miércoles, 30 de diciembre de 2015

"Emma" de Jane Austen

Siento una rara emoción al escribir este post. No en vano "Emma" me ha acompañado durante un año entero. Un año en el que han ocurrido muchas cosas, la mayoría de ellas buenas. He ido conociendo a Emma al mismo tiempo que me he ido reconociendo a mí misma. Los defectos de Emma son muy parecidos a los míos: su impaciencia, sus enfados, su susceptibilidad, su inseguridad ante la única persona que puede interesarle de verdad, su apego a la vida, su curiosidad incesante, su ironía (que la lleva a toparse con situaciones problemáticas, como a mí me suele pasar también).

Claro que Emma es un personaje literario, una chica de veintiún años y yo no soy ni lo uno ni lo otro, pero creedme si os digo que me siento más cercana a ella que a la Bovary o a la Karenina o a Ana Ozores, con tanto drama encima, con tan poquísimo sentido del humor y tantísima tragedia. Ufff.

Prefiero mil veces a Emma y sus meteduras de pata. Y su corazón limpio. Y su descubrimiento del amor en ese señor Knightley, íntegro, cabal, inteligente, que nada tiene que envidiarle a Darcy. Quizá todo lo contrario. Quizá Knightley hubiera llegado a ser superior a Darcy si Colin Firth se trasmutara en él o si Bridget Jones lo invitara a una fiesta. Pero parece que en la última entrega es un exagente Bond el que la cautiva (y no quiero hablar más, que puede ser spoiler).

Un incidente. Justo en el momento de comenzar a escribir este post, "Emma", que ha estado a mi lado todo el año, desaparece de la mesa de trabajo. ¿Dónde está "Emma"? ¿Adónde ha ido? Y he andado despistada unos minutos, de un lado a otro, intentando averiguar su paradero. Resulta que estaba debajo de un sombrero panamá. No era una boa, entonces, la que se tragaba a un elefante, sino que, efectivamente, era un sombrero casi blanco el que contenía debajo un libro de ediciones Cátedra y ese libro era "Emma". No sé si me entendéis. O si yo misma entiendo qué extraña situación es la que hace que mi "Emma" se esconda debajo de mi sombrero. 

Durante todo el año 2015 "Emma" ha sido un descubrimiento para mí, un reto, un entretenimiento, una aventura, un aliciente, una intención, una búsqueda, una idea, una escritura continua. Claro que la había leído, pero sin observar tantos matices como ahora reconozco, sin entrever la hermosísima secuencia de los hechos que se van sucediendo de forma tan elegante, tan prístina, tan dulce, de tal manera que todo parece encajar como en esas matrioskas rusas de colores brillantes, una de las cuales estaba en un rincón del tocador de mi madre, una mujer tan emmista, por otro lado, despistada, curiosa, entrometida y limpia de corazón.

Los críticos de la novela (ay, los críticos, esa profesión tan llena de personas que no escribían ni una tarjeta de visita),  siempre se refieren a que Emma es una casamentera impenitente, una muchacha caprichosa y llena de interés malsano por las vidas ajenas, pero tengo para mí que descuidan lo más importante, el motivo por el cual ella llega a hacer suya la empresa de casar a Harriet Smith o la de descubrir el misterio que se encierra detrás del regalo del pianoforte que llega a casa de las Bates con destino a Jane Fairfax. Es una curiosidad que enlaza con la empatía que Emma siente hacia las personas, con ese verdadero interés por el cual lo que el mundo traza a su alrededor no le es ajeno. En esto también la entiendo. En esto coincido con Emma. Ese mundo lleno de personas que no son meros números, ni son meras razones inconclusas, sino vida, vida por hacer y por desarrollar. El mundo que tanto le atrae a Emma es el mundo que a mí me acerca a los demás, esa fuente por descubrir, ese caudal de acontecimientos que te hacen pensar, reír y disfrutar. Por eso, como Emma, tengo que contar las cosas, tengo que escribir las cosas, tengo que compartirlas. Ya sé que esto no es bueno ni es malo, salvo en ocasiones, que una no puede llegar a controlar. La vida misma, ya digo. Una lavadora que se estropea con la ropa a medio lavar. O un frigorífico que suena demasiado. O, quizá, una dificilísima ecuación de matemáticas. O una traducción de latín, válgame el cielo. O un libro de Philiph Roth, en un formato tan pequeño que tienes que aguzar la inteligencia y la vista para leerlo. Ay...

Si yo tuviera que elegir una novela ya escrita para convertirla en la novela que yo escribiría, sin duda elegiría "Emma". Es una frase enrevesada, lo sé, pero me habías comprendido, seguro. Antes incluso que "Orgullo y Prejuicio" elegiría "Emma", porque es más compacta, más difícil, más llena de trucos de magia, más plena, más exacta, más diversa, más genial. Es un laberinto, una novela de misterio, una partida de ajedrez sin ganador fijo. En "Orgullo..." hay cierta armonía natural que hace que todo transcurra como un río, un río de curso suave, sin meandros, sin tropiezos. Ni siquiera la huida de Lidia nos hace dudar de que las cosas van a encajar con facilidad.

Pero "Emma" nos mantiene a prueba todo el tiempo. Estamos en un sinvivir, a ver qué pasa. Con quién se casará Harriet Smith. Por qué Jane Fairfax está triste y macilenta. Qué diablos quiere ese Frank Churchill, tan caprichoso. Qué le pasa al corazón de Knightley que no se decide. Quién castigará la presunción de Elton. Cómo es posible aguantar a Augusta con sus aires de grandeza. Y otras preguntas más esenciales ¿habrá fresas salvajes suficientes en la finca para poder hacer esa excursión campestre tan necesaria?

Ese vaivén de personajes que no terminan de hacerse notar como en realidad son, esas dudas constantes, ese fuego que anida en algunos corazones, todo ello es emoción pura, emoción de la buena, no de esa insana que no te hace disfrutar. Y cuando todo ello se corona felizmente sientes que hay una verdad escrita que tú no habías adivinado pero que existía allí desde el principio. La escritora, ella siempre detrás de todo, no ocultó nada, lo dejó todo sobre la mesa, pero colocó sobre algunas pistas un delicado mantel de encaje antiguo, lo suficientemente tupido como para que no veamos la realidad a simple vista. 

El carácter de Emma merecería todo un estudio psicológico. Porque lucha continuamente con su natural bondad y con los defectos que cualquier se humano atesora y disimula. Emma disimula mal sus defectos, por eso a mí me resulta una heroína tan cercana. La perfección hastía. Emma no te cansa en absoluto, todo lo contrario, es una mujer que tiene los pies en la tierra y que siente envidia, celos, deseos, miedos, vanidades, esperanzas, sueños y malentendidos. Como todos nosotros. Se equivoca como nosotros. Rectifica como nosotros. "Es" como nosotros.

Quizá hay un momento en la vida para leer o releer un libro. Y este 2015 ha sido el año apropiado para que yo buceara en "Emma". En otro tiempo se me hubieran escapado las cosas, estoy segura. No me hubiera perdonado a mí misma parecerme a alguien con tantos defectos aparentes. Pero ahora, aunque siguen haciéndome sufrir las cosas que hago mal, sé que no puedo castigarme demasiado, salvo como lo hace Emma esa noche en la que no puede dormir después de haber criticado con dureza irónica a la señorita Bates y, sobre todo, después de que su señor Knightley le afeara esa conducta.

Es el amor, al fin y al cabo, lo que hace que Emma se convierta en una persona mejor. La entiendo. Es el amor el que hace que nos convirtamos en una persona mejor. Es el amor el que logra que yo sea mejor de lo que soy, al menos, durante el ligero instante en que miro tus ojos. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Historia de un narcisista: incapaz de amar


Tenía en una de las estanterías cerradas con llave un librito pequeño que siempre pensé que era una novelita de amor. Su título es engañoso "Incapaz de amar". Estaba por ahí y nunca le había hecho el menor caso. Eso ocurre a veces con los libros. Llegan a ti no sabes cómo y se quedan por la casa, vagando, a veces quietos, otras veces de un sitio a otro. En este caso ese librillo estaba en la segunda fila de un estante, de esos que contienen libros que te interesan poco y por eso los pones en un lugar recóndito. 

Mi manía de quitarle el polvo hasta a los libros que están en cristaleras, todos prácticamente, me ha llevado a descubrirlo ayer tarde y fijaros que lo he leído de un tirón, porque no es una novelita al uso sino un casi ensayo sobre un caso real en el que una mujer inteligente, elegante, culta y bien situada se enamora nada más y nada menos que de un individuo narcisista. Creí que los narcisistas no existían, que eran una invención de la psicología freudiana, pero hete aquí que están bien documentados, porque, después de leer el librito, en una hora a lo sumo, rebusqué en las estanterías de psicología, esas sí bien organizadas, y hallé otro par de libros sobre el tema, sesudos y bien escritos, libros científicos, y no querréis creerlo, pero se ajustaba en todo a lo que aquella mujer contaba en su experiencia. 

Así he aprendido que los narcisistas no quieren a nadie, ni siquiera a sí mismos, contra lo que la opinión del vulgo cree. En realidad se trata de personas que no pueden aceptar su verdadera personalidad, y en su lugar construyen una máscara permanente que esconde su carencia de sensibilidad emocional, su incapacidad para sentir. De hecho, a los narcisistas les preocupa más su apariencia que sus sentimientos. Actúan con frialdad, son seductores y manipuladores, y luchan por conseguir el poder y el control. Pero, en el fondo, al carecer de un sólido concepto de sí mismos, la vida les parece vacía y falta de significado, por lo cual viven en un estado de perpetua desolación.

En el caso de esta mujer el individuo ejercía ese control con un sistema bien curioso. Aunque ella era guapa y muy seductora a ojos de todos, él no le hacía ningún caso en ese aspecto, con lo que le llegó a generar una inseguridad enorme con respecto a su condición de mujer. Ella se preguntaba una y otra vez por qué ocurría así. Por su lado, el individuo hacía ostentación permanente de sus aventuras amorosas y ella se sentía dolorida y fuera de lugar en todo aquello. Por fortuna, según cuenta la protagonista, que esconde su verdadero nombre y su verdadera profesión por razones obvias, tenia una capacidad de análisis que la llevó a desmenuzar aquella relación y darse cuenta de que estaba ante un enfermo emocional, un narcisista que la llegó a dominar casi completamente. El hecho ocurre en Austria (lo cual es curioso, dado que aquí la psicología es una materia que casi domina el público de a pie) pero es extrapolable a cualquier otro país. 

"Incapaz de amar" es un libro poco técnico y que tiene carencias literarias notables. Su valor está en el testimonio. Mucho más acertados teóricamente son los libros que, sobre el tema, puedes encontrar en cualquier librería. Te recomiendo dos de ellos: "El narcisismo" de Alexander Lowen, editado por Contextos y "Liberarse del narcisismo" de Linda Martínez Lewi, publicado por Obelisco. En este último puedes encontrar una buena definición del tema: El narcisista camina a través de sus muchas geografías, conquistando nuevos territorios, multiplicando su control ilimitado sobre el mundo exterior y sobre las vidas de quienes entran en contacto con él. Sus emocionados seguidores se anticipan a sus estados de humor y sus movimientos, rogando por obtener una palabra o una m irada favorables. Los escogidos habitan en su círculo dorado y alaban su grandeza. Mientras su público permanece encandilado, el supernarcisista calcula el valor que cada persona tiene para él. Juega con sus inclinaciones y debilidades y la manipula a su antojo. 

Como siempre digo, la psicología no es un conjunto de teorías estériles y pasadas de moda. Antes bien, es la construcción de la personalidad humana lo que se estudia y se refleja en esos estudios. Es tan real como la vida misma. Los trastornos de personalidad pueden hacer mucho daño a los que los sufren y desde luego, a los que los rodean, si no se saben entender y conocer en su justa medida. Por eso la psicología nos ayuda a conocernos y a conocerlos. Por eso no podemos darle la espalda ni convertirla en frases paulocoelhistas sin más. La ciencia tiene mucho que decir en esto. Y la prudencia también. Pero, sobre todo, hay un síntoma claro de que reflexionar es fundamental para conducir tu vida: tu estado de satisfacción o de felicidad. Si no es el adecuado, piensa. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

"La amiga estupenda" de Elena Ferrante


Siempre he deseado tener una amiga del alma. Y no lo he conseguido, al menos hasta ahora. No culpo a nadie. Salvo a mí, que debí haber mostrado más dedicación en ello, más empeño y perseverancia. Pero he preferido navegar sola que detenerme o ir más despacio. Me ocurre como a Elizabeth Bennet, en esa escena en la mansión de Lady Catherine De Bourgh cuando está tocando el piano acompañada del coronel Fitzwilliam y se acerca Darcy a escucharla. Ella afronta su mirada con valentía (ah, la valentía de Lizzy, cuanto la envidio) y no se arredra ante la actitud de él. Reconoce, sencillamente, que si no toca mejor es porque no ha practicado lo suficiente y no porque tenga menos cualidades que otras personas. Lo que ella no sabe entonces y nosotros, los lectores, intuimos, es que Darcy considera que ella toca de fábula, porque, enamorado como está sin remedio, actúa como todos los hombres enamorados, ensalzando a su amada hasta el límite. Tal y como eres, diría Darcy si fuera Mark y apareciera en "El Diario de Bridget Jones". 

Entre paréntesis, también envidio este "tal y como eres", pero esa, como escribió Michael Ende ("La historia interminable", el libro a dos colores que desapareció misteriosamente un día de mi escritorio), es otra historia y ha de ser contada en otra ocasión. La seguridad en sí misma de Elizabeth es una prueba de dignidad, una muestra de que mostrarse tal y como uno es no puede ser motivo de vergüenza ni de retraimiento. Antes bien, sucede todo lo contrario, es cosa leal con la persona a la que debemos más lealtad: nosotros mismos. 

Siempre he deseado tener una amiga del alma. Como lo son Lenù y Lila, las dos mujeres que en el entorno social inhóspito en el que se desenvuelven construyen una relación única en la que ambas crecen rodeadas, como dice la propia contraportada del libro, "de un coro de voces que dan cuerpo a su historia y nos muestran la realidad de un barrio pobre, habitado por gente humilde que acata sin rechistar la ley del más fuerte". No es realismo social lo que leemos, nos advierten (si lo fuera, yo no lo leería), sino vida exacta y pertinente de personas normales, con vivencias y sentimientos, gente corriente, que diría Robert Redford en su desafortunado debut como director, "que nos intrigan y nos deslumbran por la fuerza y la urgencia de sus emociones". 

Entiendo bien la fuerza de las emociones y aún más la urgencia de las mismas. Mis propias emociones navegan entre ambas. Son, a veces, un barco a la deriva. Primero sentirlas, luego esconderlas. Eterna singladura. Mar en calma o zozobra, qué más da. La fuerza y la urgencia. Desbordadas las emociones, conducidas con mano inexperta a veces y con esa necesidad casi física de que se asomen, de que se vislumbren, de que tomen vida, es la sensatez de Elinor Daswood la que tiene que poner orden en la sala, aunque Elinor, ya lo sabemos las lectoras austenianas, guardaba para sí a Edward Ferrars, el único hombre que logró llegar a su corazón. Hacer literatura de la emoción es una de las experiencias que la vida nos brinda, aunque hay quien sugiere guardarla en cofre de cristal, para que allí se pudra y se convierta en cenizas. Demasiadas cenizas hay a nuestro alrededor para condenar también lo que sentimos. 

¿Qué diferencias hay entre lo que se vive y lo que se escribe? Esta es la pregunta que contesta Ferrante en este libro. Apenas nada. La realidad existe y la vivencia también. Pero hay una distancia palpable entre eso y la escritura. Llega un momento, sin embargo, en que ambas se van acercando, en que se produce el estallido que convierte tu literatura en reflejo de la vida y tu vida en fuente de inspiración literaria. Como dice la autora "solo cuando la historia se acopla a nosotros como un guante, ha llegado el momento de contarla". Esta historia mereció ser contada. 

Nadie sabe quién es Elena Ferrante. Sus editores guardan el secreto. Se sospecha que pueda ser un hombre, hay quien afirma que son varios, otros ratifican su condición de mujer, por su "voz literaria tan femenina". Ella, o él, expresa en sus entrevistas escritas, que eso da lo mismo, que los libros hablan por sí solos y que ellos han de ser el espejo, han de ser el motivo, la razón. Que la imagen del autor tiene que desdibujarse para que sus personajes resplandezcas y así, en la saga "Dos amigas" de la que esta novela es la primera, Lenù y Lila aparecen como las protagonistas indiscutibles. Con todo ese conjunto imposible de obviar de secundarios que, al estilo de Agatha Christie (deliciosa en la gran escritora de crímenes la enumeración de personajes de la primera página en su "orden alfabético convencional") se reflejan en un listado casi académico al principio del libro. 

Ahí están la familia Cerullo, la familia Greco, la familia Carracci, la familia Peluso, la familia Cappuccio, la familia Sarratore, la familia Scanio, la familia Solara, la familia Spagnuolo, Gino (el hijo del farmacéutico) y los maestros, Ferraro, La Oliviero, Grace, La Galiani y la prima de la maestra Oliviero, Nella Incardo. Nombres encantadores, árboles genealógicos que nos muestran a carpinteros, ferroviarios que son poetas, viudas locas, verduleros, pasteleros, zapateros o conserjes...

En el inicio, un párrafo del "Fausto" de Goethe, del que entresaco una frase, de la que doy fe: "El hombre es demasiado propenso a adormecerse". Y el tiempo nunca vuelve. Ni se detiene. Avanza imparable, como las olas se mecen en la playa y, cuando se retrae la bajamar, el agua ya nunca es la misma. Es ahora o es nunca. No hay mañana. 

Contra el adormecimiento de la mente y el espíritu (si es que ambos no son la misma cosa o las dos caras de una misma moneda) Elena Ferrante ha diseñado una estructura literaria que, teniendo a Nápoles como epicentro, y a un puñado de ciudadanos como elementos sustanciales, genera ondas en el agua, olas en el mar y movimientos en los corazones, al compás de una narración de la que emerge lo bueno y lo malo, a la par, a la misma par que lo encontramos en nuestras vidas. Porque es vida y no otra cosa lo que aquí se describe. 

Siempre he deseado tener una amiga del alma. A falta de ella están los libros. Los he leído hasta encontrar todas las preguntas. Sin respuestas. No pueden contestarte, pero tampoco terminan hartándose cuando das vueltas y vueltas a la noria de tus insatisfacciones.

Inocentes



Creedme si os digo que, de todo el calendario navideño, el día que más me gustaba, y me sigue gustando, es el de hoy, 28 de diciembre, los Santos Inocentes. Es un día iconoclasta a más no poder, lo que casa muy bien con una persona como yo, a la que los ritos le caen siempre lejos, salvo los que tienen que ver con los buenos sentimientos. La historia bíblica me daba más o menos igual, no estaba ni estoy para historias más allá de la Revolución Francesa. Lo que me encandilaban eran las bromas, los sucedidos y las historias humorísticas que se tejían en mi calle ese día. Toda la familia participaba siempre en ellas y cuando digo toda, digo toda. Porque es una tradición que se remonta a siglos. Por parte de mi madre, desde luego, lo de mi padre es otra cosa, gente seria y sufridora al máximo. 

Pero en la casa de mi madre las bromas llegaban al paroxismo. Ese encargo de tartas, ese encargo de pizzas, esas peluquerías en las que ocurrían cosas, esas llamadas telefónicas extrañas, esas voces impostadas imitando no sé qué....Todas las tías cuentan y no acaban acerca de las miles de vivencias que el Día de los Inocentes dejaba y deja aún en los Benítez, tradición gloriosa de una gente que hace de la tristeza una broma. Y no exagero. Puedes preguntar por ellos en Chiclana, a ver si te engaño. 

Como dicen los cómicos, es mucho más difícil hacer reír que hacer llorar. Para llorar basta pensar en la vida que llevas o ver, en la sobremesa, cualquier telefilme de Antena 3. Pero reírse o hacer reír es cosa bien distinta y para lograrlo no solamente hay que poner en marcha los artilugios de la gracia, sino los del ingenio, la ironía, la frescura y, sobre todo, la limpieza previa del corazón. No es posible hacer reír ni reír desde el odio, así que hay que poner el alma en la lavadora, llevarla a la lavandería o hacerle una limpieza al seco. Lo que sea con tal de que tu risa suene como lo que es. Una campana de gloria irrenunciable. 

Estar triste es una pose que puede hacerte ganar adeptos, pero no te equivoques. Lo que mola es la risa, la sonrisa, el buen humor y el reírte de ti mismo. Mi madre decía siempre que tenía tantos motivos para reírse de ella misma que debía dosificarlos e irlos sacando en porciones. Una vez la atropelló un coche cuando iba por la calle. Era una paquetera de reparto.  Dejó a la pobre mujer tirada en el suelo y también a una de mis hermanas que la acompañaba. Ella contaba su máxima preocupación: había caído en una postura indecorosa que ponía de manifiesto algo más que las medias. Los seis meses que pasó con una especie de avión anclado en la parte izquierda del cuerpo, con el brazo tieso y la mano cosida a puntos, mi casa era un jolgorio. Llegaban las vecinas y las amigas a que les contara lo sucedido de la forma en la que ella solía. Todos los que acudían a consolarla, salían de allí con su propio consuelo asegurado, tal era el caudal de risas y de comentarios jocosos que surgían. Nunca contaba igual la historia como buena cuentista, aunque jamás mentía. Eso es algo que he heredado de ella. No mentir, solo mirar la realidad desde todas sus aristas. E intentar no hacer daño con esas sinceridades que solamente sirven para que uno se libere y le eche el muerto a otro. Bah.

Así que no está mal seguir tu ejemplo, mamaíta, ahora que no me oyes ni me lees ni me dices, con tu carita mágica, "qué guapa estás y qué bien te sienta ese vestido"...Y dejar la trascendencia para los que pueden vivir con ella porque son importantes. Las personas normales caminamos mejor por el sendero del buen humor y de la distancia irónica. Me perdonaré mis múltiples defectos, como antes que yo hicieron mis antepasadas, y trataré de encontrar, entre los miles de motivos que tengo para reírme de mí misma, uno que esté acorde con la importancia del día. Y dejaré los demás motivos para el resto del tiempo. 

Ese lema familiar: ningún día sin pensar en que eres tan ridícula como pareces.

Y ese otro, también marca de la casa: del amor apasionado al ridículo desmesurado solo media una conversación a destiempo.


domingo, 27 de diciembre de 2015

Amor en 140 caracteres

Él se llamaba Júpiter y tenía un pelo precioso. Se sentaba delante de ella en el instituto y siempre se quedaba admirada del incesante olor a buen champú que despedía su pelo. Era de un raro color castaño, como si un árbol hubiera florecido en otoño y se traspasara su color a todo el universo. Ella no se cansaba de mirarlo, a pesar de que solamente le veía la espalda, el nacimiento del cuello bajo la camisa y el pelo, ese pelo que se movía y se ondulaba cada vez que él se inclinaba a escribir o levantaba la mano para hacer una pregunta. Entre un millón de muchachos ella habría reconocido su pelo sin dudarlo, incluso sin verle la cara o sin oírle. 

Las amigas se reían de su devoción por aquel chico que parecía tenerlo todo. Era guapo, listo, alto, delgado y simpático. Su sonrisa estallaba a cada momento. Verlo reír era la gloria. Cuando se sentaba en un banco del recreo siempre había a su alrededor diez o doce muchachas y algunos chicos, que oían sin pestañear sus comentarios acerca de cualquier nimiedad que hubiera ocurrido en clase. Poseía la rara facultad de saber contar las cosas, al estilo de los poetas viejos, con la forma pausada y expresiva de un actor de teatro. Su voz era calmada, llena de matices, pronunciaba muy bien y solamente un leve acento delataba su origen: había nacido en Francia y vivido allí algunos años. Ese detalle también le favorecía. Era un punto de exotismo que todos apreciaban. Conocía cosas que los demás ignoraban y tenía más experiencia de la vida. En cuanto a las chicas, por ejemplo. Nada le había oído nunca presumir pero todos consideraban que era imposible que no atesorara en su haber al menos cinco o seis novias o amigas íntimas. Era tan guapo que no podía pensarse otra cosa. 

Ella se olvidaba de sí misma cuando lo veía. Se sentaba en un lugar del patio un poco retirado y lo observaba a lo lejos. Él movía las manos con elegancia y las posaba en las rodillas como si fueran palomas mensajeras. Nunca levantaba la voz pero no hacía falta, todos callaban cuando él tenía cosas que contar, e incluso, antes en el silencio, si atisbaban el gesto de comentar su opinión parecía que poseía la vara que separaba las aguas del Jordán. Entonces se hacía en torno suyo un extraño silencio que se propagaba a una amplia zona del patio y llegaba hasta ella, hasta el lugar recóndito y en sombras en el que ella se sentaba a contemplarlo, con el disimulo de saber que él nunca se fijaría en una muchacha como ella. 

Así pasó todo un curso, el último que pasarían en aquel instituto. El año siguiente todos los alumnos se dispersarían. Ingresarían en la universidad y su vida cambiaría de inmediato. Ya no serían muchachos sino estudiantes que buscaban un futuro. El chico lo tenía decidido, quería ser médico y sus notas iban a permitírselo. Eran las mejores notas de la promoción y podían llevarlo directamente a la facultad de Medicina, el sueño de otros pocos que no iban a conseguirlo. Ella quería ser maestra. Soñaba con enseñar a los niños pequeños y con poner delante de sus ojos los libros con letras grandes y de colores que tanto la atraían. Libros que contenían historias. Historias que podían ser contadas. 

La noche de la graduación a él le llovieron los honores. El alumno con mejor expediente. El que dictó el discurso de despedida. El que se hizo más fotos. El que recibió más aplausos. El que tocó el violín (pues también era músico) y dejó en el aire una balada sublime. A la hora del baile, su carnet estaba completamente ocupada. Era imposible que en una noche pudiera bailar con todas las chicas que pretendían hacerlo. Así que tuvo que multiplicarse e incluso compartir pareja en algún baile. Pero lo hacía con gracia, sonriendo siempre, sin ostentación, de una forma encantadora. Era un triunfador nato. Un hombre de éxito. Alguien que nunca iba a pasar desapercibido, estuviera donde estuviera. 

Desde su banco favorito en la oscuridad, ella lo contemplaba. Llevaba esa noche un vestido rojo muy sencillo, y su pelo liso y peinado con naturalidad. Sin joyas y sin maquillajes, salvo ese leve toque de rubor en las mejillas y un lápiz labial de suave brillo, ella disfrutaba viéndolo triunfar. No tenía envidia, ni celos, ni rabia por sentirse tan alejada de él. No. No tenía nada más que un amor que rebosaba su corazón desde hacía tiempo y que no sabía cómo administrar. 

Al final de la noche, cuando todo aquello terminó, las luces se fueron apagando y los chicos marchándose. Ella volvía sola a casa, como siempre. Se había acostumbrado a esa soledad, la soledad era parte de sí misma, y el silencio. En un momento dado sintió miedo. No volvería a verlo. No tendría delante de sí su melena limpia y sedosa, no vería su cuello, no oiría su voz, no notaría el movimiento de sus manos, no lo contemplaría a lo lejos. Nada volvería a ser igual. Lo sabía. Así que echó una última mirada atrás. Lo encontró en la lejanía, rodeado de gente. Por un momento pareció que sus ojos se encontraban. Pero fue un espejismo. Ella se marchó sola y él nunca supo su nombre. 

Extrañeza


La calle estaba a rebosar de gente. Turistas, visitantes, vecinos, habitantes de la ciudad, todos se concitaban en esa zona del centro en la que los bares, los restaurantes, los museos y las tiendas competían para atraerlos. Había muchas familias, gente con niños pequeños que se plegaban a sus deseos, que iban cargados de globos, porque salían de visitar los Belenes. Había también parejas, que susurraban promesas que nunca iban a cumplir. Había ancianos que se sentaban a descansar en uno de los bancos de madera que estaban delante del ayuntamiento, en la plaza atestada de casetas que vendían artesanía muy cara. 

Para llegar hasta allí había que cruzar puentes. Los puentes, la seña de identidad de la ciudad, también estaban a punto de hundirse, superpoblados, cubiertos de cámaras de fotos que querían inmortalizar el movimiento del agua, el rielar del sol sobre la superficie, el paso de los barcos y de los remeros sudorosos. Toda la plata del agua se convertía en fuego a esa hora, con el calor arrasando los cuerpos, con todo el mundo haciéndose la misma pregunta ¿por qué me habré abrigado tanto? 

Ella salió de casa muy compuesta. Una falda nueva y un jersey del mismo color que hasta entonces no había tenido ocasión de estrenar. Sonrió tristemente ante esta idea. De qué servían los armarios con esa ropa recién comprada si no había ocasión de lucirla. Desechó este pensamiento que le llenaría los ojos de lágrimas bajo las Ray-Ban doradas y siguió caminando con un movimiento rítmico de las piernas, enfundadas en sus medias marrones, en sus botas marrones de media caña, con un gesto altivo, como si quisiera desafiarse a sí misma. Tenía que hacerlo. Tenía que respirar el aire libre, soñar bajo la luz del sol que otro tiempo estaba por llegar, esperar que las cosas cambiaran alguna vez, que no todo iba a ser esta extrañeza, esta sensación de no ser de nada, de no ser de nadie, de no tener nada, de no tener a nadie. 

Anduvo mucho tiempo. Recorrió la ciudad. Los escaparates no le decían nada, no quería saber qué aparecía en ellos, no le interesaba sino ese transcurrir rápido de sus pasos al tiempo que quedaban atrás las calles y las gentes. Una hora, dos, el reloj se movía al tiempo que su pensamiento iba entendiendo que ese caminar era baldío. Todas las personas con las que se cruzaba llevaban un objetivo, llevaban un motivo claro. Iban acompañadas, buscaban regalos, se habían citado con amigos. Ella andaba sola, con un paso rápido primero y luego ya, cansino. 

Decidió volver a casa. De pronto todo aquello era una selva inhóspita. Era un territorio enemigo. Un sitio atemorizante que la asustaba. Le entró pánico al verse sola en medio de la calle, rodeada de extraños, con sonidos que no conocía, con imágenes absurdas que le causaban miedo. No tenía nada que hacer allí, nada se le había perdido en aquel lugar tan sobrecargado de gente y dominado por una luz que parecía artificial, como si el sol hubiera delegado en un foco eléctrico. Cambió de rumbo y encaminó sus pasos a los lugares que le eran más conocidos, todo lo que era ajena quedó atrás. Ya no podía seguir moviéndose allí. Pensó que eso era todo. Que toda la vida sería igual. Que, como ocurre a las viudas de los guerreros antiguos, a las viudas medievales, a las viudas orientales, ya no quedaba nada para ella, ya la vida había echado el telón. Antes se hubiera rebelado con ese pensamiento. Pero ya no. Ya no había ningún motivo de rebelión. La suerte estaba echada. Volvió a casa. Sola. 

sábado, 26 de diciembre de 2015

"Un regalo que no esperabas" de Daniel Glattauer

Hace algún tiempo leí dos deliciosas novelas de este autor, la segunda continuación de la primera. Se trataba de "Contra el viento del norte" y "Cada siete olas". Narraba con ingenio y con gracia un romance por mail. El correo electrónico era en esos momentos (hace muy pocos años) el medio más moderno y subversivo de comunicarse. Tom Hanks y Meg Ryan habían ya decidido usarlo también y el sonido del mensaje al cruzar el espacio sideral y llegar a tu ordenador, era la antesala de una noticia agradable. "Tienes un email" fue la frase gloriosa. 

Así que Daniel Glattauer entendió que el misterio y la inmediatez eran las claves de esa forma de contacto y lo usó en sus dos novelas. El resultado fue agradable, sencillo pero muy eficaz. Unas novelas que se leen con entrega y, como diría Corín Tellado al hablar de los hombres de sus libros, "con fruición". Por cierto "expeler" y "fruición" son dos términos eminentemente telladescos, lo mismo que el dril (que es una clase de tejido) y el color canela. Cosas. 

Volviendo a Glattauer, aquellos libros me trajeron su nombre y, desde entonces he atisbado por ahí a ver si lo encontraba de nuevo en el universo editorial. He aquí que Alfaguara lo vuelve a poner sobre la mesa, el escritorio o la falda de la mesa camilla, igual da. Este libro "Un regalo que no esperabas" es su última novela y parece que sigue empeñado en hacernos felices. Tanta gente que escribe para destrozarnos los sentimientos o para hacernos sentir culpable y este hombre (que es, además, muy guapo) busca lo contrario. Reconciliarnos con nosotros mismos, darnos una pizca de sal para continuar abordando el día a día, convencernos de que, aun en la existencia más anodina, habita el secreto de la felicidad. 

Os copio la sinopsis: Gerold Plassek lleva una vida fácil basada en tres principios: cansarse lo menos posible, permanecer en la sombra y atrincherarse tras una cómoda rutina. Trabaja en un periódico de distribución gratuita, donde se ocupa, sin grandes ambiciones, de las "Noticias breves del día". El resto del tiempo lo pasa en el Zoltan's Bar, que casi se ha convertido en una prolongación de su propio salón.

Cuando descubre la existencia de su hijo Manuel, de catorce años, del que tiene que hacerse cargo durante unos meses, Gerold ve peligrar su plácida vida. Por si fuera poco, se ve involucrado en una serie de donaciones anónimas que lo sitúan como a un héroe a los ojos de todos, especialmente de su hijo Manuel. ¿Quién puede ser el misterioso donante? ¿Y por qué ha implicado a Gerold?

La crítica ha saludado con agrado la nueva obra de Glattauer. Su forma de entretenernos es absolutamente meritoria. Sus diálogos son chispeantes, divertidos, llenos de ingenio. Su manera de escribir nos llega directamente al corazón. Abre puertas, cierra ventanas, descorre cortinas....todo se conjura para que te sientes con el libro en tus manos y no desees levantarte hasta que lo hayas leído. Lo mejor de todo es que consigue que te olvides de las cosas tristes. Lo que no es desdeñable, desde luego. 

viernes, 25 de diciembre de 2015

Lo peor es el silencio


(Thérèse on a Bench Seat, 1939. Balthus)

Había intentado decírselo muchas veces. Sobre todo, en los días largos del invierno cuando, al extinguirse su voz al otro lado del teléfono, ella sentía que el mundo acababa. También en los amaneceres del verano, recién levantada, todavía entre brumas. Entonces se acomodaba en su lugar favorito de la casa y comenzaba a escribir una carta que se presumía larga, pero que quedaba en nada. No era capaz de contarle la verdad. Eso le producía una zozobra inevitable. Se sentía presa. El silencio no era su modo de vida, no era su lugar, ni su acomodo y por eso quería liberarse de esa sensación de que ocultaba algo. A él no. A él no quería ocultarle nada más que lo necesario. Nada más que las sombras del pasado. Nada más que el miedo a que todo terminara. Nada más que la preocupación por las cosas cotidianas que ensombrecían su relación. En lugar de eso, cultivaba un gran secreto. Y todos los días se decía a sí misma que ese sería el momento en que despejaría la niebla de sus palabras, en que comenzaría de nuevo, más libre y más segura. 

Nunca lo hacía. En su lugar, soñaba. Abría la puerta al lenguaje de los sueños y las fantasías se aposentaban de los instantes y llegaban a su noche y a sus despertares. Los amaneceres parecían estar envueltos en una suave presencia, como si él se acabara de levantar de la cama, como si la noche hubiera estado compartida. En esos sueños no cabían la soledad ni el desamparo. Por eso ella los cultivaba conscientemente. No quería sufrir. No quería callar. Pero lo hacía. Simplemente porque tenía miedo a perderlo. A perder lo poco que tenía. Casi nada. Nada en realidad. Así ella se contorsionaba todas las horas de la vida como si estuviera jugando al escondite, en un juego sin reglas inventadas, en unos silencios que la dejaban inerme y que quería romper sin conseguirlo. Aquello era solamente una anécdota para él, un libro antiguo con páginas gastadas y ninguna palabra conseguiría que el libro se convirtiera en una novela negra, en un ensayo o en un libro de recetas de cocina. Cosas útiles, en lugar de sentimientos que estorbaban, que ya no tenían sitio ni hueco alguno en una vida programada al milímetro. 

jueves, 24 de diciembre de 2015

Catorce Nochebuenas

En la Nochebuena número catorce la calle refulgía de recados, prisas y sonidos especiales. Las mujeres eran las reinas de la fiesta. Tenían en su mano el control de las cacerolas y los guisos, y, por una vez en el año, ordenaban a sus maridos qué hacer. Ellos estaban poco duchos en las cosas domésticas y trataban de no estorbar demasiado. Con eso era suficiente. Era una calle larga y sinuosa, con varios tramos de casas blancas y de color albero. La casa de la esquina tenía un zócalo de piedra ostionera y unos enormes cierros a la calle, de hierro forjado, y una azotea vibrante, desde la que se veían el horizonte, las salinas, el océano entero. En la casa de la esquina, la niña vivía su Nochebuena número catorce y estaba muy contenta porque ese año, por fin, su madre había entendido que tenía que usar sujetador y eso la convertía en alguien diferente. Solo una cosa faltaba para que su transformación fuera completa, pero tenía la esperanza de que ocurriera. 

En la calle, el atardecer significaba el comienzo de los ritos. Las puertas de las casas se abrían de par en par para recibir las visitas de quienes acudían cantando y esperando pestiños, tortas de navidad y una copita de aguardiente. Las niñas estaban casi ajenas a ese trajín. Para ellas solo el amor ocupaba sus sueños, solo el deseo de que, en medio de los fastos, se produjera por fin el ansiado milagro, el milagro del beso. La niña de la casa de la esquina acompañó a su padre a encerrar el coche en el garaje. Siempre lo hacía. Revoloteaba en torno suyo, danzaba, bailaba y contaba todos los detalles del día atropelladamente. Se reía con la confianza de saber que aquel hombre atesoraba en su corazón todas esas conversaciones. Él nunca se enfadaba. Su mirada era tan tibia que podía entenderse con solo observarlo. Era callado, quieto, dulce, como un vino que se degusta despacio y que oliera muy bien. El olor de su padre lo llevaba la niña grabado dentro de su cabeza y podría reconocerlo entre miles de millones de billones de gentes del mundo entero. 

Había heredado de él la mirada. Una mirada oblicua, los ojos entornados al reírse, una especie de ronroneo suave que se expresaba cuando era feliz. Ella le contaba muchas cosas pero esa Nochebuena, la catorce, un secreto se alzó, por vez primera, entre los dos. Él nunca lo sabría. Félix era el secreto. Tenía dieciocho años, era rubio, con los ojos azules, hijo de una alemana y del dueño del cine de verano. Estudiaba en Madrid y ese anterior verano había pasado mucho tiempo aleteando en torno a la niña. Después, desde la distancia, se habían intercambiado muchas cartas. Ninguna hablaba de amor, solo contaba cosas. Pero la niña esperaba ansiosa la llegada del cartero, Salvador, y leía la carta ávidamente y luego contestaba de prisa. 

En esta Nochebuena, la oscuridad cayó sobre la calle como siempre. O quizá no. Porque las puertas abiertas dejaban ver las luces, el bullicio, el encuentro, los abrazos, las risas y las coplas. Coplas de navidad que a la niña la entristecían siempre. Oía la voz limpia de su padre entonando un villancico y siempre pensaba que, algún día, ese villancico le traería su ausencia. Por eso no quería escucharlo cantar y se tapaba los oídos, y se marchaba a la calle con algún pretexto. Su madre no entendía esta rareza. Pero él sí. Él sabía que ella se estaba preparando para echarlo de menos. Su voz, sus manos y esa manera exacta de decirle "mi niña, mi chiquilla" con una media sonrisa triste y llena de preocupación. Él siempre tenía miedo de que el mundo la engañara. Por eso ella le ocultó la historia de Félix y su esperanza de que el amor la arrasara por fin desde sus brazos. 

Fue en un momento. En la puerta de una de las casas, semidesierta en esas horas del esplendor nocturno, en ese portal vacío de presencias, Félix la besó. Tenía los labios húmedos y su rastro inexperto resbaló por su cuello. Ella cerró los ojos un momento, pero luego los abrió impaciente y contempló el milagro de su mirada, azul, azul y tierna, y sintió que una mano se posaba despacio sobre el sujetador y allí se detenía y entonces supo que una puerta entreabierta la había dejado inerme ante los sueños y que por siempre estaría indefensa ante los besos, las manos y los ojos dulces. 

domingo, 20 de diciembre de 2015

En la playa



(Imagen. Marta Moro)

Estamos en la playa. Abrazados. Te siento. Miles de escalofríos me recorren ahora. Noto cómo respiras. Aspiro tu aliento. Te encuentro entre mis manos. Te beso. Me desnudas. El coche está parado en cualquier sitio. Somos una pareja entre otras muchas. Nadie sabe qué nombres, ni en qué días, ni por qué circunstancias, estamos hoy aquí, acunados en una sombra oscura que parece acabarse demasiado deprisa. Hay eclipse de luna. La arena se mete entre mis pies. La arena me acaricia igual que hacen tus manos. Tus ojos me acarician. Me encuentro tan feliz que podría desear que esto fuera la vida y se acabara ahora. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

La carta



Una vez ella le escribió una carta. Era una carta breve y muy sentida. Le costó escribirla, escoger las palabras y hallar el tono exacto. Contaba cosas divertidas, cosas que le habían ocurrido y otras que había pensado y que no existían nada más que en su imaginación. En conjunto era una carta atractiva, una carta agradable de leer y que ella escribió con cuidado y detalle. Quería que resultara una carta amable, una carta que a él le gustara tener y conservar. 

Echó la carta al correo después de algunos días. Eso siempre le suponía una pesadez. Comprar el sobre, de tono azulado igual que el papel; buscar el sello en el estanco; escribir la dirección exacta, sin errores; dirigirse a la oficina de correos y lanzarla en manos de una empleada que la tomó sin consideración, sin darse cuenta de todo lo que ella había puesto en la misiva. No era una carta de amor, pero había sido escrita con esmero y atención. 

Días después de haber enviado la carta al correo ella se dio un paseo por la ciudad. No era muy grande así que era frecuente encontrarse con personas conocidas. En una cafetería del centro observó a una pareja que estaba sentada en el interior, pegada al escaparate. La pareja se reía y charlaba animadamente. Ella se ajustó sus gafas y lo reconoció. Era él y estaba con una guapa chica, los dos muy juntos, cómplices, como si entre ellos floreciera una especie de lazo que nadie conocía. 

A ella le llamó la atención sus cabezas juntas e inclinadas, ambos miraban algo a la vez, estaban absortos en la lectura de algo. Ella no pudo remediar su curiosidad entonces y se acercó, con cuidado al cristal. Era él, allí estaba.  No había problemas en que la reconociera, pues su relación era solo epistolar y  nunca la había visto, no sabía cómo era su aspecto, quién era. Atinó más en su mirada y entonces la vio. Vio su carta extendida sobre la mesa. El papel azulado y el sobre azul, su letra y unas pequeñas florecitas que había dibujado en una esquina. Leían su carta, la que ella escribió con esmero y cuidado, la carta que le había costado tanto escribir, y se reían. Se reían juntos y leían su carta. 

Sintió que una mano fría la aprisionaba. Sintió que el aire traspasaba la tarde. Que una profanación convertía su carta en un papel muerto y que las palabras que en ella había escrito se convertían en cenizas. No existían. Se borraron. No estaban. No había nada. La carta se convirtió en pavesas. Su corazón también. Esa especie de afecto que sonaba en la carta se apagó. Y así sigue. En silencio, sin voces y sin fuego.


"Quemar los días" de James Salter


James Salter (Nueva York 1925-2015) escribió este único libro de Memorias que se publicó en 1972, cuando contaba 72 años. Su prestigio entre los grandes escritores norteamericanos contemporáneos se basa en un número exiguo de obras pero, de tal envergadura, que está plenamente justificado. Si has leído a Salter no lo olvidas. Su estilo es reconocible, sus temas también y su estructura literaria, única. Quizá lo que más atrae a los lectores es su prosa depurada, cuidadísima, acertada y precisa. Una palabra para cada idea y para cada concepto. Y, cuando la palabra no es suficiente, entonces aparece el silencio, tan elocuente como ella. Silencios y palabras forman un universo particular al que podemos acceder con la lectura de algunos de sus libros. Recuerdo la impresión que me causó leer "Juego y distracción" su tercera novela, de 1967. Algunas de sus descripciones, en particular un viaje por el territorio francés, quedan en mi memoria como testimonios únicos de las sensaciones que sentimos al hallar un lugar que reconocemos como nuestro. La sexualidad, la vida amorosa, el encuentro de los amantes, el deseo, todos estos aspectos de la vida íntima de los seres humanos aparecen narrados con una belleza, una delicadeza y un tino tan difíciles como inusuales. "Años luz" fue la obra que siguió a la anterior y reafirmó la fe de los lectores en que teníamos ante nosotros a un escritor de una pieza, a un hombre insobornable en su estilo, en su mirada única y diferente sobre la realidad. Por su parte, los relatos de Salter, reunidos en dos libros "Anochecer" y "La última noche" son cuentas de un collar riquísimo, eslabones de un cierto sentido de la vida, de una manera de estar en el mundo en la que son impensables la mediocridad o el desprecio a la vida más plena. 

Tengo a mi lado "Quemar los días". 446 páginas incluyendo un índice onomástico que sirve de ayuda en esta profusión de nombres y de sitios. Memorias en forma de novela. Novela memorialística si se quiere. En todo caso, vida, esa palabra, ese concepto que vuelve a nuestra mente al hablar de Salter, sin dudarlo. Su peripecia vital es asombrosa. Desde las aulas de ingeniería en la academia militar de West Point hasta las Fuerzas Aéreas, de ahí a los combates en aviones de caza en la guerra de Corea. No solamente fue escritor, también periodista, guionista y director de cine en Hollywood. Una especie de "nuevo humanismo" que nos recuerda a otros grandes, tocados con la varita mágica del talento. Un talento irreprochable, una capacidad innata pero adobada por el trabajo diario, en el que creía firmemente. Por eso revisaba sus novelas y pocas veces consideraba que estaban acabadas. 

Algunas ciudades pasan por estas páginas y en ellas bullen con sus colores propios, sus gentes, su movimiento, su perfil: Manhattan al principio, la ciudad de Nueva York en plenitud, luego, París y Roma, mitos. El autor es un hombre que no quiere ocultar nada, que quiere comunicarnos, casi con inocencia, aquellas pasiones que le son más queridas, las únicas, las que alentaron su existencia: Europa, a la que amaba como buen americano; las mujeres, a las que rendía culto, como un hombre solitario; la literatura, su destino sin remisión ni causa. Feliz observador, gran retratista de personas y territorios, elegante en su planteamiento, fino diseccionador de emociones, gentil con todos aquellos que fueron parte de su vida, compasivo, generoso y dúctil, Salter no desperdicia la ocasión de mostrarnos su vida desde el punto de vista de entenderlo casi todo, incluso lo que nunca debió existir o lo que él hubiera borrado si pudiera. Este es un narrador de una pieza, un escritor de cuerpo entero, una lectura ineludible. 


miércoles, 16 de diciembre de 2015

"El último navío" de Antonio Luis Baena

Recibo de las manos de Violeta, su viuda, el libro póstumo de poemas del poeta de Arcos Antonio Luis Baena, de título "El último navío". Es un libro pequeñito, sencillo, breve, en el que condensa el autor sus sentimientos más hondos, con una especial incidencia en el tema de la muerte, el fin de los días, el crepúsculo de la existencia. En la poesía de Baena estos son temas cenitales, cuestiones latentes, pensamientos que vuelven una y otra vez a surgir.

Desde que tuve la suerte de conocerlo, allá por los años de mi vida universitaria, siempre he tenido noticia puntual de su obra. Sus libros de poesía han sido como testigos claros de su devenir, de su propia vida. Antonio Luis Baena es un poeta hondo, una clase de escritor de interiores que saca de sí mismo una experiencia vital y la transforma en literatura. En su pluma, las palabras son barro que se modelan a fuerza de corazón, a golpes de sentimiento. Pero sin exageraciones, ni exhibiciones vanas. De un modo contenido, sereno, casi premonitorio. 

Algunos acontecimientos de su vida lo marcaron profundamente. La muerte de su hijo, siendo niño, fue un mazazo, un puñal grabado de forma indeleble en su biografía, un antes y un después. A raíz de eso escribió versos memorables. Su vivencia de la vida fue tan intensa y larga como los años que vivió, a fuerza de voluntad y de lucha constante, como si cada segundo hubiera que ganárselo a pulso.

En su trayectoria profesional algunos hitos. En primer lugar, lo referente a su trabajo de maestro y de director por oposición, formando parte de esa generación de docentes que dieron a la escuela lo mejor de sí mismo. Posteriormente, se lanzó a conseguir una licenciatura en historia y luego un doctorado, con empeño, tesón y un animo envidiables. Fue entonces, en las clases de historia de tercero de carrera, donde coincidimos y nos entendimos a pesar de que que yo tenía veinte años y él treinta más. Salíamos de la universidad con algunos compañeros y nos tomábamos una cerveza con una tapita de jamón en uno de los locales de la calle Betis, junto al río, en la entrada misma de nuestro barrio de adopción, Triana.

Porque esa fue otra de nuestras coincidencias. Además de la historia, la literatura, la poesía y la enseñanza, ambos proveníamos de la provincia de Cádiz y elegimos Triana para vivir. Él recorría el barrio en sus continuas caminatas, las que le había prescrito el médico porque estaba mal del corazón y nos encontrábamos por el barrio, en cualquiera de sus calles y siempre era una alegría inmensa. A ambos se nos notaba la felicidad de encontrarnos. Cada Navidad una postal suya recordaba que éramos amigos. Por eso, cuando un año esa postal no llegó supe que su final había llegado.

Una página web contiene ahora toda su obra. Sus libros, sus poemas, su biografía. Se recoge su voz, que no puedo oír todavía sin estremecerme. Aparecen sus imágenes, desde aquellas más tempranas a las de su vejez, tan bien llevada, tan airosa y andarina. También están los ecos de la revista Alcaraván, de quien fue lúcido miembro. Y otros poetas amigos que han dejado su comentario o su imagen de la poesía y la persona de Antonio Luis. Por supuesto, no pueden faltar los ecos del flamenco, del que eran tan amante, en la hermosa acepción que esta palabra tiene en Cádiz, su provincia y la mía. Amante de sus letras y de sus ecos, de sus artistas y de su historia. En todo el recorrido que el flamenco tiene le profesa un amor tan confesable que forma parte a veces de sus ritos poéticos.

Añadiría al retrato de su piel de poeta, todo lo referente a su altura de hombre. Su bondad inmediata, la forma en que mezclaba con los jóvenes sus risas, la manera de aceptar la vida con una mirada tan plena de resignación, que no era solo llanto, sino también tristeza. Cuando nos reuníamos en los bares aledaños a la universidad, la Fábrica de Tabacos tan amada por todos los que en Historia encontramos acomodo y sueños, cuando cruzábamos a la par el puente para llegar al territorio insular de Triana y Los Remedios, su aire juvenil nos contagiaba y yo, que era su amiga, y que seguro que sufría de amor como hago siempre, hallaba en su persona un consuelo inaudito, una forma de estar más allá de las cosas cotidianas.

Lo recuerdo pleno de sentimientos, de sentido común y de emociones. Lo recuerdo y aquí dejo constancia. Le sobraba corazón y por eso lo virtió todo en palabras que gimen.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Feliz Navidad



¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta cubierto de rocío
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

(Lope de Vega)


Con este hermosísimo soneto de Lope de Vega  y mi "Belén de las Rosas" quiero desear Feliz Navidad a todos los que tenéis la generosidad de leer este blog.

sábado, 12 de diciembre de 2015

"Noches sin dormir" de Elvira Lindo


Ya lo he escrito alguna vez. Sigo a Elvira Lindo desde sus "Manolitos". Me gustan esos libros. La forma en la que cuenta las cosas, las peripecias de Manolito, su hermano, su mamá, su padre y el abuelo. La llegada de la hermanita. Las historias del colegio y de los amigos del barrio. También he leído el resto de libros de Elvira, cuyos títulos ahora no podría recordar, pero que están por ahí. Así que me lancé a comprar, incluso antes de que saliera porque tuve que encargarlo, su libro de memorias o de sucedidos en Nueva York, este "Noches sin dormir" que tengo aquí al lado. 

Ay. No querría escribir esto pero, para empezar, el libro es feo. Una portada fea hecha por el hijo de la escritora, Miguel Sánchez Lindo. Quizá sea un diseñador muy bueno, pero aquí no se ha lucido nada. Un libro feo siempre queda peor que uno bonito. Parece una edición barata de una imprenta escolar, hecha con rudimentos y diseñada por un chaval de la ESO. Y el papel ecológico será estupendo, pero árido, brusco, casi tieso. Luego, tiene muchas fotos, pero se han reproducido con mala calidad, colores insalvables, escasa definición y tampoco las tomas son buenas. Un libro que habla de lugares y que se acompaña con fotos debería cuidar estos detalles. 

Esperaba que el contenido me atrapara, que fuera una narración casi en forma de diario en la que la estancia en Nueva York de Elvira Lindo y su marido, el escritor Antonio Muñoz Molina, reverberara a la luz de la luna. Esperaba distracción, emoción, aventura, alma. Sobre todo eso, alma. Encontrarme con lo que ella siente y piensa, mucho más que con las anécdotas contadas en forma radial, descriptiva, casi amontonadas en las páginas. No sé, no me ha hecho sentir que recorro Nueva York ni que visito sus lugares. Me ha aburrido y lo he dejado sin acabar. Algo que no me gusta cuando el autor, como en este caso, es alguien a quien aprecio literariamente. Un intento fallido, eso creo que es. 

Entendedme. El libro está bien escrito, salvo algunas cosas descuidadas que podían haberse corregido con un repaso más. Contiene lugares, citas, sitios, palabras en inglés, personas, comentarios y pensamientos. Yoga, pilates, vintage, Central Park, nieve, frío, muchas cosas. Pero me cuesta seguirlo y meterme en la narración. Es más, no veo lo que cuenta, no lo imagino, no lo palpo, no está. Mucha descripción, poca poesía. ¿Esperaba poesía? Quizá es que me equivoco, quizá es posible relatar la vida de una en Nueva York o en cualquier otro sitio sin que haya un gramo poético que echarle al guiso. También se habla de guisos, oye, y de comidas en general. Pero no es eso, no es eso. 

Quizá soy yo. Quizá no es este libro el que tenía que leer en este momento. Quizá no estaba escrito para que yo lo leyera ahora. Quizá pensar en Nueva York y desprenderme de James o de Wharton para mí no es posible. Quizá soy yo la que ahora no está dispuesta a admitir que existen otros modos de vida, que puede uno pasearse por la Gran Manzana con el hombre al que ama y ser feliz. Que es posible estar en un  país extranjero y sentirse dentro de una burbuja de sensaciones buenas, nuevas, enormes, atractivas. Quizá tengo envidia. Quizá no es el libro y soy yo la que no encaja con nada que no sea este silencio de ahora envuelto en la luz dorada de diciembre. 

viernes, 11 de diciembre de 2015

Siempre es con otra, amor, nunca conmigo


Esas tardes de compras por el centro, en el acicalado tiempo que prepara la dicha, recorriendo las tiendas de la mano, sonriendo quizá y deteniéndose allí, en un escaparate. Él dirá entonces, quieres esto y ella, la mujer de ese momento, contestará que sí, que le gusta, que le encanta esa joya o ese foular o ese vestido azul. Y reirán en el probador. Y se besarán en la puerta de la tienda. 

Esas noches de viernes con la cena dispuesta en un buen restaurante. Un lugar de banquetas altas, de pequeños trozos de comida en platos grandes. Esas horas que anteceden la madrugada en la que él la mira y ella, la mujer de esa noche, se ríe con suficiencia. Es suyo. Y luego, en la hora de las copas, brindarán con gin tónic en copa de balón. Y se besarán a la salida de un local en el que debería haber humo, si las cosas fueran como deben. 

Esos domingos al mediodía en los que el almuerzo se convierte en una fiesta. Un almuerzo preparado, presentido, agasajado, lleno de matices. Un almuerzo pleno de palabras y de risas. Incluso puede que él reciba tu mensaje y lo lea en voz alta, a ella, a la mujer de ese tiempo, que reirá también y los dos harán filosofía acerca de ti, sin que lo sepas. Y luego, a la caída de la tarde, se besarán antes de despedirse. 

Esas noches de sábado, prendidas de deseo, con ropas informales, con sonidos de músicas cercanas. Esas noches en las que él la abraza, a ella, a la mujer del abrazo interminable, a la mujer del amor inmediato, a la mujer que esa noche ocupará su cama, sin que haya nadie más en todo el universo. Y luego, en la mañana, el beso de despedida reitera que, quizá, habrá otra noche. 

Ese consuelo a la mujer que quiso, esa atención a la mujer que tuvo, esa complicidad, esas visitas a la hora del café, esas horas de hotel con la mujer hermosa, esos viajes con las chicas llenas de sensaciones, esas horas de mails con palabras subidas, ese teléfono lleno de emoticonos dulces, esos apelativos, cielo, cherie, corazón, vida, todo. 


Siempre es con otra, amor, nunca conmigo. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Ella

Había una canción. Ella no dice nada sólo cosía y a veces hasta vuela de distraída. La escuchaba muchas veces, en esa casa de la infancia ahora inexistente. La escuchaba cuando estaba sola y la cantaba para sí. Un canto de silencio más que nada. 

La canción continuaba. Ella no dice nada, pero se entiende, porque se pasa el día teje que teje. Era una canción de anuncio, de bienvenida, de buena nueva. La maternidad no era algo que entonces le preocupara, todo lo contrario. Nunca se planteó que fuera importante tener hijos. Lo que ansiaba era un amor, o el amor con mayúsculas. 

Ella conserva algunas fotos de ese tiempo, unos años de plenitud física a la que ni siquiera hizo caso, de la que no fue consciente. Parecía entonces que el tiempo siempre sería benévolo con ella. 

De manera que pasaron esos años sin que decayera el deseo de una vida diferente. Una vida en la que los significados se construyeran a golpe de latido. Latidos imperfectos, pero llenos de esa vitalidad que buscaba. Un mar donde mirarse. Unos ojos donde encontrar la dicha. Unas manos que retuvieran el deseo. Un cuerpo al otro lado. Una huella infinita. Un sueño que se colmara alguna vez. Todo. Eso era todo. 

La canción terminaba. Ella no dice nada sólo sonríe, cuando en lugar de sopa sirve jazmines. Había un jazminero en el patio y antes de que desapareciera tenía la costumbre de salpicarlo todo de pequeñas huellas blancas. El jazminero trasminaba la casa con su olor continuo y ella sabía que ese olor le recordaría toda la vida los compases de esa canción, la voz abrupta del cantante y, sobre todo, el hueco del patio ya perdido, el rincón de sol y de aire en el que se sentaba, sola, a pensar en el futuro que tenía que llegar. 

Ella contempla esas fotos a veces y apenas recuerda la estallante juventud que sentía, la belleza de los rasgos, el aire firme y quieto de su expresión de entonces. Ahora todo eso ha desaparecido. Los años terminan con la serenidad y traen la inquietud. Acaban con la seriedad y buscan la sonrisa imposible. Si él la hubiera conocido entonces, piensa ella a veces, quizá la hubiera querido. Quizá en esos años él tendría en su corazón algo más que la nada para ella. Esos años tendrían que haber sido los de su encuentro y no lo fueron. Se convirtieron por eso en años perdidos, en tierra baldía, en momentos de nadie. En ocasiones ella llora cuando piensa todo esto. Busca un imposible que no va a existir nunca. Se marchó la belleza, la frescura de la juventud y con ella la esperanza de ese amor que lograra arrebatarle el mundo a la distancia.