domingo, 22 de noviembre de 2015

Una historia no escrita


"La noche en la que murió mi marido no derramé ni una sola lágrima. Recibí la noticia como si fuera algo ajeno. Me apoyé en la pared del pasillo, en ese hospital en el que llevábamos unos días esperando el desenlace, y cerré los ojos. Los apreté fuertemente. Quería llorar, llamé a las lágrimas, las convoqué y fue inútil. No llegaron, ni esa noche ni la siguiente, ni en los días que pasaron a continuación. La culpa fue de los dos años anteriores, pensé entonces, dos años en los que había llorado tanto que mi capacidad de sufrir se congeló, se convirtió en un trozo de hielo que suplantó a mi corazón. Mi corazón se marchó a otra galaxia, a un lugar recóndito y lejano donde no pudiera enterarse de lo que estaba pasando."

Este podría ser el comienzo de una historia. Si la escribiría, los recuerdos ocuparían su sitio exacto, todo encajaría en un lugar inamovible y el corazón no tendría esos vaivenes que tanto daño hacen. Cada vez que la vida abre una puerta o la cierra, los recuerdos se agolpan y no dejan que el mundo gire como debe. Son una losa que hay que conjurar para poder seguir. Un espacio interrumpido que tiene que encontrar su lugar entre los pensamientos, la memoria y el recuerdo. 

Si esta historia se escribiera algún día, entendería muchas cosas. O, quizá, dejaría de explicar otras y de preguntar algunas. Si se escribiera, entonces la puerta se sujetaría al suelo, se anclaría, con uno de esos graciosos artilugios que tenemos en casa. 

Pero las palabras no obedecen los deseos, son autónomas. Ellas bullen solas, surgen o no surgen. Y, aunque las convoques, aunque las llames, algo dentro de ti te dice que no es posible, que no están dispuestas a salir. Seguramente las palabras saben mejor que tú cuándo el dolor te nubla el conocimiento.

Si lo único que tienes son palabras sabes que, si las guardas, algo dentro de ti está roto. Si las guardas, si no brotan, si las escondes, si se marchan, sabes que tú misma estás al borde del silencio. El silencio, que reconforta en la dicha, es un terrible compañero en la desgracia. Callar lo que sufres, sufrir lo que sientes, sentir que callas porque no encuentras las palabras. Si encontrara el surtidor que guarda la clave de esta historia, podría empezar a construir el puzzle del dolor y así no se agazaparía en un lado del costado, en el corazón, en la cabeza, para resurgir cada cierto tiempo, cada vez que la vida te pone delante el espejo de la soledad no querida.

Durante muchos años la vida cotidiana me apartó de escribir. No tenía nada que decir y sí mucho que ocultar. Después, el dolor se aposentó de tal manera que tampoco podía relatarse, porque es imposible captar el significado del sufrimiento inmenso. Y ahora, que quizá es el tiempo de que la palabra reverbere y se convierta en una certeza inapelable, ahora siguen sin querer aparecer, se marchan, se esconden, se trasmutan en otras que no quiero escuchar.

Oh, la palabra, qué raro misterio, qué perfumado olor tan desvaído, qué evanescentes formas, qué suplicio cuando se marchan o no vienen...Quisiera descansar en el sonido de las voces que amo...Pero antes, la palabra, la palabra tan solo.

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