sábado, 2 de enero de 2016

"La guitarra azul" de John Banville

Ya está aquí el nuevo Banville, diríamos si los libros se pregonaran en un mercado de abastos. La nueva novela del irlandés de la doble cara, del doble gesto, de la doble literatura. Es Banville y no Black el que saluda el año con un nuevo título, así que no vamos a esperar asesinatos, ni autopsias, ni investigaciones pormenorizadas. Salvo si es el sentimiento el que hay que investigar. Y es mejor así. "Órdenes sagradas" fue una obra fallida. Demasiada impostura. Demasiado encorsetamiento en un personaje que ya está acabando su ciclo, si es que no lo ha acabado ya. Puede que el propio escritor lo sepa y por eso ahora retoma su faceta generalista y se presenta con esta novela en la que, quizá, hay un reflejo de sí mismo mucho mayor del que suponíamos. 

Oliver Orme es pintor y está en horas bajas. Las musas lo han abandonado. Hay cierto hastío en su pintura y eso se nota de inmediato. Un artista sabe cuando se agota la fuente de la que bebe. Los críticos también. En el mundo del arte, el maridaje entre críticos y artistas ocasiona notables encuentros. Loso críticos son pintores frustrados y todos los artistas temen a los críticos, incluso a los menos influyentes. Esto es así porque, en el fondo, cualquiera que ejecuta una obra de arte tiene serias dudas de su valor. Salvo si se trata de personajes abiertamente narcisistas, como Picasso o como el gran representante del narcisismo, Frank Lloyd Wright. Entre paréntesis, el conocimiento reciente de esta faceta de su personalidad (la gran faceta, digamos) en este arquitecto a quien tanto admiro, me ha producido un recelo inusual con respecto a su obra. No sé si podré separar, a partir de ahora, lo que hizo y la forma en la que se desempeñaba en el mundo. Complicado.

Sigamos con es "guitarra azul". Hablábamos de Oliver y añadimos que tiene un gran mejor amigo, Marcus. Y Marcus tiene una esposa extraordinariamente atractiva, Polly. ¿Necesito contaros algo más? No vayamos a pensar en un trío, eso no. Porque nadie como Oliver soportaría verse en la tesitura de compartir algo, incluso cuando ese algo pertenezca (si es que las personas pueden pertenecer a alguien además de a sí mismas) a un amigo al que supuestamente quiere. Ese "supuestamente" de aire tan judicial tiene que ver con la personalidad de Oliver. Sigamos. 

Oliver Orme, Olly para los íntimos, no es una mala persona, solo que está muy mal acostumbrado. Está decidido a quedarse con todo aquello que le gusta, sencillamente porque es un pintor de fama y porque puede permitírselo. No pone ningún coto a su deseo y, en este caso, en este tiempo de vacío profesional, de inspiración agotada, quién mejor que Polly, la mujer de su amigo, para devolverle un poco del aire transgresor que tuvo en otros tiempos. Oliver necesita rebasar las líneas rojas para que su corazón y su instinto vuelvan a encontrarse en ebullición. Así planteada la historia, toda ella obliga a cruzar la meta y a encontrarse en un terreno ignoto. El de los sentimientos. El del engaño, la infidelidad, el adulterio y los celos. Quién dice que esa mezcla no devolverá a Oliver algo de lo que ha perdido. Por eso actúa como un ladrón. Un ladrón de emociones. 

Lo que hace Olly, en suma, es viajar hacia dentro. Intentar recorrer el espacio sideral que separa lo que somos de lo que aparentamos. Una introspección que le costará cara, pero no solamente a él, también a los que lo rodean. Porque el daño es inevitable. Y vivir, según lo entienden algunas personas, causa daños en uno mismo y en los demás. Los otros son testigos y a veces partícipes. Pero, la mayoría de las ocasiones, son víctimas. Un artista debería tener derecho a indagar en su arte pero ¿hasta qué punto ese arte y sus vibraciones no dependen de lo que vive? La difícil frontera entre el ser y el crear se muestra aquí en toda su crudeza. Banville lo sabe. Y conocer la prepotencia del artista, del creador. Sus ambigüedades y también sus flaquezas. Esa necesidad de ser algo para el público, ese hambre de adoración, sin la que no pueden crear. 

El estilo literario de este escritor tiene una base sólida y formidable: la frase. Si fuera un cantante de ópera tendría en el fraseo su mejor baza. Confiesa que, cuando escribe, es la construcción de cada frase lo que convierte sus palabras en novelas, en obras completas, con un principio y un fin, con una historia. La frase es el soporte y así lo contó, en discurso memorable, cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. La frase define al escritor y, en este caso, tanto podía ser, como él mismo dice, prosa o verso, en todo caso, en los dos hay poesía. 

Si le preguntas a Banville cómo es su literatura te dirá, en primer lugar, que es irlandés. Los escritores irlandeses son tan reconocibles como los flamencos de Cádiz. Tercios cortos, contención de sentimientos y sobriedad expresiva. Así es Banville y así es Edna O´Brien, mi irlandesa favorita. Sin embargo, las semejanzas acaban aquí. Porque O´Brien construye un universo en el que las emociones no son una baza para manejar la existencia ajena sino una muestra de la calidez de los seres humanos. En el caso de Banville practica, además, una ambigüedad creativa y personal que lo define. Un hombre que es capaz de tener dos familias (he conocido a algún flamenco que también las tenía) puede convertirse en dos escritores si lo desea. Las dos familias de Banville no se conocen entre sí y él reparte el tiempo entre ellas, no sé si de forma placentera o sádica. El caso es que ese desdoblamiento nos indica que no es solamente una característica literaria sino un modo de vida. Observar la existencia desde dos orillas. Un barquero que cruza elegantemente de un lado a otro de la isla de Irlanda. Desde luego, nos falta conocer la versión de la otra cara de la moneda. Esas dos mujeres, ninguna de las cuales es Sofía Loren, que tienen que convivir con una "otra" ausente, pero tan presente como sus propios sentimientos. Nada del otro mundo, diría Muñoz Molina. Una verdadera prueba para la solidez de la razón humana, diría Martha Milligan.

Ningún reparo moral que hacerle a esa doble vida del escritor, una doble vida que conlleva la infidelidad. No juzguéis y no seréis juzgados. Mi inconveniente es de tipo emocional. No podría soportar una situación así y sospecho que muchas mujeres tampoco. No sé si muchos hombres, porque el universo masculino se me escapa en gran medida. Creo que los hombres equilibrados tampoco vivirían de este modo. Así que no esperes equilibrio de Oliver, sino carencias, una lastimosa inteligencia emocional y un desapego a lo que, de verdad, sienten sus antagonistas. Pero, desde luego, literariamente puede dar mucho juego y pone sobre la mesa la forma en la que los escritores trasladan sus vidas o las vidas en general a la literatura. Él mismo, hablamos de Banville, lo reconoce así, él mismo cuenta cómo deambula por los espacios y la gente obteniendo ideas, palabras, frases, argumentos, que luego transformará en libros. Da la impresión de que el trabajo de forense de las letras no es solamente un artificio. La escritura, para este hombre, es un oficio bastante caníbal...


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