sábado, 24 de enero de 2015

Una ciudadana ejemplar

A veces tiene uno que vivir en primera persona las experiencias más duras para entender algunas cosas. No es ningún consuelo, desde luego, al contrario, revela la dureza de la vida, cómo te zarandea, te cambia la mentalidad y te convierte en alguien que no eres. O que no pensabas que eras. 

Lidia Chukóvskaia y su marido, el físico, Matvéi Bronstein, eran del Partido. Ambos creían que sus postulados y sus acciones estaban encaminados al bien común. Así, hasta que se dieron de bruces con una realidad incuestionable: Matvéi fue apresado y ejecutado en 1938, aunque la versión oficial decía que estaba deportado y sin derecho a comunicación. Lidia Chukóvskaia vertió su sufrimiento y su incredulidad de la forma en la que sabía hacerlo, a través de la escritura. Era hija de escritor y, le misma, novelista, poeta, editora y crítica de libros. 
Una ciudadana ejemplar que había cumplido hasta entonces con la fidelidad debida a un régimen y a un estado de cosas. De buena fe, seguramente. Pero la pérdida de la persona a la que más quería hizo que entrara en una espiral de la surge esta novela, a mitad de camino entre la imaginación y la denuncia. Un documento que no parece serlo, porque se escribe con la frialdad suficiente como para que, ni siquiera, haya moraleja. También porque, cuando se escribió, en el duro invierno de los años 1939 y 1940, aún no se sabía qué ocurriría con todo aquello. La oscuridad no se había desvanecido. 

Errata Naturae ha puesto a nuestra disposición ahora esta novela, que no se  publicó en el país natal de la autora hasta 1988, aunque en los años sesenta ya circulaba por Estados Unidos. Su autora, nacida en 1907 en San Petersburgo y fallecida en Moscú en 1996, describe los hechos, situados en el marco de la Gran Purga de Stalin, con precisión analítica, sin apasionamiento, quizá porque no haga falta. Lo que ocurrió fue suficiente sin necesidad de adorno. Y lo vivió en primera persona, no se trata de relatos interpuestos, sino de la evidencia de su propio desgarro.

En la novela, Sofía Petrovna es una ciudadana ejemplar, como lo era Lidia, y es su hijo, Kolia, también fiel al Partido, el que sufre las consecuencias de la represión. La sinrazón de los regímenes totalitarios, la burla a la inteligencia que supone convertir a los ciudadanos en puros relojes de repetición de consignas, la aparente tranquilidad de las calles que encierran las brutalidades que se cometen a escondidas y, sobre todo, la conciencia clara de que no puedes esquivar los golpes, están ahí y te acabarán dando, por mucho que quieras asentir a todo. Nunca se es suficientemente buen ciudadano para determinadas mentalidades.


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