domingo, 4 de octubre de 2015

El nombre exacto de las cosas


Llamar a las cosas por su nombre no es sencillo. Reconocer el nombre de las cosas, tampoco. Advertir que una cosa es esa cosa, resulta casi imposible a veces. La ocultación es un juego que suele dar buenos resultados. Ocultar, callar, disimular, guardar, esconder. Sinónimos del silencio. De un silencio pactado, de un silencio impuesto, de un silencio obligado. 

Elinor Dashwood ama a Edward Ferrars desde el mismo instante en que lo observa a través del ventanal de su sala. Él está en el exterior, jugando con un palo a que es un guerrero en lucha. La oponente es Margaret, la hermana adolescente de Elinor, un poco impertinente como todas las niñas a esa edad. Hasta la llegada de Edward, Margaret yacía escondida en cualquier lugar donde pudiera ocultarse a los ojos de los demás, enfrascada en la lectura de mapas. La gente que lee mapas es muy especial. Coges el mapamundi, por ejemplo, pasas las páginas y llegas a un país, arribas a su costa o subes a sus montañas. Pronuncias entonces nombres extraños, cuyo significado no comprendes, incluso sin significado. Solamente nombres en un país lejano, exótico u olvidado. 

Elinor se enamora mirando a Edward jugar con su hermana y su palo que representa una espada. Es un caballero andante que lucha contra un dragón sin peligro. Un hombre que gasta su tiempo en entretener a una niña que pasa un trance difícil, porque acaba de perder a su padre. Elinor sabe que los caballeros andantes no son los que cortan la cabeza a moros, sino los que dedican un espacio de su ajetreada vida a captar la ternura de las damas y las jovencitas. La mirada de Elinor lo dice todo: ha descubierto al hombre. Pero calla. 

¿Cuál es el motivo, por qué el silencio, por qué ella no puede expresar lo que siente? Muchas razones y una sola explicación pública. Decencia. Guardar las formas. Resguardarse del fracaso. Huir de las complicaciones. No inducir a la crítica ajena. No fomentar el qué dirán. Así, Elinor, inteligente, razonablemente guapa y con cierta capacidad de renuncia que ella misma desconoce entonces, tiene que ocultar en lo más profundo de su alma que acaba de enamorarse de Edward Ferrars. No se alegra, pues, del descubrimiento, porque tiene que callarlo. No puede pregonarlo a los cuatro vientos. No puede recorrer las colinas que rodean la casa de su padre y decir su nombre. Ni escribirlo en un diario, cerrado incluso con siete llaves. 

No. El silencio es el santo y seña de Elinor, la más cauta, paciente, conformista de las mujeres de Jane Austen. La trazó al principio de su carretera de escritora, cuando era muy joven. Algo hubo en su vida, algo conoció, algo tuvo que intuir, porque la última de ellas, Emma, es todo lo contrario. Una mujer independiente, libre y que reconoce en su interior el error de haber amado sin saberlo. 

El silencio de Elinor nos oculta el nombre exacto de las cosas. Eso se llama amor. Mirar a alguien con esa ternura manifiesta es amor. Desear verlo a cada instante es amor. Oírlo y soñar con esa voz durante todo el día es amor. Querer que su voz pronuncie versos es amor. Esperar que te toque con sus manos abiertas es amor. Ansiar su presencia constante es amor. Esperar es amor. Comprender es amor. 

El acto supremo de amor de Elinor se produce cuando ayuda a Edward a conseguir un empleo estable en una parroquia (él quiere predicar y vivir en el campo) sabiendo que eso le abre la puerta al matrimonio con otra mujer. Cuando él va a agradecerle el favor y le dice que su amistad, la de ella, es lo más importante que le ha ocurrido en la vida, Elinor le responde con la palabra precisa: La tendrá siempre (la amistad). 

El nombre que Elinor da a esa relación es amistad. El nombre exacto de las cosas es amor. 

(Ilustración: Paisaje de William Turner) 

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