viernes, 8 de enero de 2016

Demasiado tiempo



(Partiendo hacia el mundo. Evert Jan Boks)

Se sucedían los días sin nada que preguntarse o preguntarle. Uno tras otro, hora tras hora, como si no hubiera nada que esperar o nada pudiera esperarse. Era así. Sin embargo, una especie de resorte interior la avisaba a veces y le decía que algún engranaje estaba fallando en esa perfecta organización que la convertía en una mujer en la antesala de la vida. Las horas tenían su propio matiz y se sucedían con la continuidad de lo que no es posible cambiar por mucho que se intente. Los días, que antes presentaban colores diferentes y sonidos distintos, ahora no eran la saludable invitación a disfrutar de cualquier clase de acontecimiento, sino el sordo ruido opaco de la inevitabilidad. 

Supo, cuando así lo sintió en una mañana casi gris del mes de enero, que sus preguntas nunca tendrían respuestas. Es más. Adivinó, sin que nadie se lo dijera, que no haría preguntas. De esa manera se sofocaría sin más el incendio interior que sentía hacía ya algún tiempo y volvería a una rutina que nada bueno parecía presagiar. La rutina de esperar algo que nunca llegará a ocurrir. De esta forma, de pronto, inopinadamente, todas las cosas que antes la ponían alegre se oscurecieron. La voz que antes la convertía en una persona feliz, dejó de tener matices amados. Las palabras dejaron de pesar en la balanza y su vida entera osciló de un lado a otro sin objetivo. 

Como su corazón necesitaba horizontes abrió los armarios y sacó de ellos todo lo que era útil. Las cosas bellas que no habían sido usadas porque él no llamó a su puerta en el momento oportuno, se quedaron allí, colgadas y sin posibilidades de salir a la luz. Cosas inútiles para siempre. Basura romántica sin fuerzas. Sentimientos apagados. La nada en forma de prendas caras. Se quedaron también en esa habitación que contenía todas sus esperanzas, las ganas de reír, las miradas contenidas, los besos que nunca llegaron a existir, las manos aladas que no se posaron en ella, los pies que no se encaminaron a su casa, la vida que nunca se compartió....Todo aquello quedó prendido en un visillo blanco y transparente, en los huecos de la cama, en las cortinas, en el suelo, en el aire entero...

Solo algunas cosas pequeñas y olvidadas colocó en su maleta. Solo los silencios que estaban guardados y que provenían de un tiempo de rosas sin olor. Solo un suave deseo de dejar atrás lo vivido y, sobre todo, lo no vivido. Una maleta escasa de pertenencias, una mirada casi absorta en el tiempo que vendría, una llamada a otros horizontes que ahora se habían nublado. Así ella, en la estación, sentada en el andén con mirada inocente, ataviada de ocres, precavida como había sido siempre con su paraguas oscuro, ojos claros y sonrisa imposible, así ella, en ese asiento duro y rígido del andén, observa silenciosa la distancia que existe entre el ayer, poblado de fantasmas y de deseos que nunca se cumplieron, y el futuro, en el que no habrá nada, pero dolor tampoco, tampoco las horas desgarradas, tampoco el sufrimiento, tampoco la certeza de tenerlo al alcance de la mano y no sentirlo cerca. 

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