martes, 28 de julio de 2015

"El ardor de la sangre " de Irène Némirovsky


Irène Némirovsky es una vieja amiga. Tanto como puede serlo alguna amiga de la vida cotidiana, si es que existiera. No puede oír mis confidencias, pero sí contarme las suyas y en ellas descubro, como en un hilo mágico, las secuencias de mi vida, los anhelos, las emociones, los sentimientos todos. 

Leerla se convierte en un ejercicio de compañía y en un consuelo para la soledad. Pero sobre todo, lo que escribe es literatura, no mero desahogo, no compasión ni esmero por ayudar a los demás. Los libros de Irène no son de autoayuda, son novelas. Flamantes historias que no han envejecido, porque no puede envejecer aquello que llega directamente al corazón. 

La imagino escribiéndolas. La imagino pensándolas. La imagino llenando el papel de trazos irregulares con todo ese torrente de personajes, de diálogos y de espacios dibujados en el recuadro de un escrito. 

En "El ardor de la sangre" uno de los protagonistas es el ambiente. Ese ambiente provinciano, en cierto modo ruin, que amenaza la originalidad y que quiere convertirlo todo en una rutina afable. La rutina de los lugares pequeños, que se contrapone a la fiereza con que las grandes ciudades rompen el molde de lo cotidiano. El sentimiento amoroso es el otro eje de la narración. El amor es la fuerza que mueve a los hombres, incluso cuando no se posee, sobre todo cuando no se posee. Cuando es una entelequia y se alía con el deseo. Némirovsky habla del amor en todas sus facetas. Incluso del pseudo amor que a veces acompaña las uniones: "Iba al matrimonio como una oveja al matadero". 

Silvio, el narrador de la obra, lo observa todo con la precisión de quien se siente ya fuera del mundo. Asume sus errores, su soledad y la forma en la que ha dilapidado su vida. No ha podido hacer otra cosa. Su sed de aventuras, su búsqueda, han sido superiores a todo lo demás. Oye en su interior las voces de su madre, advirtiéndole. Pero sabe que tuvo que desobedecer, que no podía vivir la vida de otros, sino la suya propia. Es esta reivindicación de la propia existencia, contra los convencionalismos o la rutina, lo que pone en valor la autora en este libro. La mirada de Silvio está llena de compasión y lucidez, se mezcla con la mirada de la escritora. Son miradas que no juzgan, sino que certifican el estado de los corazones, de los sentimientos. 

En un lugar tranquilo puede ocurrir de todo. Esa intensa placidez de los sitios alejados del bullicio, de los entornos rurales, siempre se rompe por un hecho trágico. Es el destino. Subvierte la vida cotidiana y la llena de interrogantes, precisamente la clase de emoción que sus habitantes no están dispuestos a aceptar. La duda, el miedo, las preguntas, estas son las cuestiones que se suscitarán a partir de esa muerte no prevista. Detrás de ella, como ocurre siempre, una riada de acontecimientos, pasados y presentes, quién sabe si futuros, se alían para convertir la vida en otra cosa. En algo inesperado. 

Todos tienen algo que ocultar y, por tanto, algo que confesar. Y, como telón de fondo, el ardor de la sangre, esa fuerza efervescente que nos conduce al abismo, y que, aunque lo sabemos, aunque tenemos conciencia clara de que ese será nuestro camino de perdición, no podemos evitar, no queremos evitar, pues si lo hacemos será tanto como renunciar a la vida. Si no te quiero, es que no he vivido. 


(El ardor de la sangre. Irène Némirovsky. Traducción del francés de José Antonio Soriano Marco. Editado por Salamandra en 2007. Según el manuscrito original hallado por Olivier Philipponnat y Patrick Lienhardt en los archivos del IMET (Institut Mémoires de l´Edition Contemporaine) de París. El manuscrito estaba formado por treinta hojas escritas a mano que formaban esta novela al completo)

2 comentarios:

  1. Holas, muy bueno tu blog.
    Te dejé un premio Liebster en mi blog. Mucha suerte!
    http://kerenverna.blogspot.com.ar/2015/07/liebster-award.html

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