miércoles, 6 de mayo de 2015

Pero mi corazón no estaba allí


El enorme catálogo se despliega ante mí en esta tarde de primavera sevillana, fresca y con aire de poniente. El poniente es el viento que, tras entrar por la bahía de Cádiz, sube el Guadalquivir y refresca los cuerpos, rescatándolos apenas de esa calima sorda y exasperante.
El catálogo, lleno de luces, de color y de fuego, muestra allí la pintura, casi toda, de Raoul Dufy, el artista a quien llamamos “fauve” y al que podíamos calificar de tantas cosas.
La sala es azul. Abiertamente azul. El azul es el leit-motiv, el valor seguro, la melodía que recorre las paredes y revierte en los ojos y se abre como un caleidoscopio que entreviera todos sus matices. Es el azul el tono, la música, la idea, la fórmula, la magia, el sueño, la pregunta y la respuesta. 
Allí, en una esquina, un grupo de personas, sin rostro ni identidad alguna, se mueve en un paso de baile pronunciado, al lado de la mar, el mar, azul de nuevo. Al fondo, los barcos balancean su casco al son de la marea. Las olas son azules, el viento no las mueve,  las aplaca.
En otro lado, cerca, las anémonas se ofrecen como parte de un rito majestuoso en el que el color se alía con la luz y la luz con la fuente y esta se llena de goces infinitos, para que así se muestre en esplendor todo lo que el hombre en su imaginación crea.
Hilos en movimiento. Lazos que atan las líneas y el dibujo. Fondos planos, sin sombras, sin matices. Están ahí a la vista y puedes observarlos, no se esconden. Poesía en el tono y en la forma. Poesía en la razón de que esto se produzca.
Tras el impresionismo, la luz se escapa del plein air y, por sí sola, traduce el sentimiento y la pasta pictórica se abrevia, se convierte en un paso de baile tan ligero como las zapatillas de ballet del cuento en que viven las hadas y las brujas se ahogan en el fuego.
La luz se ha liberado, los colores no admiten ya corsés, las figuras se agitan, los ojos se entreabren, apresando en la retina una imagen que no tiene traducción sino con sensaciones. No hay palabras, solamente goce.

(Muestra de Raoul Dufy en el Museo Thyssen. Madrid. Mis impresiones) (Imagen: El viejo casino de Niza)


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