sábado, 24 de enero de 2015

Una ciudadana ejemplar

A veces tiene uno que vivir en primera persona las experiencias más duras para entender algunas cosas. No es ningún consuelo, desde luego, al contrario, revela la dureza de la vida, cómo te zarandea, te cambia la mentalidad y te convierte en alguien que no eres. O que no pensabas que eras. 

Lidia Chukóvskaia y su marido, el físico, Matvéi Bronstein, eran del Partido. Ambos creían que sus postulados y sus acciones estaban encaminados al bien común. Así, hasta que se dieron de bruces con una realidad incuestionable: Matvéi fue apresado y ejecutado en 1938, aunque la versión oficial decía que estaba deportado y sin derecho a comunicación. Lidia Chukóvskaia vertió su sufrimiento y su incredulidad de la forma en la que sabía hacerlo, a través de la escritura. Era hija de escritor y, le misma, novelista, poeta, editora y crítica de libros. 
Una ciudadana ejemplar que había cumplido hasta entonces con la fidelidad debida a un régimen y a un estado de cosas. De buena fe, seguramente. Pero la pérdida de la persona a la que más quería hizo que entrara en una espiral de la surge esta novela, a mitad de camino entre la imaginación y la denuncia. Un documento que no parece serlo, porque se escribe con la frialdad suficiente como para que, ni siquiera, haya moraleja. También porque, cuando se escribió, en el duro invierno de los años 1939 y 1940, aún no se sabía qué ocurriría con todo aquello. La oscuridad no se había desvanecido. 

Errata Naturae ha puesto a nuestra disposición ahora esta novela, que no se  publicó en el país natal de la autora hasta 1988, aunque en los años sesenta ya circulaba por Estados Unidos. Su autora, nacida en 1907 en San Petersburgo y fallecida en Moscú en 1996, describe los hechos, situados en el marco de la Gran Purga de Stalin, con precisión analítica, sin apasionamiento, quizá porque no haga falta. Lo que ocurrió fue suficiente sin necesidad de adorno. Y lo vivió en primera persona, no se trata de relatos interpuestos, sino de la evidencia de su propio desgarro.

En la novela, Sofía Petrovna es una ciudadana ejemplar, como lo era Lidia, y es su hijo, Kolia, también fiel al Partido, el que sufre las consecuencias de la represión. La sinrazón de los regímenes totalitarios, la burla a la inteligencia que supone convertir a los ciudadanos en puros relojes de repetición de consignas, la aparente tranquilidad de las calles que encierran las brutalidades que se cometen a escondidas y, sobre todo, la conciencia clara de que no puedes esquivar los golpes, están ahí y te acabarán dando, por mucho que quieras asentir a todo. Nunca se es suficientemente buen ciudadano para determinadas mentalidades.


domingo, 18 de enero de 2015

El diario de Bridget Jones...A vueltas con Jane (Austen)


I like you very much, just as you are. 

¿Quién no querría sentirse amado tal y como somos? 

"No creo que seas idiota. Bueno, sí que hay ciertos aspectos ridículos en ti, tu madre es muy interesante. Y realmente eres una oradora terriblemente mala. Y sueles soltar lo primero que te viene a la cabeza sin tener en cuenta las consecuencias. Comprendo que cuando nos vimos en el bufé del Pavo al Curry estoy imperdonablemente grosero y llevaba un jersey que mi madre me había regalado el día anterior. 

Lo cierto es que, lo que intento decirte, con mucha dificultad, es que, en realidad, y tal vez a pesar de las apariencias, me gustas muchísimo "

 "¿A pesar de que fume, de que beba, de que tenga una madre vulgar y diarrea verbal?..."

" I like you very much, just as you are"

"Me gustas muchísimo, tal y como eres"

Esta escena crucial del "Diario de Bridget Jones" en la que se encuentran, al pie de una escalera, tras una fiesta de parejas en la que ella está sola, Mark Darcy, el abogado de derechos humanos y Bridget, la no sé cuántas cosas he hecho en mi vida, tiene mucho que ver con el concepto de las relaciones amorosas de Jane Austen. Un concepto que desarrolla en su obra ampliamente. No solamente en "Orgullo y Prejuicio" que es la inspiradora del "Diario", sino también en Emma y en otras de sus obras. 



La cuestión es absolutamente opuesta al llamado "amor romántico". Ese amor descerebrado en el que los amantes pierden la cabeza totalmente, al punto de olvidar los defectos del amado o de la amada, al punto de desafiar alegremente las inclemencias de la vida, al punto de morir por amor...Ese amor no existe en la obra de Jane Austen. Si alguien, por tanto, la lee considerando que está delante de una "novelita" de amor al uso, se equivoca. 

Lo que hace Jane Austen con sus personajes es hacerlos sentir "a pesar de". El señor Darcy se enamora de Lizzie Bennett, a pesar de que ella pertenece a una familia que deja mucho que desear, tiene una madre imposible, y unas hermanas frívolas que ponen la vida de todos en jaque. Tal y como es. Así ama Darcy a Elizabeth. Pero, también podemos hablar de la viceversa en este caso. Porque Elizabeth se enamora de Darcy a pesar de que es orgulloso, de que su parentela no la acepta (sobre todo Lady Catherine de Bourgh, la de más alta distinción) y de que su propio padre no la cree cuando le afirma su amor. 

Tampoco el señor Knightley se enamora locamente de Emma. No. Él la ha visto crecer pues se llevan dieciséis años. Y sabe que Emma tiene muchas cualidades y también defectos muy molestos. Los defectos de Emma no desaparecen de un plumazo en el corazón del señor Knightley sino que éste la ama, a pesar de ellos. Es decir, just as you are. 


Helen Fielding, autora del libro y guionista, junto con Andrew Davis del "Diario de Bridget Jones" en su versión cinematográfica, insiste en esas dificultades del carácter y en esos parientes excéntricos que podían dar al traste con una relación. En la vida real eso ocurre así demasiadas veces, así que, en ese sentido, si no es el amor romántico, sí puede considerársele el amor perfecto, el que sobrevuela los problemas y los incluye en un pack llevadero y, casi, arrebatador. 

Seguramente no somos demasiado conscientes, al leer "Orgullo y Prejuicio" y "Emma" que los inconvenientes que se le pueden poner a la enamorada van in crescendo. Porque en "Orgullo" solamente se trataba de la escasa inteligencia de la madre, de su frivolidad y del carácter liviano y consentido de algunas de las hijas. En este caso, por tanto, ella, Elizabeth, estaba a salvo de las reconvenciones y así lo hace ver, incluso, Caroline Bingley cuando habla de las dos hermanas mayores en ese desayuno en Netherfield. 

Pero en "Emma" los puntos negros no están únicamente en un padre hipocondríaco, con el que hay que convivir y que no resiste la idea de ser abandonado por el matrimonio de sus hijas, sino que la misma Emma tiene algunos rasgos en su forma de ser que al señor Knigthley le parecen exasperantes y a nosotros, quizá, también. Pero, ya sabemos, just as you are, aquí también. 


¿Quiere esto decir que Jane Austen arroja un jarro de agua fría sobre las relaciones amorosas? ¿Que es una descreída o defensora de una sumamente sensata conveniencia? 

No. Definitivamente no. Lo que ocurre es que ella anticipa una forma de pensar que no llegará hasta siglos después. La supremacía del sentimiento amoroso sobre las circunstancias. Una supremacía que no impide el reconocimiento de los defectos del otro. Es una clase de amor más elevada, puesto que no se basa en el engaño sobre el carácter, ni en la negación de la evidencia de los inconvenientes que pueda suponer una unión, sino, por contra, que tiene su razón de ser en el pleno conocimiento, la plena asunción del otro. Es un paso más que, en los años en que Jane Austen escribió su obra, cuando dominaba el interés sobre el amor con toda claridad (a pesar de que pensemos que era todo lo contrario), significaba un pensamiento pionero, nuevo, y que abre las puertas al futuro en lo que se refiere a la educación sentimental. 

Todo eso está en "Orgullo y Prejuicio", todo está en "Emma" y una chispa de ello lo incluyó Helen Fielding en su "Diario de Bridget Jones". 

lunes, 5 de enero de 2015

Misteriosa noche de Reyes


A la niña le dijeron que esa noche había que acostarse muy temprano. No era demasiado obediente pero, en este caso, tuvo claro que era mejor meterse en la cama. No supo cuánto tiempo permaneció dormida hasta que unos ruidos extraños la despertaron. Parecían crujidos. Misteriosos crujidos, pensó. Porque la niña era muy dada al misterio y todo lo tildaba de misterioso a poco que fuera algo raro. Como si alguien estuviera pisando el suelo de madera del cuarto de juegos de los niños. Ese suelo que habían colocado allí cansados de que todos anduvieran descalzos. Niños descalzos y resfriados eran ecuaciones fijas, así que pusieron ese suelo y parece que, hasta el momento, había dado resultado.

Los crujidos eran irregulares, a veces se oían más y otras veces era difícil percibirlos con claridad.  Iban acompañados de unas ráfagas de polvo blanco que parecían entrar por debajo de la puerta. Todavía más misterio, pensó. Estaba terminantemente prohibido moverse de la cama, pero ella, cuando hubo pasado ya un rato sin que cesaran estas extrañas novedades, decidió que tenía que investigar por su cuenta. Así que, desobedeciendo las instrucciones recibidas se levantó de la cama, se puso sobre el pijama de cuadritos rosas una bata rosa de un tono más oscuro, se calzó las zapatillas de peluche rosas con orejitas de conejo y se lanzó al pasillo. El cuarto estaba tan calentito que el frío del pasillo la hizo pararse. ¿Adónde diablos iba?, volvió a reflexionar, usando una frase de una película que le había encantado. Pero después siguió adelante, sigilosamente, aunque la niña, con seis o siete años, no sabía aún lo que era el sigilo.


Muy despacio, sin hacer apenas ruido, posando con cuidado las zapatillas de peluche rosas sobre el suelo de mármol, prosiguió su recorrido clandestino por la casa. Dejó a un lado algunas puertas y bajó la escalera hacia la planta baja. Antes, asomó la nariz por el dormitorio de los padres, que estaba justo enfrente del arranque de la escalera. La puerta nunca se cerraba del todo pero ella sabía que no se podía entrar sin permiso. No lo intentó siquiera aunque fue capaz de oír la respiración acompasada de la madre y el ronquido fuerte del padre. Dormían. Como toda la casa. Ella, la niña del pijama de cuadritos rosas, era la única persona que estaba despierta y descendiendo ahora mismo por la escalera, pisando los escalones de uno en uno y no de tres en tres como solía. Tampoco se balanceó por la barandilla de madera, ni se subió encima del último tramo, ni lanzó uno de sus gritos de guerra aprendidos del cine.

Cuando estuvo en la planta baja, entró en la cocina. Allí, en una balda de la alacena, con sus puertas de rejilla blancas con ribetes azul claro, estaba el roscón de Reyes, las tazas blancas para el chocolate y los platillos, colocados unos encima de otros. El roscón estaba guardado en una caja muy bonita,  atada con un lazo de la confitería. El lazo era rojo y se anudaba en el centro. Olía delicioso, a pesar de que estaba tan bien envuelto. !A ver si este año me toca la corona! !Ningún año me toca nada!


Tan rápidamente salió de allí que su larga melena rubio oscuro se enganchó con el picaporte de la puerta y le dio un buen tirón. Ayyyy, dijo casi en un susurro... !Ostras! Ostras era una palabra que había aprendido recientemente y que largaba siempre que podía. Le encantaba su sonido y la repetía en voz alta, incluso sin venir a cuento. Ostras, ostras...Su padre le dijo que estaba bien aprender palabras pero que tenían que llevar sentido. Lo del sentido no lo tuvo claro, más bien le parecía una rareza porque el sonido de la palabra ostras era tan divertido que seguía repitiéndola una y otra vez.

!Ostras! se dijo de nuevo antes de cruzar el pasillo y acceder a la puerta del salón. El salón era muy grande y tenía dos hermosos cierros a la calle, que llegaban a ras del suelo y se cubrían con unas finas cortinas blancas, con encaje en la parte inferior. Por allí solía entrar el sol a raudales, dibujando arabescos en el techo y en las paredes. Los encajes los había hecho su madre, que era muy mañosa y que se empeñaba en que ella también lo fuera, aunque sin éxito. Nunca, nunca, podría aprender a coser, a hacer punto, croché o encaje como su madre. Eso era un aburrimiento que no le interesaba lo más mínimo.

Empujó cuidadosamente la puerta del salón, doble y de madera oscura, y las dos hojas se desplegaron casi a la vez. Una enorme claridad inundaba la estancia. La claridad procedía de los dos cierros altos  y también de la chimenea, que conservaba aún rescoldos de la noche pasada. !Qué bien se estaba allí!, !Qué calentita!.

Aguzando la vista pudo ver mucho más. Casi se cae de espaldas de la impresión.

Delante de la chimenea, sobre la alfombra persa que ocupaba gran parte del suelo, esa alfombra que su madre cuidaba con esmero y que su padre decía que supuso un gasto inútil, estaban los regalos. Algunos envueltos en papel de colores. Otros, sin envolver, visibles a los ojos de la niña.

!!Los regalos!! Ella los contemplaba aunque sabía que no debería estar allí. Aún no habían sonado en el reloj de cuco del comedor las seis de la mañana, la hora permitida para poder levantarse. La hora D, decía su padre con sorna (Ella tampoco sabía entonces qué era sorna).

Ella, sin embargo, estaba allí, antes del tiempo fijado, porque era una niña desobediente, que jamás hacía caso, que no quería enterarse de que eran los mayores los que mandaban y que hacía siempre, según decían, su santa voluntad. No entendía bien eso de la santidad, pero así lo repetían los padres una y otra vez. Haces tu santa voluntad. Crees que te lo mereces todo por tu santa voluntad. Deja ya de hacer tu santa voluntad.

Pues bien, su santa voluntad y unos ruidos inoportunos de los que no era culpable, la habían conducido aquí, violando las reglas. No tendría regalos, seguro, y se llevaría algún castigo, aunque...¿qué era aquello? En uno de los ángulos del salón había una tarjeta que decía:

Regalos de.............. y, al lado, su nombre, escrito claramente, con todas, todas las letras.


Eran regalos para ella y por eso estaban junto al letrero la muñeca de pelo color violeta que había pedido y la cocinita con todos sus cacharros, además de..¿un puzzle? ¿quién quería un puzzle? ¿quién podría haber pensado que ella iba a perder el tiempo con un puzzle? Aquí debía haber algún error, seguro...

En medio de los regalos, sobre una brillante caja roja de buen tamaño que no estaba envuelta sino que se cerraba únicamente con un lazo azul oscuro, se hallaba un sobre. Ella lo cogió con naturalidad. Si estaba con sus regalos el sobre tendría que ser para ella. Lo abrió y sacó una carta. Ya sabía leer muy bien por lo que aquella carta era fácil de descifrar.

Miró el encabezamiento, y, sí, estaba allí su nombre. Miró la firma, !andaaaa! los Reyes Magos, con sus nombres, los tres, los tres habían firmado con unas letras raras, como de gente de Oriente, a pesar de que el suyo era Gaspar y que hubiera bastado solo con su firma, pero, en fin, pasó esto por alto, mejor tres que ninguno.

Se sentó en una esquina de uno de los sofás, una esquina en la que no había milagrosamente ningún paquete y se dispuso a leer la carta.


Querida ...........................

Sabemos que este año has sido buena (en fin, esto lo decían no sabía por qué, sus noticias eran otras) y, por tanto, te traemos todos estos regalos (confirmado entonces, eran suyos), que sabemos que te gustarán mucho (bueno, el puzzle, nada de nada). Sabemos que has sido estudiosa y que no has faltado a clase, que has hecho los deberes y que lees muchos libros. Pero también nos ha dicho un pajarito (¿un pajarito? ¿qué pájaro era ese? No conocía a ninguno) que debes mejorarte en algunas cosas. Por ejemplo, no ayudas nada en casa (era verdad, era verdad...alguien se había chivado, ya se imaginaba quién podía ser...vaya cotilla), tampoco te gustan las matemáticas (también había chivatos en el colegio, por lo que parecía, vaya mala suerte, pillada por todas partes) y dibujas más bien de pena porque le dedicas poco tiempo (¿poco tiempo? ¿estar una hora entera para copiar una manzana y que te salga una pera es poco tiempo?) así que tienes que dedicarte no solamente a lo que te gusta sino a todas las tareas del colegio. Esperemos que sea así....


Aquella carta dejaba claro que los Reyes Magos tenían espías por todas partes y que había gente muy, muy chivata en su vida. Estaba rodeada sin saberlo de cotillas que se iban de la lengua enseguida. Claro que no le gustaba dibujar pero ella no tenía la culpa, le salían mal todos esos garabatos y se aburría mucho. Y las matemáticas, eso era un rollo patatero, una cosa insufrible, tanto número y tanto signo. Estaba muy disgustada. Estos Reyes estaban al cabo de la calle de todo y había servido de poco la carta larga que les mandó, explicando con detalle lo que quería y diciéndoles lo bien que se había portado. No coló, desde luego, y encima le traen un puzzle. ¿Qué es un puzzle, vamos a ver, sino una pérdida total de tiempo? De bien poco había servido hacer de Virgen en la función del colegio, con el latazo que era eso, horas y horas haciéndose fotos con todos los niños y poniendo cara de buena...

Un poco disgustada, la niña del pijama de cuadritos rosas reparó en la caja roja que estaba debajo.


Era una caja de cartón duro, con una tapadera muy ajustada, una caja de esas que usaba para guardar juguetes o cuadernos del colegio. El lazo se desprendió fácilmente con un pequeño tirón y entonces la niña, sin poderlo evitar, olvidando que seguía desobedeciendo, abrió la caja.

En su interior solo había libros.

!Oh! exclamó la niña. !Sí! !Han leído mi carta! !He sido buena! !Saben lo que quería que me trajeran! !No soy una niña tan mala como dicen! !Libros! !Mis libros!...

Los libros que habían ocupado casi toda su carta de Reyes, los libros que había contemplado en el escaparate de la librería durante días, los libros que contenían historias, los libros que estaban hechos de palabras, que no necesitaban imágenes...

Los libros asomaron entonces su cabeza por la caja y se dirigieron a la niña, sonrientes e interrogantes. Alicia le tiró del pelo, de su larga melena rubio oscuro que ella se peinaba en trenzas cada día de la semana y que solamente el sábado y el domingo podía llevar suelta. Pinocho le rascó un poco la barbilla con su nariz de madera. Tom Sawyer hizo una de las suyas y dobló el papel de la carta para hacer un barco de esos que surcan el río Mississipi. El Principito sonrió y le regaló una rosa. Los personajes de Grimm saludaron ceremoniosamente y se volvieron a esconder en el libro con  timidez.

La niña lo observaba todo con entusiasmo, sintiendo que era alguien importante, alguien a quien querían, a quien entendían. Sus manos acariciaron los libros y estos parecieron entender su caricia.

La niña era feliz. Seguramente tan, tan feliz como nunca en su vida volvería a serlo.





viernes, 2 de enero de 2015

"Emma" de Gwyneth Paltrow


El Año de Emma en este blog se dedicará a comentar las adaptaciones cinematográficas o televisivas de "Emma". Y no es empeño menor, habida cuenta de que son muchas, variadas y diferentes en su calidad y en su estilo. Sin orden cronológico, ni otro criterio más allá del vaivén personal de quien esto escribe, vamos a acercarnos a la forma en que los creadores audiovisuales han entendido el libro, lo han interpretado y hecho suyo. 

Así, en 1996 el director Douglas McGrath realiza "Emma", cuya protagonista, Gwyneth Paltrow tuvo que comenzar por hacer el esfuerzo de hablar inglés inglés y no inglés americano. Parece que lo logró y que ese aprendizaje le serviría después para la galardonada "Shakespeare in love" por la que ganó un Óscar de la Academia. El físico de Paltrow está muy ajustado al de Emma, según la somera descripción de la autora de la novela, Jane Austen, que no era propensa a perder el tiempo haciendo descripciones ni de paisajes, ni de espacios, ni de personas. Pinceladas breves bastan para situar, sin embargo, la edad, el porte, los rasgos, de Emma y del resto de personajes de sus novelas. Así de genial era Austen.



En el papel del señor Knigthley, uno de los personajes masculinos de mayor interés y atractivo de los que retrata en sus novelas Jane Austen, estuvo Jeremy Northam y resulta convincente, tanto en su físico como en su interpretación al dar vida a ese hombre inteligente, socarrón, elegante y, a la vez, natural, que es el único que no se deja cegar por los atractivos de Emma. El resto del reparto es abrumadoramente importante. Ewan McGregor dará vida a Frank Churchill, el hijo pródigo, atractivo y que se hace perdonar sus faltas precisamente por su encanto. Toni Collette será Harriet, la chica indecisa, ingenua e incapaz de pensar por sí misma y, por lo tanto, sometida a la influencia de Emma en todos los aspectos. Greta Scacchi como la señora Weston, antes señorita Taylor, la institutriz de Emma, y Polly Walker en el rol de Jane Fairfax completan el tándem de mujeres jóvenes. Destacables Phyllida Law como la anciana señora Bates y su hija en la vida real, Sophie Thompson, como la señorita Bates, dos secundarias de lujo en la novela.


Como el señor Elton, ese pastor presumido y lleno de ambiciones, encontramos a Alan Cumming y en el papel del señor Woodhouse, el paciente, hipocondríaco y original padre de Emma aparece Denys Hawthorne. James Cosmo hace de padre de Frank Churchill y de amante esposo de la señora Weston, esto es, de señor Weston.

"Emma" es una novela de personajes. La acción discurre según ellos van actuando en su propia vida y por eso la elección del reparto es un elemento fundamental de cualquier buena adaptación. Otro es el paisaje, el entorno, el espacio en el que se desarrolla la trama. La casa acogedora, bien dispuesta, alegre pero sobria, de Emma. El dominio del señor Knigthley, el más importante de la zona. La pequeñísima casa de las Bates. La vicaría en la que vive Elton. La casa de los señores Weston, remozada por la boda, pero cuyos salones no cubren el espacio necesario para dar un baile. El colegio interno de la señora Goddard, en el que pasa sus días Harriet Smith hasta que Emma decide quedársela como pupila. Todos estos edificios, con su decoración, sus habitaciones, la disposición de sus muebles, constituyen un retrato fiel de la forma de vida de los personajes.

Y además, como buenos ingleses, queda el aire libre. Ese territorio exterior al que ellos se aventuran, incluso con mal tiempo, con calor, con frío, con nevadas. El clima es un factor influyente en el desarrollo de la historia. Resfría a Harriet, impidiéndole ir a un baile y desencadenando la declaración amorosa de Elton. Angustia al señor Woodhouse. Obliga al señor Knigthley a ceder su coche a las Bates. Refugia a Harriet en el mismo establecimiento en el que están los Martin. Hace que un paraguas prestado favorezca un romance...


La película discurre en ese color amable y dorado de la época de la Regencia en la que se inserta el argumento y en el que la autora, Jane Austen, vivió el período más fructífero de su larga carrera de escritora, larga a pesar de que murió a los cuarenta y un años, porque comenzó desde niña. Es el color que parece desdibujar los contornos, pero no debemos engañarnos. "Emma" es una lupa colocada sobre un grupo humano que habita en contornos cercanos y cuyos sentimientos se cruzan de uno a otro lado, generando diversas historias que confluyen en una sola porque Emma consigue el milagro de que existan porque ella existe.

La fidelidad al texto se refiere más al espíritu que al detalle. No puede ser de otra forma en una película y escenas como la del tiro al arco o la de la boda son, simplemente, inexistentes. Nunca Jane Austen describe una boda, más bien habla de sus antecedentes o de sus resultados, pero no de las ceremonias y, desde luego, nunca prolijamente.


Qué es "El Año de Emma"



Decir que Jane Austen es una de mis autoras de cabecera sería quedarme corta. Es mucho más. Es un modelo de escritora al que seguir. Es la persona que ha creado un mundo ficticio en el que me sumerjo de todas las formas posibles y que me hace feliz. Es alguien que imaginó personajes, situaciones, momentos... y que les dio forma magistralmente, como solo un verdadero talento puede hacerlo. Un talento oculto. Porque, aunque ahora nos resulte difícil de entender, no llegó a ver firmadas ninguna de sus obras. No. Todas eran anónimas o aludían, sencillamente, a "Una dama" o "Del autor de...". Eso me parece tan triste...Porque la autoría es lo que le queda al artista cuando todo lo demás deja de existir. Afortunadamente la posteridad le ha hecho justicia y por eso nos han llegado sus obras, en múltiples ediciones y formatos, incluido el musical o el visual.



Jane Austen ha creado todo un mundo con sus novelas. Y lo hizo sin grandilocuencia, desde la pequeña, sana e inevitable cotidianeidad. Ese mundo de las cosas sencillas que tanto nos atañe, el mundo de las emociones, de los sentimientos, de los resquemores, las envidias, las murmuraciones, pero también de los placeres más elevados, de la lucha entre el amor y el deber, de la fuerza de las pasiones. Parece mentira encontrar todo esto en alguien como ella, una mujer sencilla, con una vida sencilla, aunque, no nos engañemos, con una pasión por los libros, por las historias y por la palabra que comenzó desde que era apenas una niña.

Jane Austen se sentía escritora, aunque anónima. Pero, sobre todo, se sentía lectora. Así se definía y eso fue toda su vida, una lectora que encontraba en el papel impreso, en los libros, mucho más de lo que ofrecía la vida real y que hallaba en la vida real un material sensible que fue capaz de trasladar a sus propios libros. Maravilloso milagro del talento creador, de la literatura, cuando florece de verdad y da lugar a hermosos frutos.


Cuando empecé a leerla, desde pequeña, se me escapaban muchas cosas. Al principio fueron algunos personajes femeninos, potentes y con unas vidas llenas de peripecias, los que me atrajeron. Luego, los masculinos, más oscuros, más al fondo, pero impresionantemente descritos. Después, fueron acudiendo a mi cabeza un sinfín de ideas, de pensamientos, de sensaciones, logrando, sin yo quererlo y sin quererlo ella, mi querida Jane Austen, influir en mi educación sentimental del modo en que solo la literatura, la obra de arte, sabe hacerlo. De un modo silencioso, pero firme. Efectivo, perpetuo. Me veo a mí misma, sentada junto a la ventana que daba a mi calle, o en la azotea, resguardada del levante, o en una esquina del patio, con ese libro en las manos, con tantas cosas en las manos a través de ese libro...

Como siempre suele ocurrir con las obras maestras, sus libros tienen muchas lecturas, muchos acercamientos. Con el tiempo y la relectura he llegado a adquirir otras claves. Y espero que esas claves se completen y que siempre, siempre, tenga ocasión de captar algo que sea nuevo, que sea suyo, único, original. Que cada nuevo encuentro con su obra sea el principio de una revelación, de un hallazgo, porque eso es lo que significa Jane Austen para mí. El hallazgo de una visión única del paso de los días y de la vivencia de los seres humanos.



Las conmemoraciones han de servir para recordar, revitalizar, valorar, volver a traer a nuestros días las realidades del talento y la creación. En este caso, pensé que revisitar "Emma", la novela que publicó a finales del año 1815, podría darme esa oportunidad. "Emma" se publicó sin su nombre. Dos años después de publicarse Jane Austen murió, cuando solamente contaba con 41 años. Después de su muerte se publicaron otras obras, aunque pocas, porque no fue una mujer de muchos libros, sino de buenos libros. Cartas, impresiones sobre ella, biografías, jalonan también la bibliografía que puedes consultar si te interesa. Y te interesará, seguro, si ahondas en ella, si te acercas a su mirada.

Quisiera que esta iniciativa personal, y por ello, discreta, humilde y sin más motivación que la alegría de darla a conocer, de disfrutarla entre muchos, de redescubrirla, tuviera el mayor eco posible. Y por eso el uso de las redes sociales y de los medios de comunicación digitales, que tienen tanta fuerza. #ElAñodeEmma debería ser un motivo de alegría y disfrute compartido, como si estuviéramos todos asistiendo a uno de los bailes que tanto gustaban a Emma y a la propia Jane Austen, trasunto en esto de su personaje. Un baile de sociedad en el que todos los muebles, los adornos, la comida, los vestidos, el adorno, estuvieran cuidadosamente preparados y, a la vez, llenos de espontaneidad, de viveza, de la ligereza feliz pero reflexiva, plena de ingenio y de tierna ironía que destilan sus obras y esta "Emma" en concreto. 



Ah, qué pensaría Jane Austen si se viera de este modo, en medio de las nubes de Internet.... O quizá tenga que rehacer mi expresión y decir, qué pensará nuestra Jane al verse en medio de una vorágine de comentarios...Qué pensará al ver tantas películas, libros, discos, pósters, tuits, posts, como se publican sobre ella...

Tengo una permanente deuda de gratitud con aquellos que escriben, con los creadores del universo mágico de las palabras. Pues ellos me han salvado del frío, me han protegido en el dolor y me han amparado en la soledad. Mi agradecimiento a Jane Austen es infinito y sus libros son parte de mí, de tal forma que sus frases, sus personajes, sus paisajes, sus ideas y emociones, los siento como míos. 


#ElAñodeEmma ya está en Twitter. El Año de Emma está en Facebook. Está en el club virtual de lectura que hemos creado en esta red social. Está en TheCult.es. Está en este blog. Estará en otras acciones de las que daré cuenta en todos estos foros. Y así espero que se multiplique su efecto. Si nos sigues, tú también formarás parte de este año. En Twitter aparecerán los enlaces a los textos de este blog y a los de TheCult.es. En Facebook, además de esos enlaces, se encuentra el club virtual de lectura y se incluirán posts referidos a la conmemoración, así como vídeos, escenas de películas, noticias referentes a congresos, jornadas, curiosidades, etc. En TheCult.es se colgarán una serie de artículos hechos desde atrás, es decir, con un punto de vista imaginado e imaginario, intentando reconstruir desde la literatura el ambiente, la vida, la creación del libro y dentro del libro. El primer artículo recoge el momento en el que el Príncipe Regente recibe el paquete en el que viene la primera edición del libro, que a él dedicó, sin demasiado entusiasmo, su autora. En este blog, por otro lado, se dedicarán entradas a las versiones cinematográficas del libro, a telefilms, series, discos, etc.

Todo ello inicia el camino de su lectura, o de su relectura. Porque el principal objetivo es leer. Leer "Emma". Leer a Jane Austen. Leer libros, leer...Y, por qué no, compartir nuestras impresiones, nuestras sensaciones, con aquellos otros que también, por ese mismo camino de la lectura, han llegado a conclusiones idénticas, o parecidas, o distintas. El milagro de la palabra que hace su efecto por poco que lo intentemos.

Que leamos "Emma" para disfrutarla, para reírnos con ella, para entender su ironía, su elegancia, su detallista descripción de lo que somos, seres humanos dispuestos a ser felices a toda costa.

Comienza, a todos los efectos, #ElAñodeEmma. 


(Portada original de "Emma", que se publicó en tres volúmenes y que se atribuye, como puede verse, al "Autor de Pride and Prejudice")