sábado, 29 de agosto de 2015

Ingrid Bergman: Volcánico iceberg



Un amigo me ha recordado que se cumple hoy, 29 de agosto de 2015, el centenario del nacimiento de Ingrid Bergman. Si repasas la prensa del día podrás encontrar referencias de todo tipo. Datos, noticias, filmografía, críticas, reseñas biográficas. Nada de esto, pues, valdría la pena repetir aquí. Más bien lo que yo podría decir, como espectadora, es algo de carácter más personal. También más discutible. Porque ella, como otras tantas actrices, no es solamente un rostro en la pantalla, sino una parte de mi vida y de la vida de mis padres y de mis abuelos. Es parte de una historia total que no es posible desentrañar sin acudir a los recuerdos más personales. 

Ingrid fue una huérfana con todo lo que ello significa. Las biografías lo señalan sin más pero hay que pensar en una niña criada sin padres que tuvo claro desde siempre lo que quería hacer: interpretar. Esa férrea vocación es algo que admiro. Que me llena de esperanza en que siga existiendo gente capaz de luchar por lo que desea. Quizá esa manera de ser tan voluntariosa fue la que logró que, desafiando a la opinión pública de la época, abandonara a su primer marido, el doctor Peter Lindstrom, padre de su hija Pia, para escaparse literalmente con un hombre que la atrajo de forma irremediable. Aquello no fue un camino de rosas. Recuerdo que, muchos años después, mi madre lo relataba con una suerte de admiración hacia alguien que era dueña de su destino o pretendía serlo. Mi madre no la criticaba, al contrario, decía que todas las mujeres debían correr tras el amor, estuviera donde estuviera. Ay. 

Tras Roberto Rosellini, el director de cine italiano por el que desafió a la sociedad, llegó otro matrimonio, esta vez con el productor teatral Lars Schmidt, del que se divorció después de dieciocho años, en 1976. La inquieta Ingrid no se permitía la rutina ni la desgana, al parecer. Bajo su imagen de mujer fría, equilibrada y racional, se encontraba un corazón latino, una fuerza de la naturaleza que buscaba, a toda costa, la felicidad de la pasión correspondida. 

Fue en el cine, quizá, donde halló momentos culminantes en esa búsqueda. En “Encadenados” de Alfred Hitchcock, de 1946, su beso antológico con Cary Grant ha pasado a la historia. Nunca hasta entonces y quizá tampoco después, ha habido un tan perfecto maridaje entre espías y romance. Antes de eso, el fuego se intuía en la dócil y atormentada esposa de Charles Boyer en “Luz que agoniza”, a la que salva de la locura el elegante Joseph Cotten, todo ello bajo la batuta impecable del gran director de actrices George Cukor. 

Su carta de presentación había sido, sin duda, “Intermezzo”, en sus dos versiones, la sueca de 1936 dirigida por Gustav Molander y la producida por David O. Selznick en 1939. Esta película hizo entender a los jóvenes que la pasión culpable no estaba exenta de felicidad. Otras que realizó con el maestro Hitchcock acentuaron su imagen de rubia fría y dotada de una extraña serenidad. “Recuerda” de 1945 o “Atormentada” de 1949. Las películas que rodó con Rossellini, sin embargo, recibieron una escasa aceptación, quizá relacionada con el estigma que soportaba la pareja. La letra escarlata de la historia del cine fue sin duda esta unión. 

Ingrid fue también “Anastasia” de Anatole Litvak o “Indiscreta” de Stanley Donen. Fue “Juana de Arco”, con Victor Fleming y la demacrada y enferma protagonista de “Sonata de Otoño” de Ingmar Bergman, rodada en 1978. Pero, sobre todo, fue la esposa de Víctor Lazslo, la amante de Rick Blaine, la mujer que inspiraba los más dulces momentos de “Casablanca”, la poseedora del rostro más bellamente tratado de la película más arrebatadora de las que tratan de la ocupación nazi. 

Su imagen se me aparece vestida de impecable blanco. Los ojos en los ojos. Las manos anhelantes. Una sonrisa breve, etérea, pero capaz de consumir en el dolor al hombre que la ama. Una sonrisa plagada de nostalgias de amores incumplidos. Ella, su imagen, su rostro, es el trasunto de una pasión que a todos nos arrebata como si fuera nuestra. “Tócala otra vez, Sam”. ¿Quién podría negarle nada a esa sonrisa? 


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