lunes, 25 de agosto de 2014

Y aquí tienes a un hombre que te ama...

Parece ser que fue el poeta inglés Robert Browning el que dijo esa frase, o la escribió quizá, a Elizabeth Barrett, su amor y también poeta. Puede que no sea una frase estrictamente, sino un verso, que no es lo mismo, aunque se le parece y hay frases que merecen ser versos. En todo caso, cualquier mujer querría oír esas palabras de labios de aquel a quien ama. Reciprocidad. Esa es una cuestión nada baladí. La poesía es, seguramente, la forma más limpia, la más libre, la más verdadera, de expresión escrita. El poema nace inesperadamente, cualquier situación puede provocarlo, lo que no quiere decir que no tenga sus reglas, interiores y exteriores. Pero creo desde hace algún tiempo que escribir poesía requiere de un talento especial y que no vale forzar los metros y las rimas, intentar pillar el ritmo o reproducirlo, añadir figuras literarias, metáforas o seguir la senda de otros. De todos los talentos del escritor este de la poesía es el mayor de ellos. “Por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo“, ya lo habéis leído igual que yo y no lo dice cualquiera sino una cumbre de la literatura. 

Hay cosas que solamente pueden decirse con versos, o con palabras que se enlazan y se unen formando una armonía musical. Canciones sin música, sentidos puestos en la voz que surge de dentro y a la que tienes que darle respuesta. Nadie me ha escrito nunca poemas de amor y los que yo he escrito están guardados en un cajón donde casi nadie tiene acceso a ellos. Por eso acercarme a la poesía es como beber un poco de agua fresca el día en que estamos más cansados o tenemos más sed. 

Creo que yo tenía doce años cuando empecé a leer a algunos poetas, desde luego no los que me obligaban a leer, porque, en realidad, nunca he leído lo que me han obligado a leer y tampoco me siento inclinada a terminar un libro simplemente porque lo haya empezado. Soy muy anárquica en eso. Me gusta de la poesía el poder leer por aquí y por allá, merodear por el libro sin tener rumbo fijo, como si fuera una vereda de la que una sale y entra y en la que solamente hay dos certezas, el principio y el final. Como todo en la vida. 

He leído a los dos, a Browning y a Barrett, pero la poesía traducida pierde toda la música, incluso cuando las traducciones son buenas. Ese verso que titula la entrada, esa frase, dicha en no sé qué contexto, con no sé qué telón de fondo, me conmueve. Nadie la escribió para mí, pero hubo quién la sintió sin decirla. 


sábado, 16 de agosto de 2014

Gente de cine. Memorias. Biografías.

Confieso que me gustan las biografías. Incluso la de una persona anónima tiene un interés especial. El interés de la realidad. Alguien puede pensar que eso es cotilleo, pero se equivoca. Mi interés obedece a que considero a las personas como lo más importante. El estudio de la naturaleza humana es, a la par de entretenido, sumamente instructivo. Aprende uno de los demás y, sobre todo, de sí mismo. Porque, como afirmaba mi vieja amiga la señorita Marple, la naturaleza humana es la misma en todas partes. Y así lo creo yo también. 

Confieso que me gusta el cine. No es que me guste, sino lo siguiente, usando una frase que ha hecho fortuna en algunos medios televisivos. Me gusta, lo necesito, lo amo, me llena, me entretiene, me hace feliz. Mi vida y el cine son partes que no se pueden separar. Como tampoco me puedo separar de los libros. Pero una madre cinéfila, una educación cinéfila, muchos amigos cinéfilos, un hijo cinéfilo, todo eso da lugar a una rara ecuación pasada por el Séptimo Arte. Mi amiga Paqui Rodríguez y yo lo decíamos muchas veces. Hablamos y nos entendemos usando frases del cine. Frases que ya son nuestras.

Si unes, querido lector, estas dos aficiones, hallarás el motivo de esta entrada de hoy. Biografías de gente del cine. Biografías o memorias. He leído muchas y casi todas son interesantes. Cuando digo gente del cine hablo de actores o actrices pero también de directores, de productores y de guionistas. Los guionistas son gente disoluta y tienen una percepción absolutamente distinta a los demás, por eso me gustan. Además, suelen escribir muy bien. 

Os traigo cinco libros de estos temas. Tengo por ahí alguno más, como una bonita biografía de Paul Newman, con una foto de portada espectacular. Otra de Kirk Douglas, estremecedora, y seguro que alguna más. Pero, en la mesa, ahora mismo, cinco libros. Te cuento. 

Dirk Bogarde. Un hombre ordenado. Memorias. De Espasa Calpe. Este es un tipo interesantísimo que vivió quince años en una granja de la Provenza para escribir el libro. Ay, la Provenza, mi paraíso soñado, mi lugar favorito para casi todo. 

Dashiell Hammett. Biografía. Escrito por Diane Johnson. De Seix Barral. Hammett es, para mí, uno de los hombres más fascinantes de la historia cultural de nuestro tiempo. Su vida y su obra me interesan sobremanera. Sus cuentos son increíbles. Toda su peripecia vital es atractiva, como lo era él. 

Marilyn Monroe. Investigación de un asesinato. Escrito por Donald H. Wolfe. Publicado por Emecé. Todo lo que atañe a Marilyn es objeto de interés. A mí me ha parecido siempre una mujer inteligente, bondadosa y asustada. Quizá no sea este uno de los mejores libros sobre ella, pero pone el acento en las pesquisas que se sucedieron a su muerte, como si fuera una novela policíaca. 

Mujer inacabada. Biografía de Lillian Hellman. Mejor, autobiografía. Publicada por Argos Vergara, este septiembre va a volver a editarse, junto con otro de sus libros, Pentimento. Cualquier mujer de ahora debería leer este libro y entendería así muchas cosas que, de otra forma, son difíciles de asimilar. La compañera de Hammett se muestra en toda su crudeza y pone también sobre la mesa la época que le tocó vivir. 

Billy Wilder. Vida y época de un cineasta. Escrito por Ed Sikov. Editado por Tusquets. Colección Tiempo de Memoria. Billy Wilder es para mí lo más. Este es un libro voluminoso, de más de ochocientas páginas, que merece la pena leer si te gusta el mundillo del cine americano en su salsa, en sus años clásicos. Personajes, películas, estudios, actores, toda clase de experiencias vitales y profesionales que te harán sentir que estás allí, allí mismo, donde la tentación vive. 

El verano es tiempo de lectura. Estos libros han llegado hasta mí de diferentes maneras, en mis rastreos por librerías de todo tipo. Son biografías o memorias de gente que ha hecho posible la fábrica de las ilusiones, el cine. Más cine, por favor, como decía Aute. 

domingo, 10 de agosto de 2014

Fitzgerald, Penélope

La Editorial Impedimenta ha hecho un rastreo sobre la obra de Penélope Fitzgerald y ha publicado, al menos, tres de sus libros. Los tengo aquí al lado mientras escribo. Si hay alguno más en estos momentos no los recuerdo. Las ediciones de Impedimenta son preciosas. Traen una sobrecubierta en color negro enmarcando la portada, blanca y con la repetición del motivo en la pasta propiamente dicha. Son bonitos, bonitos, libros para leer y guardar. Por eso prefiero el papel al ebook, no hay color en lo que se refiere a la estética. 

Penélope Fitzgerald nació en 1916, hija de un editor y se formó en los colegios más caros de Oxford. Hablamos de una élite cultural que poco tenía que ver con la generalidad de la vida de las mujeres de su generación, ni siquiera de las que tenían posibilidades económicas. Seguramente todo ello contribuyó a que tuviera un punto de vista tan especial acerca de las cosas, algo que se traslada a su escritura de forma indudable. Se trataba de una familia en la que los libros, el saber, las artes, la cultura, tenían un papel primordial. Ella fue una escritora tardía, pues publicó su primer libro a los cincuenta y ocho años. Lo que indudablemente no significa que no escribiera desde mucho tiempo antes, pero, además de eso, se había casado y tenido tres hijos. 

Curiosamente, su primer libro publicado fue la biografía de un pintor, Edward Burne Jones. Después de eso publicó varias novelas, la más destacada de ellas una de las que están encima de mi mesa, de título La librería, que se publicó en 1978. Esta es una obra deliciosa. Su protagonista es Florence Green, habitante de un pueblo, Suffolk, que decide abrir una librería que será la primera de ese pueblo. Las fuerzas vivas reaccionarán implacablemente contra esta decisión, pues nadie entiende que haga falta en el pueblo un establecimiento así. La cosa se lía mucho más cuando decide poner a la venta nada menos que la edición que Olympia Press hizo de la Lolita de Nabokov. El conflicto llega entonces a su máxima expresión. 

A finales de los años ochenta del siglo XX, Penélope decide escribir con menos tintes autobiográficos y publica varias novelas ambientadas en el pasado. De ellas, Impedimenta ha publicado dos, que están en mi mesa ahora. Inocencia, se publicó en 1986. El lenguaje seductor, inteligente e irónico, preside toda la novela. En ella aparece como protagonista la joven Chiara Ridolfi que deja el colegio inglés en el que se ha educado para volver a Florencia, con su padre y su tía. El amor que siente al conocerlo por el doctor Rossi inicia un camino de difícil retorno en el que todo parece estar en contra de que esta pasión cristalice. 

En 1988 se publicó El inicio de la primavera. El telón de fondo es Moscú en los años previos a la revolución bolchevique. Los acontecimientos se van conociendo a través de la figura del protagonista, un impresor inglés afincado en esa ciudad, Frank Reid, cuya vida personal y familiar sufre un cataclismo que le obligará a recomponerse de todas las formas posibles. La sutileza, la potencia narrativa de la autora están presentes en este libro, como en el resto de su obra. 

Hay un rasgo que define todos estos libros, que sirve como hilo conductor, quizá como perspectiva, como punto de vista. Un rasgo que me es muy querido, que entiendo, que comparto. Es el humor, es una manera de mostrar las realidades sin el tapiz del dramatismo sino cubriéndolo todo de una fina pátina de ironía, tierna y suave, que hace más llevaderas las desgracias. Es ese punto de vista el que me encanta de esta autora. Su penetrante mirada, personal, nada convencional, su mirada diferente y única. 

Como siempre digo, está bien leer los best sellers que recomiendan las grandes editoriales o los premios concedidos sabe Dios cómo o esas novelas pseudohistóricas que hacen ahora furor. Está bien leer cualquier cosa que a uno le guste. Pero, en mi opinión, estos libros pequeños, estas editoriales pequeñas, ponen a nuestro alcance joyas irrepetibles. 

viernes, 8 de agosto de 2014

Elizabeth Gaskell

Confieso mi frustración por no dominar el inglés. Esa circunstancia, totalmente fortuita, influye más de lo que quisiera en mis lecturas. La mayoría de los autores que me interesan escriben en ese idioma. Con el inglés me ocurre algo curioso. Me gusta como suena. Tengo un buen oído. Estoy familiarizada con su música. Pero siento una enorme pereza, una pereza esencial, al estudiarlo. Y lo he intentado, de verdad, pero no ha habido manera. Lorenzo Silva me comentó hace poco que Jane Austen variaba mucho de ser leída en inglés o traducida. Lo supongo. Ya he desertado de leer a poetas de lengua inglesa. La poesía traducida me parece falsa. Lo de Shakespeare lo sobrellevo. Pero ahora veo que hay tantos escritores a los que quisiera leer en su lengua original que ya lo del inglés se está convirtiendo en una obligación. Quisiera saber por qué no me apliqué a ello hace unos años si le dediqué tiempo a otros aprendizajes menos prácticos...Pero no hallo respuesta. Me aburre aprender inglés. Aunque me gusta el inglés. Uff.

A Elizabeth Gaskell la descubrí hace unos años. Fue un gozoso descubrimiento, similar a lo emocionante que me parecía cuando, en una estación de tren o de autobús de las que recorrí en mi época viajera, hallaba inopinadamente una novela de Ágatha Christie que no había leído o que no teníamos en casa. Eso era casi un milagro porque las buscábamos y leíamos todas. Desde El misterioso caso de Styles hasta Telón, pasando, claro, por las novelas que escribió con el nombre de Mary Wesmacott, su autobiografía y, más recientemente, el libro sobre los cuadernos que recogían sus anotaciones para las novelas. Lo de Elizabeth Gaskell fue un amor más tranquilo, menos pasional, pero igualmente perdurable. La conocía y la adopté para siempre como una de mis escritoras, uno de mis escritores, si me entendéis. 

Ella es novecentista, desde luego. Ese glorioso XIX de tanta creación como convulsiones sociales. Londinense de 1810, fijaros, de los años en que en Cádiz se reunían las Cortes Liberales. Se crió en el ambiente de la pequeña nobleza rural que tanto ha dado que hablar en Inglaterra y que tan buenos frutos literarios ha producido. Empezó a publicar tardíamente, pues se casó y tuvo seis hijos, pero luego tuvo una carrera literaria muy estructurada, publicando sus libros en entregas como era tan corriente entonces y escribiendo obras de distinto carácter, unas reflejando sus preocupaciones sociales y morales y otras más intimistas. 

Tengo ahora mismo delante cuatro libros de Gaskell. Uno de ellos es la Vida de Charlotte Bronte, publicado por Alba, en su sección de Biografías. A Bronte le falta la diéresis de la e final, pero tengo dificultades para ciertos signos en mi recién estrenado portátil, disculpadme por ello. Dice la editorial que esta es la primera biografía de una novelista escrita por otra novelista y debe ser cierto, como lo es que logra transmitir esa tristeza opaca de las Bronte, esa extraña atmósfera decadente. 

Otro de los libros es Cranford, en una edición de Alba Minus. Parece ser que la escribió a instancias del propio Dickens, que amaba su forma de escribir y después de que se diera a conocer con su primera novela Mary Barton. En Cranford se plasma el ambiente y la vida del pueblo en el que la autora se crió con su tía, al quedar huérfana de madre. Es un libro delicioso, en el que las costumbres, los ritos, la vida cotidiana en suma, constituyen un mosaico por el que transitamos sin darnos cuenta, de manera que nos sumergimos en las preocupaciones propias de una pequeña comunidad atenta a los compromisos matrimoniales, las muertes, las dificultades económicas, las cartas que vienen de lejos o los líos amorosos y familiares. Tal parece que mi calle, la calle de mi infancia de la que tanto hablo y escribo, no es, no era, una excepción, sino que todos los lugares del mundo, los pueblos, los barrios, tienen el mismo pulso, idéntica efervescencia, que aquí se convierte en tema literario. Como me dijo alguien hace poco, da igual el tema, da igual de lo que se escriba, lo importante es cómo se escribe, lo importante es el estilo. Eso es lo que diferencia la literatura de la lista de la compra. 

Mary Barton, aquí a mi lado, en edición de Alba, cómo no, preciosísima con ese papel grueso blanco roto y su cinta de lectura dorada, tan linda, fue la primera novela y el primer éxito de Gaskell. Su heroína es una mujer inusual, una mujer que clama por el derecho al trabajo en un ambiente de enorme tensión social, agravado por la pobreza y el desempleo. Sentimientos, situaciones complejas, dudas, problemas personales y sociales, todas estas emociones se sitúan en el telón de fondo de una gran ciudad inglesa, Manchester, en plena Revolución Industrial, ese acontecimiento de la historia de la humanidad que marcó la literatura de su tiempo y del tiempo posterior de muchas formas diferentes. Y de nuevo recuerdo a mi adorado D. H. cómo no. 

Y ahora Ruth, el cuarto libro de Gaskell en mi mesa. En esta ocasión se trata de la editorial dÉpoca la que ha sacado a la luz el texto, voluminoso, un auténtico novelón, imposible de llevar a la playa ni de trasladarse alegremente en el tren. Más bien requiere un sitio reposado de lectura con sus casi setecientas páginas. Este libro es especial para mí, no solamente por su contenido, sino porque fue el regalo de unos buenos amigos, José Luis, Carmen y Teresa, que adivinaron mis gustos literarios y lo encontraron husmeando por ahí. Esta edición del libro es la primera traducida pues hasta ahora solamente estaba en inglés. Narra un caso de exclusión social de una mujer de origen humilde, de una mujer perdida, una madre soltera, que ha perdido la inocencia y que debe reconstruirse desde el principio en un mundo hostil para ello. 

Quizá algo de lo que aquí escribo os lleve a interesaros por esta escritora. Si es así, me doy por satisfecha. En todo caso, cuántas tardes, horas, minutos, cuánto tiempo con Elizabeth Gaskell, sumergida en sus personajes, en las peripecias que cuenta, cuánto tiempo con ella, como si fuera una vieja amiga que siempre está dispuesta a acogerte. Viendo de cerca la vida de la campiña inglesa, los avatares de los habitantes de Manchester, sorprendidos por los adelantos técnicos de la industrialización, conociendo ese ambiente que, de otra forma, estaría tan lejano, tan alejado, de mí. Eso es lo que tiene la lectura. Y la palabra, que vale más que mil imágenes.


jueves, 7 de agosto de 2014

Georges et Philippe

La editorial dÉpoca está llevando a cabo un rescate meritorio de obras literarias olvidadas. Obras que, en la mayoría de los casos, tuvieron enorme éxito en su momento pero que el paso del tiempo ha borrado de la memoria y de los anaqueles de los lectores. En el caso de esta obra que comentamos hay que destacar una circunstancia. Su autor, periodista y novelista, contemporáneo de Zola y del naturalismo, tuvo que convivir con el amor de los públicos y la hostilidad de los críticos, que rechazaron su obra porque la consideraban anacrónica. Esto de la crítica daría para mucho. En cuántas ocasiones esa crítica aniquila la labor literaria, o, al menos, la oculta, la ningunea. Para nuestro autor eso tuvo que ser difícil. En todo caso no le impidió gozar al menos veinte años del favor de los lectores y de su fidelidad, así como dedicarse en serio, de manera profesional, sistemática, al oficio de escritor. 

Bueno será, por tanto, dedicar esta entrada a la memoria de quién ha estado sepultado en el olvido. Georges Ohnet nació en París en 1848, dentro de una familia burguesa y acomodada. Esa burguesía será la clase social que protagonice sus obras, constituyendo un contrapunto a los textos de los escritores naturalistas que situaron en el epicentro a las clases más populares y desfavorecidas. Ohnet vivió en un ambiente familiar dominado por la cultura y la ciencia, tuvo una buena formación escolar y estudió leyes, que era la carrera más común para una persona con capacidad y buena disposición en ese tiempo. Fue abogado y periodista, columnista por más señas. Ser columnista dota a quién realiza este trabajo de una serie de hábitos muy recomendables para el escritor, por ejemplo, el propio oficio de escribir, la disciplina. Comenzó escribiendo obras dramáticas pero luego fue la novela el terreno al que más tiempo dedicó. Así desarrolló una serie narrativa llamada Les batailles de la vie. Dentro de dicha serie es Philippe Derblay o Amor y orgullo, su obra maestra. Fue publicada en 1882. 

El favor de los lectores, que fue inmediato, no se correspondió con la aceptación de la crítica ni de sus colegas escritores, que podrían incluso estar celoso de ese éxito. Sin embargo, Ohnet permaneció ajeno a la crítica y a los desdenes, enfrascado en su labor literaria, convencido de su camino como escritor, fiel a sus ideas y su forma de escribir. No fue ajeno, sin embargo, a las tensiones sociales que se vivían entonces, pues las incluyó en sus novelas, retratando la lucha de clases entre una aristocracia decadente y una pujante burguesía a la que su familia pertenecía. El éxito de la novela fue tal que se convirtió, asimismo, en una obra de teatro, adaptada por el propio autor. 

La reseña de contenido de la obra nos presenta a Claire de Beaulieu, aristócrata joven, hermosa y enamorada de un primo arruinado y libertino, que la deja desairada al comprometerse con una joven sin títulos pero muy rica. Claire, por despecho, se compromete con un ingeniero y propietario de una siderurgia, el joven Philippe Derblay. He aquí el arranque argumental que pondrá en escena amores, venganzas, odios, dinero, pasión, poder, orgullo, todo un cóctel de sentimientos y emociones que el autor desgrana a lo largo de las páginas impregnando al lector hasta el final. 


miércoles, 6 de agosto de 2014

Una biografía

“Jane Austen. Una vida“ Claire Tomalin. Editorial Circe. Traducción de Beatriz López Buisán. 

Junto a mí, en este verano tan atípico en el que pocas cosas son las que eran, está este libro, en cuya portada aparece la imagen antigua de Jane, según el dibujo que hizo de ella su hermana Cassandra. Una mujer de su tiempo, tocada con una especie de cofia rizada, un vestido de corte imperio, como era la moda entonces y una blusa de manga corta con el cuello atravesado por una cinta de ribete. Jane Austen, que vivió entre los años 1775 y 1817, no era, sin embargo, exclusivamente, una mujer de su tiempo. Más bien, era alguien que se adelantó, que vislumbró o que imaginó otra forma de relacionarse, otra forma de vivir. Quienes han leído su obra de forma superficial puede que se hayan quedado solamente con las bodas, los amoríos o los ritos sociales que narra. Pero hay más. Mucho más. Y lo que hay es de interior, es de sentimiento y de emoción, de cómo enfrentarse al día a día, de como procesar lo que uno va encontrando a cada paso en la vida. 

Ella fue una observadora de la vida, como lo son, quizá, la mayoría de los escritores. Fue una observadora porque no disponía de medios para vivir otra vida y también porque su propia naturaleza la llevaba a escudriñar la vida cotidiana de su entorno hasta convertirla en el motivo de su narración. Seguramente a nuestros ojos la vida de Jane podía ser aburrida. En el mundo en el que vivimos toda falta de movimiento supone aburrirse. Pero para ella su vida estaba plena de acontecimientos pequeños, de minucias, que, todas unidas, formaban un universo completo, absoluto. 

Esta biografía nos acerca ese universo. Si la lees sin conocer su obra, quizá solamente aprecies una sucesión de datos y fechas, una serie de acontecimientos familiares y personales que se van sumando a modo de argamasa, creando un caleidoscopio que se abre ante los ojos, desvelando como si fuera una cortina que se despliega, lo que significó la vida de alguien que no hizo nada de particular, salvo escribir. Pero es mejor haberla leído antes. Haber leído sus libros sin prejuicios, sin considerar que son novelitas románticas, cosas de mujeres, como hay quien afirma todavía. Es mejor haber entrado en su universo por la puerta de sus propias palabras para que nada nos distorsione esa primera visión que uno recibe cuando lee un libro. 

Sin embargo, después, esta biografía puede ser una buena manera de explicarnos algunas cosas. Cuando yo estudiaba la carrera, mi profesor de Geografía siempre nos hablaba de la rigurosidad del método de análisis geográfico que había que aplicar a los fenómenos, tanto humanos, como climáticos, sociales, demográficos o económicos. El método se basa en factores y elementos. Y en dos acciones. Describir y explicar. Describir lo que ocurre, es decir, los elementos. Explicar por qué ocurren, es decir, los factores. Genial forma de entender a nuestra Jane. 

El libro se inicia con un delicioso mapa de Hamsphire y sus alrededores, colocando en el espacio la casa de los Austen y las de sus vecinos. No es baladí este acertado comienzo, puesto que las novelas de Jane tienen en la vecindad uno de sus elementos más sustanciales. Las relaciones entre los vecinos, las interacciones entre ellos, la conveniencia de mantener las buenas formas, las descripciones de los encuentros en una comunidad muy cerrada, son fundamentales. No esperemos de ella relatos pormenorizados de elementos de la naturaleza, moblajes, ni siquiera descripciones físicas de los personajes más allá de una leve pincelada. Pero, aún así, qué bien los conocemos a todos, cómo los entendemos, cómo somos capaces de descubrir las reacciones que tendrán ante determinados sucesos. Este relato de lo cotidiano enlaza con el mundo de las emociones, de los sentimientos, algo en lo que Austen es una verdadera maestra. 

En el libro, además, bonitas ilustraciones de lugares y personajes reales que formaron parte de su vida  y que, seguramente, estaban en el fondo de aquello que contaba. Como todos los escritores su universo era el universo de su palabra y en su vida, en su entorno, en su infancia y en su juventud, encontró Jane el vivero de temas más completo que podía imaginar. Es muy interesante lo que la autora de la biografía describe en torno a la vida de escritora de Jane, con sus publicaciones, sus avatares editoriales, sus ganancias, sus sinsabores, su actitud alegre y dispuesta para casi todo...

Repito. Esta es una biografía para iniciados. No se puede entender si no se han leído antes todos los libros de Jane. Todos. Porque las referencias a ellos son constantes, como no puede ser de otra forma. Por eso, la recomiendo encarecidamente a todas y todos los austenianos que en el mundo son. Y, si aún no lo eres, no sé a qué esperas para descubrir a una de las mentes más inteligentes, ingeniosas, divertidas, observadoras y sensatas que la literatura nos ofrece.