miércoles, 29 de abril de 2015

Escribir es cosa de dos

El hombre llevaba un traje gris que le sentaba como un guante. Bajo la chaqueta asomaban protocolariamente los puños de la camisa blanca y el cuello bien ajustado, rodeado por una estrecha corbata negra. Era alto y muy delgado. Algunas hebras grises saltaban su pelo, de forma intermitente, pero su bigote aparecía lustroso, mostrando un sello de vitalidad desusada en aquel marco. Dashiell Hammett había llegado pronto. No sabía cómo, las horas, en ocasiones largas, se le habían pasado tan deprisa la noche antes. En el garito azul al que llegó pasadas las dos de la madrugada, halló a una rubia esplendorosa con los dientes salidos al estilo conejo, pero con un trasero apetecible. 

No recordaba ya de quien partió la iniciativa pero la noche resultó provechosa. Bebidas, humo y mujeres, su ecuación más perfecta. Alguien, su agente quizá, lo metió en la cama a punto de evitar el colapso. Y, después de dormir muy pocas horas, se despertó de bastante mal humor. Allí estaba, por fin, en esa absurda convención de escritores a la que lo habían llevado a rastras. Se sentó en el sofá más cercano a la barra, por facilitarle al camarero el trasiego de copas y encendió un cigarrillo. Sus ojos oscuros y pequeños observaban inquisidores el movimiento rítmico de la puerta giratoria por la que entraban a cuentagotas los otros colegas invitados al evento. 

Eran de todas clases. Allí había una muestra variada de lo mejor y lo peor de la clase literaria. Guionistas de cine, con su aire apocado, poco dados al exhibicionismo. No sabían hablar en público y portaban siempre un gesto hosco e inimitable. Algunos novelistas de fama, otros que estaban empezando y pretendían hacerse de contactos para forjarse un sitio entre los elegidos. Dramaturgos, esa especie de escritor tan acostumbrada a tratar a los actores (sobre todo a las actrices) y que, por ello mismo, solían gesticular en demasía. También vio a escritores de periódicos, a medio camino entre la literatura y el producto alimenticio, el último escalón, sin duda. 

Pasados ya los primeros momentos en los que cada cual tomaba posiciones, hacía acopio de bebidas o se sentaba en un lugar con buena visibilidad, el conductor de aquello, un escritor muy viejo, una especie de pater venerable, dio paso a la primera intervención. Una oradora. 

Resultaba extraño que en un cónclave tan masculino fuera una mujer la que hablara. Solo había tres de ellas en la sala. Dos eran muy famosas, escritoras intimistas para chicas y amas de casa. La tercera, que era la que iba a tomar la palabra, era muy joven pero aparentaba más edad porque gastaba un aire de sobriedad excesivo, ni siquiera sonreía. Tenía el rostro anguloso, con ojos incipientes y una larga cabellera pelirroja con raya al lado, que, sin duda, auguraba mal carácter. Su nombre Lillian Hellman a él no le dijo nada. 

Pero, el leve murmullo mantenido por todos al principio de su intervención se fue apagando y a los cinco minutos ya nadie hablaba. Solo la pelirroja en el centro de aquello, vestida sobriamente de oscuro y sin coquetería, elevaba la voz y su peculiar acento sobre aquella asamblea prendida en sus palabras. Durante unos instantes sus ojos se encontraron. Fue cuando él percibió en los ojos de ella el color inconfundible de la pasión. Mientras hablaba ella dibujó las palabras en el aire y algunas de ellas, las definitivas, cruzaron el espacio de la sala y llegaron sin pedirle permiso al lugar escondido en el que él guardaba su corazón intacto todavía. 


martes, 28 de abril de 2015

¿Sabes cómo silbar?

El set de rodaje estaba alterado. Hoy era un mal día. El director estaba de los nervios. Llevaban varias horas y aquello no tenía ningún sentido. Las tomas no salían y el actor estrella estaba desquiciado. Bien sabía que era algo que solía ocurrirle los lunes por la noche, tras un fin de semana ciertamente curioso, en el que se alternaban y ahora la palabra viene al pelo, botellas con libretos del guión. Mala cosa. La peluquera juró no volver a trabajar nunca más con este equipo. Era una profesional muy honrosa y dispuesta, así que acababa molesta cuando sus esfuerzos no se recompensaban. 

Ningún tupé aguantaba varias horas. Por su parte, la script, la más joven del equipo y la recién llegada, lloraba intermitentemente. Seguramente toda la culpa era suya, que tenía un carácter depresivo y que se asustaba con facilidad cuando el actor y el director se enredaban a gritos. De aquello no podía salir nada nuevo, auguró un cámara veterano, curtido y en mil producciones de postín.

A la hora de comer todos tiraron cada uno por su lado. Nadie quería encontrarse con nadie. La habitual labor pacificadora de una ayudante de producción muy avezada, tampoco sirvió en esta ocasión. Estaba harta de hacer labor de mediación con aquellos tipos tan brutos. Y, aquel día, desde luego, era especial, comienzo de rodaje y la llegada de una actriz nueva que iba a encontrarse con un cesto lleno de frutas podridas.

La actriz había sido captada por los ojos entendidos de la mujer del director. Fue ver la portada del “Harper´s Bazar” y tenerlo claro. Aquella chica daría bien en pantalla. Así que allí estaban todos, en un mal día, esperando que se dignara aparecer. Cuando llegó, Dan Seymour, uno de los actores secundarios, pudo observar la sonrisa de Bogie, la estrella. Una sonrisa entre maliciosa y sorprendida. No me extrañaría, pensó Dan que, en un descanso del rodaje, Bogie “asaltara” el camerino de Betty y la besara.

domingo, 26 de abril de 2015

Dash and Lilly

Cuando era adolescente descubrí a Lillian Hellman. Fue a través de sus libros autobiográficos y de sus guiones para el cine. A la vez, lo descubrí a él, a Dashiell Hammett. Ambos descubrimientos se enlazaron y, además de entender por qué y cómo escribían, asimilé su extraña relación, basada en el amor y en la admiración mutuas. 

Por amor él renunció a fumar y murió de cáncer de pulmón pero intentándolo. Por amor ella dedicó horas y horas a conseguir que él volviera a escribir, que no abandonara a la intemperie a su inspiración. 

Dash y Lilly son dos modelos de escritores. Cuando se conocieron él era un hombre famoso. Había dejado atrás su trabajo como detective en la Agencia Pinkerton, que tantos conocimientos prácticos le proporcionó, y ya estaba en la cresta de la ola del éxito. El Halcón Maltés había sido todo un suceso editorial y de ahí, al cine, a la gloria. Ella era mucho más joven y más discreta, una pelirroja fea, según se comentaba. Aunque Dashiell acuñó una frase emblemática: "Ninguna mujer inteligente puede ser fea". Ambos casados, cada uno por su lado. Ambos conscientes de lo que el otro era. Un encuentro sideral, único. La obra de Dashiell Hammett es corta en número de libros, porque su diletancia y su dedicación al alcohol y los placeres impidieron que fuera tan sólida como su talento hubiera requerido. Ella escribió, sobre todo, guiones cinematográficos memorables, que han pasado a la historia del cine, como el de "La Loba", genial personaje compuesto por Bette Davis. Os digo que su romance les cambió la vida, como suele pasar con dos almas gemelas que se encuentran. Ese encuentro fructífero los convirtió en dos partes de una misma idea y ambos lucharon por las suyas hasta el denuedo y fueron por ello, a la par, aclamados y rechazados. 

Me conmueve su historia común y sus historias anteriores. Cuando la vida se endurece y se convierte en un duro trámite, vuelvo los ojos a aquellos que me arroparon en mi adolescencia, esa etapa en la que escribes ya todos los detalles de tu propia evolución personal. Los dos están allí, me comentan y comunican sus cosas. Los conozco como si fueran de la familia, son parte de mi vida y por eso los quiero. Hoy, extrañamente, los recuerdo. O quizá no tan extrañamente, quizá son el símbolo del día. 

sábado, 25 de abril de 2015

Cuarto y mitad de pollo con ternura


(Plaza de las Flores, anexa al Mercado Central. Cádiz) 

El Mercado de San Gonzalo de Triana (la "plaza" para los gaditanos) es un espacio multicolor, variopinto y abigarrado. Paseas entre sus puestos y encuentras siempre un motivo para detenerte, no solamente por la calidad del producto, sino por el encanto de los vendedores y de sus charlas con los clientes. Es un lugar de estancia y no solo de paso. Y lo llamo "la plaza" porque, pasando el tiempo, más vuelvo a mis raíces, más me gaditanizo. Es como esos amores que parecen dormidos pero, que a poco que sacudas las sábanas del recuerdo, aparecen radiantes, enteros, como siempre. 

Se han puesto ahora de moda los mercados gourmets en los que la gente, a más de comprar viandas escogidas, puede darse a la conversación delante de un pinchito o de un vermut. Cosa grande esta que han hallado ahora los emprendedores, pero que en mi tierra, en Cádiz y en La Isla y en Chiclana, existe desde antiguo. Entonces, lo de emprender era cosa de montañeses recios, gente de Santander que llegaba aquí abajo y se asentaba y descubría el comercio. 

Como soy la mayor de nueve hermanos me adjudiqué, entre todas las posibles, la noble ocupación de ser la compradora, la frecuentadora de plazas y tiendas, porque era el modo mejor de estar en la calle y no tener que "ayudar" en la casa. De resultas de esa elección me ha quedado un desconocimiento total de los "adornos" que toda mujer debe poseer en el dominio de su hogar, una aversión total a las faenas caseras y un gusto muy especial por frecuentar las "plazas", los mercados, los sitios donde el género aparece dispuesto y está diciendo "cómeme". 

Así que he conocido desde chica, quizá nueve o diez años, y convenientemente aleccionada, la "plaza nueva" de La Isla, después de que mi madre realizara con su brío habitual esa presentación a los puesteros: "Esta es mi hija y a ver quién me la engaña".  El camino a la plaza, que guardo en mi memoria como una fotografía hecha en color, tenía siempre ganas de jota y bulla. En él hallaba siempre la librería Cervantes y allí me demoraba, de modo que el pescado llegaba hasta a agotarse. "¿De dónde vienes, y las acedías?" "Se habían terminado" "¿Y los boquerones?" "No estaban frescos" "¿Y el lenguado para tu padre?" "Me dijo el pescadero que mejor otro día". Y así aprendí a inventar mil y una excusas por no decir la evidente verdad. Que en una esquina de la librería me acomodaba yo entre tebeos, libritos y revistas y echaba horas y horas que pasaban volando. 

A veces, sin embargo, buscaba entre la gente de las "plazas" motivos ciertos para mi escritura. Encontraba señoras que presumían de compra, chicas desesperadas que se quejaban del marido, abuelas presumiendo de fotos de los nietos, tenderos displicentes, tenderos charlatanes, tenderos embusteros....El zoco de la puerta ofrecía lo mejor, las tagarninas tiernas cortadas a trocitos; los camarones en cartuchos pequeños; las coquinas y las bocas traídas de los esteros. Y también, como ahora, las plantas, las macetas, esos ramos de flores que yo compraba sin tener permiso. "Flores y una revista....¿eso es comida?". 

Pensaba en todo esto esta mañana, mientras volvía a la "plaza" después de mucho tiempo. Pensaba en todo esto, lo escribía en la cabeza y ahora pulso el teclado....Contad si son catorce y está hecho. 


martes, 21 de abril de 2015

William y Miguel

Con más o menos exactitud se sabe que el día 23 de Abril de 1616 murieron William Shakespeare y Miguel de Cervantes. Que los dos genios más relucientes e indiscutibles de la historia de las letras murieran el mismo día o en fechas próximas solamente es una casualidad, un guiño de la vida, pero nos sirve para enhebrar un argumento que nos conduzca a su lectura, a su recuerdo y, sobre todo, al encuentro feliz con el libro, sea en el formato que sea.

Ambos, William y Miguel, ofrecen, además de ese paralelismo indiscutible, otra diferencias sustanciales y sabrosas, que no es momento de ponderar aquí, en este pequeño homenaje a ellos y a quienes, como ellos, poseedores del arte de narrar, ofrecen su arte en forma de textos, de libros, de escritos, de historias, de poemas, a todos los que disfrutan y degustan ese placer de lo escrito. Tras la escritura, la vida del hombre cambió y nunca sería la misma. El sedentarismo trajo un nuevo concepto de la existencia y de la escritura, además de la posibilidad de que esa existencia fuera expresada en palabras que perpetuaran los hechos, los pensamientos y las ideas de los hombres. "El Quijote", como obra cenital de la narrativa, y el teatro de Shakespeare, piedra angular de la literatura dramática, son, quizá, los referentes máximos de la conversión de la narración escrita en obra de arte. 

Siguiendo la gloriosa tradición hispana de no dar importancia a lo nuestro, la figura de Cervantes ha sido escasamente glosada. No se han hecho películas sobre su vida y su obra ha sido llevada a otros formatos muy irregularmente. Todo lo contrario de lo ocurrido con su colega Shakespeare.

La Conferencia General de la UNESCO decidió, a partir de 1926, que se celebrara en esa fecha mágica del 23 de Abril, el Día del Libro. De todos los días y efemérides, seguramente el que cuenta con mayor cumplida razón y deseo de pervivencia. La costumbre catalana de regalar un libro y una rosa en el día de San Jordi, San Jorge, no es cosa propia de esta comunidad, ahora extendida a toda España, sino de otros muchos países de Europa, en los que el santo es patrón. La primavera y los meses de Abril y Mayo son también los que traen a las ciudades el maravilloso encuentro que supone la Feria del Libro en la que los autores se ponen directamente en contacto con sus lectores. Para el lector de un libro, ese encuentro es algo sagrado, algo importante, y el rito de la firma de libros, un acto lleno de encanto.

Miguel de Cervantes ha pasado a la historia con un solo libro. Aunque escribió otras cosas es evidente el peso de El Quijote, su trascendencia, su evidente papel cenital en la historia de la literatura mundial. En el caso de Shakespeare nos resultaría difícil elegir una sola de las obras de teatro que llevó a la pluma y a la escena, en esa doble faceta de actor y de escritor. Cervantes, escritor y soldado, funcionario real, preso y dueño de una fabulosa imaginación que le ayudó a salvar los momentos difíciles de su vida, que fueron muchos. Herido de guerra, desengañado, ayuno de amistades y de suerte, ha pasado a la gran historia con los mayores honores y solamente por eso deberíamos pensar en lo efímera y engañosa que es la fama del momento, comparada con la posteridad. Shakespeare en el Globe Theatre, estrenando comedias y dramas, saltando de un problema a otro, huyendo de una vida matrimonial que le impedía desarrollar su vida a modo. Ambos personajes, en el mismo espacio temporal, pero, tan distintos en la biografía.

Visitar las librerías en el Día del Libro es un acto tan agradable como buscar un libro para alguien o recibirlo. Y leer a estos dos escritores no solamente es entrar en el mundo de la mejor literatura, sino adentrarnos en nosotros mismos. Si pudiera hacer memoria de todos esos libros, recibidos desde la amistad, el amor, la camaradería, la familia, en estas conmemoraciones, haría una larga galería sentimental de afectos y emociones. Esos libros, esos autores, esos momentos. Y, en muchos de ellos, William (su "Romeo y Julieta" me lo regaló mi madre con doce años) o Miguel, aparecen reflejados en ese cristal transparente, en ese espejo opaco, en ese río de agua cristalina, que es la fuente literaria en la que bebo todavía. 


sábado, 18 de abril de 2015

Elogio del mérito

La luz de Sevilla entra por todos y cada uno de los patios del gran edificio que albergó una industria de leyenda y que hoy es buque insignia de la Universidad. Un gran barco del saber en el corazón de una ciudad esculpida en los siglos de la historia. Es el espacio privilegiado en el que todavía pueden oírse, si prestas la atención suficiente, el eco de los viejos maestros. 

Apagado el calor insoportable de los hornos, despejado el polvillo arenoso del tabaco en rama, lejos las mujeres de rompe y rasga con sus niños de pecho agarrados a la cintura, el edificio pervive sumido en la serena contemplación filosófica del paso del tiempo. Pero las voces siguen, no desaparecen, reposan en sus muros y reviven si eres capaz de atenderlas. Tantos años aflorando vocaciones, despertando talentos, azuzando el destello del saber...Tantos años, desde aquel pasado en el que la actividad más puntera de la ciudad precisaba nuevo acomodo y lo halló justamente en este lugar, entonces virgen y ahora centro del centro.

La Fábrica de Tabacos es una retícula laberíntica en la que los patios ejercen la función de delimitar el espacio. Dentro, el Patio de Arte es un minúsculo reducto en el que el tiempo se escribe con pinceles y a golpe de columnas salomónicas. Ves allí a los viejos catedráticos, moradores de los pisos altos, que daban las clases en completa oscuridad mientras pasaban las diapositivas con su crack característico. Ves a los profesores nuevos pasearse por los pasillos con aire absorto, prendidos en un nuevo hallazgo arquitectónico de cualquier país de Oriente o en la cambiante autoría de un cuadro.

El Patio de Arte tiene el tiempo detenido. No se oye el tic-tac del reloj ni las voces se elevan más allá de un susurro. Puedes sentarte en uno de sus bancos de madera gastada y observar el vaivén silencioso de los alumnos, que llevan en las manos extraños libros de Egon Schiele o de Chagall, tratados de Pacheco o de Leonardo, monografías sobre la Bauhaus o El Jinete Azul.

Estos doctos espacios de hoy contemplaron antaño el incesante ir y venir de las recuas de animales que trasladaban el material de uno a otro lugar; el bullicio incansable de las mujeres, paisanas de Sevilla y de sus pueblos, que escribieron páginas de historia laboral y de literatura a partes iguales. Por allí andaban también los ingenieros buscando soluciones a las miles de incógnitas que el día a día deparaba en su larguísimo periplo constructivo. Allí estaban los capataces y operarios, protagonistas ciertos de un empeño genial.

Allí las cigarreras desde 1812, cuando las hijas de Matías Martínez, antiguo portero, dieron en ejercer este singular oficio. Serán ellas las que capten la atención de los viajeros románticos, asombrados de su prestancia alegre y su desenvuelta disposición. Así se escribirán las inmortales páginas que las convertirán en leyenda. Mujeres apasionadas, valientes, atrevidas, sensuales. Hombres que caen, irremisiblemente, en las redes del amor o de la carne. Historias susurradas. Qué dirán en las casas de vecinos, en los corrales, en los soportales de madera que sombrean las calles y que comparten bestias y personas en una mezcla indiferenciada....Qué cantarán las coplas...Qué sonará en las óperas...

En el Patio de Arte los recuerdos se superponen. Forman una lista desordenada para que la memoria encuentre su acomodo. Guerrero Lovillo, islámico. Serrera, en los museos. De la Banda, arte español. Jorge Bernales, acento y color peruanos. Vivaz Valdivieso, apasionado e irónico. Martín, contemporáneo. Palomero, entre diosas y vírgenes. Del Castillo, un libro del orfebre Cellini. Sanz, oriental. Sánchez Pedrote, armonía atlántica. Garmendia, blanco y negro.

Entiendes que este amor de ahora, este disfrute, este lazo invisible que sientes hacia el Arte, que te alimenta incluso en las horas vacías, tiene que ver con ellos. Tiene que ver con tantas horas oyendo sus palabras, hilvanando imágenes y rebuscando entre libros. Recibiendo su mejor regalo, sus vidas enteras entregadas. Entiendes que eso es el mérito. El mérito de la excelencia. El mérito del que sabe, del que investiga, del que estudia, del que enseña. En ellos está el mérito y esta es la hora en que tú lo agradeces y lo expresas con palabras sencillas. Gracias, maestros.


(Ilustración: Gonzalo Bilbao "La salida de la Fábrica de Tabacos")

viernes, 17 de abril de 2015

"Torres de Malory" de Enid Blyton

Junto a mí, un voluminoso libro que la Editorial Molino publicó en 2013 recogiendo, nada menos, que todos los que Enid Blyton dedicó, con el título de "Torres Malory" a la historia de los seis cursos de este internado inglés para señoritas, transcurridas entre 1946 y 1951. Seis cursos, seis libros y, se supone, miles de vivencias para todas aquellas niñas que, en su día, los leyeron. Yo no estaba entre ellas, por razones cronológicas y en algún momento, creo recordar, hubo en mi casa alguno de esos tomos. Pero no fui lectora de "Torres Malory" así que ahora me he reencontrado con algo que nunca había conocido antes. Curioso, desde luego. Interesante, también. Amante de los libros como soy, he aquí una joya vintage que merece la pena comprar y leer. Quizá, también recomendar. 

Pensando en esto he caído en la cuenta de que nunca he leído literatura de niños. Cuando era niña leía, desde muy temprana edad, a Agatha Christie, por ejemplo. Y algún diálogo de Platón con doce años. Y, por supuesto, esos libros de los que se dice que son infantiles pero que, en realidad, no lo son, como "Platero y yo", "Alicia en el país de las maravillas", "Pinocho", "Las aventuras de Tom Sawyer" y alguno más. Fue precisamente este último, Tom y su vida, el que más me gustó, me impresionó y me sigue gustando. Otro dato biográfico. Los libros "para niñas" no me gustan. ¿Cómo es posible que ahora lea, sin embargo, tanto libro escrito por mujeres?.

Creo recordar incluso que en mi casa estaban "Los Cinco" y también "Los Siete Secretos", pero toda esa bullanguera descripción de las pandillas de chicos con perro me parecía insulsa y nunca me detuve mucho en ellos. El motivo por el cual ahora, esta mañana, me he parado a comprar esta edición no me lo preguntéis. No tengo ni idea. Alguna romántica pulsión nostálgica de algo que nunca estuvo en mi vida, quizá. 

Pero aquí está el imponente tomo, setecientas páginas ya digo, con su portada de cartón duro y esa simpática imagen de la chica, de Darrell Rivers "aquella muchachita que en el primer volumen tenía doce años y se sentía algo extraña en el internado de Torres de Malory, es ahora una guapa y simpática joven, muy eficiente y capacitada, que cursa su último grado". 

¿Cómo iba a gustarme leer la historia de unas chicas inglesas en un internado cuando yo vivía en total libertad, saltando y triscando por mi calle, yendo al colegio andando, junto con otras niñas, merodeando de un lado a otro, yendo a las salinas, haciendo, en fin, mi santa voluntad a todas horas?

¿Cómo iba a sentirme identificada con chicas que vestían de uniforme cuando en mi colegio, privado, laico y librepensador, cada una vestía como le venía en gana? 

Mi universo estaba tan lejano de este libro y sus gentes que resultaría absurdo buscar otra explicación más allá. No obstante, intentaré con él un experimento sociológico. Veré qué sienten leyendo algunos de sus capítulos otras chicas de hoy de edades parecidas. Será una forma de ver si es verdad que es un libro vintage o es un libro viejo simplemente. 

miércoles, 15 de abril de 2015

Libros que importan

¿Sabéis cuál es la fecha del año que nunca he dejado de celebrar?
No la Nochebuena (a veces tan llena de tristeza que he preferido saltarla del almanaque); no el cumpleaños (porque si falta quien te envíe ese cesto de flores, es como si sobraran también la tarta y las velas); no la entrada del verano; no el nacimiento de la primavera (oh, Botticelli). No.
La fecha del año que nunca he dejado de celebrar es el Día del Libro, el 23 de abril. Desde que lo recuerdo, en ese día siempre han llegado flores y han llegado, sobre todo, libros. 
Cuando era pequeña el Ayuntamiento de mi ciudad organizaba siempre una entrega de libros a los mejores alumnos de los colegios y del instituto. La modestia no me impedirá deciros que recibí ese premio durante varios años seguidos. Luego me hice contestataria y consideré burgués sacar matrícula. Pero, en aquellos años, el 23 de abril era el momento en que un libro nuevo, flamante y envuelto en precioso papel azul con el emblema del consistorio, llegaba a mis manos en acto solemne.
Hay una anécdota con respecto a eso, imposible de olvidar. Durante dos de esos años, seguidos además, el libro que me hicieron llegar fue….el mismo. Aunque en dos ediciones diferentes, eso es verdad, porque era un año mayor. Se trata de uno de mis libros iniciáticos, “Ivanhoe”, de Walter Scott, desde entonces en mi galería de favoritos. 
Luego siempre he andado por las librerías en el Día del Libro y todos los hombres de mi vida han entendido que era una fecha especial y han buscado ese libro que pudiera encantarme y casi nunca lo han conseguido, salvo que yo diera antes un soplo. Eso es porque no me gustan los best-sellers, ni los libros obvios, sino merodear por las librerías o por las casetas de las Ferias del Libro y encontrar el tesoro escondido que me llama con su título o su portada.
Pero, como en otras cosas, decidí hace ya tiempo que el autorregalo es una bonita forma de no sentirse defraudada y yo misma me compro ese día algún libro especial, un libro que está esperando a colocarse aquí al lado, en mi mesa, en el montón de los libros “en lista de espera”. 
Y otra tradición de esta fecha que he seguido siempre que he tenido oportunidad, es recomendar algún libro. Cuando en mi antiguo instituto trabajaba en la biblioteca borgiana y maravillosa de premio nacional, organizaba charlas con autores y recomendaba libros a través de panfletos, hojitas o internet. Así que ahora aprovecho este blog y lo hago, con tiempo suficiente, para que, quien lea estas palabras, pueda buscarlos, por tierra, mar y aire. Quién sabe si alguien hallará, así, la horma de su zapato. Son libros que he leído en este último año y que me han gustado. No recomiendo nada que no haya probado, ni nada que no me haya sabido dulce. Hay solamente una excepción a esto, ya lo veréis.

He aquí, siguiendo mi criterio, mi único criterio y sin afán de nada ("Afán de permanencia", me viene a la memoria), una lista de libros que yo regalaría a alguien querido, amigo o conocido, incluso a alguien a quien nunca hubiera visto. 

“Canciones de amor a quemarropa” de Nickolas Butler, por ejemplo. Amigable, sencillo, coloquial. Por supuesto, la trilogía de Edna O´Brien, sin duda, ya sabéis, “Las chicas de campo”, “La chica de ojos verdes”, “Chicas felizmente casadas”. De ella y de sus chicas ya he hablado, por eso siempre encuentro una ocasión para contar que es mágica. También “Basset” de Stella Gibbons y, si no conocéis a esta autora, cualquier otro libro anterior de ella, por ejemplo, de la saga Flora Poste. Si os gustan los libros de esperanza, os encantará “La librería” de Penélope Fitzgerald. Genial. 

Sigo. “Una mujer de recursos” de Elizabeth Forsyhe Hailey, si eres feminista, aunque sin alharacas. “Las buenas intenciones” de Amity Gaige, fuerte, fuerte, pero muy sabroso. “La inmensa soledad” de Fréderic Pajac, inmenso, profundo, hondo, consecuente. La dulcísima obra de Stefan Zweig “Sendas equívocas”, tres cuentos que hacen apreciar la vida. “Órdenes sagradas” de Benjamin Black, magnífica muestra de la mejor novela negra actual. Quizá la mejor de su autor hasta la fecha, con esa prosa limpia y natural que me recuerda a Hammet (¿quizá falta una T?)

Si te gusta la poesía o si le gusta la poesía a esa persona, ahí está el último libro de María Sanz, “Oboe d´amore”. Precioso. Como todo lo suyo, sensible, tierno y firme.

Y de Antonio Rivero Taravillo, poeta y traductor, su poemario más reciente, "Lo que importa", al calor ya de mayo entre las manos. Es el único que no he leído, por razones obvias. Si en Abril aún no está, espera un poco. Todos los santos tienen novena.

Por último. No olvides que este 2015 celebramos los doscientos años de la publicación de “Emma” de Jane Austen. Búscate una edición que sea buena y léelo. Te hará feliz, créeme. Y serás ya austeniana de por vida. Lo pongo en femenino, porque quizá los hombres piensen de otra manera. 

Regala libros. Cómprate libros. Lee libros. 

Cuento de primavera

Había un niño y un hombre, y el niño apoyaba la cabeza sobre una pared y al lado había una puerta abierta a algún lugar inesperado. El hombre no se veía, es decir, él era el espectador, él contemplaba al niño, pequeño, con la cabeza sobre la tapia. 

De vez en cuando el sol se escondía y dejaba a oscuras la calle, serpenteando en el suelo la línea de la acera, moviéndose graciosamente la puerta entornada. El hombre recordó, porque el niño era pequeño y no tenía memoria, aquel cuento o historia, lo que fuera, oído no sabía dónde, acerca del sol y el viento. Resultaba que había una apuesta entre los dos sobre quien lograría quitarle la capa a un transeúnte, y, aunque el viento soplaba más y más fuerte, no consiguió que aquel hombre se quitara la capa. Bastó que el sol lanzara algunos de sus rayos para que el individuo se despojara de su prenda. Vaya con el sol, había pensado entonces, pero le alegraba, le gustaba saber que le había ganado la partida al astuto viento y no por la fuerza, sino de una manera tan cálida y afectuosa. 

Le gustaba el sol. Los días cambiaban si se teñían del amarillo y el dorado de sus rayos. Pero ahora había un niño apoyado en una tapia, con las manos cubriéndose la cabeza y junto a él, una puerta entreabierta. Sólo entreabierta como si no pudiera entrar nadie ni tampoco salir. La puerta sólo era un obstáculo entre la casa y el sol. Se imaginó por un momento dentro de aquella casa, a oscuras, y sin calor, sin poder salir y sin apartar, sin embargo, los ojos de ese pequeño y esperanzador rayo que cruzaba la puerta. 

Se acordó entonces de Juanita y aquel chico, Miles Eastin, que vivían en una novela de Elia Kazan. Miles había denunciado a Juanita y luego ella le ayudó a superar su homosexualidad. Todo se reducía, al parecer, a una cuestión de puertas abiertas, a poder o no mirar al fondo y ver algo de luz. Muchas veces había mirado hacia adelante pero no parecía  haber nada más que el cielo raso, como decía Michaud “al volver del teléfono sólo el cielo raso, raso”. 

Ahora no debía pensar en eso, no en cerrojos ni en cadenas, porque miraba a ese niño aunque el niño no lo veía pues tenía las manos en la cabeza y no se sabía donde estaban los ojos, y le venían a la mente todas las preguntas y, sobre todo, los deseos, contenidos mucho tiempo, de acercarse a él, hablarle y abrazarlo con su cuerpo fuerte, cálido y envolvente, el mismo que dormía cada noche con la mujer que amaba, abierto como una puerta sin cerraduras al infinito y supremo encuentro entre sus corazones. 

Era primavera y aquella tapia sólo sostenía las lágrimas del niño, no balcones con gitanillas y geraneos, no cuerpos jóvenes de muchachas, sin saladas y tristes lágrimas de unos ojos perdidos. Así que quiso compartir el olor a nube de la tarde y el sabor de sol de los pequeños y caprichosos rayos y levantó con una mano al niño al aire y él mismo se elevó en una pirueta sin leyes y ascendió al azul de la atmósfera y al aire fresco y violeta de la tarde de Marzo. 

Se transformó en sonido de palabras amantes, en vuelo de pájaros nocturnos y llevó el cuerpecito joven y tierno a la cumbre del mundo, allí donde la primavera no necesita flores, porque vive en las lágrimas saladas de los niños y se columpia en un aro de flores amarillas y blancas. 


Ah, si el hombre volviera y no pudiera traerse consigo el olor del viento, dulce, cálido y nuevo, mecido entre las rosas…

Todas las despedidas

Tuvimos una única madrugada. Un único almuerzo. Solo un aperitivo. Solamente una vez visitamos juntos una librería. Solamente una vez compramos libros. Una vez compartimos un taxi. Un único momento paseamos bajo la luz del sol. En una noche húmeda, estuvimos andando breves momentos. 

Y, sin embargo, tenemos todas las despedidas. Nos despedimos continuamente. Cada palabra es una despedida. Adiós, hasta luego, adiós, me voy, tengo que irme, adiós, te dejo, adiós, tengo cosas que hacer, adiós, me llaman, adiós, suena el teléfono, adiós, hoy tengo prisa, adiós, hay que salir, adiós, el perro me reclama, adiós, está lloviendo, adiós, tengo mucho trabajo, adiós...Todas las despedidas han sido nuestras. Y nunca comprendemos por qué llegan, qué razón las impulsa, qué motivo. Vienen sin más. En suma, somos una legión de ellas. A cada instante, estamos despidiéndonos. 

No te lo he dicho nunca. Tú no lo sabes. En realidad, no existe. Es algo que se intuye, pero que se rechaza, como si fuera un abismo al que caer sin remedio. Es una imagen turbia. No está, no se la espera. No es nada. Pero, ese lazo invisible. Ese hilo fugaz que me conmueve. Esa llamada a veces enmedio de la noche. Esa especie de búsqueda imperfecta. Ese sonido tibio de los ojos. Esa voz, que no existe pero llena. Es un poema que nunca se escribió, que no tiene razón, que no es ya nada. 

Hubo un tiempo feliz, ahora lo entiendo. Pero no supe verlo, ni guardarlo, ni conservarlo entero. Lo perdí antes de todo. Destruí sin quererlo su figura tan tenue. Su dulce, extraña, nueva, distinta melodía. Una canción que se perdía en la noche. A través de las redes se asomaba el cansancio. Y yo no lo sabía. 

Ya no te busco. No quiero ya entender ningún secreto. No siento ya ternura por tus manos. No busco el espacio entre los sueños. Se me escapa sin verlo lo que eres. No te tengo. No sé. No estoy. No siento. Nada. Todas las despedidas. A cada instante. 

sábado, 11 de abril de 2015

Todas las noches eran un sueño

Lo conocí en un cine de verano. Teníamos quince años. Era un cine de barrio, en una ciudad grande en la que había de todo, y sobre todo, gente con uniforme. Una ciudad de aluvión, una ciudad cuyas tradiciones estaban todas pegadas al mar y a la sal. La sal, en montículos uniformes, rodeaba su perímetro. Estaba cercada por el agua, como antes, en la historia lejana, lo estuvo por el invasor que vestía de azul y rojo y llevaba vistosos penachos blancos. El agua le daba su sentido y se transformaba según la estación del año y en ella nos mirábamos todos. El perfil de los barcos, las grúas de los astilleros, eran parte de su fisonomía y, desde lejos, viniendo desde el istmo, ya avistábamos su tamaño y nos reconfortaba pensar que eran nuestros. Una seña de identidad que el tiempo, traicionero, desmoronaría sin darnos tiempo a entenderlo. 

El barrio era otra cosa. Se acostaba en la parte más antigua y lo salpicaban los sones de cantes ancestrales. Tenía hermosas casas bajas con grandes patios traseros y portalones anchos. En la piedra de sus calles vivían historias pasadas y presentes. Romances de amor y traición. Mujeres bravas y hombres silenciosos. Eran calles con nombres de heroínas y transcurrían en damero, como si un romano de una película las hubiera trazado con escuadra y cartabón. En el barrio, el cine era el centro de la vida, era su joya. 

Teníamos quince años. Las tardes del verano eran muy húmedas. El sol se aliaba con la evaporación de la sal para darles un aire tibio, como si estuviéramos viviendo sobre un barco, allá en la Costa Azul, en algún escenario soñado, esos paisajes de las películas que veíamos cada noche. Y las noches….se escribían todas junto a la gran pantalla, los ojos prestos a observarlo todo, lo que ocurría en la trama y lo que estaba ocurriendo justo al lado. Allí, al lado, en el cine, estaba él, el chico de los ojos grises que había venido de fuera y que tenía un nombre diferente, que hablara raro para nuestros oídos. 

Cuando se tienen quince años el tiempo transcurre lentamente. Tienes la engañosa sensación de que la vida es eterna y, cuando te despiertas de uno de los sueños, resulta que han pasado treinta años y ya no eres la misma, la vida se ha escapado de las manos y no has tenido tiempo de entender qué pasaba. El chico tenía quince años y yo también. Los dos éramos igual de independientes, igual de diferentes, pero, así y todo, una noche nos vimos a través de otra gente y comprendimos que éramos poseedores de un único secreto que nadie más tenía. Un secreto intangible, quizá, pero tan cierto. 

Todas las tardes y todas las noches, primero en el paseo, después en la película, el chico me miraba. Y yo le devolvía la mirada y así me distraía del argumento y a veces no sabía ni de qué iba la película. Como en ese tiempo yo ya era poeta, escribía en un cuaderno de pastas de colores el nombre de ese chico y todas sus virtudes y hablaba de sus manos y hablaba de sus ojos y los versos se llenaban de nubes y las nubes de agua y el agua de besos imaginados. 


Un único día de ese largo verano la mirada trocó en algo diferente. Los ojos se encontraron como siempre pero ya no bastaba. Faltaba solamente un día para que las vacaciones terminaran y el chico debía volver allí de donde era, y el sueño acabaría, como en una noche de verano que alguien escribiera en otro tiempo. La premura de las horas convirtió en fuego el instante. Allí, junto a la entrada del cine, justo donde una buganvilla crecía sin permiso de nadie, el chico me besó, esta vez con permiso y entonces todo hubo que escribirlo de nuevo. Donde puse belleza, dije ardor. Donde puse poesía, dije “no te vayas amor, quédate para siempre”. 

Y se quedó. Porque el amor es como la energía. Nunca se muere, solo se transforma.