sábado, 24 de octubre de 2015

"Una chica en invierno" de Philip Larkin

El caso de Philip Larkin (1922-1985) es muy interesante. Esta es la única novela que escribió y publicó. Otras tres fueron destruidas antes de publicarla y la cuarta no la acabó. Porque Philip Larkin es poeta, un poeta enormemente laureado, estimado y aplaudido. Un gran poeta que, rara avis, escribe una novela que es, asimismo, una revelación, un logro, un gran libro. 

Larkin escribía desde su adolescencia. Thomas Hardy, primero (excepcional su "Lejos del mundanal ruido") y luego T. S. Eliot, W.B. Yeats, y W.H. Auden fueron sus influencias más directas. 

"Una chica en invierno" se publicó en 1947. Su éxito fue inmediato. La crítica la consideró delicada, elegante y extraordinariamente escrita. Larkin compaginó su tarea de escritor con la bibliotecario de la Universidad de Hull y la de crítica de jazz del Daily Telegraph. 

La novela tiene algún tinte autobiográfico. El verano inglés de los años de la Segunda Guerra Mundial forma el marco del espacio y el tiempo necesarios para ubicar la acción. Allí está la protagonista, Katherine, una refugiada que trabaja de bibliotecaria. Su vida transcurre de forma anodina, casi sin esperanza. La única que la mantiene es el deseo de volver a ver al hombre que fue su gran amor, su primer amor. Y parece que es posible, que va a lograrlo. En la antesala del encuentro, ella rememora cómo conoció a Robin, cómo fue su relación, de qué forma dejó de ser una niña para convertirse en una mujer y cómo el amor cambió su vida. 

El poder regenerador de los sentimientos, el peso del amor en la vida de las personas, se asienta en un trasfondo duro, terrible, de guerra y de desazón. Las circunstancias históricas conducen a los hombres a senderos que no quieren transitar, rompiendo la dichosa cotidianeidad y conduciéndolos a un territorio inhóspito, difícil. El relato que hace Larkin no está exento de la ironía distanciada que es preciso usar si no se quiere caer en la ramplonería o en el sentimentalismo vacuo. Y esa es la marca de la casa, la facilidad con la que los sentimientos son descritos de una forma tierna y, a la vez, divertida, no exenta de una certeza ineludible de un destino incierto y casi cruel. 


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