lunes, 23 de noviembre de 2015

Una escena de amor


(Jeremy Northam y Gwyneth Paltrow en "Emma") 

Jeremy Northam es un impecable Knightley. Y Gwyneth Paltrow es una deliciosa Emma. Y todos los que hemos visto la película, que recoge con mucha fidelidad lo que aparece en el libro, aunque más liviano y matizado, como es lógico, comprendimos, con una sola escena, que ambos se querían, aunque ninguno de los dos era consciente de ello. 

La escena de amor más relevante, pues, de la historia es la que transcurre en el salón de los señores Cox, de categoría inferior según detalle Emma, que ofrece una soirée a un grupo de destacados habitantes de Highbury, "pueblo extenso y populoso que casi llegaba a ser ciudad, al que pertenecía Hartfield", la casa solariega de los Woodhouse. En un principio, la invitación no llega, porque los Cox son conscientes de que la categoría de Emma es superior a la suya, pero, al final, todo se soluciona y ahí están, en la sala no demasiado amplia, los personajes que dan vida a la trama: Emma y su padre; el señor Elton; el señor Knigthley; los señores Weston; la señora Bates y la señorita Bates; Jane Fairfax; Harriet Smith y los propios Cox, además de otros de carácter secundario. 

En un momento dado, el dueño de la casa invita a Emma a interpretar algo al pianoforte. Ninguna de las heroínas de Austen es una consumada pianista ni cantante. Tocan con gusto y son agradables. Salvo, quizá, Marianne Dashwood, de "Sensatez y Sentimientos". Y es que son heroínas "normales", aunque parezca un contrasentido. Lo que me parece tan estimulante para las que no somos heroínas pero somos normales....

Emma interpreta una pieza al piano. Su voz es limpia, tranquila, toca con sencillez. Pero el foco de la escena no está en ella, sino en el rostro de Knightley, que contempla a la pianista con una expresión y una mirada que no puede ocultar que la ama, que la ama ardorosamente, que la considera lo más dulce y precioso de su vida. Pero, ay, esa ceguera que, a veces, nos cubre los ojos cuando somos directos protagonistas de los acontecimientos hace que este hombre no sea consciente de eso. Pero sí de su malestar cuando, inopinadamente, y haciendo gala de su carácter presuntuoso y engreído, Frank Churchill salga a la palestra, entonando a dúo con la joven Emma la canción que esta toca. Ah, entonces sí, entonces el gesto de desagrado es patente, aunque nada en su conducta, salvo esa dureza, esa contrariedad que nosotros observamos, va a delatarlo. 

A lo largo de la velada, la señora Weston, antes institutriz de Emma, le confiesa a ésta que tiene la seguridad de que Knigthley "pretende" a Jane Fairfax. Emma lo niega tajantemente. Tampoco ella se da cuenta de que su negativa encierra una predisposición de su corazón hacia él. No. Sin embargo, insiste en que ello no es posible. Y cuando es Jane Fairfax la que toma el relevo en la ejecución pianística, con toda su maravillosa forma de tocar, su maestría y su voz de soprano, entonces Emma se remueve en su asiento, sola, en un lateral de la escena. Pero, ay, su caballero andante irá al rescate y Knightley dejará su propio acomodo y se colocará a su lado, con ese aire cómplice que gastan todo el tiempo y que es la seña más clara de amor que conozco. Ese entenderse y entendernos. 

Decía Bécquer que el amor es un claro de luna. Más bien es una mirada, un cruce de miradas. Más bien es una sensación que no controlas, incluso que no entiendes y que te hace querer estar al otro lado del hilo que te une a esa persona. Estés donde estés, ahora, siempre, te quiero. 

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