domingo, 22 de noviembre de 2015

Bonjour, tristesse


("Aphrodite", William-Adolphe Bouguereau, 1825-1905)

Amaneces y vuelves al punto exacto en el que la noche anterior se quedó anclada tu cabeza. El sueño no ha servido para disipar la niebla. Esa gasa que cubre tus sentidos y no deja que pienses, aparece otra vez en cuanto el día se asoma. No es posible olvidar entonces, no es posible sino retomar con cansancio la idea y volver a darle vueltas, como quien amasa pan en un horno antiguo y sin ganas. 

Te preguntas entonces qué puedes hacer, hacia donde mirar y cómo hallar un hilo del que tirar para que la vida se instale en la serenidad que ansías. Quieres olvidar el motivo o las causas de esa inquietud que no te deja cerrar los ojos y soñar con que hay prados verdes. Pero la vida te engaña. La vida te pone delante unas razones que no existen y juega contigo. Te hace creer que eres alguien distinto a la verdad. La verdad es una entelequia a veces. Un lujo que no puedes permitirte. 

Recurres a la risa. Intentas recordar los momentos vividos. Quieres reír, aunque sea de ti misma. Pero la risa es un regalo que tiene sus reglas. No puede forzarse, no puede convertirse en amuleto, en talismán, o en nada que no sea natural, improvisado. Y aquí ya no vale la naturalidad, no, cuando estás sufriendo y no puedes volver la cara hacia ningún sitio. 

Entonces escribes en tu blog, añades una foto que te gusta, el rostro sereno, pleno de belleza de alguien que no sabes quién es. Alguien que vivió en otro tiempo y que ya no existe. Su plenitud, su hermosura, desapareció y no sabes la huella que dejó atrás. Así, observas ese rostro, con los ojos tan claros, ese tono de azul que parece esperar la mirada del amor sin reservas. Observas el óvalo de la cara, sin fisuras, sin que los años hayan conseguido resquebrajar su perfección. Observas la débil sonrisa, en una boca que hablaría de besos, de instantes robados a la mediocridad. La observas con detalle y sientes que no eres tú, que nunca has sido tú, que nunca lo serás, que ella es la diosa del amor y tú una simple mujer deshabitada.

2 comentarios:

  1. O habitada por los demonios, Caty, por los demonios y la duda, y no hablo de ti. ¿Por qué es todo tan difícil? Perdona el desahogo. Gracias, porque sé que lo perdonas. Y porque estás ahí.

    ResponderEliminar
  2. Querida Carmen: las cosas son difíciles. Qué me vas a contar. Qué te voy a contar. Un abrazo, siempre.

    ResponderEliminar

Realiza tu comentario dentro del respeto y la corrección.