miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una nueva sentimentalidad


Si puedes, lee esta entrada de mi blog escuchando a Luis Eduardo Aute cantar "Queda la música". Porque es así como la estoy escribiendo. Es una tarde-noche de tormenta. El aire viene cargado del ruido de los truenos y la luz de los relámpagos. En mi corazón late esa sensación ya conocida que va del sentimiento al desengaño, de la luz a la sombra. Es así como siento hace ya mucho tiempo, demasiado, o quizá es un instante, un instante tan solo. Veamos. 

Una nueva sentimentalidad emerge en las obras de Jane Austen. Y es tan moderno lo que hace, tan nuevo y distinto, que yo no diría que hoy la hemos superado. Quizá se han añadido pasajes de momentos eróticos, sin mucha suerte desde luego. Pero el sentimiento, el verdadero sentimiento, ese continúa incólume, grabado perfectamente en las palabras de sus libros. Ah, Jane, qué poco pensaba que sería una maestra en el arte de entenderse y entendernos. 

La declaración de amor que hace el señor Knitghley a Emma es un modelo: No soy hombre de muchas palabras, Emma-continuó enseguida con una ternura tan espontánea y comprensible que lo hacía bastante convincente- Si te amara menos, sería capaz de hablar más de ello. Pero sabes cómo soy. De mí no escucharás más que verdades. Te he hecho reproches y te he reprendido y lo has soportado como ninguna otra mujer en toda Inglaterra lo hubiera hecho. Soporta todas las verdades que ahora te voy a decir, mi queridísima Emma, tan bien como soportaste aquéllas. Puede que mi actitud no haya sido de mucha ayuda y que no lo sea ahora tampoco. Dioses testigo, he sido un enamorado frívolo. Pero sé que tú me entiendes. Sí, tú conoces, tú entiendes mis sentimientos y sé que si está en ti me corresponderás. Por el momento me gustaría escuchar, solo escuchar tu voz. 

Una de esas frases me llama la atención. La repito:  Si te amara menos, sería capaz de hablar más de ello. Deberíamos fijarnos en el significado que encierra. No hace falta ir voceando por ahí el sentimiento, ni escribir poemas y recitarlos en público, ni contarle a todo el mundo que se sufre por amor. No. El señor Knightley inaugura un amor distinto, un amor basado en el conocimiento de la otra persona, en la afinidad, en la confianza. Un amor que tiene tanto de química, como de racionalidad. No es el amor loco, ni el amor cortés. Es el amor que nace de personas que quieren ser felices. El amor que conduce a la felicidad.

La historia literaria del amor y de los sentimientos que lo rodean está llena de libros y personajes que trastean de forma diversa, que se mueven con diferentes formas de entendimiento. Lo que se siente, lo que se expresa, lo que se vive. Tres aspectos que han de ser complementarios. El sufriente amor no correspondido se transforma en los libros de Austen y, tras el correspondiente duelo, encuentran una solución, una forma de seguir viviendo con sosiego y con esperanza. Es el amor de Marianne Daskwood, por ejemplo, hacia Willoughby, un hombre joven, atractivo y débil, que juega a la ambigüedad y que termina renunciando a ella por una dote de cinco mil libras al año. Marianne es capaz, a pesar de que parece responder al concepto "Sensibilidad" del título (el libro es, claro está, "Sentido y Sensibilidad"), de reconducir su vida y sus inclinaciones amorosas hacia el hombre que la quiere y que permanece a su lado, esperando, sin reclamaciones ni imposiciones, esto es, el coronel Brandon.

Por su parte, Elinor Dashwood, enamorada de Edward Ferrars desde el principio, adopta una actitud dolida pero sin histerismo. Triste, pero serena. Desilusionada pero sin aspavientos. Ello ocurre cuando se entera, equivocadamente, que Edward se ha casado. Ya sabemos que es un error y que, al final, podrá compartir su vida con el hombre que ama, esto sí, pobre y sin porvenir, gracias a que es desheredado por su madre.

Hay una nueva sentimentalidad también en la actitud de Elizabeth Bennet y de su hermana Jane. Las locuras se quedan para Lydia. Hablamos en este caso de "Orgullo y Prejuicio". Elizabeth no se siente atraída por el señor Darcy porque él mismo no la considera ni guapa, ni adecuada. Y ella no está dispuesta a sufrir. Sin embargo, el cambio de actitud de él propicia que ella lo vea con buenos ojos. No me parece, como se ha llegado a decir, que sea interesada, sino que es una conducta sana, que evita sufrimientos inútiles, como los que tiene, por ejemplo, Caroline Bingley, sumisa y dedicada a agradar a Darcy mientras que este no le hace ningún caso.

Por último, podemos fijarnos en Emma. Ya hemos hablado de la declaración de amor que le hace Knightley pero en ella también hay elementos esperanzadores a la hora de concebir las relaciones de pareja como un camino hacia la felicidad y el placer y no un sufrimiento permanente. Emma, de quien el libro dice, en sus primeros renglones, que es "guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica". Es decir, la protagonista más completa en su descripción y la que tiene mejor situación de partida de todas las que creó Austen. Emma sigue una evolución fundamental en todo el libro. Pasa de ser una chica vanidosa, casquivana, de buen corazón, ingeniosa e inteligente, a convertirse en una mujer sensata, que reconoce sus errores y que descubre, por fin, que está enamorada del único hombre que podía lograr su amor. Esto es, el propio Knightley. No de un joven caprichoso como Frank Churchill. No de un clérigo presuntuoso como el señor Elton. No. De un hombre cabal, juicioso, y que es capaz de estar a su altura en capacidad intelectual y en posición social. Sentido y sensibilidad, de nuevo.


martes, 29 de septiembre de 2015

La emoción desnuda



Si Jane Austen no hubiera muerto a la temprana edad de 41 años ¿qué hubiera ocurrido con su vida? ¿qué con su literatura?. Resulta un ejercicio especulativo, casi de ciencia-ficción, pero es atractivo pensarlo. Sobre todo para las personas como yo, que tenemos una relación de fraternidad creativa con ella. Habida cuenta de lo que consiguió con sus cinco grandes novelas...¿qué logros podría haber añadido en su madurez? Aunque hay autores cuyos mejores libros se escriben al principio de su carrera, lo más seguro, en su caso, si tenemos en cuenta la evolución que experimentó, es que grandes frutos literarios, novelas espléndidas, se hayan perdido por su muerte prematura. 

Quizá sus logros no han sido suficientemente ponderados. Detrás de una trivialidad aparente, que no es sino una estrategia narrativa intencionada, emergen sus profundidades. La fantasía, la imaginación, la intuición, la inteligencia, la sospecha, el misterio, el enmascaramiento, el sentido, el entendimiento. En esas profundidades habita la verdadera naturaleza de su escritura: esa muestra de naturaleza humana sabiamente representada en unos pocos personajes, hombres y mujeres, situados en un entorno concreto. Las novelas, hasta ese momento, utilizaban una hojarasca inútil para cubrir la realidad. Ella tiró a la basura esa hojarasca y, en un gesto escandaloso para una mujer y para esa época, utilizó una estrategia atrevida, novedosa y muy particular. De forma que desaparecen las descripciones prolijas, los supuestos escondidos, los equívocos, las cursiladas, los amores absurdos y desaprovechados. Desaparece el sufrimiento inútil y emerge una claridad que todavía hoy deslumbra. Aparece, al tiempo, una nueva sentimentalidad. 

En su actitud personal estaba también la convicción de que su obra tenía valor en sí misma, independientemente de su autoría. Y no es que no tuviera conciencia de ella, sino que supo entender qué era lo primordial. Su exquisitez intelectual, su saber estar, se refuerzan con el anonimato que presidió su vida literaria, algo que no fue una postura dogmática ni estética, sino simple sentido común, simple entendimiento de lo que suponía, en la Inglaterra de finales del XVIII y principios del XIX, ser mujer y ser escritora. 

Como se puede atisbar en los estudios biográficos que sobre ella se han realizado Jane Austen no fue una mujer triste, aislada, resentida ni llena de complejos. Todo lo contrario. Vivió su vida con alegría, desechó otras pretensiones que no fueran la propia creación literaria y manifestó de forma práctica que es posible realizar una obra literaria de la máxima calidad simplemente a partir de la inteligencia, el ingenio, la imaginación y la formación previa como una lectora voraz que es lo que ella fue. 

La condición humana, y no el sentimentalismo vacuo o los amoríos sin sentido, es el centro de su obra. Exactamente igual que fue el centro de la obra de William Shakespeare. O de Miguel de Cervantes. O de cualquier otro gran escritor. Su prosa, directa, limpia, sencilla, sin artificios, conduce al lector a las cuestiones obviando vericuetos y merodeos.  Decirlo todo de la forma más inteligible posible. Y la más ingeniosa, añado. Y lo hace sin hacer trampa. Lo hace con la tranquila inteligencia que convierte sus libros en fuentes de las que beber continuamente. Son agua que no deja de manar. Puedes leerlos desde muchos puntos de vista, puedes buscar y encontrar, hallar y discutir. Puedes ser lo que seas, pero imposible no considerar que Jane Austen rotura un camino nunca desandado. El de la novela como género máximo que representa lo más hondo de la emoción humana. 

¿Qué otros logros podría habernos deparado una vida más larga? Un cierto halo de tristeza rodea esta pregunta. ¿Qué personajes, historias, ideas, podrían surgir de su cabeza? Nunca un entorno más reducido, nunca una vida familiar más sencilla, nunca una trayectoria menos escandalosa, ha dado como fruto un mosaico más brillante, pleno y dispuesto para hacerte disfrutar. Porque esa es la gran virtud de la obra austeniana: está directamente dirigida al placer del lector. Pero no un placer vacío, sino el que resulta de la asunción de la complejidad de la naturaleza humana. Así ella, en un verdadero ejercicio de cordura, presenta sin juzgar sus personajes. Así ella, nos acerca a lo que somos y a lo que quisiéramos haber sido. A lo que ansiamos, en suma. 


domingo, 27 de septiembre de 2015

Amor en conserva. Corín Tellado.


Aunque no lo sepamos, muchas generaciones de españolas, crecieron leyendo sus libros. Ella se decía "escritora" a secas, aunque todos los críticos la tildaban de "escritora de novela romántica". Corín Tellado fue la precursora de todo el novelismo romanticón de ahora. 

Si repasas su biografía verás que era un crack, una mujer adelantada a su tiempo. Algunos de los títulos que puso a sus novelas eran espectaculares. "Mejor amante que marido", por ejemplo. Cosa inusual y complicada en aquellos tiempos. En realidad, hablar de "tiempo" es relativamente difícil, porque su trayectoria ha sido larguísima y los formatos de sus novelas han cambiado de una forma sustancial. No así su estilo. He leído algunas de ellas y puedo decir que no se trata de almibaradas historias en las que el chico es un estirado señor que se prenda de una dama, quiá, nada de eso. Su descripción favorita de los hombres era esta "Vestía un pantalón de dril color canela y una camisa a cuadros arremangada hasta el codo". Cuando leía alguna de estas cosas (que andaban por los cajones de mi madre) me preguntaba que sería eso de "dril" y, como Umbral, no me he levantado nunca a averiguarlo. Pero no es difícil imaginarse la planta del tipo, varonil, desde luego, con un cigarrillo en la comisura de los labios, las manos grandes y una mirada que te subyugaba nada más verte. 

En cuanto a las chicas, las más tradicionales eran de buena familia y solían enamorarse de un bala perdida, pero también las había madres solteras, por ejemplo y gente que trabajaba, que ejercía una profesión y que le daba sopas con honda a cualquier liberada de ahora. Usaban pantalones, fumaban, conducían y yo creo que hasta hacían el amor. 

Como nuestra memoria es tan frágil y nadie reconocerá nunca saber nada de Corín, pues las escritoras de novela romántica de ahora no la tendrán entre sus precedentes. Pero, al lado de ella, las Grey y todas esas sucedáneas no son nada más que sombras chinescas. 

Me pesa tanto el corazón...


Opción 1: Amor mío. Perdóname por escribir estas palabras. No creí que fuera capaz de hacerlo. Sé que te extrañará leerlas, que no las esperas y que querrás que no hayan sido escritas. Pero me pesa tanto el corazón que tengo que aligerarlo y decirte que, a pesar de que lo he intentado, no he podido dejar de amarte nunca. 

Opción 2: Querida....Lo he intentado, créeme. He buscado la forma de quererte a mi manera. Pero no existe o yo no la he hallado. Y por eso, porque no puedo responder a tu sentimiento, hoy te escribo que me marcho, que no volveré y que me pesa tanto el corazón que debo separarme de ti para siempre. 

Opción 3: Escríbela tú mismo, tú misma. Es tu vida. 

(Imagen de Jack Vettriano)

viernes, 25 de septiembre de 2015

Nunca contigo


Has llenado la bañera casi hasta el borde. El agua está muy caliente. Lo necesitas. Has colgado el teléfono y le has quitado el sonido. No quieres oír su voz, total va a mentirte. Has encendido un cigarrillo que no vas a fumarte. Por enésima vez has decidido dejar de fumar. Aunque dentro de poco volverás a las andadas. Has llenado una copa de cava y te has sumergido en el agua, con el pelo suelto, sin desmaquillarte, con los labios rojos y las uñas pintadas. 

Estás pensando. Tu instinto te dice que te ha utilizado. Que toda esa parafernalia que a ti te ha llegado al corazón es pura dinamita, pensada únicamente para lograr un objetivo. Y el objetivo no eres tú, no es nada tuyo. Eres un instrumento nada más. No quiere poseerte. No quiere tu cuerpo, ni tu alma. No quiere tus ojos, ni tu boca. No quiere tus manos ni tu piel. No quiere nada tuyo. Eres un instrumento, como tantos otros. 

Has sentido un dolor indefinido clavado justo en un costado, a un lado de la espalda. Como si el corazón se hubiera desplazado. Has sentido que las manos se han quedado quietas, que no puedes moverlas, que la copa va a destrozarse contra el suelo, hacerse añicos. Así tu corazón también, está ardiendo como si alguien prendiera fuego sin avisar, escondido, en la clandestinidad de una vida que amenaza con destruir la tuya. 

No eres nadie. Lo sabes. Lo has entendido siempre. Pero esta noche la evidencia te cubre. No importa que tu belleza los atraiga a todos. No importa que seas joven, deseable y llena de misterios. Te ha utilizado y sabes el motivo. Sabes que no eres nada, que no eres nadie y que no tienes nada que ofrecer. Eres solamente un cuerpo perdido, que va a dormirse en el fondo de una soledad escrita de antemano. Te duele todo. Las manos, los ojos, las cejas y la vida. 

(Imagen de Jack Vettriano)

"El jardín de la memoria" de Lea Vélez

Voy a hablar de un libro que no he leído y que no sé si podré leer algún día. Es este libro, ahí lo tenéis, su imagen en esta entrada, su título, su autora. 

Lea Vélez es una mujer encantadora. La clase de persona que quieres tener como amiga. Alguien que está llena de chispa, de vitalidad, de esperanzas, de sueños. También de dolor, de recuerdos, de experiencias duras. Todo eso en ella forma un cóctel inseparable e insuperable, una mezcla total, como si alguien hubiera cogido todos los elementos y los hubiera colocado con sumo interés en un gran recipiente de cristal transparente y, solo entonces, unas varillas mágicas lo hubieran convertido en fosfatina. 

Un cóctel de todo lo que ella es y ha vivido. Me diréis que hay muchas personas así. Es cierto. Conozco a algunas. Gente que te llena con su sonrisa, con su encanto, con sus deseos de abrazar y de compartir. Pero Lea tiene el talento especial de la escritura. Y yo muero con la gente que escribe. Es mi gran debilidad. Mi mitomanía confesada e inconfesable. Las palabras me unen a aquellos que usan las palabras a modo de pájaros que vuelan desde el nido de la imaginación a la casita de madera de los libros o el ordenador. 

Lea Vélez es escritora. Y por eso supo trasladar su vivencia terrible, la muerte del ser que amaba, su marido, George, a un libro que, según dicen los que lo han leído y afirma ella misma, es todo menos plúmbeo, terrible o descarnado. Es un libro de esperanza y un libro que habla de un ser excepcional, como Lea y de su amor, también de excepción, George. Pero que habla de otras muchas cosas, de sentimientos, emociones, dichas, vidas e historias. Ah, las historias. Cuando era pequeña mi madre me sorprendía escribiendo y usaba siempre esta frase: "La niña, ahí con una de sus historias". Yo misma de mayor, siendo que mi hijo ha heredado ese don de contar, también he usado y uso esa expresión. Escribir "historias" trasciende del sentido de la palabra en sí, trasciende de la semántica, la estilística, la lógica, la dietética, la amazónica verdad del sonido, lo trasciende todo. Y lo convierte en un milagro. Consiste, nada menos, en lograr que las palabras, que pululan por la cabeza, que vuelan y quieren escaparse a no se sabe dónde, bajen a la vida real y se coloquen ordenadas y listas para ser leídas, en una papel o en la pantalla del ordenador. Las historias que mi hijo escribía de pequeño, mis historias, las historias que mi madre contaba. Todas las historias. 

La historia de Lea Vélez la siento como mía. Tanto es así que no he podido leerla. Os recomiendo, pues, un libro que no he leído, que no sé si podré leer. Lea y yo tenemos algunas cosas en común. Las dos amamos la palabra y las dos hemos perdido al ser que amábamos. Ella tiene otras cosas que yo no poseo. La fuerza de haber convertido en historia esa situación. La capacidad de acercarse a los lectores con sus libros. La gracia especial de contar las pequeñas batallas cotidianas de sus hijos, el de 6 y el de 8, héroes a los que admiro, a los que sigo devotamente. 

Quisiera que llegara el día en que pudiera leer este libro. Lo deseo de corazón. Pero aún más, necesito y pido poder escribir mi propia historia. Una historia que comience diciendo "La noche del día en que murió mi marido no pude derramar ni una sola lágrima" Y que termine, como las buenas historias de Jane Austen, con una mirada cuajada de amor y de esperanza. 

Si te regalan rosas



Si te regalan rosas que no sea por agradecimiento. Que no sea para decirte que eres buena persona, para recordarte que fuiste generosa en un momento. Si te regalan rosas, que no signifiquen que tienen pena de observar tu mirada asustada, que se compadecen de tu cuerpo desnudo de abrazos, que tienen consideración por tus amargas lágrimas. Si te regalan rosas que no sea porque hiciste algún favor, porque te asomaste el abismo solo por alguien, porque guardaste tu corazón debajo de un zapato.

Si te regalan rosas, que no sea por rutina. Que no sean por un día señalado. Que no sean por costumbre. Que no sean por obligación. Si te regalan rosas que no sean para expresar que tienen miedo de perderte, que no sean para retenerte si no quieres estar, que no sean para evitar que compartas tus sueños. Si te regalan rosas, que no sean por orgullo, que no sean por desidia, que no sean por desdén, que no sean por costumbre, que no sean porque quieren engañarte con un perfume inexistente. 

Si te regalan rosas que sea porque te quieren. Porque, a pesar de todo, sienten que tu voz les aturde. Porque tu olor les llega tan adentro. Porque tu piel tiene la suave brisa de la seda. Si te regalan rosas, que sea porque te mueves con un aire gentil que los abrasas, que sea porque anochecen dormidos en tus brazos.

(Imagen de Jack Vettriano)

Y llegarás a casa


Es igual, qué más da. Tómate todo el tiempo del mundo. Está ahí, lo tienes a tu lado. En torno tuyo. No hay nada que interrumpa esa secuencia de horas y de minutos en la que estarás sola. Nadie te llamará. Nadie dirá que tienes un color tan hermoso de piel que brilla cuando el sol se asoma a tu ventana. Nadie te besará la comisura de los labios y aspirará tu olor. Nadie venderá ante ti su belleza para que tú la sorbas a tragos largos. Nadie te espera. Y llegarás a casa a tiempo de todo. Lo que tienes que hacer no tiene horario. Llegarás y allí te sentarás tan sola como antes. Tan perdida que no sabrás si estás dentro o estás fuera. Porque no hay ningún sitio en el que olvides. Porque no hay ningún hueco en el que puedas esconderte, aunque quisieras. Y llegarás a casa y allí te esperarán los recuerdos de un tiempo que escribiste con letras que no existen. Y llegarás a casa y tocarás tu cuerpo sin reconocer apenas que fuiste una flor que se abrió en otras manos. 

(Imagen de Jack Vettriano)

martes, 22 de septiembre de 2015

Cada día



Como si Bridget Jones cruzara una ciudad plagada de asfalto, con aguas que apenas crean surtidores, sin tiempo para la esperanza ni huella de otros hombres que antes la vivieron, la vemos caminar cada día con ese gesto único de no saber si quiere estar allí o lanzarse a una aventura incierta. Su vestido impecable, la espalda recta, el bolso al hombro como si no pesara, el sombrero que quiere cubrir parte del rostro, un rictus en la boca, un gesto de las manos....

Todo parece estar medido en ella, a modo de cuadrícula, una línea trazada a escuadra y cartabón, una estructura anclada en el espacio, una obra arquitectónica, aunque efímera. La vemos avanzar sin preguntas. Seguro que tampoco hay respuestas. Es el silencio pleno y absoluto. Una imagen que no quiere decirnos las cosas que ha guardado tan dentro desde siempre. 

(Imagen de Jack Vettriano)

El vestido


El vestido llevaba muchos días colgado en el armario. Perfectamente planchado y colocado en su sitio. Sin nada que estorbara sus volantes bajos estilo años 20. Sin que su color rosa maquillaje, suave, tierno, se viera afectado por el sol del estío que entraba por la ventana del dormitorio. Era un vestido dispuesto para ser feliz. Un vestido reidor. Un vestido que llevaba escrita la palabra "encuentro". La palabra "cita". La frase "quiero mirar tus ojos junto al río". Ella se enamoró del vestido nada más verlo. Y así lo tuvo presto para ese momento, del final del verano, allá por el mes de septiembre, en el que descubriría con él a un hombre lleno de dulzura, un hombre tierno, un hombre al fin y al cabo. 

Los días pasaron y las noches. Las palabras ardieron en pavesas. El final del verano dio paso al otoño. El río desdibujó su perfil y ya no tuvo esa firmeza etérea de los amaneceres ni tampoco la fuerza rotunda de las noches. El vestido se agostó antes de usarse. O estuvo a punto de ello. 

Porque una mañana, cuando entendió que nunca llegaría la hora junto al río, cuando supo sin que nadie la advirtiera que había soñado algo que no sería realidad, ella tomó el vestido entre sus manos, lavó su pelo rubio cuidadosamente, se recortó un gracioso flequillo que hacía tiempo no usaba, se pintó las uñas de un rosa pálido que hacía juego con la tela. Se vistió. El escote del vestido lucía bien con el resto del color del verano, las mangas eran ágiles y los volantes bajos se movían con gracia al andar en sus sandalias de nueve centímetros y medio, de su marca favorita. 

Salió de casa y el sol le dio en los ojos. Caminaba así, con el vestido rosa, sola salvo esa música que empezó a sonar en su cabeza. Una canción recién descubierta que ella quería olvidar. Una canción que nunca más cantaría, que nunca más oiría en el Youtube, pero que permanecía anclada en su cabeza, como una letanía, una jaculatoria que dijera algo ininteligible. La canción marchó con ella todo el camino, moviéndose al compás y, cuando llegó a su destino, se dejó de oír, quizá para siempre. Ojalá, pensó ella, ojalá nunca más recuerde esa canción. 

Así que limpió con discreción unas lágrimas que habían ido cayendo sobre el cuello. El vestido continuaba intacto, limpio, reidor, divertido, perfecto.

(Imagen de Jack Vettriano)

lunes, 21 de septiembre de 2015

Siente la música


Sonaba la canción. Sus notas parecían de papel. Tenían sonidos que arañaban el corazón. Decían palabras prohibidas. Frases que ella nunca podría pronunciar. Frases que se ocultaban detrás de la pantalla de las cosas cotidianas. Ella sabía que solo había una forma de explicar aquello sin sentirse descubierta. Las canciones. Por eso escogía canciones con letras de amor y envidiaba a los cantantes, porque pronunciaban "te quiero", la frase mágica, con naturalidad. Ella quería decirle cuánto lo quería, decirle cuánto lo echaba de menos, cuánta necesidad tenía de oír su voz. Quería contarle que lo quería más que a sus ojos, más que a su vida, más que al aire que respiraba. Pero no podía hacerlo. Él había decidido, por los dos, que el castigo a su amor inmenso sería la ausencia. Y así se hizo. 

(Imagen de Jack Vettriano) 

Ella está sola


Mira sin ver a través de los visillos de blanco tul, con un pequeño frunce que los hace más ligeros y flexibles. Es una amplia ventana. Un ventana blanca, como blanco es el alféizar y como blanca es la pared. Y blanca, limpiamente blanca, la suave tela que cubre el asiento en el que ella descansa. Estática, quieta, la mirada fija en un punto inexistente. No observa lo que ocurre, recuerda lo que siente. Mira hacia dentro. Hacia un punto de su corazón que ahora mismo sangra. Una punzante herida que se ha abierto cuando menos lo esperaba. Una herida que se infringe sin querer, quizá, pero con saña. Su corazón sangra y sus manos sostienen, indiferentes, una taza de café que nadie beberá. Lo espera. Lleva esperando muchas horas, años quizá. Lo espera, pero sabe que nunca llegará. Que una tela de araña, espesa y persistente, nublará su conciencia y lo alejará de este lugar del mundo en el que ella se sienta, paciente, a esperarlo. Cruza las piernas enfundadas en sus medias negras, sus pies con afilados tacones como si fuera a bailar un tango a su llegada. Su traje negro y el pelo bien sujeto, sin adornos ni movimiento, fijo, quieto y sin vida. Como ella. No es nada, no espera nada, ya no siente nada. Tuvo en sus manos una vez el mundo pero ahora solo lleva, con desgana, una taza de café que, quizá, está vacía. 

(Imagen de Vettriano) 

George Eliot, una mujer sin límites

Mary Ann Evans había nacido en las Midlands, esa zona del Reino Unido de la que habla en sus libros D. H. Lawrence, el escritor que descubrí con pocos años y del que aprendí algunas cosas imposibles de explicar. 
Allí, en South Farm, Arbury, condado de Warwick, en una familia de la clase media rural y de fuertes convicciones evangélicas, nació y se crió esta escritora que, tras pasar por un colegio de primera enseñanza, estuvo en un internado hasta que, a los diecisiete años tuvo que volver a su casa por la muerte de su madre. 

Ese era el destino que la esperaba. Cuidar de casa, hacienda y de su padre. Pero, de forma autodidacta, Mary Ann estudió griego, latín, alemán, italiano y adquirió una formación inaudita para una mujer de su tiempo. Y para un hombre, añado. Y para cualquier persona de cualquier época, me parece. 

Tras viajar por Europa durante dos años se dedicó a realizar reseñas de libros en la revista "Westminster Review", hasta que, en el año 1856 publicó, por entregas como era habitual, su primera novela "Amos Barton" y en 1857/58 "Escenas de la vida clerical" que salió en formato libro y puso en la calle su pseudónimo, George Eliot, con el que se la conoce. 

La serie de obras que continuó publicando sigue con "Adam Bede" de 1859, "El molino junto al Floss" de 1860, "Silas Marner" de 1861, "Romola" de 1863, "Felix Holt, el Radical" de 1866, "Middlemarch" de 1871/72, "Daniel Deronda" de 1876, "Las impresiones de Theophrastus Such", de 1879 y otros textos dedicados a ensayos y, en menor medida, a la poesía. 

Su vida personal fue extremadamente curiosa, sobre todo si tenemos en cuenta la época en la que vivió. Pero hay mujeres que cruzan los límites de la cronología y son capaces de crearse una vida sin que les afecten las opiniones externas. Son esas mujeres cuya inteligencia emocional acompaña a su inteligencia creadora, casos quizá extraños, porque lo corriente es que las emociones devasten las vidas de quienes se sienten plenas de fervor creativo. Durante muchos años fue amante de un hombre casado, George Henry Lewes, filósofo, científico y crítico. La pareja vivía junta, a pesar de que la situación matrimonial de él, ya que estaba claro que no podía divorciarse. A pesar de eso, tuvieron una relación plena, basada en su complicidad intelectual y en su amor personal. Cuando murió Lewes, su gran apoyo durante toda su vida, se casó, meses antes de morir, con John Cross, amigo de siempre de los dos, que actuó como su albacea testamentario y se ocupó de escribir la primera biografía de la escritora. 

La obra de George Eliot está caracterizada por la sensibilidad, por realizar certeros retratos de la vida de la gente sencilla. Fue una racionalista que se alejó de las creencias puritanas que había recibido de niña y que se cuestionó aspectos de la vida que todavía la situaron más adelantada a su tiempo que el resto de escritores de la época. "Middlemarch" una de sus obras más representativas, se subtituló como "A study of provincial life", dando así muestras de su apego a la tierra, de su forma de acercar la vida cotidiana a los libros, de la misma manera en que lo hacía, por ejemplo, Jane Austen, maestra de todas las narradoras inglesas. 

En 1994, la BBC captó de forma muy acertada el ambiente y los personajes de este libro en una miniserie de 7 capítulos protagonizado por Juliet Aubrey y Rufus Lewell. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

Otoño


(Su padre le había dicho: en el tiempo de las horas difíciles recuerda que un día alguien te amó más que a su vida)

Si mis días tienen colores, las estaciones llevan sentimientos. En los tiempos dorados de la infancia cada una de ellas traía consigo ritos, personas, sorpresas y deseos. Los deseos, insatisfechos como han de ser para que sigan existiendo, aparecían en los escaparates o directamente ocultos en un rincón inaccesible del corazón. Vestidos, zapatos, bolsos, medias....libros, plumas, cuadernos, mapas....alguien que, con solo mirarlo, el pulso se aceleraba. El otoño era la estación de los deseos. El verano, la de las sorpresas. La primavera, la de las personas y el invierno la de los ritos. 

En verano llegaban aquellos que se habían marchado a estudiar fuera y traían novedades, experiencias que los nativos no podíamos imaginar y recuerdos de fiestas plagadas de emociones fuertes. También aparecían los familiares, esas primas, tías y parientes lejanos que recordaban, de pronto y al hilo del calor de las ciudades, que tenían una casa a su disposición junto al mar, junto a nosotros. Si no te enamorabas de un primo es que eras una chica rara. Y yo nunca fui rara, os lo aseguro. 

En primavera todos los afectos tenían nombre. Tus compañeras del instituto ya se habían convertido en amigas. El chico de turno te arrebataba el pensamiento y te hacía mirar una y otra vez su foto. Aquella carta que recibiste llevaba un remitente seguro: "Te quiero, niña de la fila de enmedio". La primavera cerraba un ciclo inevitable que el verano abriría de nuevo. Todos sabíamos que los años terminaban a mediados de junio, al tiempo que el curso escolar. 

Los inviernos tenían innumerables celebraciones. Estaba mal visto disfrutarlas. Había que rezongar y quejarse de la familia, siempre empeñada en que tomáramos las uvas en casa, siempre negando horas a nuestras salidas, siempre convenciéndonos de que ese vestido con los tirantes finos y un escote pronunciado no era adecuado para una muchacha de apenas quince años. Los inviernos de esos años no eran ni siquiera fríos. Nuestras piernas bailaban al son de todas las canciones y nuestro cuerpo hervía en una llama placentera y constante. 

Así que el otoño, el tiempo de los deseos, era y es la estación más dulce. Nada había sido escrito. Nada está escrito todavía. Puede ocurrir de todo. Los amores del verano se consolidaban o se iban al traste. El tono de nuestra piel empezaba a perder ese moreno tan ambiciosamente conseguido y se tornaba nácar, un suave y dulce tono que ansiaba abrazos siempre. El cine nos veía reírnos y nerviosos cuando se apagaban las luces y una mano rozaba la nuestra. Y los días de sábado traían la bendición del ocio y la luz de tus ojos. 

Algo me dice, todavía, que existen en algún sitio unos ojos sinceros, llenos de claridad, sin ocultarse, cuya luz es más profunda que todas las rosas. Solamente es preciso mirar sin distraerse con mentiras. Con permiso de e.e. cummings y sus reticentes minúsculas.


sábado, 19 de septiembre de 2015

"Mansfield Park" de Jane Austen

Fue el editor Murray el que sacó a la luz Mansfield Park. Fue publicado en tres volúmenes y estaba firmado "by the author of Pride and Prejudice". El nombre de Jane Austen no figuró en la cabecera de ninguno de sus libros en vida. Una tremenda injusticia que me hace pensar cada vez que me acerco a su obra de nuevo. 

Comenzó a escribirla en 1811. Fue el mismo año en que el Príncipe Regente se convirtió en Príncipe de Gales. Da la impresión de que Jane lo detestaba, y en ello influía el trato que daba a su exmujer, con quien tenía un contencioso lleno de aristas. La vida de los personajes públicos de la época estaba llena de peripecias y por eso se considera que Mansfield Park es, entre otras cosas, una novela sobre el estado de la Inglaterra de entonces, que cuestiona las situaciones que provocan el comportamiento tan poco edificante de la realeza y de la alta sociedad. En la novela existe una fuerte contraposición entre alguien que posee unas convicciones morales y religiosas muy firmes y que rechaza la vida licenciosa de muchos jóvenes y no tan jóvenes. Todos los paralelismos con la alta sociedad de la época pueden encontrarse en el libro. 

No todo el mundo estuvo de acuerdo, sin embargo, en el carácter que Jane atribuye a sus personajes. Así ocurrió con su propia madre, que hallaba bastante insípida a la heroína, Fanny Price. Y no fue la única allegada que tuvo esa opinión. Fanny Price carece de la chispeante vitalidad de Elizabeth Bennet, la mujer nunca superada de todas las que dibujó la autora, y mucho más en ese momento, cuando aún no había concebido a la inquieta Emma. Los lectores acogieron el libro con entusiasmo y, desde aquellos lejos años, ha habido muchas discusiones acerca de su sentido, sus ideas y los problemas literarios y sociales que presenta. Fanny, no obstante, se ha llevado siempre la peor parte en las críticas. Mojigata, farisea, cursi, repelente, fría e hipócrita, han sido algunos de los adjetivos con los que ha sido calificada. 

Para aquellos que no habéis leído el libro os cuento que Mansfield Park es la mansión rural de sir Thomas Bertram, en el condado de Northampton, a la que va a vivir, por invitación de Lady Bertram, una sobrina que es la hija mayor de su hermana. Fanny Price es su nombre y su madre hizo en su día un matrimonio poco ventajoso que ha abocado a sus hijos y a ella misma a la miseria. Fanny es tímida, insegura y se le presta poca atención por parte de los habitantes de Mansfield, excepción hecha de Edmundo, hijo de los Bertram. Las vicisitudes por las que atraviesan ambos, Edmundo y Fanny, para terminar uno en brazos de otro, son largas y complicadas, llenando la novela de sucedidos curiosos y de giros que resultan extraños en Austen, mucho más lineal en las otras obras que escribe, aunque siempre divertida. 

En la novela se da una curiosa dicotomía entre Londres, considerada la ciudad de los peores defectos y vicios y Mansfield, ejemplo de la vida tranquila y honorable. Los estudiosos han afirmado que, de todos los libros de Austen, es este el que tiene mayores influencias de Shakespeare, inevitable, a mi juicio, por insuperable, en todos los escritores de habla inglesa. Las representaciones de las obras del Bardo están presentes en la acción, de igual forma que sus sonetos lo estaban en "Sentido y Sensibilidad", como podemos recordar. 

Cuando Edmundo insta a Fanny a aceptar a otro pretendiente, la exclamación de ella, con tintes muy histriónicos quizá, es "nuca, nunca, nunca", un recuerdo del "nunca" repetido cinco veces por el Rey Lear cuando tiene entre sus brazos el cuerpo de su hija muerta. Otras cuestiones de interés aparecen en el libro, como, por ejemplo, el conflicto entre el abolicionismo y el esclavismo, que estaba de actualidad en ese momento. O también, el papel de las mujeres en la sociedad, con ese contraste que rechazaba siempre Austen entre las chicas urbanas corruptas y las inocentes mujeres rurales. Como sabemos, Austen tenía sus propias opiniones de casi todo y no había forma de que se dejara influir por otros, ni mucho menos, que fuera seguidista de las ideas de moda. 

No es Mansfield Park uno de mis libros favoritos de Jane Austen. Ya lo he comentado alguna vez. Sin embargo, lo he leído y releído porque no es posible hallar una visión total de la autora sin hacerlo y porque cualquier cosa que escriba, incluso las menores, como sus novelas inacabadas Lady Susan o Los Weston, tienen el aire inconfundible de cuanto escribía. Me confieso en deuda siempre con ella y, cómo no, reafirmo que, aunque Pride and Prejudice, Emma y Sense and Sensibility, en este orden, son mis preferidas y las que relee con más asiduidad (tanta que no os lo creeríais), no puedo dejar de recomendaros este Mansfield Park como parte fundamental de una bibliografía escasa pero tan repleta de belleza, encanto, ingenio y buena literatura que impregna todo lo que posteriormente se ha escrito. Queramos o no. 

Inigualable Jane. 




viernes, 18 de septiembre de 2015

El amor es un miedo que nos asalta a veces



"Adiós. Lo siento. No puedo amarte más. Quizá nunca he podido"...

El mensaje aparece precedido de ese leve sonido tan ansiado. Yo lo estaba esperando. Sabía que estaba escrito desde siempre y que sólo aguardaba el segundo exacto de cruzar, como las alas frías de una paloma, el espacio brillante de la pantalla del iPad.

"Adiós" me dices. Sin compasión alguna, sin una riada de besos de cartón. Sin recordar qué fuimos aquellas horas en que elevamos sueños como si fueran cuerpos que se tocan. Amor, me has dicho adiós y estoy completamente derrotada, cerrados ya mis ojos a la luz, pájaro a la deriva el corazón que tuve entre las manos, aquellos momentos en que escribiste "cielo" y era tan sólo un maquillaje de forzadas mentiras.

La playa


Mírame. Ha caído la noche. Antes, sin hacer ruido, el sol se ha marchado por el horizonte y, en su lugar, la luna en cuarto creciente aparece suspendida sobre la oscuridad de un cielo sin estrellas. Todas las estrellas han ocultado su brillo para que ella, la luna, sea el centro del universo.

Mírame. La playa está desierta. La tibieza de la arena, blanca y tan fina que se desliza imperceptible entre los dedos, ha acogido mis pies desnudos. Se balancean en un movimiento que tiene el aire perenne de una contradanza. Parece que quieren adentrarse en el viejo secreto de una tierra llena de contradicciones.

Mírame. Ahora mis ojos tiemblan. Se abaten las pestañas y vuelven la mirada hacia dentro buscando las razones. Se encoge el corazón al entender, sin tiempo para dudas, que hay cosas que, una vez perdidas, no tienen ida y vuelta. Se perecen.

Óyeme. Te he dicho tantas cosas. He susurrado tu nombre en silencio. Te he guardado en el cofre de los sueños. Hay una ofrenda que no puedo entregarte. Una búsqueda que no tiene sentido. Un tiempo que convierte las voces en ausencias.

Óyeme. Ahora te canto. Viejas canciones de otros tiempos. Sueños de amor correspondido. Esperanzas en blancos pentagramas. Corcheas de deseos satisfechos. Redondas luces en alma convertidas. Claves de sol.

Ámame. Mi cuerpo se ha dormido. Solamente la tierra que acaricia mis pies me devuelve el secreto de los ojos ardientes. Solamente la tierra, en mudo testimonio de presencias. Y tú. Tú solamente.

La pregunta


He perdido el eco de mi nombre, mezclado entre voces ajenas, entre engañosos murmullos. El silencio cómplice que poseí tiempo atrás ha dado paso a la confusión, al griterío, a la alharaca. Quién soy. Qué estoy haciendo aquí. Qué amo. Qué preciso. Cuáles son mis sueños.

He lanzado las preguntas al viento, pero el aire las ha devorado y ha devuelto tan solo interrogantes. He lanzado las preguntas al agua y el temporal las ha convertido en cenizas, en lava de volcán. Preguntas sin respuesta para un tiempo sin esperanzas. He sido lo que ahora no recuerdo.

Esta noche la luna se ha adueñado de un firmamento oscuro, yermo de estrellas, escrito en tinta china. El centro de la bóveda rodea el cuarto creciente y debajo la arena, que hace horas abrasaba, se ha tornado en azúcar cálida y sin terrones. Los pies, desnudos, los pies descalzos, todo, desnuda entera yo, mi corazón desnudo.

Me he mirado a mi misma a través de un espejo, Alicia sin vestidos, sin números ni reinas. He cruzado el umbral y allí, sin esperarlo, he entrevisto mi imagen, asomada a un espacio que no aguanta mentiras. Soy yo. Esta que ves. Así. Completamente. Soy yo. En franca soledad. Lejanos los deseos, lejanas las pasiones, lejanos los conflictos. Soy yo. No siento miedo. El miedo se ha marchado. La noche no es oscura. No estoy sola en el mundo. No lo he perdido todo. No tuve un él ausente. No tengo un tú imposible.


El abrazo


Lo pensó sin poderlo evitar. Aunque lo había intentado con todas sus fuerzas. No pensarlo, no desear nada, no esperar, no sentir. Lo pensó y lo dijo en voz alta. Aunque solamente ella oía su soledad, únicamente a ella le llegaba el eco de su voz traspasada. Palabras que nada significan para otros, se dijo. Palabras huecas, sentimientos insulsos, pensamientos vacíos.

Solo una vez. Necesito abrazarte por una vez tan solo. Una vez solo para sentir el calor de tus brazos. Tu aliento en el hueco de mi cuello, en mi nuca. Una vez solamente para notar la presión de tus hombros, el peso de tu cuerpo. Necesito abrazarte. Aunque sea el último de los abrazos que reciba. Aunque ningún abrazo llegue después del tuyo. Aunque esté condenada a sufrir de ausencia toda la vida. Todo el tiempo sin ti, pero dame tu abrazo.

La noche la sorprendió pensando. Llegó la aurora y aún tenía el deseo clavado entre sus ojos. Un abrazo, pensaba. Un abrazo que me alcance el calor que ya no tengo. Un abrazo que me traiga tu olor, que me llene de ti, una vez nada más. La última vez, la única, la primera. Un abrazo que me cubra entera y que me sirva para todas las horas de los inviernos fríos que esperan sin remedio.

jueves, 17 de septiembre de 2015

La mentira


Me has descubierto. Ha sido un fallo tonto. Una cosa absurda. Cómo he podido ser tan descuidada…Cómo tan ilusa…Me has descubierto y se ha hundido el precario castillo de naipes que habíamos levantado para no desandar todo el camino. Me has descubierto y siento que soy la miserable mujer que te engaña, durante doce años nada menos. La mitad de nuestra vida juntos. 

Ahora sé que es inútil explicarme. No me escuchas. No quieres saber de mí nada más que la hora en que, acabado de hacer el equipaje, voy a subir a un tren que me llevará lejos. Ni siquiera me miras. Te doy asco. Piensas en cuántas noches te mentí. En cuántas noches me inventé una excusa y en cuántas tardes estuve con él, con el otro, en cualquier sitio, en su casa, en el coche, perdida por ahí en un despeñadero de emociones. No quieres saber datos, pero tu cabeza no deja de dar vueltas y tu corazón sufre. Lo noto. No me miras. Me odias. Me desprecias. 

Podría contarte si pudieras oírme, si me escucharas al menos una vez, que todo sucedió sin yo quererlo. Que no he sido consciente, en un principio, de que aquello era algo, que no era una aventura, que era la vida misma, la que entraba en mi casa y en mi cuerpo. Todos mis sentidos se activaron entonces, créeme, y yo me convertí en otra persona. Había dos mujeres en mí. La esposa, madre y buena ama de casa que mantenía la sonrisa fija y la otra, la que buscaba excusas para ser de otro modo, la que compraba ropa interior de seda, la que llegaba exhausta de otros brazos, la que sentía que me moría al perderlo. 

No es una excusa. O sí. No sé siquiera cómo pudo ocurrirme. He sido tan escasa de aventura. He estado tan oculta a los ojos de todo. Pero estaba escrito que tenía que perderme. Que tenía que ser otra o que lo era. Que yo no lo sabía pero que, al fin y al cabo, sin este paraíso de emociones no sería sino alguien que murió antes de tiempo. 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

La espera



Podría decirte que eres un canalla. Un desaprensivo. Que me has tomado por una puta. Alguien que se vende por placer. Y que me merezco por eso el consiguiente castigo: esperar. Esperarte. Que mi vida de mujer casada razonablemente feliz se ha venido a pique porque soy una persona insatisfecha y tú solamente has jugado un papel secundario. El de alguien que me ofrece lo que nunca he tenido. Placer. Podrás decirme que fue bonito mientras duró y que nada tiene demasiada importancia, que no se puede ser tan intensa, ni tan romántica, ni tan sentimental. Que, al fin y al cabo, la vida son dos días y hay que vivirlos a tope. Podríamos intercambiar estas frases si tú no hubieras desaparecido, si supiera donde encontrarte, dónde estás y cómo te llamas. No tienes nombre ni dirección ni biografía. Y yo soy una mujer a la espera. 

No se puede vivir esperando. No se debe esperar nada de alguien que te confiesa el primer día sus intenciones. El único día. No soy una mujer fácil, ni una aventurera. O no lo era. O no sé si lo soy. Ahora ya no estoy segura de nada. Has hecho que dude de mí misma. Lo único que sé de mí es que soy alguien que se ha acostumbrado a esperar. 

Recuerdo la noche en que nos conocimos. La única noche. Entré en ese garito inmundo por casualidad. Fue un atrevimiento. Una forma de rebelarme contra la vida y contra el aburrimiento. Parecía una taberna. La música sonaba con desgana y, al fondo de la barra, había una única mesa vacía, una mesa en la que no quedaba ni rastro de bebida, la mesa limpia que parecía esperarme. La gente bebía cerveza y hablaba en voz muy alta. Chillaban y bebían. Los hombres sobaban el culo a las parejas, les rodeaban la cintura con los brazos y escupían besos en sus escotes. Besos lascivos y sin sentimientos, un puro toqueteo que a mí me repugnaba. 

Esa visión tan extraña y llena de suciedad me asustó. Fue un instante tan solo, pero deseé no estar allí, salir corriendo, deseé que la enésima pelea con mi marido no hubiera tenido lugar, quise estar lejos, volver a mi casa, a mi esquina serena, instalarme en mi vida de siempre. En esa clase de vida que me cubre de un vacío imposible de llenar. Porque no hay otra cosa. Eso creía. 

Solo me detuvo tu sonrisa. Un algo brutal y un algo tierna. Me sonreíste desde el otro lado del bar y te acercaste a mí como un vaquero en busca de una res. Eras el personaje de una película de John Ford, un hombre duro, con el cuerpo tenso y una expresión extraña. Me sonreíste y no hablaste nada. Te bebiste tu copa de un trago y volviste a llenarla. Una húmeda gota, una tan solo, quedó prendida en la comisura de tus labios. Yo deseé bebérmela en ese instante. Me sonreíste y colocaste una de tus manos en mi nuca. Una mano grande, recia, una mano segura de sí misma. Habías bebido otro sorbo de tu whisky sin agua y tu boca tenía un sabor amargo. Fui capaz de notarlo aun sin haberme acercado todavía. 

Tu mano poderosa me acercó a ti. Con brusquedad. Sin ninguna ternura. Me temblaban las piernas. Se abrió el botón superior de la blusa blanca que llevaba y dejó entrever el tono azul oscuro del sujetador. Palpitaba. Tu mano me acercó a ti y me abriste los labios con tu boca, hábilmente, como quien sabe lo que hace. Y lo sabías. Mis labios se fundieron. Percibí un aliento agridulce y noté tu saliva. Algo tibio, algo cálido, algo helado. Separaste mis labios con tu lengua y yo no pude moverme, aprisionada, con tu mano en la nuca, muy cerca de tu cuerpo. Tan cerca que sentí todos tus músculos, cada uno de tus nervios, cada parte de ti, completamente. 

Me hubiera marchado entonces si tú no me aprisionas contra ti, si tú no aplastas mi cuerpo contra el tuyo. Si yo no hubiera notado sobre mí cada uno de tus huesos. Continuación del mío, tu cuerpo se incrustaba, me separabas las piernas, entrabas en mí a través de la ropa. Yo no podía moverme. 

Me hubiera ido corriendo a cualquier parte, pero entonces cedió la presión de tu mano, separaste tu cuerpo y yo me quedé huérfana. A esa distancia, tus manos tomaron el óvalo de mi cara y tus ojos dijeron al tiempo que tu boca: Bésame. Ahora, bésame tú. A ver cómo me besas. 

Entonces, torpemente, con mi gesto de miedo, de casada aburrida, con los ojos abiertos, con los labios tan húmedos de dolor, acerqué mi boca a la tuya y te besé una vez, otra, mil veces, me comí todos los besos que antes no había dado, me tragué tu sabor hasta las heces. Te bebí entero a través de los labios. 

Me hubiera ido en ese mismo instante. Pero entonces me subió por la espalda un espasmo, un escalofrío que antes no había notado. Me ardieron las entrañas. Y no pude marcharme. Aún te espero. 

Ahora parezco una mujer como las otras. Una mujer casada, respetable, que mira con los ojos aunque nada percibe, con el frío calado hasta los huesos. Parezco la de siempre, pero ya no lo soy. Después de aquella cita te esperé en muchas noches, te busqué en mucha gente, te soñé entre mis sueños. Tus palabras dijeron que llegaría otro día, que llegaría otra noche, que el fulgor entrevisto, que el ardor de los cuerpos, nunca podría acabarse. 

Pero no soy la misma. No has llegado. Y yo espero. 

martes, 15 de septiembre de 2015

Anita Loos. Cuestión de gustos.

Cuando Anita Loos (1889-1981) le llevó al reputado director de publicaciones H. L. Mencken (te recomiendo la lectura de su "Vete a la mierda"), el original de su libro "Los caballeros las prefieren rubias", este le dio un buen consejo: Nena, te estás riendo del sexo y eso es algo que nunca se ha hecho en Estados Unidos. Te aconsejo que lo envíes a Harper´s Bazaar, donde se perderá entre los anuncios y no molestará  a nadie". 

La disciplinada Anita así lo hizo. Y he aquí que, una vez publicado por entregas en la citada revista, ocurrió un hecho insólito: los hombres empezaron a leerla. Entre esos hombres estaba, según se cuenta en todas las crónicas, un señor llamado James Joyce. ¿Les suena, verdad? De modo que no hubo más remedio que reconocerle el éxito y publicarlo en forma de libro. Tres años después vio la luz la segunda parte "Pero se casan con las morenas" y el asunto llegó a las cuarenta y cinco ediciones. Hablamos de 1925 y 1928. Uffff. 

La guinda del pastel la puso un tal Howard Hawks que, en 1957, decidió rodar una película basada en ambos libros, escogiendo a dos chicas cuyos nombres os sonarán: Jane Russell y Marilyn Monroe. Uffff. Porque, a partir de aquí, se universalizaron los personajes y ya todo el mundo conoció a las chicas que Loos había creado con la sana intención de reírse de todos, hombres incluidos. La sana risa que contradice la lucha de sexos. Apunte personal: si los hombres y las mujeres se rieran más entre ellos y entre sí, otro gallo cantaría. 

La rubia es Lorelei Lee y la morena Dorothy Shaw. Ambas son auténticas depredadoras que están en el mundo exclusivamente empeñadas en conseguir un marido rico. Antes de eso, sus miles de intentos fracasados ocasionan la hilaridad de los lectores, pues las dos tienen un consumado olfato para dar con hombres equivocados. La aparente inocencia de Lorelei y la inteligencia práctica de Dorothy, al final conducen al mismo callejón sin salida. Ni una era tan inocente, ni la otra tan lista. En resumen, son las dos caras de una moneda y quizá se les pueda aplicar esa sentencia tan castiza de los pueblos de la campiña andaluza: Es muy cortita, pero, para algunas cosas, es muy larguita. No hay hombres ideales, es la conclusión, todos ocultan algo, por más que se maquillen de triunfadores, vencedores, maravillosos y geniales. Dorothy y Lorelei son las primeras mujeres modernas que son capaces de darse cuenta y de reconocer que no es oro todo lo que reluce. Y, al fin y al cabo, qué más da, se dicen a ellas mismas, tampoco hace falta que hayan descubierto América...basta con que tengan una buena casa en Mayfair y un yatecito anclado en Mónaco y que asistan a la bolsa de New York con la esperanza de que sus acciones prosperen. Uffff. Es broma. 

El trasfondo del argumento es harto sombrío, hosco, transgresor. Los años 20 y la Ley Seca, paraíso de los delincuentes, los gángsters y los negociantes de poca monta. Acidez, ingenio, humor, son los ingredientes básicos del cóctel y, quien sabe, si no son, en realidad, los ingredientes básicos de cualquier acercamiento al mundo masculino. Si Dorothy y Lorelei acaban concluyendo que a los hombres no hay quien los entienda, no voy a ser yo quien les enmiende la plana. Ni a ellas ni a la sabiduría pionera de Anita Loos. Otra apostilla: A los hombres no hay quien los entienda. Aunque ¿es necesario entenderlos? ¿no debería bastarnos con que nos hagan reír? 

Ella, Anita, había escrito los rótulos para las películas del cine mudo, algo que parece poca cosa pero que debía ser dificilísimo pues se trataba de condensar en una frase toda una escena. Además, ejerció de articulista en revistas consideradas femeninas (y lo eran, desde luego), como la propia Harper´s ya citada y Vanity Fair. Toda su vida fue colaboradora de The New Yorker. Cuando llegó el cine sonoro, que dejó en la cuneta a multitud de artistas que, literalmente, no sabían hablar y a otro montón de oficios, como el pianista de acompañamiento o los rotulistas, Anita siguió adelante con su oficio de escribir y se lanzó al mundo de los guiones. Brilló con luz propia en películas de importancia y tuvo ocasión, por eso mismo, de frecuentar a los astros más rutilantes de la industria del cine de la época. 

El arte de Loos estuvo en crear dos tipos femeninos llenos de efervescencia en momentos en los que las mujeres oscilaban en dos polos opuestos: el recato y la vida alegre. Las chicas Loos son decentes, como diríamos usando un vocabulario tradicional, pero tienen ganas de vivir, desean conocer a hombres interesantes y se lanzan al mundo con la alegría de quien quiere conquistarlo. No son brujas, ni malvadas reinas de corazones. Son mujeres casi independientes, que ansían el amor. Y quién no, añado. Los batacazos subsiguientes no son sino esquirlas en una navaja que tiene un cortante filo que, en cualquier momento, puede hacer daño. 

Puede que ahora nos parezca una ligereza lo que escribió Anita Loos pero yo no lo creo. Hablar de los hombres y las mujeres es siempre un atrevimiento. Y hacerlo desde una distancia irónica, sin esa carga psicológica y freudiana tan sospechosa y aburrida, es otro logro. Por supuesto, considerar que los hombres no son esos seres que nos conducen al paraíso sino personas normales que, como nosotras, sufren y viven de la mejor forma que pueden, es otra novedad, una mirada nueva, un punto de vista que, todavía, no estoy tan segura de que se haya aceptado por el común del mundo mundial. 

Si eres un hombre y te has parado en esta reseña por pura casualidad no dejes de leer a Anita Loos. Al menos te reirás y cambiarás ese gesto hosco que se te pone cuando piensas en la última chica que te dejó plantado. 


lunes, 14 de septiembre de 2015

Esa clase de amor



Creo que era de Doris Lessing. Y ese era su título. "Esa clase de amor". Pero el tiempo ha pasado y la memoria me flaquea. Ese recuerdo dudoso me ha servido para ilustrar esta fotografía y para convertir en palabras la música que oigo, en ese ejercicio cotidiano, impresionista quizá, o luminista, escritura automática, dadá, que hago con el lenguaje y el sonido y la imagen. 

Descubrí hace algún tiempo que hay tantas clases de amor como amantes. Y, en la línea de la educación que recibí, dudo que sea amor lo que a veces he sentido, dudo de haber sido amada, dudo de todo. Al fin, debería dar lo mismo. Poner nombre a las cosas no les añade nada, no sirve sino para movernos en el terreno movedizo de las palabras y eso, cuando hablamos del terreno aún más movedizo de los sentimientos, es absurdo. Inútil, os diría. Me diría. 

Hay amores que duelen. Enormemente incluso. Amores que arrasan y te dejan sin fuerzas. Que evaporan lo que eres y lo que vives. Amores líquidos, efervescentes, amores que apabullan, amores que arrebatan, que desolan, que siguen dentro a pesar de que los años pasan y las fuerzas nos abandonan. Hay amores que existen para siempre, que no se borran con otros amores, que no se pasan con otros abrazos, que no se escriben de forma diferente. Hay amores que no caben en ningún bolero, que se desbordan, que te roban las horas de sueño, que te hacen mentir y mentirte. 

Esos amores también lo son. Incluso aunque la piel contra la piel sea solo un deseo inalcanzable. Incluso aunque el tiempo se escriba con la palabra ausencia. Incluso cuando todo se desvanezca al despertar. Incluso cuando no hay cuerpos desnudos que los certifiquen. Ni abrazos que los apuntalen. Ni besos que los demuestren. Hay amores que son invisibles para todos, menos para el que lo siente. Amores que duelen de no ser, de no estar, de no sentir. 

Las vísperas del adiós se escriben igual de tristes con todos los amores. Se escriben con lágrimas y sal. Con emociones que solo evitarías si eliges no vivir. Las vísperas del adiós son una fuente, un caudal de tristeza, el caldo de cultivo de una soledad que anticipas. Sabes que mañana no estará, que sus palabras serán el ayer y que el presente te vaciará por dentro. No serás nada. Ni siquiera sufrirás por no tenerlo. 

Escribo ahora el amor que te tengo y siento que ya te he perdido, que ya te has alejado. Siento que tus noches y tus días serán de otras, que otras vendrán a ocupar el espacio que nunca tuve, el tiempo que no fue mío porque no existí entre tus brazos. Siento ahora la nostalgia de un sentimiento inexistente, de un deseo que no tuvo forma, de una vida que no se llenó de ti. Escribo ahora que el amor tiene muchas formas y una de ellas es esta: la que se hace del fuego oculto que nunca tendrá brasas, ni se encenderá al alba, ni arrasará los ojos ni los cuerpos. 


Una casa flotante en el río Támesis


Allí, en una casa flotante sobre el río Támesis, vivió una temporada Penelope Fitzgerald. La conocí en 2010 cuando la Editorial Impedimenta, que con tanto talento lleva Enrique Redel (un editor enamorado de los libros, lo que no suele ser frecuente), publicó "La librería". Dado que la escritora nació en 1916 y el libro se publicó en inglés en el año 1978, esto quiere decir que su salida a la luz podía ser considerada tardía. En efecto, esta es su segunda novela pero la primera se publicó solamente un año antes, en 1977, "The Golden Child", una historia cómica de misterio que se ambienta en el mundo de los museos. 

La vida de Penelope, como me gusta llamarla porque así la siento más cercana (algo que me ocurre con todas las escritoras a las que amo), fue extraordinaria. Era hija de un editor, sobrina de novelista y de un estudioso de la Biblia. Se educó en colegios carísimos y ejerció de periodista para la BBC durante la Segunda Guerra Mundial. En 1941 se casó con Desmond Fitzgerald, un soldado irlandés con el que tuvo tres hijos. 

En realidad, su primer libro fue una biografía del pintor Edward Burne-Jones publicada en 1975. Tras las novelas que he citado fueron saliendo a la luz otras, todas con un marcado carácter autobiográfico. Así "A la deriva" de 1979, "Human voices" de 1980 y "At Freddie´s" de 1982. 

Sus siguientes libros siguen otra senda, más cercana a la narración de hechos en un determinado contexto histórico, pero ya alejados de su propia peripecia vital. "Inocencia" de 1986, que Impedimenta publicaría en 2013, que sucede en los años previos a la revolución rusa en Moscú. Luego, "La puerta de los ángeles", de 1990, que acaba de publicar Impedimenta y que tengo al lado en mi mesa mientras escribo. Y, por último, "La flor azul", publicada en 1995, y en español, por la misma editorial, en 2013, centrada en la vida del poeta alemán Novalis. 

Su muerte, en Londres, en el año 2000, cerró una vida plena, en la que había habido ocupaciones e intereses muy diversos. No era la típica escritora encerrada en casa, antes bien, posiblemente empezó a escribir y a publicar tarde porque tuvo, con anterioridad, muchas cosas que hacer. Siempre se consideró una outsider. Y outsiders son también sus personajes, gente inadaptada, artistas, gente frustrada, amantes que no eran correspondidos, personas raras. Vulnerables, desfavorecidos, interesantes...Los derrotados del mundo, la gente que no triunfa, los que tienen pocas cualidades, todos los que nunca formarán parte de la brillantez de la vida pública y tienen que lidiar con una existencia cotidiana llena de conflictos, e, incluso, sin ellos. 

Dicen de ella que era austera, lacónica, moderada y con una genialidad innata y un sentido del humor lleno de ironía. No quería tener éxito, sino mantener su filosofía de la vida y de la literatura. Era consciente, no obstante, de su valía y luchó en el mundo editorial, al que accedió con casi sesenta años, por tener el respeto de los editores, lo que no le resultó nada fácil. Los premios que jalonaron el final de su vida, larga, que le permitió publicar durante más de veinte años a pesar de haberse iniciado tarde, son muestra del interés que su obra despertó. Sin embargo, ello no la convirtió en una celebridad, sino en una novelista a la que seguían lectores apasionados y exigentes, como ella misma lo era. Sus novelas son delicadas, llenas de dulzura, sentimiento y vitalidad. Son divertidas y oscuras. Difíciles y elocuentes. Indirectas y plenas de fortaleza narrativa. Su punto de vista es sumamente original. En las primeras, autobiográficas, recorre los avatares de una vida llena de experiencias que le sirvieron de mucho y, sobre todo su observación de los tipos humanos con los que se relacionaba, algo que hacen maravillosamente todas las escritoras inglesas. 

Si quieres conocer más sobre ella te aconsejo una biografía estupenda: "Penelope Fitzgerald: A Life" escrita por Hermione Lee. La editorial Impedimenta ha realizado un enorme esfuerzo para ir publicando sus novelas, de forma que la ha dado a conocer ampliamente al público español. En mi caso, el primer libro que leí de ella fue "La librería" y me cautivó. Basada en un hecho real que tuvo lugar cuando ella ayudó a sacar adelante una librería en un pueblecito. La librería simboliza el misterio, el universo que contiene todas las ideas, pasiones y personajes. 

He pensado alguna vez que, dado que vivió tanto y su muerte ocurrió solo hace quince años, podía haber tenido la oportunidad de conocerla. Imagino una charla con esta anciana vivaracha y llena de ideas, poseyendo el arte de la escritura, disfrutando de una ancianidad plena, publicando libros y hablando de la vida. Sueños que no serán realidad. Pero están sus novelas. Para leerlas hasta el fondo. 

sábado, 12 de septiembre de 2015

El espejo



No supo como, sin apenas darse cuenta, el espejo le devolvió otra imagen. La última vez que se detuvo en el rellano de la escalera, frente a la gran luna que ocupaba casi una pared, observó el reflejo de una mujer joven, con los ojos sonrientes y una expresión satisfecha. Tenía bonitos hombros y un chal de seda por encima, que cubría un ligero vestido de verano. Toda en ella respiraba la alegría de saberse una mujer deseada, de entender que, a su paso, los hombres iban a girarse a mirarla. 

No supo nunca como, al cabo de unos años que transcurrieron sin conciencia de ello, el espejo le ofreció otra visión. Unos ojos cansados, una mirada turbia, una sonrisa áspera, unas manos doloridas, una figura llena de interrogantes. Se preguntaba a sí misma cómo había ocurrido esa transformación, por qué era otra persona sin haber terminado de gozar de la anterior. Qué extraño sortilegio había logrado el cambio, sin ella percatarse, sin ser consciente apenas de que había algo de lo que disfrutar. 

No supo como, inopinadamente, sin aviso, sin que nadie le dijera que eso iba a ocurrir, se convirtió en una mujer invisible, una mujer a la que nadie amaría nunca, a la que nadie observaría con interés, a la que nadie se acercaría con intención de besar, una mujer con la que nadie tendría esa cosa que llaman química y que convierte en deseados los abrazos. 

Así que ahí está, vagando sola, sin remedio, en una turbiedad indeseable, con el espejo desaparecido, roto, oculto, escondido, para que ninguna imagen suya pueda enviarla al pozo oculto de los sueños perdidos. 

viernes, 11 de septiembre de 2015

A veces el amor no es suficiente




La muchacha recorría la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Su corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy finito en el escote, en forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y ella andaba sobre unas sandalias blancas que le hacían un poco de daño. Eran nuevas, hechas para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido. 

En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por las gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que la amaba profundamente y al que  abandonaría sin remedio unos meses después. Los separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha incertidumbre. Pero, en ese tiempo, aún eran dos seres que se escribían cartas encabezadas siempre por la misma frase: Mi vida, mi amor, mi todo…

Así que caminaba fijando la vista en todos los escaparates, en los transeúntes, en las calles, las esquinas, los bares, las tiendas. Apresaba en la mirada todo lo que veía y llenaba el corazón con su vista, aunque era un mediodía de absoluto calor en la que todo clamaba por el agua fresca, la sombra y el silencio. Nada había de silenciosa en aquella marcha por la ciudad semidesierta, porque el grito del corazón era más voluminoso que el silencio mismo. La callada respuesta de las manos no se correspondía con el deseo que, aun satisfecho, anidaba en cada uno de sus movimientos. 

El desconocido surgió de improviso. Era alto y llevaba una inmaculada camisa blanca de manga larga, al modo elegante en que los hombres elegantes llevan las camisas en verano: como si no hiciera calor en absoluto. Los vaqueros estaban gastados pero eran de calidad y sus zapatos (se fijó en sus zapatos) eran grises de ante, lo que indicaba no solo buen gusto, sino un hombre presumido que quería causar buena impresión. Era joven, unos treinta años, aunque no tanto como ella, que no había cumplido aún los veintitrés. 

El desconocido llevaba en las manos una cartera, una especie de portafolios de piel, que balanceaba sin cuidado al andar. Sus gafas de sol ocultaban el rostro pero dejaban ver el tono bronceado de la piel, la barba de dos o tres días y el tono rubio del cabello. Era un hombre guapo. Nueve de cada diez mujeres lo hubieran afirmado. La décima pensaría que se trataba de alguien, incluso, demasiado guapo. 

Justo a la altura de una tienda de ropa masculina se encontraron frente a frente. Se paró entonces él y la miró. Primero, brevemente. Luego, con detenimiento. Le cortó el paso en seco. Ella se asombró. Le preguntó ¿qué haces? ¿No lo ves? Estoy mirándote, dijo. Sí, pero no me dejas avanzar. ¿Quieres irte? Claro. Estás interponiéndote en mi camino. Me estás molestando. La voz de la muchacha estaba llena de una leve irritación. ¿De verdad te molesto? Pues, sí, ¿por qué voy a engañarte? Mira, dijo muy serio, te he visto y he pensado que, si seguía mi camino sin detenerme, iba a perderte para siempre. No sé cómo te llamas, no sé dónde vives, quién eres, ni qué haces. Pero sé que no quiero perderte. Estás loco, le dijo y ni siquiera esbozó una sonrisa. Quizá, le respondió, pero no miento. No se trata de mentir, se trata de que es una locura, no puedes pararme en medio de la calle y decirme esas cosas. Sí puedo, claro que sí, ya lo he hecho. No debería resultarte tan extraño. Es una forma más de conocerse. Pero no nos conocemos, no somos nada el uno del otro, no sé quién eres, puedes ser un loco peligroso, seguramente lo eres. No soy un loco, créeme, pero podría perder la cabeza por ti. De hecho, quizá ya la he perdido. 

Entonces se asustó. Miró a su alrededor. Desierto. Vacío. Nadie en la calle a esa hora imprudente del mediodía en la que  había cerrado la casa que el amigo le había prestado para vivir un amor clandestino. Nadie y ese desconocido hablando de una forma imposible. ¿Dónde estás? pensó. ¿Por qué en ese momento recorría desnudamente sola la calle, a expensas de cualquiera que, como el hombre de la camisa blanca, quisiera abordarla sin que nadie lo evitara? ¿Dónde estás? se repitió a sí misma varias veces, apenas sin caer en la cuenta de que aquel hombre la miraba sin apartar la vista.

Entonces lo entendió. Él estaba en su casa, con su gente, su esposa, sus ojos, su vida, sus libros, su jardín. Y ella estaba allí, de azul celeste, en medio de la calle, sola, con un desconocido que le estaba diciendo lo que él nunca fue capaz de expresar. 

Entonces escribió mentalmente la carta en la que iba a decirle que "todo ha acabado entre nosotros". 


miércoles, 9 de septiembre de 2015

"Judith Fürste" de Adda Ravnkilde

La literatura danesa es una desconocida entre la mayoría de los lectores españoles. Como ocurre, por otra parte, con otras literaturas nacionales. El peso de lo anglosajón es importantísimo y también de la literatura sudamericana, como es lógico. Luego hay una cierta penetración de libros franceses o italianos, pero el norte de Europa está casi virgen, si exceptuamos las sagas tan conocidas tanto dirigidas a mayores como a niños. 

Por eso, descubrir autores es aquí una odisea y una aventura. En este caso, autora. Una mujer a la que Alba, en su colección Rara Avis, ha puesto sobre la mesa editorial con este libro, casi autobiográfico, que escribió en su juventud, pues se suicidó a los 21 años. Un libro precoz de una autora a la que llamaríamos malograda. 

Judith Fürste no tiene recursos económicos. Se los han birlado directamente. Ello la convierte en una joven pobre que debe aceptar lo primero que se le ofrece para salir adelante. Y eso es, justamente, el matrimonio. Al morir su padre, su madre se volverá a casar con un hombre egoísta que usará todo tipo de argucias para dejarla sin nada, incluso sin su orgullo, el que ella defiende con uñas y dientes. Pero será inútil. Casarse es una solución que no puede despreciar. Y así aparece la figura de un noble, Johann Banner, que aprovecha su desesperación para ofrecerle su mano. Una mano cargada de orgullo también. El matrimonio se convertirá, de ese modo, en una lucha incesante entre dos voluntades, la de una mujer que quiere ser independiente y libre, por un lado, y un hombre que tiene los prejuicios propios de su posición social preponderante. 

Celos, errores, vanidad, humillaciones, discrepancias, luchas internas, miserias y generosidad a la vez, todo se entrecruza en una novela asombrosamente madura para haber sido escrita a tan temprana edad. Aunque, quizá, la autora conocía de primera mano todo lo que contaba y estaba además tocada por la varita mágica del talento literario, ese que se dispensa por la madre naturaleza como cualesquiera otros dones de esos que adornan a las personas. 

Un ejemplo más del mosaico de maravillosos títulos que la Editorial Alba incluye en su colección Rara Avis, cada uno de los cuales merecería una reseña, tanto por su calidad, como por el atrevimiento que supone poner en el mercado un autor desconocido, una obra disidente o una mirada nueva y original.