miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una nueva sentimentalidad


Si puedes, lee esta entrada de mi blog escuchando a Luis Eduardo Aute cantar "Queda la música". Porque es así como la estoy escribiendo. Es una tarde-noche de tormenta. El aire viene cargado del ruido de los truenos y la luz de los relámpagos. En mi corazón late esa sensación ya conocida que va del sentimiento al desengaño, de la luz a la sombra. Es así como siento hace ya mucho tiempo, demasiado, o quizá es un instante, un instante tan solo. Veamos. 

Una nueva sentimentalidad emerge en las obras de Jane Austen. Y es tan moderno lo que hace, tan nuevo y distinto, que yo no diría que hoy la hemos superado. Quizá se han añadido pasajes de momentos eróticos, sin mucha suerte desde luego. Pero el sentimiento, el verdadero sentimiento, ese continúa incólume, grabado perfectamente en las palabras de sus libros. Ah, Jane, qué poco pensaba que sería una maestra en el arte de entenderse y entendernos. 

La declaración de amor que hace el señor Knitghley a Emma es un modelo: No soy hombre de muchas palabras, Emma-continuó enseguida con una ternura tan espontánea y comprensible que lo hacía bastante convincente- Si te amara menos, sería capaz de hablar más de ello. Pero sabes cómo soy. De mí no escucharás más que verdades. Te he hecho reproches y te he reprendido y lo has soportado como ninguna otra mujer en toda Inglaterra lo hubiera hecho. Soporta todas las verdades que ahora te voy a decir, mi queridísima Emma, tan bien como soportaste aquéllas. Puede que mi actitud no haya sido de mucha ayuda y que no lo sea ahora tampoco. Dioses testigo, he sido un enamorado frívolo. Pero sé que tú me entiendes. Sí, tú conoces, tú entiendes mis sentimientos y sé que si está en ti me corresponderás. Por el momento me gustaría escuchar, solo escuchar tu voz. 

Una de esas frases me llama la atención. La repito:  Si te amara menos, sería capaz de hablar más de ello. Deberíamos fijarnos en el significado que encierra. No hace falta ir voceando por ahí el sentimiento, ni escribir poemas y recitarlos en público, ni contarle a todo el mundo que se sufre por amor. No. El señor Knightley inaugura un amor distinto, un amor basado en el conocimiento de la otra persona, en la afinidad, en la confianza. Un amor que tiene tanto de química, como de racionalidad. No es el amor loco, ni el amor cortés. Es el amor que nace de personas que quieren ser felices. El amor que conduce a la felicidad.

La historia literaria del amor y de los sentimientos que lo rodean está llena de libros y personajes que trastean de forma diversa, que se mueven con diferentes formas de entendimiento. Lo que se siente, lo que se expresa, lo que se vive. Tres aspectos que han de ser complementarios. El sufriente amor no correspondido se transforma en los libros de Austen y, tras el correspondiente duelo, encuentran una solución, una forma de seguir viviendo con sosiego y con esperanza. Es el amor de Marianne Daskwood, por ejemplo, hacia Willoughby, un hombre joven, atractivo y débil, que juega a la ambigüedad y que termina renunciando a ella por una dote de cinco mil libras al año. Marianne es capaz, a pesar de que parece responder al concepto "Sensibilidad" del título (el libro es, claro está, "Sentido y Sensibilidad"), de reconducir su vida y sus inclinaciones amorosas hacia el hombre que la quiere y que permanece a su lado, esperando, sin reclamaciones ni imposiciones, esto es, el coronel Brandon.

Por su parte, Elinor Dashwood, enamorada de Edward Ferrars desde el principio, adopta una actitud dolida pero sin histerismo. Triste, pero serena. Desilusionada pero sin aspavientos. Ello ocurre cuando se entera, equivocadamente, que Edward se ha casado. Ya sabemos que es un error y que, al final, podrá compartir su vida con el hombre que ama, esto sí, pobre y sin porvenir, gracias a que es desheredado por su madre.

Hay una nueva sentimentalidad también en la actitud de Elizabeth Bennet y de su hermana Jane. Las locuras se quedan para Lydia. Hablamos en este caso de "Orgullo y Prejuicio". Elizabeth no se siente atraída por el señor Darcy porque él mismo no la considera ni guapa, ni adecuada. Y ella no está dispuesta a sufrir. Sin embargo, el cambio de actitud de él propicia que ella lo vea con buenos ojos. No me parece, como se ha llegado a decir, que sea interesada, sino que es una conducta sana, que evita sufrimientos inútiles, como los que tiene, por ejemplo, Caroline Bingley, sumisa y dedicada a agradar a Darcy mientras que este no le hace ningún caso.

Por último, podemos fijarnos en Emma. Ya hemos hablado de la declaración de amor que le hace Knightley pero en ella también hay elementos esperanzadores a la hora de concebir las relaciones de pareja como un camino hacia la felicidad y el placer y no un sufrimiento permanente. Emma, de quien el libro dice, en sus primeros renglones, que es "guapa, inteligente, rica, risueña por naturaleza y con una casa magnífica". Es decir, la protagonista más completa en su descripción y la que tiene mejor situación de partida de todas las que creó Austen. Emma sigue una evolución fundamental en todo el libro. Pasa de ser una chica vanidosa, casquivana, de buen corazón, ingeniosa e inteligente, a convertirse en una mujer sensata, que reconoce sus errores y que descubre, por fin, que está enamorada del único hombre que podía lograr su amor. Esto es, el propio Knightley. No de un joven caprichoso como Frank Churchill. No de un clérigo presuntuoso como el señor Elton. No. De un hombre cabal, juicioso, y que es capaz de estar a su altura en capacidad intelectual y en posición social. Sentido y sensibilidad, de nuevo.


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