sábado, 30 de mayo de 2015

Madre



Tus libros y tus cosas. La blanca estantería. La ventana. Asomarse y retener el sol en las pupilas. Mirar el horizonte. Buscar, en la cartografía de la memoria, el paisaje perdido de la infancia; el pueblo aquel, sus casas y su gente. Tus amigas, tu escuela, tu maestra. Tu padre, en la distancia. Tu madre, en la retina. 

En ti vivía la risa. Reías por cualquier cosa. Una risa rotunda, convincente. Una risa capaz de hacer creer que eras la Campanilla de la historia. Una niña con alas, un hada, una borrosa forma blanca y transparente mezclada con el sol de los esteros y el resplandor del aire de poniente. 

Ay, tus viejas películas. Ese amor al cine que escribiste en tus ojos cada noche, cada tarde, a escondidas en la butaca oscura del teatro, cerca de las estrellas, en la noche, en cines de verano trashumantes, que buscabas sin dudarlo siquiera. Toda tu vida soñaste con el cine que los días eran otros, que transcurrían en la serena humedad de la costumbre, sin miedo a sobresaltos, que no era todo una montaña rusa. 

Ay, tus viejas canciones. Las coplas más terribles, las más duras, las coplas de traición, de sentimiento, las coplas de dolor, las coplas de mujeres. Abandonos, deseos, luchas, la vida. Vida en ti, vida en suma, la vida únicamente. Tus canciones, cantadas en voz baja, llenas de interjecciones,  eran el drama que querías vivir en el teatro. En el escenario, no en la vida. En la vida, que arrasara la dicha. 

Ay, madre, qué te busco. Qué te escribo sin escribir tu nombre. Qué adiós sin dártelo. Qué ajena despedida. Qué distancia. Qué cenizas dispuestas en torno a un corazón que se convierte en una lluvia fina de pétalos de rosas. Tus rosas, madre, junto a la ventana. Sin ti. Contigo. En ti. Tus rosas...

martes, 26 de mayo de 2015

El hombre equivocado

Nos ha ocurrido a todas alguna vez. El hombre equivocado. Te enamoras del hombre equivocado. Lo haces en un tiempo equivocado. Te expresas de la forma equivocada. Tú misma vives sentimientos equivocados.

Pero son tuyos. Los tienes dentro. No puedes evitarlo. No puedes evitar evocar su rostro, pensar en sus manos, añorar sus besos, incluso los que nunca han existido, incluso los que no van a existir jamás. 

Esta podría ser la sinopsis más simple de este libro y de esta película. "Suite Francesa", escrita por Iréne Nèmirovsky, apareció incompleta y una de sus hijas la cosió con cuidado y la hizo publicar. Estaba guardada en una maleta gastada y vieja en la que existían otros manuscritos de su madre y ediciones antiguas de quien fue, antes de ser deportada a un campo de concentración por su condición de judía, una eminente escritora, de amplia formación y mirada profunda sobre la vida y las cosas. 

Después de ese libro, brotaron otros, como ramas en un árbol antes seco, y todos los Irenistas hemos podido disfrutar de ella, de esa especialísima manera de escribir, tan intensa y tan ligera, a la vez, con un ligereza que tiene que ver con la suavidad de quien observa sin ser visto. No hay drama aparente en lo que escribe. El drama está envuelto en peripecias humanas, incluso divertidas, pero subyace en la escritura y te envuelve. Quisiera tener el don de Nèmirovsky para relatar el mundo que veo o el que percibo en mi interior. La envidio. 

En 2014, el libro se convirtió en película. Las imágenes intentan transmitir la fuerza de la situación creada por la escritora, con esos personajes al borde de la vida, con los sinsabores marcados en el rostro, con las luchas, los deseos y las ambigüedades. Como siempre suele ocurrir, nadie está a la altura de las circunstancias y todos han de hacerse perdonar sus errores. Es muy difícil ser héroe todo el tiempo. Y esa mirada tiene, a pesar de todo, una gran dosis de comprensión, tan necesaria si hablamos de debilidades. Y todos somos débiles y tenemos miedo la mayor parte del tiempo. 

En "Suite Francesa" el amor es el único elemento no contaminado por la historia, los uniformes, el destino, la nacionalidad, la raza, la guerra. Tantas veces he pensado, y ahora lo confirmo, que los avatares históricos te sacuden, convierten tu individualidad, tu vida cotidiana, en algo sujeto a contingencias extrañas. Te dejas llevar sin querer y un acontecimiento exterior, en el que no tienes arte ni parte, hace que tu río se mueva por otro cauce. El amor se ve comprometido en muchas ocasiones por este discurrir extraño de la vida. 

Si eres francesa y vives en territorio ocupado, si tu marido está en el frente luchando contra los alemanes, si eres una persona sensitiva y llena de sueños, no puedes enamorarte impunemente de un soldado alemán. Y, si lo haces, abrirás la puerta a una sinfonía inacabada que te arrastrará para siempre. Porque los lazos del amor son difíciles de desatar y porque, casi siempre, el hombre equivocado es justamente el hombre que puede conducirte a la única dicha posible para ti. 

domingo, 24 de mayo de 2015

Mis artículos de Cine: Una mirada personal

Acabo de recopilar, en la columna lateral de este blog, los artículos de cine que he escrito, hasta ahora, para la revista digital The Cult. El primero que escribí fue "Su juego favorito" esa comedia deliciosa y efervescente, llena de coches amarillos en los que nadie podría caber, pescadores que no saben pescar y amores, cómo no. Desde entonces, en 27 ocasiones, me he asomado a una película, he metido la nariz en aquello que me llamaba la atención y he escrito una especie de reseña que no es tal, sino una mirada propia, la forma en la que yo vivo y siento la película en cuestión.

Cada una de estas películas tiene un significado para mí. No son compromisos ni elecciones vacuas. Al contrario, expresan un momento, un deseo, una vivencia, un disfrute. Expresan todas algo. Desde las más superficiales a las grandes obras maestras. Mi acercamiento a ellas es totalmente personal, no tiene nada que ver con lo que hacen los críticos de cine que se fijan en aspectos más profesionales, digamos, aunque los hay maravillosos que aportan algo más siempre. En mi caso, he dejado volar la imaginación y el sentimiento porque es así como concibo el arte, desde dentro hacia fuera. Algunas de estas películas estaban escritas en mi memoria de manera fiel, pero otras las he vuelto a visionar y me han sorprendido de nuevo. Todas son mi biografía cinematográfica o una parte de ella. 

Cuántas veces he dicho que el cine me ha salvado....y es cierto. He aquí, todas reunidas, esas miradas de que os hablo. Puede que haya alguna reseña más por ahí, incluso ahora estoy dudando, y también las puedes leer en este blog. En todo caso, quizá sea curioso verlas reunidas, poderlas releer y comentar. Cine, cine, cine, más cine por favor, decía, cantaba Aute. De acuerdo totalmente. 

jueves, 14 de mayo de 2015

Bullying

Así como Leon Werth reconocería de inmediato, en el inocente dibujo de su amigo, a una boa tragándose a un elefante, así la persona mayor que hoy es aquella niña, descubrió en la mirada del niño la misma sensación de desesperanza. Advirtió que, como ella, el niño no tenía donde volver los ojos. Reconoció su gesto, el movimiento de las manos y ese aire asustado de un pajarillo que vuela sin saber hasta dónde su vuelo. 

Bullying. La niña nunca supo que existía esta palabra. Era una niña como otra cualquiera. Era graciosa, inteligente, estudiosa. Le gustaba leer. Le gustaba escribir. Le gustaba el teatro, los versos de Shakespeare y recitaba en voz alta sus obras. Paseaba por la calle y andaba a saltos, satisfecha, con las piernas muy largas y la melena al viento. Creía que era feliz. Lo era exactamente. En el colegio. En la calle. 

En uno de sus años de instituto tuvo la mala suerte de encontrar la maldad, que existe, en alguien de su edad a quien la envidia corroía por dentro y a quien la naturaleza no había dotado de apenas nada que tuviera que ver con la bondad. La niña no quiere, no puede hacerlo incluso ahora, recordar los hechos. Solamente recuerda sensaciones. De miedo, de impotencia, de duda, de vergüenza. Desde entonces la duda se instaló en todas partes. Nadie conoció nada. A nadie le contó su problema. Se quedó guardado en el fondo de un lugar inaccesible, y nadie tuvo la llave del secreto, ni siquiera ese hombre que tanto la quería. Nada de aquello se convirtió en palabras, en el sagrado altar en el que ella guardaba sus emociones más íntimas. Ni siquiera palabras. No hubo nada. Quizá un peso en el fondo del alma, que pesa todavía. 

Bullying. En estos días se sabe que existen estas cosas. El niño tiene suerte. Alguien lo ha detectado y él, al contar su historia, parece que ha dejado volar, con las palabras, un hilo de amargura, que se trenza y no escapa, porque quizá ya nunca se separe de su memoria el triste tiempo en que estuvo asustado. El niño enhebra su relato en voz muy baja, apenas un susurro. No parece irritado. Acepta que es así, que eso ha pasado y que él lo ha vivido. Quizá piensa que lo merece. Que es torpe, desmañado. Que está pagando alguna culpa inexistente. Que es un niño al que nadie abrazaría con ternura. A veces se interrumpe en el relato. Traga saliva y mira a todos lados. Luego, vuelve a contemplarse las manos quietas, colocadas sobre las rodillas, como si no hubiera otro sitio en que posarlas, como si fueran palomas de las que revolotean por el patio. Y confiesa "estoy solo". Y se calla después, porque está todo dicho. 

Protocolos, papeles, instrucciones, edictos, normas, reconvenciones, disciplina, silencio, ocultación, motivos, víctimas y verdugos. Palabras todas dichas al calor del momento. O quitarle importancia "eso siempre ha existido". O volver la tortilla "seguro que este chico tiene que ser muy raro". O engañarse a uno mismo "son cosas puntuales". 

La mirada. La mirada es la clave. La sensación de que no puedes mirarles a los ojos. El bajar la mirada, esconder las pupilas, guardar las lágrimas para otra ocasión, para un momento en el que no haya nadie. Aprendes que llorar va a delatarte. Y dejas de llorar. Y ya no lloras nunca. Las lágrimas se escapan y ya no vuelven a pesar de que tengas motivos para ello. 

Miradles a los ojos. Ahí está todo. Y no hay otro remedio que el cariño. El cariño te cura. Aunque en el fondo, por siempre, algo te hará creer que no mereces besos, que los abrazos son cosas extrañas, que has hecho algo terrible por lo que has de pagar. Y el miedo. Esa sombra fugaz que no te deja defenderte ante nada. 

El niño la ha mirado y lo ha entendido todo.


viernes, 8 de mayo de 2015

El arte de lo cotidiano

Desde hace algún tiempo tengo en “ellas” mis principales referencias. Mujeres que escriben, podría titularse, por eso, esta entrada. Literatura escrita por mujeres pero no “literatura de mujeres” aunque hay quien se empeñe en calificarla así y aún de convertirla en algo secundario. 

Coincidencia o convicción, encuentro en algunas autoras mi espacio literario más sentido, el sitio en el que puedo volcar mis ideas, mis pensamientos y mis emociones, sin temor a que resulten vanas, absurdas, inútiles. Creo que ellas han entendido la dialéctica que entablo cada día con mi propio corazón, ese juego dulce y fructífero en ocasiones y, otras veces, duro y casi inhumano. Sentirse, ser, estar con una misma. Las emociones, ese terreno árido que no conocemos, que nos pueden llevar al precipicio o a la gloria. La vida cotidiana, en contrapunto. Como si fueran dos paraísos distintos y distantes, imposibles de unirse en algún momento. 

Yo sé que no es así. Sé que la vida transcurre como un río, con sus meandros y sus momentos limpios. De forma natural o impostada. Libre o tirana. Como si tuviera que escribirse en algunos de los libros que leo. La vida cotidiana, aquí reflejada en estos títulos, se abre paso como si no tuviera forma de contenerse. Mensaje en una botella. El genio de Aladino en su lámpara. Huellas de lágrimas en las mejillas tibias. Sueños que se perdieron. Casi todo. 

Creo que fue Ellen Glasgow la que abrió el fuego. Leí de un tirón en un tren “La vida resguardada”, esa suerte de retrato del desengaño matrimonial, esa evidencia de que, al fin, todo acaba, nada perdura. Luego fue Stella Gibbons, con sus aparentes locuras, con esos personajes atrabiliarios que parecen llorar, aunque se rían. Penélope Fitzgerald, hermosa librería. Eudora Welty, ramalazos de historia. Edna O´Brien, magnífico retrato de unas chicas en las que tuve que reconocer, sin más ocultación, una parte de mí que permanece. 

Antes de eso, sin embargo, estuvo ella, Agatha. La gran dama del crimen y sus pequeñas cosas, sus misterios, esas células grises y esa vida reflejada en la cuenta del carnicero o en el delantal almidonado de una doncella pizpireta. Y luego, claro está, la gran Edith. Una inocencia perdida hace ya tiempo en el desván de las edades primeras que perdura a cada paso, sin ser ya niña, ni muchacha siquiera. Y Nèmirovsky, Iréne. Cuántas horas en ese sutil espacio de la mente en la que se narran los pequeños conflictos, las historias casi anónimas, el valor y la cobardía mezclados. 

Llegar a ella fue fácil. Seguramente entre un amor y otro, en esos días de la vida en que las horas se hacen largas y no quieres mirarte al espejo. Jane Austen en su gloria, en su especial mirada, en su timbre perfecto, en su sonido único y calculado. La vida en grado sumo. 

Ahora, después de todo, veo que los encuentros nunca se terminan. Porque hay otra mujer que escribe algo y que me llama a contaros de nuevo que el arte de lo cotidiano es quizá un arma que nunca puede separarse ni convertirse en ascua, porque es fuego. Su nombre, Alice McDermott, su libro “Alguien”. Una palabra solo, pero no únicamente una palabra. 

Quizá algún día, alguien, otra mujer, otra muchacha, lea algo que yo haya escrito y encuentre allí alguna razón, alguna pista, de esta difícil realidad que no logramos siquiera entrever cada día. 



miércoles, 6 de mayo de 2015

Pero mi corazón no estaba allí


El enorme catálogo se despliega ante mí en esta tarde de primavera sevillana, fresca y con aire de poniente. El poniente es el viento que, tras entrar por la bahía de Cádiz, sube el Guadalquivir y refresca los cuerpos, rescatándolos apenas de esa calima sorda y exasperante.
El catálogo, lleno de luces, de color y de fuego, muestra allí la pintura, casi toda, de Raoul Dufy, el artista a quien llamamos “fauve” y al que podíamos calificar de tantas cosas.
La sala es azul. Abiertamente azul. El azul es el leit-motiv, el valor seguro, la melodía que recorre las paredes y revierte en los ojos y se abre como un caleidoscopio que entreviera todos sus matices. Es el azul el tono, la música, la idea, la fórmula, la magia, el sueño, la pregunta y la respuesta. 
Allí, en una esquina, un grupo de personas, sin rostro ni identidad alguna, se mueve en un paso de baile pronunciado, al lado de la mar, el mar, azul de nuevo. Al fondo, los barcos balancean su casco al son de la marea. Las olas son azules, el viento no las mueve,  las aplaca.
En otro lado, cerca, las anémonas se ofrecen como parte de un rito majestuoso en el que el color se alía con la luz y la luz con la fuente y esta se llena de goces infinitos, para que así se muestre en esplendor todo lo que el hombre en su imaginación crea.
Hilos en movimiento. Lazos que atan las líneas y el dibujo. Fondos planos, sin sombras, sin matices. Están ahí a la vista y puedes observarlos, no se esconden. Poesía en el tono y en la forma. Poesía en la razón de que esto se produzca.
Tras el impresionismo, la luz se escapa del plein air y, por sí sola, traduce el sentimiento y la pasta pictórica se abrevia, se convierte en un paso de baile tan ligero como las zapatillas de ballet del cuento en que viven las hadas y las brujas se ahogan en el fuego.
La luz se ha liberado, los colores no admiten ya corsés, las figuras se agitan, los ojos se entreabren, apresando en la retina una imagen que no tiene traducción sino con sensaciones. No hay palabras, solamente goce.

(Muestra de Raoul Dufy en el Museo Thyssen. Madrid. Mis impresiones) (Imagen: El viejo casino de Niza)


lunes, 4 de mayo de 2015

Este rumor que siento...¿son tus labios?...




Para ti, que no sabes...

Honda pasión o grito ronco, qué importa. En vano lo pregunto cada tarde. En desigual batalla se plantea la lucha entre el tiempo que perdimos y el porvenir que acecha sin que sepamos cómo. En qué forma o motivo llegará hasta nosotros la huella de los días....En qué cuerpo hallaremos el consuelo que alivie un cansancio de siglos...

Será posible, si los dioses son benevolentes, encontrar una música que nos guíe y que abra nuestros oídos a la vida....

Abres el libro y lo comprendes todo. Abres tu corazón al mismo tiempo.

Sientes que el miedo tiene su cauce exacto. Sientes que desvaneces la amargura. Sientes que ese paisaje que perdiste ya es tuyo, que está tan recobrado como el dolor de ahora.

Es nostalgia, no sabes, o es querencia, o es fuego o es ardor que no consume el ascua milagrosa de los ojos, la mirada encendida de los labios. 

Abres el libro y el poeta se desnuda. Se muestra entre las líneas como si pretendiera elevarte a un espacio que solo él conoce, que solo él comparte, que él tan solo escribe para ti, como si hubiera oído una señal, en los albores del tiempo pretérito, que sirviera para avisar de que un día, un día lejano, cualquier día, este mismo día de ahora, en este mismo instante, alguien bucearía entre sus hojas para buscar respuestas. Y solo las preguntas hallaría. 

Porque el amor es una pregunta cuya respuesta nadie sabe. 


(Reseña bibliográfica: Ocnos y Variaciones sobre un tema mexicano de Luis Cernuda, en edición prologada por Juan Lamillar y publicada por Renacimiento, en Sevilla, 2014)

(Imagen: Luis Cernuda pintado por Ramón Gaya)