lunes, 29 de junio de 2015

La espuma de los días

La espuma de los días es el título de esta entrada y también el título de un libro de Boris Vian que leí hace años. Alguien me lo recomendó. Recuerdo bien quien era. Un chico extraño, inteligente y paranoico, que se movía mal en sociedad y que tenía algunas manías dudosas. Miedo, sobre todo, a perder su rebeldía o a alejarse de sus principios. Un chico raro que leía cosas raras y que me parecía atractivo entonces, con esa clase de misterio que adorna las mentes privilegiadas pero atormentadas. Leí el libro y me produjo una rara sensación. Un nenúfar que crece en una chica. Cosas de autores como estos, tan alejados de mis "chicas" inglesas. Volví a leer mis cosas y ahora ya no reniego de lo que me gusta, sino que me afirmo en mis intenciones y vuelvo los ojos a lo que soy, me acepto, me respeto y me cansa la tontería de fingir. Se lee lo que se lee y no pasa nada por no leer lo último de, o lo primero de tal. 

La espuma de los días a la que me refiero no es la que llena este curioso libro, sino el paso del tiempo, la inefable e innegable sensación de que todo acaba y empieza a la vez, la búsqueda del sentido de la vida en medio de la vorágine. Todos los años, cuando llegan estas fechas, pienso en cómo voy escribiendo con la tinta de las horas y los minutos, el recorrido de la vida. Los afectos, las dudas, los temores, los miedos, los silencios, los sinsabores, las alegrías, los miedos, los ratos felices, las personas a las que amo, las personas que me aprecian, la gente....todo se mezcla y se transforma en una alegre algarabía llena de posibilidades y también de sombras. Porque sombra y luz son indisolubles.

Los sueños no deben abandonarse nunca. Sueño con un lugar en el que mi alma esté en paz, un sitio en el que la compañía sea agradable, quizá la que prefiero antes de todo, un sitio en el que no tenga que fingir, en el que descanse sin atarearme en tantas cosas como me ocupan diariamente. Quizá ese lugar no exista, no lo halle nunca. Estoy casi segura de ello. Quizá ese lugar solamente esté en mi imaginación, en mi escritura, en mis palabras, en mis textos, en la mirada con la que veo el mundo, fuera de mí todo es un silabario afortunado.


domingo, 28 de junio de 2015

El mar se ha teñido de azul



Sorolla pintó el mar. Richard Gere tenía vértigo. No había, en el lujoso hotel de Hollywood, ningún ático en el primer piso. Frente a mí, el mar. Un mar que no es el mío. Un mar azul, en lugar de verde. Un mar cerrado, en vez de oceánico. Alberti hablaba de "la mar". La mar de Cádiz, por supuesto. 

La terraza del ático vuela sobre el edificio. En la línea del Paseo Marítimo están las palmeras. Enhiestas, firmes, seguras. Las hojas se balancean con un viento variable que aquí es fresco pero que, en el oeste, es terriblemente caluroso. El este y el oeste de Andalucía van a la contra, son paraísos opuestos. Hemos contemplado un eclipse de luna, sentados en la arena, en la línea frágil que separa la tierra del agua. Las mareas, las olas, los vientos, son ahora nuestro lenguaje cierto, el modo en que nos comunicamos. 

Fíjate en el horizonte. Es azul. El final de la tierra es azul. La espuma de las olas es azul. El azul es el color en el que escribo los sentimientos, en estas tardes lentas del primer verano, cuando recuerdo tus ojos, verdes y transparentes. Esa sonrisa tuya. Esa mirada tierna. Las manos en las manos. Abiertamente entera tu sonrisa. Recuerdo tantas cosas que tendría que escribir un diccionario. Y guardar los afectos y los días. 

Este mar de Sorolla no es el mío, pero conserva el recuerdo de otros tiempos. Los tiempos del ayer y del mañana, el tiempo de la duda y de la espera. Es el tiempo del juego, del adiós, la mentira y el fracaso. Todo el tiempo. 

viernes, 26 de junio de 2015

Fin de curso


Los últimos días de junio son especiales. En las escuelas, los colegios, los institutos, se repite un mismo rito, una suerte de ceremonia, con algunas variantes, pero con la misma esencia. Despedir el curso. A veces, con el curso, se despide a las personas, a aquellos que se jubilan o se marchan del centro. En esta profesión es tan corriente despedirse...Los profesores son itinerantes, se mueven de un lugar a otro, derramando los afectos como si fueran un tarro de perfume que se abre y no se controla. En ocasiones, los niños se marchan. Cambian de escenario, de etapa, se van a la universidad, se lanzan a realizar otros estudios, a la vida del trabajo, quién sabe. Cambios, marchas, despedidas, los ritos del final de curso. 

Todo ello genera un ritmo especial. Es una clase de melodía acompasada que tiene muchos momentos. Los directores de orquesta varían pero los protagonistas son los mismos. Niños, profesores, padres. En las casas, la vivencia del fin del período escolar antecede a las vacaciones. En los niños, las notas son el primer acto de un verano ansiado la mayoría de las veces. Pero, en los profesores, todo tiene un sentido íntimo de balance, de recuerdo, de nostalgia, de reflexión. Qué he hecho, cómo lo hecho, me he equivocado, he acertado...

No es fácil hacer autocrítica. Pero, la gran mayoría, la hace. No es fácil mantener la ilusión con tantos vientos en contra. Pero, la gran mayoría, la mantiene. No es fácil sacar fuerzas de flaqueza, continuar hacia delante, luchar contra corriente. Pero, la gran mayoría, lo logra. Si no fuera por los profesores, el sistema ya se hubiera hundido. Si no fuera porque se suple con talento, conocimiento, imaginación, gentileza, disposición de ánimo, si no fuera por todo esto y algunas cosas más, el edificio de la educación se hubiera derrumbado. 

Pero hay una clase de compensación única en el trabajo que hacemos. Y reside en los niños. Los chavales. Los jóvenes. Es ese momento en el que aprecias que algo ha cambiado para ellos. Que una chispa, un descubrimiento, un adelanto, una pequeña mejora, se ha instalado en sus almas y en sus vidas y que, en ello, hay mucho de tu esfuerzo y de tu empeño. Es la satisfacción del trabajo bien hecho. Es la única fuente de la que bebemos. 

Así que, colegas, compañeros, disfrutad de este verano a tope. Pensad que volveremos con otras leyes, otras normas, pero la misma burocracia absurda, el mismo sentimiento de incomprensión. Nadie nos conoce mejor que nosotros mismos. Sabemos nuestros defectos pero también sabemos dónde está nuestra fortaleza. Y esa fortaleza ha de salir, no cabe duda. 

Feliz verano. Felices sueños de mejora. Y algo de aire de imaginación, que nos sacuda al fin para el futuro. 

sábado, 13 de junio de 2015

"No te lo vas a creer" de Sophie Kinsella


Te pongo en situación. Uno de esos días jodidos, jodidos, en los que todo parece salir mal. En los que todo sale mal. Te duele la espalda. Los zapatos te molestan justo en el dedo pequeño del pie izquierdo. Tienes que hacer varias compras y vas mal de tiempo. A la hora de salir del trabajo te surge un imprevisto que te retrasa aún más. Una de tus mejores amigas se ha cogido un cabreo del quince no sabes por qué y tampoco te lo dirá fácilmente. Hace mal tiempo. El verano anticipado de que disfrutabas se ha esfumado y, en su lugar, hay una especie de neblina absurda que te obliga a llevar otra vez cazadora vaquera...y con sandalias. El chico que te gusta (el hombre que te encanta) no te hace ni caso. Está en uno de esos impasses en los que ni frío ni calor. Ya no sabes si odiarlo para siempre o ponerle velas a San Antonio. ¿Más? 

En uno de esos momentos pasas por delante de una librería y tienes una inspiración. Oh, sí, hoy leeré un libro. Me dejaré de vagabundear por las redes buscando problemas y me centraré en la lectura. Leer es un ejercicio solitario en el que no puede haber disputas ni bloqueos. Solamente yo. Para mí misma. En mi cómodo sofá azul marino de piel, con mi bonito cojín beige y ocre para apoyar el libro y con una copa de cerveza O.O para ayudar la lectura. Quizá también me tome una tapita de jamón, aunque con cuidado de no manchar el libro, porque el jamón, cuando es bueno, bueno, ya se sabe, chorrea. Y unos picos de esos de Morón, el del paquete gris, que están crujientes, y unas aceitunitas verdiales, que ahora ya quedan pocas...

Buscaré un libro para leer, un libro para evadirme, nada de filosofía, ni de política, ni de clásicos, ni de sesudas obras maestras. Un libro "normal", de esos que hablan de gente normal y en los que pasan cosas normales. A ver. La librería ofrece poco género ahora mismo. Novela histórica por un tubo, eso que no falte. Y autoayuda, joder con la autoayuda y el coaching. Pues, anda que los libros crepusculares de los jóvenes, todos llenos de fantasmas y brujas. Bastantes brujas me encuentro cada día en la vida real. Una portada de colores te atrae. Un título simpático: "No te lo vas a creer". Vale, empezamos bien, con escepticismo. Y la autora, su nombre no te dice nada: Sophie Kinsella. Hojeas el contenido y miras la contraportada. Emma Corrigan, ayudante de marketing. Un jefe muy especial. Un vuelo en avión. Incontinencia verbal. Dónde está el punto G. ¿Talla 42? ¿Te mola ponerte tanga?

Llegas a casa con el libro, sin saber muy bien por qué lo has comprado. Era barato, eso sí, aunque luego verás que, incluso, podías haberlo descargado gratis de Internet. Ya no tiene remedio. Te sientas, respiras, te acomodas, lo abres. 27, 45, 67, 89, 140, 210, 265, 283. Ufff. Lo he acabado. He acabado el libro. Y, mientras lo leía, no me he acordado del trabajo, ni de los líos de papeles, ni del dinero, ni de Hacienda, ni del tipo que no me hace ni puto caso, ni de la amiga que se queja de todo, ni de...nada, ni siquiera del jamón que no me he comido, ni de las aceitunas que engordan. 

Dos horas del tirón. Un descanso mental inenarrable. No hace falta psicólogo. Ni beberse un gin tónic en copa de balón. Ni hacer yoga. Ni tomarse un tranqui....No hace faltan nada más que abrir sus páginas y comenzar a leer. ¿Esto es un libro malo? Y a mí qué me cuentas. Me da igual. No es "Macbeth" pero yo tampoco soy Edna Purviance....

Reseña:

"No te lo vas a creer" Sophie Kinsella. 2008. Salamandra. 

Sophie Kinsella es el pseudónimo de la escritora británica Madeleine Wickham, pseudónimo que utiliza para escribir las novelas de la serie Shopaholic (Loca por las compras, Loca por las compras en Manhattan, Loca por las compras prepara su boda, etc.). Nacida  el 12 de diciembre de 1969 en Londres, se educó en el Instituto Putney y se licenció en Filosofía y Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad de Oxford, ejerciendo como docente y periodista financiera antes de dedicarse a la escritura y al piano. Se casó con el director de colegio Henry Wickham, con quien tiene tres hijos. Escribió su primera novela, The Tennis Party, con sólo 24 años, y desde entonces se ha convertido en un éxito de ventas tanto con las novelas escritas bajo pseudónimo como las que publica con su nombre real. Es una de las máximas exponentes del género conocido como “chick-lit”, dirigido a mujeres trabajadoras de entre 20 y 30 años. (Lecturalia, web)

viernes, 12 de junio de 2015

"La historia del doctor Gully" de Elizabeth Jenkins


La editorial Alba ha rescatado otro de los libros de la escritora Elizabeth Jenkins (1905-2010). Curioso el gran número de escritoras que en estos últimos años están saliendo de la oscuridad merced a la traducción de sus libros en España. Stella Gibbons, Penélope Fitzgerald, Elizabeth Gaskell, Eudora Welty, Edna O´Brien...Todas ellas tienen una mirada propia, un altísimo nivel literario y cosas nuevas que decir. Todas ellas escriben en inglés y tienen en común el ser pioneras a la hora de vivir una vida no circunscrita a lo que se suponía era lo lógico para mujeres de su tiempo. Curiosamente han sido muy longevas y eso ha permitido entender y comparar su evolución estilística.

Elizabeth Jenkins frecuentó el Círculo de Blomsbury y, según cuentan, no era demasiado partidaria de Virginia Wolf, la estrella rutilante del grupo. Decididamente opuesta en su forma de pensar y de escribir, sí fue una austeniana confesa que fundó la "Jane Austen Society". Antes que este libro se publicó en la misma colección la novela "Harriet", basada en un hecho real ocurrido en 1877 y que la prensa de la época tituló como "El misterio de Penge". No desvelaremos el misterio porque, si podéis, estaría bien leer los dos libros. 

Jenkins no era una mujer al uso. Hija de un maestro de primaria, estudió Literatura en Cambridge. Siempre quiso ser escritora y a ello se dedicó toda su vida, larguísima, pues nunca se casó ni tuvo hijos. Publicó doce novelas y doce libros de no ficción, entre ellos la biografía de Jane Austen. 

En "La historia del doctor Gully" publicada en 1972, se reconstruye un sonado caso criminal que interesó a la sociedad victoriana. La trama es compleja y llena de giros, pero la autora tiene un especial ingenio a la hora de plantear los interrogantes y resolverlos. Es una historia de amor llena de elementos sociales, traiciones, emociones de todo tipo. La protagonista es Florence Ricardo, la esposa de un capitán bebedor y violento que acude a la consulta del doctor Gully en Malvern (Worcestershire) para buscar un remedio a sus nervios. El médico y su paciente inician un relación amorosa llena de altibajos y amenazas de escándalo. 

Resulta paradójico lo que ocurre con toda estas "damas escritoras". Personas de vida apacible en su mayoría, procedentes de tranquilas familias de clase media, sin aparentes emociones que llevarse a la boca, se convierten en astutas observadoras de la realidad, en trasmutadoras de la misma y en ágiles diseccionadoras de la naturaleza humana. Nada hay en ellas que permita considerar su especialísimo punto de vista. Todo parece desarrollarse según cánones establecidos, pero no es cierto. Ellas cruzan la frontera, utilizan las normas a su antojo y dan un toque de atención a la sociedad, sus convencionalismos y su hipocresía. 

Magníficos ejemplares de gente libre y diversa....

domingo, 7 de junio de 2015

Magnífico mamarracho



Puedes escribir un post desde la fascinación o desde la crítica furibunda. Este último es el caso de ahora. Recién vista, aunque con notable esfuerzo, la versión Keireana de "Orgullo y Prejuicio" me reafirmo en mi primera idea: es un auténtico mamarracho. Me da igual quién sea el director, quién ha hecho el cásting y, vive Dios, a quién se le ocurrió la idea de convertir el libro en una telenovela mexicana. He leído por ahí que no quisieron seguir la senda de la versión de 1995 de la BBC. Pero, almas de cántaro, si es una versión extraordinaria, cómo se os ocurre. No obstante, tampoco era necesario el copieteo de la BBC sino haberse leído el libro. Porque creo que esto es lo que ha fallado. En mi arrebato, he coleccionado los errores que observo en la versión y que os cuento, con saña, desde luego, sin perdones:

1. La lectura: Hacer aparecer a Lizzy Bennet como una lectora empedernida.
2. La casa: La casa de los Bennet es, directamente, una leonera. No eran campesinos pobres, sino gentry, nobleza rural. 
3. El vestuario: Vestir a las chicas con la cintura en su sitio, con telas de algodón y colores oscuros, es no conocer nada de la época georgiana. El colmo es ponerle a Keira un cuello camisero. Y la señorita Bingley aparece con un vestido....de tirantes....
4. El paisaje: El sur de Inglaterra, donde se desarrolla la acción, es un paraíso verde y húmedo, no un conglomerado de terrenos áridos y montañosos. 
5. El baile: No había bailes multitudinarios. Las familias escogidas no llegaban a veinticuatro, luego esa aglomeración es irreal. 
6. El protocolo: Ninguna persona iba a presentarse sin más ante un superior en rango. Nadie cotillea sobre otros en medio de un salón. Las chicas no salen solas con los hombres. Etc. 
7. Netherfield: ¿Una biblioteca famosa en Netherfiel? Netherfield es una casa alquilada, no la casa solariega de los Bingley. La gran biblioteca estaba en Pemberley. 
8. El trato: Lizzy Bennet le pregunta, en medio del baile, al señor Darcy si le gusta bailar. Dios mío...
9. Los peinados: Ninguna chica ni mujer se hubiera peinado así ni en el estado de necesidad más extremo. ¿Cabello suelto? Qué horror. 
10. El señor Bennet: Jamás acudió a ningún baile, para eso tenía su espacio en su biblioteca de la que apenas salía. Era un hombre irónico, no amargado, ni maleducado. 
11. El tratamiento: La hija mayor es la única que ostenta el apellido. La señorita Bennet es Jane. Las otras son la señorita Elizabeth Bennet, la señorita Lidia Bennet, etc. 
12. El decoro: La señorita Mary Bennet se pone a llorar en el baile, supuestamente porque no la han sacado a bailar. ¿Llorar en público? ¿Le importan algo a Mary los bailes?

Dejemos de lado el tema de la sala de las estatuas de Pemberley. Dejemos de lado todo. Incluso la película, que a nadie se le ocurra verla. Es un bodrio. 


sábado, 6 de junio de 2015

El aire de Velázquez

Parece ser que, un día como hoy, nació Diego Velázquez en la ciudad de Sevilla y en el año de gracia de 1599. Si Shakespeare es, para mí, el máximo valor de la literatura, no tengo duda alguna en que Velázquez lo es de la pintura. Y ello porque su obra nos enseña un camino que transitó con maestría y que abrió paso y anticipó lo que doscientos cincuenta años después ocurriría, esto es el arte moderno. 

La intuición velazqueña se une a su formación, en la que el maestro Pacheco tuvo arte y parte, así como  a  sus condiciones, a lo que llamamos talento y, desde luego, a su trabajo. No fue un pintor al uso, que repitiera temas o que se anclara en lo conocido. Antes al contrario, indagó y buscó soluciones a los problemas que él mismo creara. Y esto, en un funcionario de la Corte, no tiene un significado fútil.

La personalidad de Velázquez ha sido tratada siempre en función de su obra como suele ocurrir en España con sus hijos más preclaros, pero poca luz se arroja acerca de su peripecia vital, de su forma de entender la vida, salvo la que extraemos, con cuidado y precaución, de su propia tarea, del conjunto de su aportación artística, en este caso, a la pintura. Faltan biografías serias, estudios biográficos hechos con tino, que nos enseñen cómo un pintor formado en el taller barroco de Pacheco, llegado a Madrid para trabajar en la Corte, con lo que eso tiene de corsé, es capaz de desandar lo andado, incluso de anudar nuevos lazos y de crear, crear con mayúsculas. La huida de sí mismo, podríamos titular ese permanente impulso de cambio. 

Cada una de sus obras es un tratado de pintura. Con cada una de ellas culmina un género, un estilo, un modo, un "a la manera de...", como un Kubrick pictórico, podríamos decir. Contemporáneo de Cervantes y del genial poeta de Stratford, hay en Velázquez un aire de sueño inalcanzado pese a todo. Sus viajes a Italia, presurosos y llenos de expectativas, le terminaron de dar el tamiz necesario para desechar lo inocuo y abordar lo trascendente. La pintura con él se ennoblece en el sentido más puro. Prepara el camino posterior y lo inunda de posibilidades. 

De sus obras, he elegido "Las hilanderas" o "La fábula de Aracné" para representarlo en este post que habla de efemérides y de virtudes sin parangón. Diez mujeres, en distinto plano. El juego de la ocultación, la estratagema barroca de negar lo evidente. Pistas para llegar a la conclusión final o para entreverla. Y la luz. La luz que inunda el espacio y que danza a placer en medio de todos los cachivaches y los seres humanos. La luz que se queda y no se marcha, que no es evanescente, sino firme. La luz velazqueña como un reclamo cierto. La luz que años después recogerá Monet en el "plein air". La luz, sí, la luz.

"Las hilanderas" es una conversación a tres bandas: el tiempo clásico, representado por la fábula; el tiempo barroco con la escena de las mujeres en la fábrica de tapices y el tiempo por venir, el tiempo moderno, por su técnica, su factura, su pincelada suelta, su desdibuje y, sobre todo, su luz. Ay, la luz, otra vez, esa imperceptible esencia.

El cuadro, amén de perfección formal, de bullicio del aire entre las mujeres, de escorzos, de posturas, de telas, de rostros inacabados, tiene oculta o evidente, según se mire, la vindicación del propio artista. Soy un artista, no un artesano. Ahí lo tenéis. 

miércoles, 3 de junio de 2015

"Invitación al baile" de Rosamond Lehmann

La primera vez que acudí a un baile en serio, con vestido nuevo y chico acompañante, fue al terminar el instituto. La fiesta se organizó con todo lujo de detalles y recuerdo todavía, con inevitable nostalgia, la excitación que me produjo la elección del vestido, el peinado, los adornos y los zapatos. Quizá mucho más que la elección del chico, que no era sino el enamorado de turno. Un amor efímero como deben serlo todos los de la adolescencia y aun la juventud. 

En la Inglaterra de los años 30, entre una guerra y otra, el primer baile, la puesta de largo, era un rito de enorme fastuosidad en las familias que podían acceder a esa ceremonia iniciática. Familias acomodadas de la pequeña nobleza rural, burgueses, por supuesto la aristocracia. Fuera cual fuera la clase social, el baile despertaba la ilusión, el deseo y las expectativas en todas y cada una de las chicas.

Recuerdo mi propio vestido en ese baile del instituto. Era de gasa color lavanda y tenía unos tirantes mínimos, trenzados, y una cintura ajustada con una estrecha cinta de raso sobre una falda que se abría y volaba, como esas de Grace Kelly en las películas de Hichtcock. La gasa de la falda se agitaba al bailar y dejaba al descubierto las sucesivas capas que llevaba superpuestas para darle "gracia" al vestido. Al chico de turno el vestido le pareció "fascinante" y queda constancia de aquello en unas fotografías que recogieron puntualmente la esplendorosa risa y el ambiente.

¿Cómo no entender, pues, el relato que hace la escritora Rosamond Lehmann (1901-1990) de los pormenores de la preparación del baile de Olivia? Olivia es una chica tímida, callada y poco segura de sí misma. No le ayuda nada al respecto tener una hermana mayor como Kate, voluntariosa, testaruda y autosuficiente. A Olivia le gusta leer y escribir un Diario, cosa que la diferencia fundamentalmente de su hermana y de la mayoría de las chicas de su círculo. Cómo entiendo a Olivia también en esto...Esa duda permanente acerca de cómo te recibirán los otros, de cómo aceptarán tu forma de pensar, tu punto de vista...Esa reflexión sobre todas las cosas, en lugar de la evanescente superficialidad de otras amigas...Esa extraña sensación de estar "fuera" y de contemplar, a través de la palabra, los hechos y los sentimientos...

Sigamos. En su 17 cumpleaños alguien regala a Olivia una pieza de tela roja. Con ella se va a cortar y a coser el vestido de su baile de iniciación. Será, por tanto, un vestido poco usual, en un color absurdo para una debutante. También Scarlett O´Hara acudió al baile con un traje negro, a pesar de que movía los pies con insistencia tras el mostrador que recogía fondos para las familias de los veteranos.

La historia que el libro nos cuenta comienza con ese regalo y termina con la celebración del propio baile. Poca cosa, podemos pensar. Nada de eso, os digo. Porque en ese transcurrir aparentemente frívolo de la elección de la hechura del vestido, de la visita a la modista, de la búsqueda del peinado adecuado o las joyas y del baile en sí, hay mucho de vida cotidiana y mucho de sufrimiento, de desesperanza, de retratos de unos perdedores que no tienen nada más que ansias perdidas. Contra lo que pudiera parecer, el libro transita hacia lo más profundo de la emoción humana, hacia el miedo, los temores, las luchas internas de una muchacha y hacia la terrible razón de la existencia en seres desprotegidos de lujos y comodidades. La costurera que cose el traje, sin vida propia. El vendedor que ansía ser otra cosa...Gente innominada, gente de paso, vidas sin relieve....

No es "El baile" de Iréne Nèmirovsky, porque allí es el conflicto entre madre e hija lo que predomina. No es, tampoco, uno de esos bailes campestres de chicas casaderas de Austen, puesto que en ellos los personajes secundarios apenas tienen papel. No. Es una lupa colocada sobre la vida cotidiana sin dejar de lado lo que ocurre en los márgenes. Los protagonistas aparecen reflejados en los ojos y las livianas descripciones de los hombres y mujeres que pasaban por allí aunque fuera un momento. 

Baste decir, para terminar, que Olivia bailará esa noche con muchos chicos distintos, cada uno de ellos diferente y escasamente cercanos al sueño adolescente del amor verdadero. Y que en ese baile, no solamente se iniciará una costumbre social acreditada, sino el camino duro y a veces espinoso de una existencia que ya no tiene vuelta atrás. 

Con este libro de una autora hasta ahora desconocida en España, con esta primera traducción al castellano de uno de los libros de Rosamond Lehmann, perteneciente a una familia de intelectuales y que frecuentó el Círculo de Blommsbury, he hallado una voz nueva y atrayente, en la línea que la editorial Errata naturae ha iniciado y lleva a cabo para recuperar preciados textos, llenos de viveza, interés y buena literatura.

martes, 2 de junio de 2015

Catorce versos


En la novela de Jane Austen "Sentido y Sensibilidad", llevada al cine delicadamente por Ang Lee, Marianne recita un soneto de William Shakespeare. Los sonetos de Shakespeare están envueltos en misterio, en duda. Los expertos no se ponen de acuerdo en muchos de ellos, en su autoría, en su motivo, en su fondo, en su historia. La vida de Will S. es tan novelesca como las novelas que escribía, en esos mismos años, Miguel de Cervantes, el otro dardo en la diana de la literatura. En "Sentido y Sensibilidad" Marianne representa el desapego de las fórmulas sociales y la búsqueda del amor verdadero, un amor sin disimulos, sin dobles sentidos, un amor entregado y generoso. La vida no será propicia para ella y la mendacidad, las convenciones sociales y el engaño, harán que sufra cruelmente. En contraposición, el otro personaje femenino principal, su hermana Elinor, modelo de sensatez y de cordura, tendrá mayor fortuna, desde luego, porque Edward Ferrars, el hombre del que está secretamente enamorada, guardando en su corazón, como en un cofre, su tierno afecto por él, va a corresponderla de igual modo y su boda estará plena de dicha, cuando, al final de todo, la obra se termine como en los cuentos, con el beso de amor de los enamorados. 

El soneto que recita Marianne y el hombre que luego va a romperle el corazón, es el 116, que aquí aparece, en inglés y traducido. Las traducciones de los poemas son escasamente fiables y esta ni siquiera es muy buena. Pero, en todo caso, cómo no acudir a Shakespeare, a su énfasis, sus palabras, sus ideas, sus metáforas, su fuego, para aliviar el eco de un corazón solitario. Me sobra corazón, que dijo Hernández...Y Lope había dejado escrito: Esto es amor. Quién lo probó, lo sabe. 


SONETO 116

Let me not to the marriage of true minds
Admit impediments: love is not love
Which alters when it alteration finds,
Or bends with the remover to remove.
Oh no! it is an ever-fixèd mark
That looks on tempests and is never shaken;
It is the star to every wandering bark,
Whose worth's unknown although his height be taken.
Love's not Time's fool, though rosy lips and cheeks
Within his bending sickle's compass come;
Love alters not with his brief hours and weeks,
But bears it out even to the edge of doom.
If this be error and upon me proved,
I never writ, nor no man ever loved.


Traducción:
Déjame que el enlace de dos almas fieles
No admita impedimentos.
No es amor el amor
Que cambia cuando un cambio encuentra,
O que se adapta con el distanciamiento a distanciarse.
¡Oh, no!, es un faro eternamente fijo
que desafía a las tempestades sin nunca estremecerse;
es la estrella para todo barco sin rumbo,
cuya valía se desconoce, aun tomando su altura.
No es amor bufón del Tiempo, aunque los rosados labios
Y mejillas corva guadaña sigan:
El amor no varía con sus breves horas y semanas,
Sino que se afianza incluso hasta en el borde del abismo.
Si esto es erróneo y se me puede probar,
Yo nunca nada escribí, ni nadie nunca amó.