domingo, 12 de julio de 2015

Ese revoloteo llamado Amor


Podría ser una feria cualquiera, de esas que salpicaban las ciudades y pueblos de Andalucía allá por los cincuenta y sesenta. La instantánea, tan infrecuente entonces, los ha sorprendido a cada uno de ellos acuñando una expresión propia y distinta. No sabemos quiénes son, ni qué piensan o sienten, pero podemos atrevernos a adivinar algo por la fotografía. Una imagen, dicen, vale más que mil palabras. Usemos las palabras, entonces, para ayudar a entender la imagen. 

La chica se parece a Joan Fontaine. Tiene los ojos muy grandes y la piel blanca. El prototipo de moda de la época, en la que estar bronceada era sinónimo de trabajar al aire libre, lo que restaba distinción a cualquier mujer. Mira al fotógrafo con una media sonrisa inteligente, insinúa la sonrisa, no se ríe abiertamente. Es una mujer prudente, parece decirnos ese gesto. Y lo corrobora la postura de las manos, amablemente recogidas, de forma que no las percibimos porque están detrás de la mesa. El vestido, a la moda, lleva una pequeña manga y un escote discreto. No es una chica a la que le gusten los exhibicionismos, concluimos y parece guardar un gran secreto. Esa forma de colocar la cabeza hacia un lado indica timidez. Es una persona tímida. 

El hombre, mayor que ella a simple vista, yo diría al menos ocho años, lleva un traje de lana fría, un traje de verano y una camisa sin corbata. Hoy podría ser un prototipo de la moda de nuestros políticos jóvenes, sin corbata y sin protocolos. Llama la atención su cuidadísimo peinado, engominado por supuesto, el pelo muy negro y la mirada fija. Creo que en la mano derecha, la que no se ve, oculta un cigarrillo. Toda su apariencia es la de alguien que empezara a fumar muy joven y que nunca haya podido librarse de ese vicio. Nunca. Hasta el final del todo. Tiene las orejas grandes y una finísima expresión en los labios, que no puede interpretarse, que es difícil de discernir. Así será siempre, estoy segura. 

La foto me dice que están enamorados. Que es verano, de noche, quizá en San Antonio, junio por más señas. Que es un pueblo con mar, aunque al mar había que llegar en coche de caballos. Que el pueblo tiene, además, un río, que se desborda de vez en cuando y se lleva por delante todo lo que encuentra. Que esa conjunción de mar y de río lo dota de una forma singular de ser. Que tiene, también, huertas y, sobre todo, viñas. El vino y la uva son otra de sus señas de identidad. Y, cerca, los esteros, mares de plata, encerrados y rodeados de montañas de sal. El río divide al pueblo en dos partes y ella vive en la más aristocrática, la parte en la que el pueblo contiene iglesias neoclásicas, calles históricas, casas con portadas bellísimas. 

La foto me dice que están iniciando un camino. Y que ese camino durará muchos años. Aunque no tantos como debería durar la singladura de un barco presidido por la fuerza del amor sin condiciones. 

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