martes, 8 de septiembre de 2015

Una pequeña historia real


Conocí una vez a un niño muy especial. En realidad he conocido a muchos niños especiales en mi vida. En realidad, todos los niños son niños especiales. 

Comenzaré de nuevo, pues.

Una vez conocí a un niño muy especial, como todos los niños, al que le gustaba hacer cosas con las manos. Esto no es una circunstancia llamativa, salvo si se tiene en cuenta que todo el mundo consideraba a este niño un perfecto inútil. Los padres estaban preocupados. Es un trasto, no sirve para nada. Los maestros habían dado la voz de alarma. Es un desastre, no guarda los cuadernos, no cuida las carpetas, no sabe afilar los lápices, no se pone en la fila, canta en medio de la clase, se enfada demasiado si se le riñe, no se calla ante las explicaciones, se mueve mucho todo el tiempo. Los compañeros observaron que el niño era, ciertamente, un poquito problemático. Al menos esa palabra era la que usaban sus propios padres y la que ellos aprendieron. El niño problemático. Es una palabra difícil pero uno puede aprenderla si la oye muchas veces y logra repetirla a menudo. 

El niño problemático se cambió de colegio dos o tres veces a lo largo de los años. En ninguno de ellos tenía sitio. Sitio de verdad, quiero decir. Ese sitio que uno ocupa y que no depende de la silla en que te sientes, ni de las notas que saques, ni de las veces que hagas bien los ejercicios en la pizarra. El niño se cambió de colegio, pasó de uno a otro, de otro al de más allá y en ninguno encontró su sitio. Era como si se tratara de un patito feo en el cuento del patito feo. Sí. Eso pensé al conocerlo. Esto es el cuento del patito feo. Un pato entre cisnes majestuosos, entre plumas blancas y azuladas, entre cuellos erguidos y llenos de prestancia. Un pato desaliñado, con la camisa por fuera, los puños sucios de jugar con la tierra, los ojos enrojecidos de las rabietas, la sonrisa extraña. 

Conocí a este niño en el tercer colegio al que acudió. Ya tenía once años. Lo trajeron para que yo dijera qué le pasaba. El niño y yo nos sentamos uno enfrente del otro durante algunos días. Nos mirábamos sin saber qué decir. Yo tenía que preguntar y él tenía que responder. Pero no se me ocurría ninguna palabra, ni él tenía, por tanto, respuesta alguna. Un niño especial y una profesora especial. Entonces pensé que había fracasado. Que todo mi trabajo era una completa inutilidad, que yo era una fracasada, porque no era capaz de saber qué le pasaba a ese niño, ni, por supuesto, de decirle a los maestros qué hacer con él. 

Uno de esos días le dije al niño cuando llegó a mi lado: "Haz lo que quieras, yo también voy a hacer lo que quiera". Me senté y abrí mi libreta de hojas lisas, con la portada suave y ligera de color azul, con una flor amarilla en la primera página que yo había dibujado apenas sin saber porque esas son las flores que me gustan. Abrí mi libreta y cogí mi pluma y me puse a escribir. Empecé a escribir una historia. Me metí en las palabras y me olvidé del niño. Esperaba que el niño también se olvidara de mí. Estaba segura de que se olvidaría. Yo era una profesora que no podía ayudarle. 

El niño se levantó de la silla verde en la que estaba sentado junto a mi mesa, verde también, como todas las mesas y sillas de todos los colegios de esta parte del mundo, verde que te quiero, verde. O, verde, que te quiero verde. Vaya usted a saber. El niño se levantó y fue a una estantería de madera en la que había cosas. Lápices, reglas, una bola del mundo con fondo azul, como si todo el mundo fuera un mar esplendoroso. Había libros de cuentos, adivinanzas, figuras humanas, muñecos articulados. Había puzzles. Había plastilina. 

El niño cogió varios trozos de plastilina de colores y se sentó en una mesa apartada de mí. Se sentó solo con él mismo, sin pensar en nadie ni en nada. Solamente en sí mismo, en la plastilina, en sus manos, en los vivos colores, en sabe Dios qué. Empezó a modelar la plastilina y, al cabo de una hora, cuando mi historia estuvo casi acabada, él me llamó, con la forma familiar en que los niños nos nombran en los colegios: "Seño, mira lo que he hecho". 

Delante de mí apareció un aeropuerto. Aviones, hangares, vehículos, personajes humanos, contenedores, carreteras, oficinas. Un aeropuerto entero hecho de plastilina. Había gastado toda la plastilina, toda absolutamente, no quedaba nada y el niño, después de enseñarme aquello y detallarme uno por todo todo lo que significaba, me pidió más plastilina. "Necesito terminar" me dijo. "Me faltan todavía la torre de control y los pasadizos secretos". 

Conseguir más plastilina fue una pequeña odisea, buscar tiempo para que el niño pudiera acabar su obra también resultó complicado. La burocracia existe hasta en el lugar más remoto del mundo, hasta para la acción más insignificante. Al fin, provisto de lo necesario, plastilina y espátulas, el aeropuerto estuvo terminado y solamente quedaba bautizarlo. Era un aeropuerto fantástico, un aeropuerto como no puedes imaginar siquiera. Digno de cualquier ciudad del mundo, o, al menos, de las ciudades que amo y a las que quisiera ir cada vez que estoy triste. Sólo faltaba el nombre del aeropuerto pero el niño tenía que pensarlo y así estuvo varios días. Al cabo de una semana, el niño, que iba cada día a mi despacho a ver su obra, allí colocada con toda ceremonia, vino con un letrero de colores y me dijo que ya había decidido el nombre. En letras rojas y verdes había escrito el nombre del aeropuerto: Aeropuerto de la seño Caty. 

La historia es real. El niño era un genio distinto a los demás. Necesitaba otras cosas. Necesitaba crear. La escuela no está hecha para niños así y por eso, dos años después, acabo de enterarme de que el niño, desprovisto de su talento a fuerza de fracaso, sigue repitiendo curso y ha terminado por cambiar de colegio. El aeropuerto se disolvió en las manos de alguien que quiso reutilizar la plastilina. Era un derroche. 

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