autora dejó mucho de su vida. Afortunadamente viva, nació en 1927, esta autobiografía ayuda a comprender las cosas que la rodearon y la forma en que todo ello revirtió en sus libros, que han servido de soporte fundamental a la narrativa alemana de los últimos tiempos. 

El libro narra la historia de Else, la madre de Angelika, que es una mujer distinta. Ser distinta no es fácil y lo mismo puede abocarte a la felicidad como a la desgracia. A veces, aparecen a la vez, entretejidas en el devenir de la existencia. Hay un elemento, además, que confiere un marcado interés al libro: el exilio, ese fenómeno que lastra las vidas y que convierta a las personas en otras. Dejas atrás para siempre lo que has sido y, de ese momento, nunca vuelves a encontrarte contigo mismo, sino que tienes que forjarte otro yo para subsistir sin que la añoranza o el desconcierto te mate. 

La primera aventura que se nos cuenta de la pequeña Else es la de los árboles de Navidad. Una niña judía que se topa en la escuela con la tradición navideña y que, por eso mismo, quiere tener en su casa una árbol de Navidad. Una rabieta continua y, cuando todo se trastoca porque las cosas no son tan fáciles, una advertencia que a ella le quedará meridianamente clara: no eres como las demás, eres una niña judía. Desde este punto de partida, la historia fluye hasta llegar al desenlace.

Tiene algo de misterioso el hecho de traspasar la puerta de la intimidad y asaltarla, mirarla desde fuera. Los escritores siempre tienen en el fondo de sus palabras aquello que han vivido o deseado, pero, cuando se muestra abiertamente, como ahora, produce una extraña sensación de pudor o de vergüenza. Te imaginas a ti misma escribiendo de tu calle, tus gentes, tus amigas, tu madre. El subtítulo del libro define a su protagonista: "Historia de una mujer apasionada". No es poca cosa la pasión. Y, en este caso, no se refiere únicamente, aunque también, a la pasión amorosa, sino que excede el rito hombre-mujer y abarca la existencia entera. Hablando de los hombres a los que amó ella misma lo dice: a algunos los quiso con la cabeza, otros con el corazón, otros con el cuerpo. Solo a uno amó totalmente. Esta mujer apasionada es el centro de una narración escrita con un estilo muy sencillo pero muy exacto, con las palabras justas y la cercanía perfecta para producirnos la impresión de que atisbamos, desde los visillos blancos de encaje de una casa habitada, lo que ocurre en el exterior, en el mundo que la rodea.

Tú no eres como otras madres. Angelika Schrobsdorff
Periférica y Errata naturae
Traducción de Richard Gross
2016

miércoles, 30 de marzo de 2016

Flores solas


 (Fotografía de Tinashe. Dazed Magazine)

Ella lo cuenta en voz muy baja. Apenas se oye lo que dice. Parece tener una sensación de inseguridad que no logra disipar su media sonrisa. Se sienta a mi lado y cruza las manos sobre las rodillas. Ese es un gesto que repite a menudo. Tiene un poco de frío. La tristeza siempre le causa frío y desasosiego. También, incomprensión. Cuando algo ocurre que hiela su corazón, responde con la duda, el frío y la extrañeza. Se asusta de que las cosas cambien de repente, sin apenas saber cómo. Hoy, luce el sol. Mañana, llueve o truena. Las tormentas le dan miedo, un pavor que no tiene razón de ser, sino que es un recuerdo de un pasado mágico, en el que el mar parecía estar lejos aunque estaba al otro lado de la calle. En el que la azotea daba paso a las historias de aventuras que el cine de verano trasladaba inmisericorde a través de la noche. En el que los amaneceres se teñían de sospecha. Qué ocurrirá en ese transparente puzzle en el que vivo, se decía en ese caso. 

Ella no sabe cómo. No entiende las razones o quizá no las hay. No las hay. El desapego no tiene razones. El error de apreciación, tampoco. Ocurre así. Ella abría su corazón de una forma sencilla, natural, sin ocultarse. Lo hacía porque sentía que podía hacerlo. Porque así estaba menos sola. Porque así las cosas eran más llevaderas. Más simples. Mejores. O, porque no podía hacer otra cosa que esa. Confiar. Ella confiaba. Pero no había caso. Se equivocó. Sin más. Y ahora ya no confía. Ya no sabe qué hacer con sus palabras. Ya no sabe adónde llevar las confidencias. Ya no sabe en qué lugar depositar las risas. Ahora lo tiene todo en su mano, pero no  hay ningún lugar en el que eso tenga un mejor sentido. Él lo ha escrito con toda claridad. Ha escrito un NO mayúscula. Y eso ha sido todo.

Tienes un campo plagado de amapolas silvestres. De margaritas blancas. De rosas amarillas. De hojas caducas y perennes. Tienes un espacio pleno de verdor en el que hay esplendorosas flores que se abren al amanecer y se cierran por la noche inundando todo de un olor sin igual. Y un día, sin saber el motivo, alguien lanza un saco de sal sobre las flores, las seca, las convierte en un erial absurdo y el silencio se convierte en un magnífico motivo para escribir algo tan triste y tan inevitable como esto.
Pobres palabras para expresar la tristeza.


domingo, 27 de marzo de 2016

Los secundarios Austen



Entre la galería de personas que aparecen en las novelas de Jane Austen hay un muestrario tan potente de caracteres que podríamos escribir un ensayo al respecto. Pero como los ensayos solo los leen los hombres y los hombres no leen a Austen haríamos un mal negocio. Así que podemos pasar directamente a poner el foco en algunas de ellas para descubrir, con total regocijo, la deliciosa ironía con la que hace esos retratos. 

Pongamos el caso de las madres. He aquí dos de ellas: la señora Dashwood de “Sense and Sensibility” y la señora Bennet de “Pride and Prejudice”. Dos modelos de madre, claramente separados en intenciones, forma de ser, conducta e, incluso, manera de relacionarse con sus hijas. Solamente coinciden en que las dos son madres de hijas solamente. No tienen hijos varones y, fijaros, esa cuestión es fundamental en el desarrollo de la novela. Porque, al no tener varones, al finca de sus respectivos esposos está vinculada a la rama masculina de la familia, es decir, que no puede ser heredada por las hijas. En el primer caso, es el hijo del primer matrimonio el que se quedará con todo. En el segundo, es el hijo de un primo del marido. Mal negocio este del mayorazgo y de las tierras y haciendas vinculadas. Austen le presta la atención debida en todas sus obras, aunque de la forma indirecta y cotidiana que suele. 


La señora Dashwood es una mujer quejumbrosa, con escasa iniciativa, paciente y de carácter dulce. No se entromete en la vida de sus hijas y, en ocasiones, no se entera de por dónde van los tiros de cada una de ellas. Ni siquiera es capaz de meter en cintura a la pequeña, Margaret, con solo trece años y una gran afición a la cartografía. Un mapa de España abierto en el suelo es la pista que la descubre cuando, tras la muerte de su padre, se esconde debajo de un sofá para no ser vista por las visitas. 

Por el contrario, la señora Bennet es ordinaria, entrometida y su único objetivo es que sus hijas hagan una buena boda. Expresa lo que piensa de manera ruidosa y es precisamente esa forma de ser y ese objetivo tan claramente expresado lo que entorpece las expectativas de sus hijas, sin que ella sea capaz de advertirlo. La sensibilidad de la señora Bennet es nula y sus “pobres nervios” los protagonistas de todas sus reacciones ante los avatares sentimentales de la familia. 


Además de madres, en los libros Austen se definen cuñados, esa especial parentela que tiene su principal cometido en la presunción cuando llegan las reuniones familiares. En este caso nos fijamos en dos: Fanny Dashwood, que es precisamente la mujer del heredero que va a desalojar a Elinor, Marianne y Margaret Dashwood, junto con su madre, de la casa paterna y, por otro lado, John Knigthley, el marido de Isabella Woodhouse, la hermana de Emma. 

Ambos cuñados no pueden ser más diferentes. Mientras Fanny es ambiciosa y se porta con crueldad con sus cuñadas, disuadiendo a su esposo, en una escena superlativa en cuanto a dotes de manipulación se refiere, de la obligación de asignar alguna cantidad económica para el sustento de sus medio hermanas, John es un hombre decente, preocupado por sus hijos y que soporta con estoicismo los caprichos y las manías del señor Woodhouse, su suegro, aviniéndose a atenderlo y a visitarlo a pesar de que algunas de esas manías interfieren directamente con su estilo de vida. Algunos comentarios cuando está demasiado exasperado no significa que John no sea un tipo perfectamente adecuado para la vida familiar. 


Seguramente los elementos más ridículos entre los secundarios son los clérigos. Dos de ellos aparecen con papeles muy definidos en “Pride and Prejudice”, el señor Collins y en “Emma”, el señor Elton. Collins y Elton son petulantes, ambiciosos, interesados y faltos de sentido común. Han accedido a la iglesia sin poseer la mínima capacidad de entender el mundo que les rodea y se sitúan en una posición absurda que los deja al descubierto a las primeras de cambio. 

El primero de ellos, el señor Collins, llegará a Longbourn con la idea de resarcir a sus primas del problema que les crearía la orfandad al pasar a sus manos la finca. Así, decide casarse con una de ellas y pone sus ojos en Elizabeth, la segunda, tras ser advertido de que Jane está a punto de ser pedida por Bingley. El rechazo de Elizabeth hace época y entonces Collins, ayudado gentilmente por Charlotte Lucas, se vuelve hacia esta y le pide matrimonio. Su adoración hacia su protectora, Lady Catherine de Bourgh es el elemento más divertido de toda la novela. Servilismo y torpeza a partes iguales. 

El señor Elton, por su parte, después de pretender a Emma, viajará a Bath a buscar a alguna muchacha con cinco mil libras de renta al año por lo menos. Por supuesto, Emma lo rechaza sin contemplaciones y se horroriza al ver que era ella y no Harriet Smith el objeto de las atenciones del clérigo. 

He aquí un muestrario de personajes que solamente una inteligencia clara y un talento literario único podrían crear. 

sábado, 26 de marzo de 2016

Jane Austen: una isla literaria


("Retrato de una dama" de Henri François Mulard. 1810)

Las damas de la época georgiana, tal la de este retrato, vestían de muselina clara, con talle imperio, llevaban zapatos o botines bajos y se adornaban con guantes, chales, pañuelos al cuello. Su peinado era un recogido con bucles delanteros y el maquillaje ofrecía una tez muy blanca con los labios rojos marcados. Herencia clara de la moda francesa, así era la moda en los libros de Jane Austen, cuya publicación coincide con este período de la historia inglesa, intermedio entre el romanticismo y la época victoriana. 

Sin reparar demasiado en fechas y estilos, hay un gran número de lectores que identifican a Austen con una escritora romántica. Pero esto constituye un error de apreciación fácilmente desmontable si uno lee sus libros con atención y repara en el panorama literario inglés en lo que respecta a la novela. Este género comenzó con las obras de Daniel Dafoe ("Robinson Crusoe" y "Moll Flanders") y de Jonathan Swift ("Los viajes de Gulliver"). Estamos en el principio del siglo XVIII y se trata de obras de aventuras. En la década de 1740 aparecen las novelas fundacionales de la literatura inglesa, en el género epistolar "Pamela" de Samuel Richardson y "Tom Jones" en la picaresca realista, de Henry Fielding. Esta última novela era muy apreciada por Jane Austen. 

El escritor Samuel Johnson, de gran importancia en el conjunto de la novela inglesa, publica en 1759 una suerte de novela exótica "Rasselas, príncipe de Abisinia" y en los años siguientes conocemos a cuatro escritores, cada uno de los cuales hace una importante aportación al género novelístico inglés: Lawrence Sterne con su "Tristan Shandy", Tobías Smollet, que refleja en sus obras un retrato social de la época; Oliver Goldsmith y Horace Walpole, creador de la novela gótica con "El castillo de Otranto". 

A finales del siglo XVIII es el movimiento romántico el que tomará el relevo, con nombres señeros como Ann Radcliffe, Mary Wollstonecraft, William Godwin, Sir Walter Scott o Mary Shelley. Historias caballerescas, amores trágicos o relatos de fantasmas, todo cabe en este período. 

Ya en la época victoriana, tras el paréntesis conocido como época georgiana, aparece la novela en folletines, publicaciones de pocas páginas en periódicos y revistas, cuyos autores eran Charlotte o Emily Brontë, Elizabeth Gaskell, George Elliot o Charles Dickens. 

Es precisamente en la época georgiana, es decir, entre los románticos y los victorianos, donde se inscribe la persona y la obra de Jane Austen. Sus libros son una isla con respecto a todos los demás. Rompe con el esquema tradicional de valores de la novela anterior, introduce elementos de modernidad y crea personajes y acciones que no se corresponden con los románticos ni serán continuados, salvo someramente, por los victorianos. La novela de Jane Austen entronca más con las épocas fundacionales inglesas que con la inmediatamente anterior. Y hay algunos aspectos que son meramente suyos: la ironía, el sentido del humor, el papel de la mujer. Es verdad que no se trata de una obra monolítica y que en cada una de sus novelas subyace una intención casi oculta, incluso de parodia (como "La Abadía de Northanger" que es una especie de acercamiento personal al género gótico), pero, por eso mismo, no puede encuadrarse en ningún movimiento anterior ni posterior. 

Los protagonistas de Austen son personas normales, no héroes, ni aristócratas, la gentry, la baja nobleza rural. Los asuntos que trata son sencillos y cotidianos, el amor, casarse, las herencias, las disputas familiares...No hay grandilocuencia en ellos. Tampoco observamos prolijas descripciones de paisajes ni de casas ni de ciudades, lo que importa son las emociones y cómo las viven esos personajes. Son libros minimalistas en cuanto al sentido descriptivo. No existe en ellos el desgarro de sentimientos, el sufrimiento de las tragedias románticas, ni la fantasmagoría, ni las aventuras, sino simple, sencilla y llana vida normal.


jueves, 24 de marzo de 2016

Flaubert se pasa tres pueblos


El estreno el próximo 20 de mayo de una versión cinematográfica (otra más) de "Madame Bovary" me hace escribir de este libro y de Flaubert. Las tres supuestamente grandes novelas "femeninas" de la historia de la literatura, Bovary, Karenina y La Regenta, están escritas por hombres. Aunque no debería extrañarnos. Todo lo que ha pasado a los anales está escrito por hombres. Los hombres escriben y luego ellos mismos hacen las listas. Y hablan de nosotras, las mujeres, como si tal cosa. Cual si ellos mismos tuvieran un corazón femenino. Pero no. Esto genera algunas dificultades que no deberíamos soslayar. 

A mí el misticismo de Ana Ozores, mezclado indebidamente con su deseo carnal, me produce cierta hartura. Y la ansiedad de Anna Karenina, su falta de sentido común a la hora de estructurar su vida, me cansa mucho. En el caso de Bovary, me resulta lejana, abstracta, escasamente humana, escasamente femenina. No puedo evitarlo, aunque esto suponga una herejía literaria que no podría, quizá, desvelar, en un foro pobladísimo de gente o en medio de la calle. Aquí, en este blog, pasará desapercibido y nadie podrá acusarme de hereje. 

Flaubert nunca se casó y su relación con la poetisa Louise Coulet fue meramente epistolar. Conocía poco a las mujeres. Y tenía prevenciones acerca de ellas. Muchas prevenciones. Obstáculos psicológicos, diría yo. Escasa empatía, también. Sus arquetipos femeninos los solapaba con los personajes de las novelas y así salían esas atribuciones que poco casan con la realidad. Era un hombre marcado por su madre, con todo lo que eso significa. Su misantropía llegaba casi a la misoginia. Y sus manías fueron tantas que es casi imposible imaginar qué pensaría del amor cabal. 

Debe haberse notado ya que no soy bovarista. Es más, conforme avanzo en la lectura de la novela (releída con obstinación a pesar de lo mal que me cae el autor), observo más y más que es un modelo de mujer que no se corresponde con la realidad y que deja una malísima impresión en los lectores. ¿Cómo se puede trazar un retrato femenino con tan pocos datos y con tan poca inclinación a la veneración amorosa que el contacto con la mujer conlleva? Este hombre se pasó varios pueblos. Y nadie parece dispuesto a reconocerlo. 


miércoles, 23 de marzo de 2016

Darcy escribe una carta


En "Orgullo y Prejuicio" hay un momento en el que la historia de amor entre Darcy y Elizabeth está totalmente en peligro. Parece que no habrá solución al desencuentro. Cuando él le declara su amor, ella lo rechaza. Es verdad que Darcy utiliza palabras inadecuadas, pues le expresa abiertamente que ella no es su ideal de mujer, que ni por cuna ni por familia resulta lógico que un hombre como él se enamore de ella. Pero termina reconociendo que es más fuerte que su voluntad. La ama a su pesar. No es extraño. En el amor hay muchas ocasiones en las que uno quiere al otro sin motivos y sin poderlo evitar. No se elige a quien se ama. Aunque sí es uno libre de cultivar ese amor o de intentar apagarlo. Y puesto que el amor es una llama que se debilita si no se alimenta, el mismo deseo de olvido es ya una forma de renuncia y una posibilidad de distancia. 

Pero ni Darcy cierra el capítulo ante su negativa, ni ella tampoco. ¿Por qué? ¿En qué se aprecia? Pues en la reacción inmediata de cada uno. Dado que Elizabeth tiene quejas contra él por sus actuaciones pasadas, Darcy decide explicarse. Y le escribe una larguísima carta en la que le cuenta la verdad o, como se diría hoy, su verdad. Y le entrega la carta en mano al día siguiente. No lo deja al albur de un criado. Hasta que no escribe la carta y se la entrega no descansa. Necesita que su explicación le llegue y que lo haga cuanto antes. Este gesto indica a las claras que no ha perdido la esperanza. 



Por su parte, Elizabeth lee la carta en cuanto él la pone en sus manos. Podría no haberlo hecho. Romper la carta. He roto algunas cartas así que conozco esa reacción. Pero Elizabeth se sienta allí mismo, en medio del bosque de Rossings, y lee la carta. No una vez, sino varias. La lectura de esa carta produce un efecto. Ella reflexiona. Esa es otra señal de inteligencia y de emociones limpias. No se cierra en banda con su propia opinión sino que se pone en lugar del otro. Intenta hacer el proceso mental por el mismo camino que lo ha hecho Darcy. Entenderlo. Esto significa que, aunque ella no lo sabe aún, hay algo en su corazón que clama por ese hombre. Aunque ella no lo sepa. Porque no siempre se sabe. O no siempre se quiere saber. 

El noble gesto de Darcy ayudando a la familia Bennet con el problema que suscita la huida de Lydia con el taimado Whickam no será el detonante del amor de ella. No. Recordad que cuando Elizabeth lo encuentra en Pemberley, en ese viaje que hace con sus tíos, los señores Gardiner, a las tierras del Derbyshire, ya tiene ella en su corazón una disposición distinta hacia él. La perfecta amabilidad de Darcy, el hecho de que le presente a su hermana Georgina, encantadora y sencilla, así como el trato que Darcy dispensa a sus parientes, sin menospreciarlos en ningún momento, contribuyen al interés de Elizabeth pero este ya existía de antemano. La actitud de Darcy lo alimenta, pero había surgido ya. 

¿Qué hubiera pasado si, tras la negativa de Elizabeth, esa carta no se hubiera escrito? ¿Qué hubiera pasado si Darcy, en un gesto de orgullo y tozudez, hubiera renunciado a explicarse? Las palabras no dichas serían el muro en el que se estrellarían todas sus esperanzas. No debe existir en el amor más orgullo que el de reconocer los sentimientos y el de sentir que son generosos e ilusionantes. Explicar en una carta, el medio de comunicación menos agresivo de los que existen, lo que uno siente y, sobre todo, las motivaciones que te impulsan; aclarar malentendidos, es un ejercicio de sana empatía, una fórmula única y deseable de solucionar los conflictos. Porque, como piensa Darcy, aunque ella, después de su lectura, no lo quisiera, al menos sabría la verdad. Y la verdad es lo único por lo que él quiera ser juzgado. 


En demasiadas ocasiones dejamos sin aclarar tantas cosas que terminamos por ser unos desconocidos para el otro. Si alguien te importa esto no debería pasar. Jane Austen, con este recurso y estas actitudes, incide en decirnos que el silencio puede ser prudente, discreto o elegante, pero nunca resulta útil cuando quedan zonas oscuras en nuestra relación. El silencio aquí sería letal. Y por eso Darcy escribe una larga carta y Elizabeth la lee detenidamente. Porque, a pesar del título del libro, ni Darcy es tan orgulloso como se pretende ni Elizabeth tiene tantos prejuicios como se le atribuyen. 

martes, 22 de marzo de 2016

La luz que tú desprendes

A menudo se reconoce que los escritores dirigen sus libros a alguien. Se dice que se escribe para alguien. Menos usual es pensar que se hace "por" alguien. Que existe un estímulo fuera de ti, que te hace desempolvar palabras, estirar conceptos, anclarte en el lenguaje. Ella sabía, porque lo había comprobado con exactitud, que escribía por él. 

El silencio había sido su santo y seña durante muchos años. Estaban las ideas, sí, también las palabras, pero no cuajaban, no cristalizaban, se quedaban en un limbo impredecible, en un lugar anodino y sin relevancia. Esos tiempos fueron duros. Guardaba en su interior tal cantidad de pensamientos, de argumentos, de idas y venidas, de frases, que no sabía donde ponerlas. Porque ni siquiera un enorme almacén, un armario, puede contener esa explosión que es la expresión del lenguaje en movimiento. 

Así que tuvo ocasión de entender que el silencio no había logrado acallarla, ni tampoco llevarla a ese espacio de tranquilidad y de serena expectación que pretendía lograr pese a todo. No. Nada de esto ocurrió sino que fue peor. El silencio se convirtió en pesadumbre y, cuando llegó la tragedia, no tuvo armas, apenas la resistencia de no poder hacer otra cosa, una resistencia pasiva y controlada. Ella esperó que todo pasara porque sabía que el mundo sigue girando pese a todo. Pero sin palabras que pudieran aportarle consuelo ese tránsito fue gastando energías que, de otro modo, se hubieran convertido en fuego ardiente, en espectacular hallazgo, en vida renacida.

Ella se encontró de pronto contigo. Advirtió a lo lejos la ráfaga de luz, la maravillosa huella de lo que eres, esparcida en misterios que tenían una razón de ser, aunque difícil de comprender a la primera ojeada. Guardó el resentimiento por lo que la vida había arañado en su propia biografía. Guardó un eco de voz apagado y tímido. Y logró, contigo, que la palabra renaciera, que se volcara entera sobre las páginas desnudas de una vida en tinieblas hasta entonces. Nunca lo contará pero lo sé. Ella escribe por ti, porque tú existes, por la luz que desprendes, porque halla en tu propio corazón un motivo. Ella escribe. Tú callas. Aún no has terminado de leer la partitura. 

"Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin


La editorial Alfaguara publica este curioso libro, de curioso título, de curioso contenido, escrito por una escritora que no deja de llamarme la atención poderosamente. 

Lucia Berlin (1936-2004) estadounidense, es la autora de estos cuentos seleccionados entre los mejores que publicó y que resulta poco conocida entre nosotros, a pesar de que desde su reedición está obteniendo un reconocimiento que parece merecido pero que no tenía. Como en tantos otros casos, la literatura va a su propio ritmo y la propaganda editorial deja atrás a muchísima gente valiosa para postularse a favor de otra menos interesante. 

La vida de Lucia Berlin que nos relatan algunos suplementos culturales con ocasión de esta publicación, es tan apasionante como dura y triste. Madre alcohólica y despreocupada, vida itinerante en diversas ciudades mineras por la profesión de su padre, ingeniero de minas. Trashumancia que la convirtió en un ser desarraigado y que hizo que viviera en El Paso, Santiago de Chile o Nueva York. Cuatro hijos, de padres diferentes. Tres matrimonios fracasados. Una mala salud de hierro. Y una multiplicidad de trabajos para poder sobrevivir. Nunca tuvo éxito. Ese fue su marchamo. El fracaso. Murió a los 68 años sin conocer que sus cuentos, escritos en diferentes momentos de su vida y con marcado carácter autobiográfico, iban a ser venerados años más tarde. Así son las cosas. 

"Manual para mujeres de la limpieza" de Lucia Berlin. Editorial Alfaguara, 2016. Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Prólogo de Lydia Davis. 

"Y eso fue lo que pasó" de Natalia Ginzburg


Esta novela de Natalia Ginzburg, (1916-1991), la segunda que escribió, se publicó por vez primera en 1947. El argumento es sencillo y puede resultar recurrente en historias en las que las mujeres son las protagonistas. Una de esas mujeres narra con su propia voz, sencilla y sin grandilocuencia, su soledad, su abandono y su humillación. Las tres emociones son consecuencia de un amor desesperado, no correspondido, hacia su marido, el hombre que la trata mal desde hace años. 

Las protagonistas de los libros de Natalia Ginzburg tienen ese perfil: mujeres sufrientes, mujeres que no tienen capacidad para reaccionar más allá del dolor que expresan, mujeres lastimadas, mujeres gastadas y que han perdido toda esperanza. Un marido infiel puede conducirte a cualquier cosa, convertirte en algo que no quieres ser, cambiar tu destino inexorablemente. 

Ginzburg es italiana y se la considera una escritora con personalidad propia, con un registro original y nada transitado. Ha escrito obras teatrales, ensayos y novelas, algunas de las cuales se han publicado en España: "Las pequeñas virtudes" de 1962 (Acantilado, 2002), "Serena cruz o la verdadera justicia" (Acantilado, 2010), "Querido Miguel" de 1973 (Acantilado, 2003) o la biografía de Chejov entre otros libros (Acantilado, 2006). 

En el prólogo a esta edición, Italo Calvino asegura que "lo único que han hecho las mujeres de la tierra ha sido esperar y sufrir". Esa es la filosofía que se trasluce de la obra de Ginzburg, de sus pacientes y desesperadas mujeres. “Mi oficio es escribir, y lo sé muy bien y desde hace mucho tiempo”, así inicia Natalia Ginzburg el ensayo que dedica, en Las pequeñas virtudes, a la tarea o arte de escribir, ocupación que pudo salvarla mínimamente de una vida que no tenía demasiados alicientes.

"Y eso fue lo que pasó" de Natalia Ginzburg. Prólogo de Italo Calvino. Traducción de Andrés Barba. Editorial Acantilado, 2016.

jueves, 17 de marzo de 2016

Tu tristeza


A veces la tristeza tiene peso. Se nota en todas partes, trasmina los sentidos, se huele, se oye, se cuela por las rendijas de los sueños. 

Es una tristeza perfumada con aire de otros tiempos, o una vuelta de tuerca a la niñez, o quizá, un suave recordatorio de lo que fuimos ayer y se ha marchado. 

Tu tristeza avisa de que ya no sientes el pálpito de la vida cuando esta es un vuelo bajo de pájaros oscuros. Esa tristeza tuya es un capítulo, una parte del libro que yo escribo sin conocer los datos ni los números. 

A veces tu tristeza tiene peso. Es física, es una masa que se adueña del aire y que, a través de las ondas del espacio que une y separa nuestras vidas, se asoma sin decir por qué ni cómo.

Es tristeza que surge en cualquier lado, sin calendario, sin fin, sin objeto. Es algo que no puedes evitar salvo que dejes de quererte a ti mismo. Salvo que olvides lo que eres tú mismo. Salvo que huyas de ti, sin remedio. Salvo que dejes de lanzar al aire la moneda de la felicidad.

Agarro tu tristeza sin permiso y, aunque no quiera hacerlo, la hago mía. La noto en cada paso y en cada respirar. Está conmigo. Tu tristeza. Tu vida desarmada al instante. Tú mismo. Tú. Tan triste. 

(Fotografía: Saul Leiter)



miércoles, 16 de marzo de 2016

Esa mirada...


(Stained Glass Mails. Saul Leiter)

A veces, cuando el silencio es más oscuro y las gotas de lluvia se confunden con el agua salada de los ríos y las lágrimas, una mirada puede ser el salvavidas que esperas. Ella lo sabe. Lo presiente. A veces, cuando habla con él en la distancia, cuando evoca su voz o sus manos en el aire, intenta imaginar sus ojos, su expresión, el verso de su boca, la manera sutil con que la mira o debería mirarla si ello fuera posible. 

En las horas más largas, cuando todo se escribe con interrogaciones, cuando nada es seguro salvo la muerte y en ella encuentra escrita la verdad más rotunda y más cierta, entonces vuelve los ojos hacia él y sueña con las tardes imprecisas en que su cuerpo tiene el olor de las rosas. En el sueño, la mira. La ve a lo lejos, la presiente, la espera, la descubre. En el sueño no existen pesadillas de monstruos que le impiden el paso a las palabras, sino un ascua de luz incandescente con toda la pasión convertida en susurro. 

Así la mira él. De vez en cuando ella imagina soles en sus ojos. Estrellas que levantan el corazón de noche cuando suena su voz y se termina la vaga incoherencia de no saber qué siente o qué desea o qué tiempo se acaba cuando sus ojos lloran. Si no sintiera tanto este momento, si no tuviera fuerzas para amarle hasta el fondo, solo con su mirada descubría entero un universo que no halla en nada, a pesar de que mantiene el pulso firme. 

Te quiero. Solo eso. Mirándome lo sabes. 

martes, 15 de marzo de 2016

Fue en ese cine ¿te acuerdas?


Fue en ese cine ¿recuerdas? Aute lo cantaría así. Así lo recuerda ella. Una luz amarilla, como de girasoles incendidos, anegaba la tarde. Era fiesta. El vestido era rosa, de ese rosa sencillo de las chicas en flor. Y la rebeca, rosa también, se ajustaba a la cintura y al codo, con ese aire francés que siempre tuvo ella en sus vestidos.

El chico de sus sueños la invitaba a ir al cine. La tarde prometía. Los ojos se amparaban en el color azul de los ojos del otro. Parecía todo un juego. Un juego peligroso y nuevo. Los años dieciséis y la esperanza. Todo mezclado en un recipiente de sueños y de deseos que pronto serían pasión o atrevimiento.

Vivo la vida en ti, pensaba ella. Busco la vida en ti, decía él tantas veces. El silencio de ella contrastaba con la fuerza de su voz un tanto irónica, que él cultivaba con el esmero de sus veinte años. El cuerpo brioso de ella y la sencilla tranquilidad del hombre en ciernes. Así fue como el amor estalló y ambos dejaron de ser contrincantes para convertirse en amantes.

Pero no pudo ser. El alba no abrió sus luces para ellos. Todo fue un instante. Fugaz y doloroso como suele el amor en esos días de la primera juventud apenas pronunciada. Hubo un beso, eso sí, el beso, el único, doloroso, ardiente, ansiado beso. Tu beso. ¿Lo recuerdas?

(Fotograma de Encadenados: Ingrid Bergman y Cary Grant)


domingo, 13 de marzo de 2016

"Cranford" de Elizabeth Gaskell

Elizabeth Gaskell (1810-1865) comenzó a escribir para luchar contra la depresión que le produjo perder al último de sus hijos varones. Corría el año 1845. La escritora tenía 35 años. Nunca sabremos si ese talento que guardaba hubiera quedado oculto de no mediar esta circunstancia trágica. En todo caso, entre esa fecha inicial y el año de su muerte, Gaskell escribió y publicó una serie de libros esplendorosos, llenos de estilo personal, matices y calidad literaria. El primero de ellos fue "Mary Barton" (1848), que tuvo una excelente acogida. 

Gaskell trató temáticas diferentes. En algunos de sus libros narra el choque que se produce en aquellos que abandonan el campo inglés para acogerse a las nuevas ciudades industriales. Este es el caso de "Norte y Sur" (1855). Como biógrafa, escribió probablemente una de las mejores biografías literarias que pueden leerse, la de Charlotte Brontë, en 1857. Hay obras con tintes morales, la magnífica "Ruth" de 1853 o "La casa del páramo" de 1850. También se adentró en el género fantástico con sus "Cuentos góticos" y algunas novelas intimistas, en las que la vida cotidiana, las relaciones humanas, se convierten en principal objeto de preocupación literaria: "Los amores de Sylvia" (1863), "La prima Phillis" (1863-64) o "Hijas y esposas" (1864-66). Esta última quedó inconclusa a su muerte. 

"Cranford" es de 1851-53 y se inscribe en el género costumbrista. Como decía la señorita Marple, inolvidable investigadora aficionada de Agatha Christie, la naturaleza humana es la misma en todas partes y, como afirmaba en esos años iniciales la maestra de la novela moderna, Jane Austen, con cuatro o cinco familias en un entorno reducido ya puede escribirse un libro. Así que este es el costumbrismo de "Cranford". No la descripción de las costumbres, los paisajes, las rutas o la gastronomía, sino las emociones, los sentimientos, las relaciones, los encuentros, las visitas, la vida cotidiana de los habitantes de este pueblo, Cranford, todo realizado a modo de retablo, de descripción sociológica, de encuentro en torno a unos personajes cercanos y tiernos. Las hermanas solteronas que forman el centro de este mosaico son amena e íntimamente ciertas. Los acontecimientos que ellas contemplan y que las llenan de interés son sencillos, idas y venidas, problemas matrimoniales, cuestiones de dinero. Nada que los demás no conozcamos. 

Es el estilo, ese tono de confidencia, de cuchicheo en voz baja, esa detallista descripción de las mujeres de Cranford, cada una con su forma de vivir y de opinar, lo que produce la deliciosa espuma que sale del relato y te llega con un burbujeo incesante que te acompaña incluso cuando has cerrado el libro. 

"Roth desencadenado" de Claudia Roth Pierpont


Hay algo que me une a Philip Roth aunque él no lo sepa. Los dos adoramos "Las chicas de campo" de Edna O´Brien. Ella es mi apuesta firme para el Nobel de Literatura hace años y creo que él me daría la razón. Como ha comentado Martin Amis, Roth ya tiene su biografía y, como está vivo (el próximo 19 de marzo, Día del Padre, cumplirá 83 años) ha tenido ocasión de saber qué se piensa de él. O que piensa su biógrafa, Claudia Roth Pierpont que comparte nombre con él pero no lazos familiares. Son amigos y, como afirma Claudia, los amigos se dicen la verdad los unos a los otros. Presumo que lo mejor para cualquier mujer en relación a Roth es mantener un lazo de amistad sin interferencias. Por si acaso. 

Sin censuras, porque el libro no lo leyó el escritor antes de terminarse, la autora nos cuenta la infancia en Newark y los datos de su familia: abuelos judíos rusos y polacos, padres americanos de primera generación, allá por New Jersey. Judaísmo pero menos. 

Las mujeres de Roth ocupan un lugar preponderante en el libro y no puede ser de otra forma. Entre toda esa serie de novias, aventuras, ligues, alpisteos, ensoñaciones, engaños, alumnas seducidas, se destaca a dos de ellas: Maggie Williams, con quien mantuvo un matrimonio tortuoso y lleno de peligros para ambos y Claire Boom, cuyo divorcio hizo reverdecer la mala fama de Roth como un hombre misógino, inmaduro, neurótico, insufrible y lleno de crueldad para con las mujeres. Los críticos con su postura emocional en relación con el amor y el sexo consideran que en sus libros todas las mujeres salen malparadas. Todas son brujas histéricas, lagartas, consentidas, caprichosas, malas y llenas de veneno. Y por eso, quizá, considera que la conducta que con esta ralea tienen los hombres no puede calificarse, ni mucho menos, de decorosa. 

La obra literaria de Roth, examinada también en esta biografía, tiene algunos títulos fundamentales. Desde su primer libro, de relatos, "Goodby Columbus", hasta aquellos en los que aparece su "alter ego" Nathan Zuckerman, como "La visita al maestro", "Sale el espectro" o "La mancha humana". Desde "La humillación" en el que el protagonista, Simon Axler, lo ha perdido todo y se refugia en el erotismo para hallar un sentido a su pobre vida, hasta "Pastoral americana" o "El mal de Portnoy" que fue su primer gran éxito y el que cambió el curso de su vida. Desde "La conjura contra América" hasta "El animal moribundo" en el que el profesor David Kepesh repasa su absurda vida dependiente de los favores sexuales de sus alumnas en un círculo de sordidez que resulta inquietante. 

El sexo, el erotismo, mucho más que el amor, que se diluye siempre. La muerte, la pérdida del vigor y de la vida. La mujer, como fuente del mal, inevitable pero odiosa. Estos son los grandes temas, los motivos, de la obra de Roth. Su biografía responde a esta visión de la escritura. Resulta, por eso, un escritor dual: admiras su maestría y rechazas su pensamiento. 

Completamente tuya


Este libro que he retratado sobre mi cama, con esas rosas de Francia color melocotón, es la primera biografía que se escribió sobre Jane Austen. Fue en 1870, aproximadamente cincuenta años después de su muerte, que había tenido lugar en 1817. 

El autor de la biografía es su sobrino James Edward Austen-Leigh, hijo del hermano mayor de Jane y el objetivo que tuvo al escribirla no fue solamente dar certezas sobre ella, sino reivindicar su obra que, en esos años y durante todavía mucho tiempo era considerada menor, novelitas para damas. A pesar de que su técnica narrativa tenía como base lo que todo buen novelista sabe que es la esencia de un texto (un entorno reducido, reconocible y cercano), Austen tuvo que soportar (y aún ocurre) el sello de superficialidad que las novelas en las que las emociones tienen un papel importante sufren. Sobre todo, si están escritas por mujeres y no tienen adulterios, suicidios ante trenes en marcha o trasfondo de capa y espada. Ya se sabe, los hombres leen ensayo y las mujeres novela. Y las mujeres nunca han decidido mucho en nada. 

James Edward Austen-Leigh, que se define a sí mismo como "el más joven del cortejo fúnebre" en el funeral de Jane Austen, escribe este texto cuando es un anciano, puesto que nació en 1798 y murió en 1874. Después de estudiar en Oxford siguió la senda de su padre y su abuelo: rector de una parroquia rural. Su padre y su abuelo lo fueron de Steventon, de tan grato recuerdo para la infancia de Jane y él de Bray, en Berkshire. Tras la primera publicación hubo otra un año después, en 1871, a la que el autor añadió una serie de apéndices de gran interés: un capítulo suprimido de "Persuasión", la novela corta "Lady Susan" y fragmentos de sus novelas inacabadas, "Los Watson" y "Sanditon". 

El recorrido del libro sigue la cronología de la vida de la escritora y sus diferentes lugares de residencia. Resulta extremadamente interesante como esos lugares influyeron tanto en esa vida. Desde Stevenson, la rectoría donde pasó su infancia y primera juventud, hasta Bath, Southampton y la llegada final a Chawton hay toda una peripecia literaria y, desde luego, personal, que merece la pena conocer con detalle. En el libro se habla de cómo era Jane Austen, de su recorrido como escritora, de las opiniones que existían sobre ella y de su final. Suponemos que el autor incorporó no solamente sus propias vivencias, sino toda la parafernalia de conocimiento que poseía por lazos familiares y por su propio interés en el tema. La ayuda de sus dos hermanas, por ejemplo, reconocida por el autor y sus primas, las hijas del almirante Charles Austen. 

Podemos leer un párrafo en el libro que nos parece excepcional a la hora de entender el sentido del mismo: 

Su vida estuvo singularmente desprovista de incidentes: ninguna crisis importante, tan sólo algunos pequeños cambios interrumpieron su plácido curso. Incluso su fama puede decirse que fue póstuma: no se consolidó hasta después de su muerte. Su talento ni llamó la atención de otros escritores, ni la vinculó al mundo literario, ni en modo alguno traspasó la oscuridad de su retiro doméstico.

Hay tres adjetivos que dedica a su tía, desde el punto de vista del niño que la conoció: amable, comprensiva y divertida. George Austen, el padre de Jane, se había quedado huérfano siendo niño y fue gracias a la ayuda de un tía como logró tener una buena educación y recibir dos parroquias como rector: Deane y Steventon, muy cercanas la una de la otra. Se casó con Cassandra Leigh en 1764. Ella era hija, a su vez, de otro reverendo y pertenecía a la familia de los "Leigh de Warwickshire". Toda la familia de Jane Austen era, por tanto, de un alto nivel cultural y muy cercana a la iglesia. 

Resulta encantadora la forma en la que el autor de este libro retrata la vida de los Austen en Steventon, que se prolongó durante treinta años, hasta que una ocurrencia paterna decidió el traslado a Bath. Impagable el testimonio de esa manera de pasar los días que tanto influyó en el carácter de Jane y en su capacidad de observación de sentimientos y emociones humanas. 

"Recuerdos de Jane Austen" de James Edward Austen-Leigh
Traducción de Marta Salís
Editorial Alba (Col. Clásica)
Primera edición febrero de 2012


viernes, 11 de marzo de 2016

"El Libro de los Baltimore" de Joël Dicker

Cuando en agosto de 2013 yo pasaba las horas sentada en un hospital en el que mi marido iba a morir un día diez, los libros caían en mis manos compulsivamente, los leía con rabia y con una furia inmensa y así intentaba arrastrar cada día, cada tarde, cada noche, en la soledad que antecede a la muerte. 

Uno de esos libros que, durante algunos momentos, lograba que mi cabeza dejara de vivir esa atroz pesadilla, lo escribió precisamente Joël Dicker y fue un libro que alcanzó gran fama y tuvo muchísimos lectores. "La verdad sobre el caso Harry Quebert". Podéis creerme si os digo que no recuerdo de qué trataba. Solo que las páginas se sucedían en un vértigo inenarrable. 

Ahora, cuando la vida continúa sin detenerse, otro libro de Dicker aparece en la misma editorial y me llama la atención. En este nuevo libro reaparece Marcus Goldman para que sepamos algo más de él. Y la acción se desarrolla en una de las ciudades con el índice de criminalidad más alto de Estados Unidos, Baltimore. Ya sabéis que, aunque él es un suizo que escribe en francés, sitúa su acción en ese país y le sale la mar de bien. 

Hay una gran expectación por conocer este libro. Los lectores de "La verdad..." quedaron expectantes después de leerlo. Su joven autor, nacido en Suiza en 1985, publicó después una primera novela que había quedado atrás, pero que no estaba en la misma línea ni tuvo ese éxito. Cuando un libro apabulla es difícil repetir y esa duda, la duda de si Dicker será un autor de un solo libro la podremos descifrar cuando pase algún tiempo y este "El Libro de los Baltimore", lleve el rodaje suficiente como para opinar. 

En todo caso, aquel Harry me salvó, al menos un instante. 

"El Libro de los Baltimore" de Joël Dicker. Editorial Alfaguara
Traducción de María Teresa Gallego y Amaya García Gallego
Marzo de 2016 

Sinopsis de la editorial Alfaguara: Con un argumento cargado de misterio y una trama construida a base de saltos en el tiempo, Dicker sitúa la acción en Baltimore, una de las ciudades con los índices de criminalidad más altos de los Estados Unidos. Allí el periodista de Baltimore Sun, David Simon, siguió durante un año, día tras día, la unidad de los inspectores de homicidios en la ciudad. Desde la primera llamada telefónica anunciando un asesinato hasta que el caso se daba por cerrado, David Simon estaba siempre, sin descanso y en todo momento, detrás del hombro de los investigadores en la escena del crimen y en las salas de examen del servicio de urgencias.

miércoles, 9 de marzo de 2016

"Pétronille" de Amélie Nothomb

Este es el libro número 21 de los que ha publicado Amélie Nothomb (Kobe, Japón, 1967). El primero fue "El sabotaje amoroso" (1993) y el anterior a este "La nostalgia feliz" de 2015. Se trata de una escritora muy prolífica, casi un libro por año. También es controvertida. Las opiniones sobre ella no son coincidentes. Hay lectores a los que les encanta y la siguen con deleite y otros que se quedan fríos o, directamente, no les gusta. No obstante, todo el mundo reconoce su originalidad, su punto de vista personal ante los temas que trata. Incluso cuando son temas realmente extraños o tangenciales. 

Quizá haya que encontrar en su propia biografía la razón de estas idas y venidas literarias, de este rebuscar en corrales diversos. Hija de diplomático, su familia es originaria de Bruselas, ciudad en la que vive actualmente. Nació en Japón y vivió su infancia y su adolescencia entre China y Japón. Escribe en francés y habla también japonés. También ha vivido en Estados Unidos. 

El argumento de "Pétronille" es harto curioso. En una librería a la que ha sido invitada la propia Amélie a firmar ejemplares de su primer libro, encuentra a esta muchacha de veintidós años, algo andrógina en su apariencia y, como ella, bebedora de champán. Los bebedores de champán existen, conozco a algunos y son gente dionisíaca y bastante disfrutadora. Así que no me extraña que este encuentro produzca una novela casi autobiográfica en la que el hecho de beber tiene un fantástico protagonismo. Una amistad etílica puede traer muchas consecuencias, no todas ellas previsibles, pero, en todo caso, la sensación de entendimiento y de camaradería que se establece a partir de degustar en compañía una botella de buen champán no es cosa que pueda dejar de anotarse. 

Es esta una obra divertida, con momentos hilarantes, muy descriptiva de sensaciones asociadas a la ebriedad y que tiene mucho de humor negro y de ironía, como ocurre en todos los libros de esta escritora. En ella, además de ensalzar la amistad, se produce la correspondiente sátira del mundo editorial al comparar las vidas y trayectorias de una escritora consagrada con otra que empieza. La creación literaria es, pues, objeto de disección, aunque siempre al amparo de una copa de líquido burbujeante. Burbujas alucionatorias, si queremos, pero no exentas de cierta clarividencia que se traspasa al lector. Buen provecho. 

"Pétronille" de Amélie Nothomb
Editorial Anagrama
Panorama de Narrativas
2016

"Oscuridad total" de Renata Adler

Renata Adler es, a la vez, una autora de culto y una escritora maldita. Ambas esencias aparecen en este libro, que en su publicación original salió en 1983, y que ahora Sexto Piso pondrá en la calle en estos días de marzo de 2016. 

El desamor, la búsqueda del yo después de un fracaso amoroso, el dolor del corazón solitario, la lucha contra los sentimientos que uno debe matar sin matarse, todo ello se aparece de forma personal en esta historia, que lleva el sello de la autora y que trata un tema universal y recurrente. Sobrevivir a la pérdida del amor, seguir viviendo sin la persona amada.

Renata Adler sabe mucho de esa supervivencia. Nacida en 1938 tiene una larga carrera como periodista y escritora, aunque su nombre sea desconocido para muchos lectores españoles. Fue cronista de la marcha de Selma a Montgomery y crítica de cine en el New York Times. Fue muchas cosas antes de decidirse a escribir novela ("Lancha rápida" y "Oscuridad total" ambas publicadas en España por Sexto Piso). "Las novelas son cartas que escribes a una persona" ha afirmado. "El Nueva York actual me resulta muy lejano. Ahora todo el mundo está al teléfono."

Si hay una palabra que puede definirla, como escritora y como persona, esa palabra es "independencia". Su propio criterio ante los productos artísticos o estéticos, su pensamiento original a la hora de enjuiciar cualquier libro, película u obra musical, han sido los parámetros por los que se rigió en su época de periodista experta en críticas, incluso cuando esto le ha pasado factura.

La protagonista de "Oscuridad total" es Kate Ennis, una mujer inteligente, sensible y con sentido del humor, tres atributos que, si te fijas, resultan complementarios en la personalidad. Y altamente peligrosos. Esta es una historia de amor (y de desamor, como lo son todas las historias en las que el corazón se entrega). La ruptura genera una sensación de vacío, de desaparición de los referentes, de desasosiego. Kate Ennis tiene que enfrentarse a la vida cotidiana y al mundo cada día con esa pesada carga y tiene que hacerlo sin esperar a recomponerse a sí misma. Este es el gran reto de todos los corazones destrozados, de todas las personas que experimentan la pérdida de su anclaje sentimental de una forma o de otra. La incertidumbre por la futuro se une a las interrogaciones del pasado. Porque las causas, aquí poco explicitadas, dejan de tener importancia cuando sabes que no hay respuestas únicas. El caso es vivir, entenderá Ennis. Así también lo entiende Renata Adler.

Merece la pena destacar que el prefacio del libro lo escribe Muriel Spark (1918-2006). De ella he leído un maravilloso libro, publicado originalmente en 1996 y en la edición castellana en 2011. Se trata de "Las señoritas de escasos medios", cuya reseña está en este blog. Spark, de origen escocés, recorrió varios países hasta fijar su residencia definitiva en la Toscana. Fue también crítica de revistas culturales, como la propia Adler y terminó dedicándose únicamente a la escritura. Es considerada una de las mejores autoras británicas de la segunda mitad del siglo XX.

"Oscuridad total" de Renata Adler
Traducción de Jorge Guerrero
Prefacio de Muriel Spark
Editorial Sexto Piso, 2016 


martes, 8 de marzo de 2016

"Los destinos del buen soldado Svejk durante la guerra mundial" de Jaroslav Hasek


Las historias en las que un personaje anodino, lleno de defectos evidentes, sin demasiado seso, sin talento, se convierte en un héroe, en alguien imprescindible, en un experto o un gurú, abundan en la literatura y en el cine. Cierta clase de inocencia o de ingenuidad trasminan este tipo de personas y así cuando están inmersos en la actividad que en cada caso aborden parece que sus defectos les sirven como virtudes y sus virtudes se agrandan. Cuando hablamos de los tiempos de guerra, de los actos de guerra, esto es aún más notorio. Las guerras ponen a los hombres en el camino de las hazañas y también en el de la cobardía. Pero el límite entre ambos es difuso y nunca las cosas son como parecen. 

Este libro es, ante todo, un alegato antibelicista, escrito por alguien que no creía en la guerra como forma de arreglar los problemas. Alguien que, como sabemos por el propio devenir de la historia, tenía toda la razón. La primera guerra mundial, esa global confrontación en cuya génesis intervinieron tantos elementos, no solamente no arregló las disensiones sino que cultivó con ahínco el germen de lo que sería la segunda. Un desperdicio baldío de hombres y haciendas y, sobre todo, una convicción profunda en sus protagonistas directos o indirectos de que era una pérdida de tiempo hacerse matar por no se sabía qué ideal. 

Jaroslav Hasek, nacido en Praga en 1883 y muerto en 1923 (lo que le impidió acabar de escribir el libro en su cuarta y última parte) fue novelista y periodista, que escribió artículos y algunos cuentos que publicó bajo pseudónimo. Este libro es una parodia bélica, una manera de decirnos que la heroicidad, las aptitudes y el espíritu militar son una pamema. 

Sinopsis de la Editorial Acantilado:

¿Cómo llega un hombre cualquiera, modesto y desarrapado, a convertirse en héroe? Esta metamorfosis es la que se relata en este libro. Svejk es un checo dipsómano, logorreico y fullero, pero leal a su patria, que se alista en el ejército húngaro en cuanto estalla la Primera Guerra Mundial. A pesar de haber sido oficialmente declarado "imbécil notorio", se convertirá ante los ojos del lector en un auténtico virtuoso, capaz de moverse como pez en el agua en la inmensa maraña burocrática del Ejército, en la que el resto de personas pierden la razón y la compostura.

Jaroslav Hasek fue novelista y periodista. Este libro lo publicó entre 1921 y 1923 en la prensa, recogiendo parte de sus experiencias en la guerra. El libro cuarto que él dejó incompleto lo terminó un escritor checo amigo del autor, Karel Vanek. 

El libro tiene una nueva traducción a cargo de Fernando de Valenzuela. 

Ellas, la inspiración

Eran tiempos felices. Volvía de Madrid en el AVE y traía un libro que había encontrado en una de esas enormes librerías de la capital. En una de ellas existió una vez un encuentro amoroso que empezó y terminó allí mismo. Un hombre de radiantes ojos verde mar y manos delicadas. En otra, una vez, la chica de vestido azul turquesa que era yo entonces, con un pequeño sombrero de paja también azul, descubrió una libreta con una cinta dorada y un tono lavanda claro en los cantos y ahí comenzó a escribir las notas de lo que pensaba y sentía, a modo de diario informal. 

Volvía de Madrid en esos tiempos en los que viajar era posible, era una fiesta, era la vida, con el libro en las manos y una vez dentro del tren, en ese asiento junto a la ventanilla, la mujer que era yo en 2008 abrió sus páginas y ya no pudo despegar los ojos de ellas y, al llegar a Santa Justa, había leído entera la historia de "La vida resguardada", había descubierto a Ellen Glasgow y abierto un interrogante nuevo. Ella fue la primera de la serie de mujeres escritoras que, desde ese año, han ido llegando de modo milagroso para ser la inspiración que me faltaba y aún me falta.

"La vida resguardada" habla de la incomunicación entre hombres y mujeres. De eso podría yo contar algunas cosas. La chica del vestido azul turquesa y la mujer del tren podrían contar algunas cosas de ese efecto botella de gaseosa cuando tienes mucho que decir y ninguna forma de expresarlo. La imposibilidad de sacar a la luz lo que te estorba dentro y lo que ha de decirse de alguna manera. Si pudiera explicar todo lo que, durante estos años, he vivido, no sentiría ahora que la vida ha pasado de largo. 

Después de Ellen Glasgow llegaron otras. Penelope Fitzgerald con "La librería". Llegaría Eudora Welty, con sus epopeyas. Después Stella Gibbons y su Flora Poste. Llegaría Edna O´Brien, con Kate y Baba, "Las chicas de campo", "La chica de ojos verdes", "Chicas felizmente casadas".

Llegaría Elizabeth Gaskell, con "Ruth" y con la biografía de Charlotte Brönte. Llegaría Emily Dickinson. Y Elizabeth Barrett-Browning. Envuelta en perplejidades renacería Edith Wharton más allá de "La edad de la inocencia". Renacería Agatha Christie con sus "Cuadernos".

Y junto a las mayores presencias de Jane Austen y de Iréne Nèmirovsky, otras mujeres que escriben y que se mezclan en un caleidoscopio de letras que emocionan: Edna Ferber, Rosalie Ham, Maggie O´Farrell, Carol Joyce Oates, Daphne du Maurier, Patricia Higsmith, Agota Kristof, Adda Ravnkilde, Alice MacDermott, Amélie Nothomb, Anita Loos, Rosamond Lehman, Sabina Berman, Zadie Smith, Sophie Kinsella, las Brontë, Barbara Trapido, Diane Brasseur, Elizabeth Jenkins, Helen Fielding, Laurie Colwin, Willa Carter, Elena Poniatowska, Diane Wei Liang, Elizabeth Taylor, Amity Gaige, Ann Rossman.

Y algunos nombres estelares que tienen significado por sí mismos: Virginia Woolf, esa habitación propia. Lillian Hellman, la vida junto al hombre que amaba.

Ahora que sé que nunca inspiraré a nadie, tengo que reconocer que ellas me inspiran.

lunes, 7 de marzo de 2016

"Omnia. Todo lo que puedas soñar" de Laura Gallego

Laura Gallego ha hecho más por el fomento de la lectura que muchas miles de recomendaciones escolares. Sus libros corren de boca en boca, que es el método más eficaz para que los jóvenes y niños se enganchen. Desde "Memorias de Idhún", se ha hecho un lugar especial en las estanterías de los chavales. Doy fe de ello por propia experiencia de mamá de chico lector. "La emperatriz de los etéreos", "Donde los árboles cantan", "El Libro de los Portales" son solamente algunos de sus otros títulos. De la capacidad para entrar en el mundo de la magia, la adolescencia y los sueños cumplidos, hasta una escritura bien estructurada y llena de colorido, surge su acogida entre los que ya son legión de lectores, que siguen con gran interés cada nuevo libro. No es literatura de segunda, sino libros con sentido. 

A veces los profesores no entendemos que son estos libros los que hacen lectores. Lo mismo que ocurre con la saga de Harry Potter los libros de Laura Gallego generan expectación, interés y buen rollo entre aquellos que los leen y comentan. La principal condición que ha de tener un libro para jóvenes (o para cualquiera) esto es, que esté bien escrito, se cumple con creces. Pero no llegaremos al corazón de los chicos con propuestas de adaptaciones de clásicos ni con recomendaciones que a ellos les resultan frías, extrañas y académicas. Cada cosa a su tiempo. De los lectores fieles de "Mortadelo y Filemón", "Harry Potter" o cualquiera de los libros de Laura Gallego, Maria Gripe, Roahl Dahl, Camilla Lackberg, emergen luego los lectores para toda la vida que leen toda clase de libros. Es este el proceso y no otro, por mucho que nos empeñemos en que los niños lean el "Lazarillo de Tormes" a los doce años. Habrá alguno que lo haga, pero serán legión los desertores. 

La técnica de anticipar en la web de la autora los primeros capítulos es muy eficaz. Permite ponerte en contacto con el libro antes de comprarlo. Si los primeros capítulos te resultan atractivos vas a buscar el libro, con toda seguridad. En este caso, Omnia es una caja virtual, como puede verse en la ilustración, con la que todo es posible. Así lo indica, además, el subtítulo del libro, que no llama a engaño, sino que funciona con la claridad descriptiva que es necesaria en los libros para jóvenes. 

El libro se pone a la venta en estos primeros días de marzo, en versión papel y e-book; en catalán y en castellano, con ilustraciones interiores y de portada de Xavier Bonet. 

Ya sola falta que nos zambullamos nosotros y nuestros hijos en las aventuras de Nico, el protagonista, en su inmersión en las entrañas de Omnia, ese extraordinario y mágico almacén virtual en el que todo es posible, hasta encontrar el peluche de la hermanita de Nico.

"Omnia. Todo lo que puedas soñar" de Laura Gallego. Editorial Montena. Marzo 2016. 

"El alumno Gerber"


En una sola semana del año 1929 diez estudiantes austríacos recurrieron al suicido para terminar con su, a todas luces, terrible vida de estudiantes. Friedrich Torberg tenía a la sazón 21 años y sumó estas noticias escalofriantes a su propia experiencia personal. De ahí surge este libro, el más importante de los que escribió y que retrata con firmeza y sin concesiones, el tormento que supone para un adolescente un sistema educativo basada en la autoridad sin límites del profesor y la dureza de una educación sin humanidad. 

La vida de estudiante puede ser muy dura si nos detenemos en estos momentos históricos y en determinados contextos geográficos. La necesaria actitud positiva del alumno a la hora de aprender no puede existir su la escuela es una imposición dogmática, una forma de azacanear conciencias y obtener adeptos. La disciplina escolar es una cuestión que se presenta en variadas formas dentro de la literatura o del cine, por poner dos ejemplos muy frecuentados por este tema. Historias de superación, versus historias de enfrentamientos. Dificultades y tormentos. Hechos ejemplares y otros que deberían ser expuestos como ejemplo de lo que no debe hacerse. Un profesor puede ser el faro que te ilumine y también el castigo que te hunda. Ambas dualidades existen y han generado desengaños, fortalezas, ilusiones y huidas. 

Esto es algo en lo que la educación ha avanzado en los últimos años, a pesar de que hay voces que consideran la disciplina militar, la obediencia ciega, como una cualidad de los sistemas. El aprendizaje a la fuerza tiene tan poco sentido como el amor por decreto. En nuestros días, salvo islas que no nos interesan, aprender y enseñar tiene el sentido de la complementariedad y, sobre todo, del respeto mutuo entre sus actores, ambos con el mismo objetivo. 

No está de más, sin embargo, la lectura de libros como este, que nos ofrecen una visión tan angustiosa que retratan la vida del adolescente como una suma de obstáculos, como un conglomerado de humillaciones, que lejos de educar lo condenan a ser una persona sumisa y falta de autonomía. Un súbdito, en lugar de un ciudadano. He aquí la cuestión. 

"El alumno Gerber" ha sido publicado por la Editorial Acantilado. 

Sinopsis ofrecida por la Editorial: Kurt Gerber es un adolescente que se esfuerza por armonizar sus dos facetas: la de estudiante rebelde y la de novelista principiante empeñado en que su destino y el de Lisa, su gran amor, se entrelacen. Pero durante el último año de estudios, cuando el profesor de matemáticas comience una cruzada personal contra Kurt, el joven se sentirá extraviado, indefenso y profundamente angustiado. 

Friedrich Torberg (Viena 1908-1979) fue escritor, periodista y guionista de cine. En 1938, perseguido por el nazismo, tuvo que escapar a Francia y más tarde a Estados Unidos, donde primero trabajó como guionista de Hollywood y luego como periodista en la revista Time. Autor de diversos artículos, ensayos, poemas y novelas, esta es la obra que lo consagró como uno de los mejores autores austríacos del siglo pasado. 

Traducción de Marina Bornas Montaña. 

sábado, 5 de marzo de 2016

"Cinco esquinas" de Mario Vargas Llosa


Si algún día tuviera delante a Vargas Llosa le preguntaría por el momento de creación de esta novela. Cual si fuera una pizpireta periodista rosa, ataviada con pitillos negros e imposibles mechas rubias, le lanzaría la pregunta que me ha rondado la cabeza durante su lectura: ¿Estaba usted enamorado mientras la escribía? La respuesta es obviamente, sí. 

Vargas sabría en qué sentido yo le interrogaba acerca del amor. Sabría que es el amor pasional, el amor nuevo, ese que le hace preferir los besos a los premios. Quién no...diría cualquier mujer. Entre los hombres, división de opiniones. Así que esa es la primera reflexión tras la lectura, rápida porque el libro discurre como un río imparable, de su nueva obra. 

En la calle Sierpes de Sevilla había una librería en la que todo era varguismo. Las colas de la gente en la caja para pagar el libro, atesorado entre sus manos, me recordaron la salida de la saga de Harry Potter, cuando los chavales se amontonaban en las puertas de los locales desde varias horas antes de que abrieran para conseguir su objetivo. Incluso los había que leían en inglés la aventura del niño-mago, bastante antes de que se tradujera al castellano. Lo mismo está ocurriendo con este nuevo vargas, pero no podría separar cuánto de preyslerismo hay en la atracción, cuánto de literatura hispanoamericana, cuanto de premiosnobel, cuando de lector a secas...En la cola de la librería he vislumbrado a mujeres que nunca antes han leído este tipo de libros...

La divulgación, a modo de premier, del primer capítulo en el que Marisa y Chabela se enredan en la cama de la primera, no debe ser tampoco ajena al revuelo. Marisa y Chabela hacen el amor con el tono cotidiano de quien narra un encuentro entre amigas. Es un amor de andar por casa, de descubrimiento sin sorpresa. Ninguna de las dos sabía que iba a tener sexo con chicas, pero he ahí que las fiestas de pijamas suelen conducir, o pueden conducir, a esto. Los espíritus exquisitos dirán que la escena les deja frío, pero hay quien sintió cierto tórrido arrebato que no olvida. Claro está que hay momentos en la vida en la que todo se torna en un tórrido arrebato....Empiezas leyendo en tu primera adolescencia a D. H. Lawrence y ya nunca puedes olvidarte de la imagen evocada de un guardabosques sudoroso y de sonrisa arrebatadora. 

Para una lectora no seguidora de Vargas, como soy yo, este libro es un divertimento placentero. Se lee de un tirón y se entiende todo. Esas disquisiciones de los novelistas hispanoamericanos, que terminan por alejarte del papel, no existen aquí. Los personajes son duros o tiernos, pero tienen todos un perfil que reconocerías, incluso puedes intercambiar nombres con los que existen en nuestra vida real. El tema central, el periodismo amarillo (casi llegando al rosa fucsia ) fue un arma del gobierno Fujimori, como el mismo libro relata, pero es también una suerte de amenaza latente para todas aquellas figuras públicas que pueden verse asediadas por fotos comprometedoras debidas a polvos inadecuados. La imagen pública es una figura de porcelana de Sèvres que no admite roturas. Cualquier pequeña mácula será irrecuperable. Si pierdes el honor, lo pierdes todo. Y el honor de los personajes que tienen una proyección más allá de su entorno doméstico está en manos de cualquiera.

Junto a esta cuestión, el erotismo. Suave y delicado o plagado de suciedad, en las dos caras se ofrece. Dúos, tríos y orgías, todo en una continuidad que, por desgracia para sus protagonistas, en ocasiones salta la barrera de lo privado y se convierte en motivo de chantaje empresarial o político. Dictadura y toque de queda. Porno tranquilo, dicen algunos críticos. 

Vargas contrapone dos tipos de mujer: Marisa y Chabela, burguesas acomodadas, limpias, perfumadas y La Retaquita, la periodista sin estudios y con ansia de sobrevivir que es capaz de todo, que usa un vocabulario plagado de obscenidades y que no tiene escrúpulos. Marisa y Chabela viven en barrios lujosos y pasan los fines de semana (los findes) en Miami, donde contemplan la salida del sol asentadas en esa nueva relación que se han inventado a fuerza de frotarse los pies desnudos. Por su parte, La Retaquita es un producto de Cinco Esquinas, el barrio suburbial que da título al libro y que está lleno de tipos malotes que se te arriman en el autobús sin control ninguno. A pesar de esta diferencia de estatus, Marisa y Chabela viven amenazadas por la publicidad que se genera a raíz de una orgía que alguien fotografió en su día y La Retaquita se siente protegida por esa misma ola de denuncia.

Los personajes masculinos se mueven entre la maldad interesada de Rolando Garros, la ingenuidad impersonal de Quique Cárdenas, el astuto profesionalismo de Luciano y esos otros que forman el lumpen y cuyas biografías no pueden estar en paralelo con las nuestras. Son gente con la que no hay que coincidir nunca. En el trasfondo, los todopoderosos dueños de Perú en esos años del terror.

"Cinco esquinas" es una novela de desarrollo rápido y cuidadosa estructura. Valga el ejemplo del capítulo XX, desarrollado a modo de cajas concéntricas que se van destapando mientras los personajes, cada uno en lo suyo, separados en mundos distintos, terminan encontrándose en un ámbito común que ninguno de ellos hubiera querido frecuentar. Leyéndolo he pensado en una mariposa dentro de un tarro de cristal. Si le aplicas un foco, la mariposa aleteará queriendo abandonar el recipiente, pero eso solo logrará que esas alas se rompan, se destrocen, que, después de esa lucha, nunca más sea una bonita mariposa de brillantes colores.

Pero la fuerza máxima del libro es el lenguaje. Ese amontonamiento de localismos y americanismos, que se suceden vertiginosamente (todo el libro es vertiginoso, su lectura también) para dibujar un cuadro altamente adictivo. El lenguaje es el secreto, la razón y, seguramente, el motivo. Si no fuera por ese lenguaje la novela sería una comedia social sin Nöel Coward.

"Cinco esquinas" de Mario Vargas Llosa. Editorial Alfaguara. Marzo de 2016. 

(En Babelia, crítica de Manuel Rodríguez Rivero: Bien vengas, mal, si vienes solo) 

jueves, 3 de marzo de 2016

"Los diarios de Adán y Eva" de Mark Twain


Mark Twain (1835-1910) forma parte de mi memoria sentimental desde el momento que sus libros llenaban las paredes de mi casa de la infancia. Mientras las niñas de mi calle leían cuentos "de chicas", historias de mujercitas que esperaban casarse o de beatíficas alumnas de internado; mientras que en mi casa, las otras niñas, leían historias ilustradas o tebeos, he aquí que yo, encaramada a mi azotea azul atlántico, melena al viento siempre, calcetines cortos y piernas al aire, leía a Mark Twain, primero "Las aventuras de Tom Sawyer" y luego "Las aventuras de Huckleberry Finn". Confieso que soy más de Tom. La tía Polly me tiene encandilada desde entonces y su manera de mirar por encima de las gafas a los niños (porque mirarlos a través de ellas era un gasto inútil para seres tan poco importantes) se convirtió en un emblema de mis años de adolescente. Los primos Sid y Mary me trasladaron al universo de mis propios primos, unos en La Carolina, veranos llenos de juegos de espías, disfraces y jeroglíficos humanos; otros, allá en el campo, en la Laguna Seca, panales de abejas rezumando miel, tardes en el ordeño de cabras y de vacas; pastores y campesinos; juegos de cartas a la luz del quinqué, naturaleza en estado puro. Así todo Mark Twain se enhebra tanto con mi propia vida que tengo la dificultad de verlo como ajeno si quiero hablaros de un libro escrito por él. Los escritores son los seres más cercanos a mí que conozco: ellos hacen lo que yo quisiera haber hecho y hacer, siempre, siempre. 

La editorial Impedimenta publica "Los diarios de Adán y Eva" una historia a dos voces que Twain resuelve con su comicidad habitual, que no es impostada, sino ingeniosa, doblemente ingeniosa en este caso. La convivencia es un problema para cualquier pareja, incluso cuando esta vive en el Paraíso. Más aún si vive en el Paraíso y es consciente de que va a pasar a la historia en letras doradas y bien grandes. El estilo único de Twain, su forma de narrarnos los episodios con esa especial mirada, su escritura rampante, bien adobada de frases con sentido y consentidas, todo él es una delicia hable de lo que hable. Los padres de la humanidad salen regular parados, según como lo veas. 

El libro tiene dos alicientes más que no es despreciable reseñar. La ajustada traducción de Gabriela Bustelo, que ya había traducido para la misma editorial otro libro encantador "Las señoritas de escasos medios", responde al cuidado en las traducciones que siempre cultiva Impedimenta. De todos es sabido que una mala traducción puede cargarse un libro, de igual modo que un mal doblador de cine se carga una película. En este caso, está asegurado el deleite, por partida doble. 

Y, además, las ilustraciones, que corren a cargo de Sara Morante, originalísima artista, pensadora inhabitual por lo extremadamente curioso de sus ideas, todas ellas a modo de surtidor que mana sin control, haciendo que seguirla sea una forma delicada de entrar en el reino del ingenio más lleno de piedras de colores que podamos imaginarnos. Los libros de Impedimenta son siempre bonitos, pero, en este caso, la imagen tiene un especialísimo sentido y enriquece el libro de un modo considerable. 

Precioso. 

"Los diarios de Adán y Eva" de Mark Twain. Traducción de Gabriela Bustelo. Ilustraciones de Sara Morante. Editorial Impedimenta. 

Sinopsis del argumento a cargo de la editorial: Sin perder un ápice de su habitual ingenio y su encanto particular, Mark Twain nos presenta en este breve relato cómico los avatares y problemas que generan la vida en pareja y la convivencia, no siempre fácil, aunque sea en el Paraíso. A través de los relatos paralelos de los padres de la humanidad, y con un texto que combina en igual medida diversión y profundidad, primero Adán y luego Eva nos hacen partícipes de unas cuitas que, a decir verdad, no son muy distintas de las de cualquier relación de nuestro tiempo.