viernes, 11 de septiembre de 2015

A veces el amor no es suficiente




La muchacha recorría la calle de un punto a otro de una ciudad desierta. Era un verano abrasador, en la hora más tórrida del día. Su corazón saltaba. Llevaba un vestido de gasa azul celeste, suave al tacto, con un encaje muy finito en el escote, en forma de pico, pronunciado, hondo. El vestido flotaba sobre el aire caliente del mediodía y ella andaba sobre unas sandalias blancas que le hacían un poco de daño. Eran nuevas, hechas para ocasiones especiales. Llevaba un sombrero del color del vestido. 

En ese momento sonreía sola. Miraba al frente, con los ojos cubiertos por las gafas de sol, oscuras, impenetrables, pero la sonrisa se traslucía de inmediato, a pesar de que era una sonrisa interior. La sonrisa de la plenitud, quizá. La sonrisa de la nostalgia anticipada. La de la sorpresa o la duda. Venía de hacer el amor con un hombre que la amaba profundamente y al que  abandonaría sin remedio unos meses después. Los separaban quince años, una esposa, dos hijos y mucha incertidumbre. Pero, en ese tiempo, aún eran dos seres que se escribían cartas encabezadas siempre por la misma frase: Mi vida, mi amor, mi todo…

Así que caminaba fijando la vista en todos los escaparates, en los transeúntes, en las calles, las esquinas, los bares, las tiendas. Apresaba en la mirada todo lo que veía y llenaba el corazón con su vista, aunque era un mediodía de absoluto calor en la que todo clamaba por el agua fresca, la sombra y el silencio. Nada había de silenciosa en aquella marcha por la ciudad semidesierta, porque el grito del corazón era más voluminoso que el silencio mismo. La callada respuesta de las manos no se correspondía con el deseo que, aun satisfecho, anidaba en cada uno de sus movimientos. 

El desconocido surgió de improviso. Era alto y llevaba una inmaculada camisa blanca de manga larga, al modo elegante en que los hombres elegantes llevan las camisas en verano: como si no hiciera calor en absoluto. Los vaqueros estaban gastados pero eran de calidad y sus zapatos (se fijó en sus zapatos) eran grises de ante, lo que indicaba no solo buen gusto, sino un hombre presumido que quería causar buena impresión. Era joven, unos treinta años, aunque no tanto como ella, que no había cumplido aún los veintitrés. 

El desconocido llevaba en las manos una cartera, una especie de portafolios de piel, que balanceaba sin cuidado al andar. Sus gafas de sol ocultaban el rostro pero dejaban ver el tono bronceado de la piel, la barba de dos o tres días y el tono rubio del cabello. Era un hombre guapo. Nueve de cada diez mujeres lo hubieran afirmado. La décima pensaría que se trataba de alguien, incluso, demasiado guapo. 

Justo a la altura de una tienda de ropa masculina se encontraron frente a frente. Se paró entonces él y la miró. Primero, brevemente. Luego, con detenimiento. Le cortó el paso en seco. Ella se asombró. Le preguntó ¿qué haces? ¿No lo ves? Estoy mirándote, dijo. Sí, pero no me dejas avanzar. ¿Quieres irte? Claro. Estás interponiéndote en mi camino. Me estás molestando. La voz de la muchacha estaba llena de una leve irritación. ¿De verdad te molesto? Pues, sí, ¿por qué voy a engañarte? Mira, dijo muy serio, te he visto y he pensado que, si seguía mi camino sin detenerme, iba a perderte para siempre. No sé cómo te llamas, no sé dónde vives, quién eres, ni qué haces. Pero sé que no quiero perderte. Estás loco, le dijo y ni siquiera esbozó una sonrisa. Quizá, le respondió, pero no miento. No se trata de mentir, se trata de que es una locura, no puedes pararme en medio de la calle y decirme esas cosas. Sí puedo, claro que sí, ya lo he hecho. No debería resultarte tan extraño. Es una forma más de conocerse. Pero no nos conocemos, no somos nada el uno del otro, no sé quién eres, puedes ser un loco peligroso, seguramente lo eres. No soy un loco, créeme, pero podría perder la cabeza por ti. De hecho, quizá ya la he perdido. 

Entonces se asustó. Miró a su alrededor. Desierto. Vacío. Nadie en la calle a esa hora imprudente del mediodía en la que  había cerrado la casa que el amigo le había prestado para vivir un amor clandestino. Nadie y ese desconocido hablando de una forma imposible. ¿Dónde estás? pensó. ¿Por qué en ese momento recorría desnudamente sola la calle, a expensas de cualquiera que, como el hombre de la camisa blanca, quisiera abordarla sin que nadie lo evitara? ¿Dónde estás? se repitió a sí misma varias veces, apenas sin caer en la cuenta de que aquel hombre la miraba sin apartar la vista.

Entonces lo entendió. Él estaba en su casa, con su gente, su esposa, sus ojos, su vida, sus libros, su jardín. Y ella estaba allí, de azul celeste, en medio de la calle, sola, con un desconocido que le estaba diciendo lo que él nunca fue capaz de expresar. 

Entonces escribió mentalmente la carta en la que iba a decirle que "todo ha acabado entre nosotros". 


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