sábado, 23 de enero de 2016

La palabra nos hace



(Mujer escribiendo. Johannes Vermeer) 

La frase no es mía, sino de Sánchez-Ferlosio. Pero podría aceptarla tal y como está. Queda dicho ya de otras maneras, con otras expresiones, incluso con historias enteras que cuentan el milagro de expresar lo que sientes, lo que ves, lo que vives, lo que sabes, lo que nunca se hará realidad o se ha perdido. De todas las herramientas que tiene el ser humano, de todo el utillaje que lo distingue de los animales, de las plantas o de los seres inanimados, es la palabra el más preciado, el que más eficaz resulta, el que requiere mayor cuidado, mejor condición. Surge en los sencillos momentos de la comunicación, cuando la vida fluye, para situar exactamente el sitio en el que estás. Surge en las tristezas, como bálsamo y como condimento imprescindible para abrir otra puerta, cerrada ya la anterior por inútil. Surge en los espasmos de la felicidad que quieres controlar a fuerza de besos. Surge en los adioses, en las explicaciones imposibles, en los trucos de magia de la convivencia. 

Es la palabra, sí. Y, si te fijas, puedes mentir con los ojos, enhebrar falsas sonrisas, mover las manos con gesto inadecuado, engañar con el cuerpo, ocultar con la expresión, parecer omnipotente cuando eres un niño desvalido. Pero la palabra te va a delatar. Ella reina por sí misma y todo lo que se hace en su nombre permanece. Aún después de apagado el amor, flotan en el aire las palabras "te quiero". 

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