sábado, 27 de febrero de 2016

La nieve ardía


(Saul Leiter. Fotografía)

Él llegó con un aire entre arrogante y tímido. Era la hora incierta del mediodía, cuando el tiempo se detuvo en su rostro. Tenía una expresión callada y unos ojos certeros que se posaron sobre todas las cosas y no se detuvieron en ninguna de ellas. En esas horas, vivió su cercanía como un milagro. Esta allí, por fin, ya se veía, no como algo intangible, sino como una verdad entera, sin ausencia, únicamente él, allí estaba, por fin, ya se veía. 

Ni siquiera recuerda sus palabras, no las oyó. No tenía asiento nada más que para sentir el latido de aviso. Estaba allí, no era una quimera, ni una mentira, ni un sueño. Sus manos se movían, su cuerpo se movía, sus ojos se movían. Todo él era verdad, entonces y ella no pudo sino saludarle entero con la dicha de ser y de estar a su lado. 

Él llegó envuelto en grises. Los colores de la indefinición. Era un hombre elegante, con aire reposado y antiguo. Un hombre de los que ya no quedan. De los que entienden que amar es compromiso y que querer es sentirse prisionero de algo o quizá de todo. Por eso se marchó con la misma simpleza con la que, al mediodía, asomó por allí, en cuerpo y alma, presente, entonces sí, era él, por fin ya se veía.

Toda la nieve ardía, si hubiera habido nieve. Si la nieve hubiera hecho acto de presencia en medio de un sol acuciante, entonces se hubiera derretido al compás de las lágrimas de ella. Pero, aún así, él no se enteraría. Nunca se enteraría de nada. Nunca sabría los nombres de sus besos, nunca la abrazaría, nunca estaría tan cerca como para oler su pelo y confundiría siempre su perfume. Entonces ella tendría que recurrir a un viejo sistema, tan antiguo como el mundo. Lo amaría en silencio. Así.


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Realiza tu comentario dentro del respeto y la corrección.