lunes, 13 de julio de 2015

Dolor tan hondo



Terminó la llamada y el teléfono siguió en su mano. Notó una sensación de humedad. Era una lágrima. Luego otra. Luego, un caudal de llanto. Sintió frío. El frío de la angustia que le subía por la garganta y le cercaba el habla. No podía pronunciar ninguna palabra. Todas las palabras volaron. Se fueron todas a un paraíso incontestado, en el que no hay renuncias ni abandonos. Un paraíso donde el amor es posible, donde el sufrimiento tiene sentido a veces. 

Se levantó pesadamente. Estaba muy cansada. La charla telefónica la había dejado exhausta. Tuvo miedo. Era el final. Podía sobrellevar la duda. Podía sobrellevar la incertidumbre. Pero el adiós...no podía pensar que nunca más oiría su voz al otro lado del teléfono, que nunca más su voz la llamaría con es tono especial del recibimiento primero: Eh...cómo andas??? Siempre esas palabras, esa forma de hablar, esos silencios intermedios. 

Hoy había sido distinto. Ella había tenido la culpa. Habló de más, ahora lo sabe. Podía haberse callado, haber dejado que las cosas transcurrieran como siempre, en esa nebulosa en la que ninguno de los dos quería comprometerse a un paso más. Él, porque no quería. Ella, porque estaba asustada. Sabía que el hilo que los unía era muy débil. Un hilo de tanta liviandad que se rompería de improviso en cuanto una simple mariposa aleteara a su lado. 

Estaba cansada, muy cansada. No quería pensar. Pero le ardían los ojos y las sienes. Y en el pecho le aleteaba el corazón de una manera nueva. Algo se había roto dentro. Algo intangible, sí, pero cierto. Una esperanza, quizás. Un anhelo, una forma de enfrentarse al mundo difícil que la cercaba. No sabía lo que era. Sabía que lo quería. Y que ahora había muerto un poco con sus palabras. 

Él se había reído. Había gritado incluso. Se extrañó mucho cuando ella, en un arranque de valor inaudito, le dijo que siempre lo había amado, que era la persona a la que amaba en silencio, que era su vida. Así lo definió. Mi vida, mi amor, mi todo. Eso le dijo. Esperó. Al otro lado del teléfono el silencio se hizo más espeso. La risa de él se volvió rara. Todo resultó extraño. 

Entonces ella se sintió perdida. En un lugar donde nada podía asirla, nada podía atarla al mundo ni a las cosas. Sintió un dolor tan hondo, una oleada de angustia, que ni siquiera las lágrimas pudieron aliviar su sufrimiento. Siguió llorando horas. Horas y horas. Llorando, derramando lágrimas saladas sobre el teléfono en su regazo. De pie, junto al balcón. Allí, de pie, todo el tiempo, todo el tiempo del mundo, tendió su corazón al sol. Sin esperas. No quedaba nada. Nada existía. 


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