lunes, 2 de noviembre de 2015

20 años de "Orgullo y Prejuicio" La Serie.


(Colin Firth, como el señor Darcy y Jennifer Ehle, como Elizabeth Bennet, protagonistas de la serie de la BBC, sobre "Orgullo y Prejuicio" de Jane Austen. 1995)

Cuando has leído un libro mil veces terminas por hacerte una idea de los personajes, de los escenarios y los detalles con mucha más nitidez que si el libro tuviera imágenes. Las imágenes estorban. Por eso es tan difícil que una serie o una película responda a tus expectativas. Siempre o casi siempre te defraudan. Jane Austen en eso, sin embargo, ha sido afortunada. O relativamente afortunada. De todas las adaptaciones que han hecho de sus novelas hay algunas especialmente buenas. Como la película "Sentido y Sensibilidad" de Ang Lee, con Emma Thompson, Kate Winslet y Hugh Grant en los principales papeles. O como la versión de la BBC de "Emma", con Romola Garai y Johnny Lee Miller. 

En ese epígrafe de buenas adaptaciones se lleva la palma la serie, también de la BBC, "Orgullo y Prejuicio" de 1995, con Colin Firth y Jennifer Ehle a la cabeza de un elenco en estado de gracia. Soberbio casting. Soberbia adaptación de diálogos y textos. Soberbia ambientación. Una dirección artística de las que hacen época. Una selección de momentos llena de sentido. Lo que quiere decir un entendimiento, una comprensión de la novela, que no es quedarse en la superficie, en la anécdota, sino destripar el sentido último. Y el sentido último está, sin duda, en la elegante ironía con que Austen se adelantó a su tiempo haciendo que sus personajes sean de carne y hueso y no del cartón piedra que se usaba por entonces en la literatura.

El vestuario es para diez. El tema del vestuario, de la ambientación, no es baladí. En la versión de "Orgullo y Prejuicio" que protagoniza Keira Knightley, las telas y colores de los vestidos, su forma y diseño, no corresponden en absoluto a la época de Jane Austen. Bueno, ni a ninguna época. Son una absurda invención. La protagonista aparece vestida de marrón y de negro, como si fuera Juliette Greco en los años del existencialismo. Ridículo. Un desconocimiento total.  El color blanco, los tonos pastel suaves, la muselina que se ondulaba, las mangas de farol, el talle imperio, todo eso distingue a la perfección la moda georgiana, que es la que se "llevaba" en los años Austen. La elección de los colores no era baladí. No existía alumbrado eléctrico y la luz de las velas era claramente insuficiente para destacar a una persona que fuera vestida de oscuro. 

En la versión de la BBC, de la que se cumplen ahora veinte años, todo encajaba. Un engranaje perfecto. Y no resulta fácil poner en imágenes la gracia juvenil de las chicas o el desparpajo nervioso de la madre, los lujos de unos y de otros, los gestos discordantes, la mala uva de las hermanas de Bingley o los sentimientos desbordados. Algunos personajes están construidos de forma que resulta imposible imaginarlos de otra forma. Eso ocurre, por ejemplo, con el señor Collins, el clérigo primo de las Bennet, que heredará su casa cuando el señor Bennet muera y que, por eso mismo y para compensar, quiere casarse con una de las hijas. Pasa con Caroline Bingley o con Lady Catherine de Bourg. Pasa con los tíos Gardiner. O con las Lucas. Pero, sobre todo, ocurre con los protagonistas, todos ellos perfectos, ajustados, reconocibles.

La frase más famosa del libro "Es una verdad universalmente aceptada que todo hombre soltero con fortuna necesita una esposa", está en la película colocada en boca de Elizabeth y en tono de broma, en el contexto de la charla familiar a la salida del oficio del domingo. Se evita así el uso de la voz en off, que aquí encajaría mal y que ralentizaría el ritmo del relato. Como la descripción de los personajes en la escritora es tan impresionista, algunas pinceladas y nada más, la película acierta al presentarlos sin histrionismo ni exageración, como ocurre con otras versiones de clásicos, a fuerza de mal leer el libro que sustenta el guión.

Jennifer Ehle es la imagen que nunca llegó a describir Austen, pero que se revela como real a la hora de representar el papel de Elizabeth Bennet, esa heroína tan humana, con defectos y virtudes, que no pretende ser un dechado de perfecciones sino un agradable conjunto de pequeñas cosas que resultan atractivas. Y, por su parte, Colin Firth es el mejor Darcy que una pueda imaginarse. Un Darcy que no es un dechado de virtudes, al contrario, sino un hombre real, que, al comenzar el libro se muestra orgulloso, distante y pagado de sí mismo. Pero hay dos elementos que lo convertirán en un hombre adorable: el amor y sus buenos sentimientos. Y ambas cosas son oro de ley.

Los personajes secundarios de la historia son deliciosos. La señora Bennet es una mujer de escasas luces, pendiente siempre del estado de sus nervios. Su marido, un tipo tranquilo y despreocupado al que es imposible sacar de su biblioteca. Las cinco hijas son diferentes. Bella, Jane. Ingeniosa, Elizabeth. Alocada, Lidia. Absurda, Mary. Indecisa, Cathy. Por su parte, el primo Collins, llamado a heredar la hacienda Bennet, es un clérigo presuntuoso, ridículo a más no poder y devoto admirador de su protectora, Lady Catherine de Bourgh, la aristócrata tía de Darcy que intenta imponer su voluntad a los enamorados, sin lograrlo, por supuesto. También está la tía Phillips, a la que le gusta recibir en casa a los casacas rojas, los oficiales del acuartelamiento, entre ellos el guapo Whickam, que tiene una historia pendiente con Darcy. Están los tíos Gardiner, sensatos, por fin, entre tanta parentela insulsa como tienen las pobres chicas Bennet. Las hermanas de Bingley, engreídas y con mala intención. La dulce hermana de Darcy, la pequeña Georgina, que toca el piano como los ángeles. Los Lucas, Sir George, María y Charlotte Lucas, que acabará casándose, por interés, con el señor Collins...

¿Cuál es la historia que nos narra el libro? Aunque sea archiconocida vamos a recordarla: Los Bennet son una familia de la clase media rural que tiene cinco hijas. Dado que la propiedad y las rentas de las que viven está vinculada a la rama masculina tienen una gran preocupación, sobre todo la madre, por casar bien a las hijas, al menos, a una de ellas. La llegada de un soltero con posibles, el señor Bingley, a la comarca, hace surgir esperanzas de un enlace fructífero entre Jane Bennet, la hija mayor y el propio Bingley. Sin embargo, la intervención de sus hermanas y la de su amigo, el señor Darcy, aún más rico y guapo, pero infinitamente más orgulloso y con peor carácter, darán al traste con este incipiente romance. La historia desarrolla paralelamente la relación Jane-Bingley y la que mantiene Elizabeth, la hija segunda y protagonista, con Darcy. Una relación que tiene momentos de desencuentro, rivalidad, disputa y duda. También de declaraciones de amor mal enfocadas, cartas aclaratorias y, sobre todo, miradas, muchas miradas, porque es la mirada la que definirá sus encuentros hasta que todo se resuelva. El desenlace es feliz, desde luego, aunque no cursi. Nada menos que tres bodas cerrarán la novela, dos de ellas felices y una abocada al fracaso. Porque Jane Austen no era ajena al sentido común.

Una única escena en la serie no corresponde al libro. Y es una escena que nunca describiría Jane Austen. A saber: vuelve Darcy a su casa en Pemberley, montado en un hermoso caballo, siente calor del viaje, se desnuda (relativamente, claro, porque se queda en camisa) y se lanza al lago que rodea la casa. Ese Darcy con el pelo mojado, que se muestra ante Elizabeth a medio vestir no existiría nunca en la imaginación austeniana. Pero es una licencia que no tiene mayor importancia y que da un poco más de picante a la película.

Si leíste el libro y te gustó, tienes que ver la serie. Impecablemente realizada, no ha envejecido en estos veinte años. Un detalle de cotilleo: en el tiempo del rodaje los protagonistas se enamoraron y mantuvieron un idilio durante algún tiempo. Como curiosidad, ambos, Colin Firth y Jennifer Ehle se volvieron a encontrar cinematográficamente en "El discurso del rey", interpretando él a Jorge VI y ella a la mujer de Lodge, el logopeda que consigue que pronuncie, siquiera decentemente, ese discurso que servirá de arenga al pueblo inglés en el momento del inicio de la Segunda Guerra Mundial.


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