miércoles, 12 de agosto de 2015

Entre mujeres


No sabría definir la amistad entre mujeres. Un sentimiento de complicidad, tal vez. Un baluarte frente a los hombres, esos contrarios que ocupan la mayor parte de nuestras conversaciones. Una misma filosofía de la vida. Unas vivencias que incluyen la confidencia, la charla reposada, la efervescencia de las noticias nuevas, el llanto, el consuelo. Viví de cerca un ejemplo de amistad entre mujeres en mi propia infancia. Mi madre y Manolita. Mi madre era diez años menor que Manolita, aunque murieron con solo un año de diferencia. Al principio, Manolita era la maestra, pero luego, cuando el tiempo fue pasando, mi madre ocupó su sitio preferente en aquellos temas que dominaba: los libros, las películas, la política. Manolita era la sabiduría cotidiana, el manejo de la casa, la crianza de los niños. De mi madre era el saber etéreo, el menos femenino quizá. Una mujer sencilla y una mujer complicada. Ambas transitaron juntas durante cincuenta años. Muchas parejas duran bastante menos. La distancia física las separó y luego las separó la desmemoria. Pero mantuvieron un hilo invisible, un hilo de oro, que no se desgastó con el tiempo. Las últimas imágenes de ambas estuvieron relacionadas con la otra. Las excursiones con los niños pequeños, los encuentros en torno al café diario, las charlas confidenciales sobre los problemas de la calle, los deseos insatisfechos. Todos los días, en algún momento, ambas unían sus cabezas y se abstraían en su mundo, un mundo al que los niños no teníamos acceso. Las dos tenían para mí la misma frase de bienvenida, cuando los estudios y el trabajo me alejaron de mi casa y de mi calle: Qué guapa estás....Siempre, invariablemente. Pronunciaban mi nombre con el mismo acento. Un tono sorprendido. Caty....Como si el nombre se resbalara de los labios. Caty...decían. Y luego, admirativamente, qué guapa estás. La última vez que mi madre pronunció mi nombre sabiendo a quién se refería usó esta misma cadencia íntima y cálida que siempre añadía Manolita a mi presencia. Ambas sonreían y me abrazaban con idéntico calor. Caty...qué guapa estás. 

Cuando pienso en la amistad entre mujeres siempre recuerdo otra frase de mi madre (ay, mamaíta, que poco podía yo imaginar que ibas a estar tan dentro, tan dentro siempre, yo, díscola y aventurera): "Búscate amigas guapas y listas, porque como sean feas y torpes te harán la vida imposible". Creo que no hace falta explicar el sentido de la frase. Pero a ella se añadió otra, pasados los años: "Gente buena, esa es la que hay que tener cerca". Unes guapas, listas y buenas y salen algunos nombres de amigas que, con el paso del tiempo, se han convertido en mis "Manolitas". Un tiempo largo o corto, qué más da. El caso es que el día en que tu chico te ha decepcionado, sabes que hay alguien a quien puedes contarlo sin que se canse de oírte. El caso es que te reúnes con ellas y puedes decir con claridad, sin ambages y sin querer presumir, que no te comes una rosca o que estás harta de los tíos, que son todos unos cabrones consentidos. El caso es que te divorcias y puedes largar fiesta de tu ex, sin que tus amigas te llamen resentida. El caso es que vas de compras y observas un vestido que te gusta y que te hace parecer tan hermosa como quieres sentirte a cada paso, y tu amiga te dice "cómpralo, estás preciosa", en lugar de engañarte para hacerte cargar con una mierda de traje que te echa quince años encima. 

El caso es que estás lejos y ellas te lanzan una caña para sacarte a flote. El caso es que te entra el desamor y aparecen sonrientes diciendo "eso es la vida, pero tú vales mucho". El caso es que se muere el hombre de tu vida y entonces ellas lloran contigo y no pretenden que no ha pasado nada, ni se agobian porque cuentes mil veces cómo fue, ni te mienten diciendo que todo será igual dentro de poco. El caso es que haces el ridículo, te fijas en el hombre equivocado y ellas, al tiempo que el abrazo, te dicen la verdad, no es para ti, olvídalo. Y te besan como si fueran el bálsamo que necesitas para ser tan valiente como debes. El caso es que ellas, tus amigas, las que sientes amigas, nunca lanzan conjuros, ni preparan pócimas, ni sueltan frases de doble intención. Simplemente, te quieren. Como eres. Y las quieres. Como son. Y sin ellas, la vida no sería igual de divertida, de delicada a veces, ni tan llena de sueños que contar y contarnos. 


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