sábado, 10 de octubre de 2015

Folio en blanco


Pero, seguramente, ella está también mirando la Luna. En cualquier sitio sus ojos contemplan este mismo universo. Quizá eso deba hacer que me sienta menos solo, que note menos el vacío. Pero es difícil. La soledad es un algo frío y perenne que se acomoda en nosotros al menor movimiento de la vida. Esta vez, como casi todas, ha venido sin avisar, me ha cogido de sorpresa. Tendría que presentirla, saber cuándo va a aparecer para llenar mi alma de miles de cosas inútiles que no dejaran ningún hueco vacío. Pero esta vez tampoco lo he logrado. 

Todas las cosas desaparecen de pronto y ella también. ¿Cómo habría podido evitar que se fuera? Quizá inventando un tiempo nuevo en el calendario, el tiempo del recuerdo perenne, pero no, no sería efectivo, tendríamos que inventar meses eternamente y el tiempo es una cosa muy frágil para asentar en él nuestra dicha. 

Más seguro sería borrar el espacio. Todos integrados en el mismo punto de visión, unidos en el mismo ámbito. Así la vería siempre. Pero no estaríamos nunca solos y ¿acaso no es en la soledad de una habitación donde compartimos el secreto de nuestros corazones?

No se me ocurre qué podría hacer para no alejarla de mí, salvo mirar la Luna y aún así ! es tan voluble y caprichosa ! En un mismo mes cambia tantas veces de apariencia que no puede negar su esencia femenina. Quiere así sorprendernos y lo consigue realmente. Pero es una sorpresa helada y triste, que nos atemoriza. 

Y ahí está, arriba, perfecta. Hoy ha venido toda entera, blanca y voluptuosa como una virgen de ardor oculto, casi desafiante, mostrando en su claridad cegadora la fuerza que ha cautivado durante siglos el corazón de los hombres. 

Me pregunto si la estará mirando. Es curioso que nunca hayamos hablado de la Luna. Entonces no sabíamos que ella enlazaría nuestras miradas más allá de la Tierra. Y, al cabo, ¿qué más da? ¿de qué sirve mirarla si no está cerca de nosotros, si no puede infundirnos ahora un poco de calor para aliviar nuestro frío? Mi cuerpo necesita el calor de un abrazo y no la contemplación de la belleza. Nada le dice ya a mi corazón su aureola romántica. Nada, porque estoy seco de ilusión porque ella se ha ido y yo la amo. 

Ahora pienso que no debí dejar que se fuera. Tendría que haber sabido qué clase de vida me esperaba fuera de la mirada de sus ojos inquietos. Fue absurdo imaginar una vida sin ella, ni pensar que el tiempo pasa rápido y que él mismo me la devolvería. Si no está aquí, el tiempo no pasa, se queda fijo en un presente eterno de amargura sin fin y se ríe de mis esfuerzos por acelerarlo. Es una lucha sorda y yo estoy tan cansado…

Tengo sobre la mesa las cuartillas esperando que salga de mi mente algo que mañana pueda leer el público. Hurgo en mi cerebro buscando el tema de interés y solo encuentro uno. Mi artículo podría comenzar diciendo:

“Doce de la noche. La ventana está abierta. Calor. No me gusta nada este whisky. Estoy solo. La Luna me mira desde lejos y parece reírse de mi soledad. El mundo permanece ajeno. Ella no está”

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