domingo, 27 de julio de 2014

Cómo quisiera...

Es la hora indecisa de la primera madrugada. El escenario está vacío. Aparece iluminado con luces indirectas y un foco central que baña el centro. Es un pequeño bar de karaoke en ese tiempo del fin de semana en el que los amigos ya se han reencontrado, los nuevos amores se han visto y las parejas se han besado demasiadas veces. Todos allí se conocen. Todos son gente amiga. Por eso te han pedido que cantes, que subas a ese escenario en semioscuridad y les cantes una canción de esas que te gustan. Una canción de Maná, por ejemplo. Cómo quisiera, por ejemplo. 

Has dicho que sí después de muchos ruegos. Quizá te gusta que te insistan o, quizá, no estés tan segura de ti como aparentas. Quizás te has fijado en algún chico y quieres impresionarle. Quizás lleves dentro de ti algo parecido a un amor sin futuro. 

Y lo haces. Subes al escenario. Frente a ti la pantalla rutilante con las letras en rojo, para evitar que te equivoques como tantas otras veces. Alrededor de ti, las sonrisas, los gritos, los silbidos de todos aquellos que, cada fin de semana, comparten contigo el rito de amar la música. La música te une a ellos en sus sonidos y en sus silencios. Silencios numerosos, sonidos plenos. 

Has subido sonriente al escenario, con esa sonrisa que apabulla. Ese vestido negro es impactante. Es justo lo que encuentras adecuado para ser una diva, una Barbra, una Celine, una Adele, sin rival, única. Tus manos han sujetado el micrófono y tu voz se ha elevado, al compás de las letras rojas que van apareciendo en la pantalla. La música te lleva, la música te arrastra. No hay duda. Sientes que esa canción se ha hecho para ti. Sientes que al cantarla se va la soledad. Sientes que no hay motivos para sufrir si cantas. Sientes que es tuya. Que tú le perteneces. Cómo quisiera...borrar esta canción. 

viernes, 25 de julio de 2014

Divertidos e insatisfechos

Hay un delicioso libro de Margaret Wade Labarge titulado "Viajeros medievales. Los ricos y los insatisfechos", editado por Nerea en el que se cuenta cómo la clase adinerada de la Edad Media, lejos de permanecer estáticos en sus dominios, fueran estos los que fueran, viajaban con frecuencia, por motivos diversos: religiosos, militares, políticos, pero también por diversión, sed de conocimientos o de aventuras. Por supuesto, hay algunas cuestiones que diferencian con toda claridad este tipo de viajes y a este tipo de viajeros con respecto a lo que tenemos entre manos hoy día. Para empezar, solamente viajaban los ricos. Y, en segundo lugar, esos viajes se hacían en condiciones de comodidad cero desde nuestro punto de vista. He leído muchas veces la distinción que hacen algunos entre viajeros y turistas, algo que tiene matices, pero con la que puedo estar de acuerdo. Me parece, no obstante, que el turista es un invento muy actual, algo que no ha comenzado a existir hasta que no se ha obtenido una especie de bienestar global. 

El ansia de viajar en estos momentos es algo de carácter compulsivo. Si no vas en tu luna de miel al Caribe no eres nadie, ninguna de tus amigas te tendrá en consideración. Un viaje a las exóticas islas de cualquier continente, a un paraíso asiático, a los fiordos noruegos, incluso, si existieran, a los fiordos caribeños, cuenta con nota en cualquier grupo social. Las más de las veces estos viajes no se acompañan de ese previo esfuerzo de documentación para saber qué es lo que uno va a visitar, qué va a ver. Quiá. Innecesario totalmente esforzarse en ello. Para eso están las agencias de viajes que te dicen exactamente qué tienes que ver y cómo. Las tradiciones de los países y entornos se han transformado en un socorrido slogan de cualquier empresa turística. Ello nos ha llevado a una simplificación absoluta de los destinos y los itinerarios. Un retrato de papel couché que nos impide captar mínimamente la esencia de los lugares que visitamos. Es decir, viajamos mucho pero conocemos muy malamente el objeto de nuestros viajes. 

Otro fenómeno va paralelo a lo anterior. Los españoles que somos gente novelera por genética, nos enganchamos mucho a la moda viajera que protagonizan nuestros iconos mediáticos. La tele nos tira a la hora de elegir destino. Desde que Curro apareció en el Caribe, todos hemos visitado el Caribe. Pero, eso sí, España la conocemos poco. Poco, poco. Hay quien ha estado ya en casi todos los continentes y no conoce el arte asturiano, ni la ruta de los pueblos blancos de Cádiz, ni las Alpujarras, ni siquiera las principales ciudades españolas. Y las no tan principales. No digamos nada de conocer la península. Nuestro país vecino, Portugal, es el hermano pobre de los viajes, porque no resulta exótico, trendy o guay decir que hemos estado allí. Demasiado cerca. 

La moda de los viajes no tiene sentido por sí misma. Está en directa relación con el ansia de divertirse, de hacer cosas. Todos los findes tenemos que tener planes, hay una especie de horror vacui a esos días en los que nadie ha quedado contigo, en los que el teléfono no suena. Hay que hacer planes, tener planes, barbacoas, cenas, salidas, romerías, festejos, viajes, excursiones, lo que sea. Todo con tal de que no se abran ante nosotros, blancas y frías, las horas del día sin rellenar. Rellenar las horas como sea. Llenarlas de ruido, de risas, y, por supuesto, de fotos, de selfies, de imágenes para poner en nuestras redes sociales. Estamos tan preocupados de dejar constancia de que hemos visto esto o aquello que, en realidad, no reparamos, no vemos lo que está a nuestro alrededor. Ni siquiera nos vemos a nosotros mismos. El aburrimiento es la gran lacra de este tiempo. No queremos aburrirnos. Cuando yo era chica y le decía a mi madre que estaba aburrida (algo frecuente sobre todo a los trece años, que se hicieron largos, largos), mi madre siempre contestaba con la misma frase y el mismo gesto de indiferencia: Pues échate en agua. Hoy, si un niño se aburre, el papá y la mamá remueven Roma con Santiago para proporcionarle entretenimiento, sea cual sea, e incluso, si la cosa no mejora, se recurre al psicólogo del colegio, que puede averiguar si el chiquillo es TDAH (cosa probable estadísticamente los últimos tiempos) o tiene algún trastorno de personalidad. A mi madre no se ocurrió nunca que tuviera trastorno alguno, más bien pensaba que era una niña insatisfecha que necesitaba estar todo el día de la ceca a la meca, como comentaba cuando tenía ocasión. Y que, además, no disfrutaba nada ayudando en las tareas de casa, con continuos escaqueos que conducirían, inevitablemente (y como así ha sido) a convertirme en una adulta absoluta desconocedora de todas aquellas cuestiones domésticas que tanto embellecen a la mujer. 

Pues eso, planes, planes, viajes, viajes, findes, findes. Y, en la orilla, al otro lado de la vida, al margen, todos aquellos que, por alguna circunstancia concreta, por carácter o porque así lo han decidido, están fuera de ese circuito de placer que nos envuelve. Gente sin nada que ofrecer a los otros, a la tribu general que vive, tal como si la vida la estuviera planeando y dirigiendo una agencia de tour operator. 


sábado, 19 de julio de 2014

Hammett y Chandler

Si te gusta la novela negra has tenido que toparte ya con estos dos. Contemporáneos, pero distintos, aunque ambos comparten la gloria de la creación de un género que, desde entonces, ha hecho disfrutar a miles de lectores. En esto, como en botica, hay gustos para todos. Unos son más de Dash (Hammett) y otros son más de Ray (Chandler). Los lectores tenemos confianza con nuestros idolatrados escritores así que los llamamos por sus diminutivos, como si fueran gente de la familia. Y no diría yo que no lo son, en realidad. 

Pero ahí quedan sus paralelismos. En todo lo demás son diferentes. Dashiell Hammett dedicó muy poco tiempo de su vida (1894/1961) a la literatura, si la entendemos como escribir ficción. En apenas cinco años dio a conocer toda su producción en este sentido, básicamente relatos cortos, algunos muy cortos. Por el contrario, Raymond Chandler, cuya cronología vital es muy parecida (1899/1957), tiene una obra más larga en la que sus novelas son los elementos esenciales. Ambos, no obstante, ejercieron de periodistas. Los dos escribieron guiones para el cine. Ambos lucharon en la Primera Guerra Mundial. Hammett también en la Segunda. Los dos son seres escépticos, descreídos, que escriben de lo que ven, de lo que viven y con una mirada nada amable. Pero su formación es muy diferente. Hammett no tuvo instrucción apenas y empezó muy joven a trabajar de detective en la Agencia Pinkerton de Baltimore, trabajo que le haría conocer muy a fondo el ámbito de la investigación privada. Por el contrario, a pesar de que sus circunstancias familiares no eran las idóneas, Chandler se educó en Londres, adquiriendo una interesante formación en los clásicos y empezó pronto a publicar poemas y relatos. 

El compromiso político de Dashiell Hammett le llevó a dedicar mucho tiempo al activismo. También ejerció de editor de periódicos y se alineó con todos aquellos artistas y trabajadores de los estudios de cine que estaban en contra de la represión ideológica de la época posterior a la Segunda Guerra Mundial. Su compañera, la maravillosa Lillian Hellman, inmortalizada en la película "Julia" compartió con él las mismas inquietudes literarias y políticas. 

El destino quiso que Raymond Chandler pasara muchos años alternando la literatura con su trabajo de empleado de banca, desde el que se dedicaba a perseguir secretarias y a emborracharse los fines de semana. Ello a pesar de que durante treinta y cinco años vivió con la misma persona, en una relación no permitida al principio porque ella era mucho mayor y además estaba casada. 

Aunque Chandler bebe de algunos aspectos del estilo literario de Hammett, ambos son muy distintos. El primero es más duro, más irónico, más frío. Su estilo es más directo, a veces, como una patada en el estómago. Pero creó un personaje único, el detective Philip Marlowe, cuya presencia física tenemos que asociar, sin duda, al gran Humphrey Bogart. Por su parte, Hammett es más versátil y en sus cuentos lanza pequeños dardos que están llenos de imágenes, sensaciones, vivencias, retratos fieles de un submundo que conoció a la perfección. Sus frases son magistrales. Sus historias, inolvidables. Precisamente hace poco RBA sacó a la luz una edición estupenda de todos sus cuentos, que se llama "Disparos en la noche" y que tengo aquí al lado mientras escribo. Recomendable de todo punto, porque te hará conocer a Hammett, todo entero. 

Seas seguidor de uno o de otro, o de los dos, la novela negra es un género que ha hecho fortuna y que nos hace disfrutar, con sus ambientes sórdidos, sus bellísimas rubias de ojos negros, sus garitos cargados de humo y de alcohol, sus detectives y sus policías corruptos, como la vida misma, vamos...

lunes, 14 de julio de 2014

Emma o la sensibilidad

De todas las novelas de Jane Austen quizá sea "Emma" la que revela mayor madurez en su autora. Una madurez que se refleja en la mirada comprensiva y serena que lanza sobre el mundo que describe, incluso en lo que se refiere a los personajes más antipáticos. Tenía cuarenta años y su publicación se produce un año antes de morir. Me he preguntado muchas veces que tienen las obras de esta autora para que me hayan producido una impresión tan honda. Una impresión que se mantiene en el tiempo y que da lugar a que sea capaz de leerlas y releerlas con placer, descubriendo siempre matices nuevos, cuestiones en las que no había reparado antes. Ya he comentado alguna vez que mi novela favorita es "Orgullo y prejuicio", pero, detrás de ella, sin dudarlo, está "Emma". Ambas son las dos mejores novelas de Austen y a ellas uniría "Sentido y sensibilidad" cerrando su trilogía de grandes obras. Las otras que escribió me interesan menos y me dicen menos. En realidad, basta un libro para consagrar a un autor. 

Lo curioso de Emma, escrita en 1815, es que su protagonista es una chica joven y adinerada...que no quiere casarse. Efectivamente, a pesar de que en la novela tienen lugar nada menos que seis bodas, explícitas o sobreentendidas, la boda de Emma y del señor Knightley es la última de ellas y la que menos dedicación precisa, si salvamos esos momentos finales de incertidumbre en los que ella descubre por quién suspira su corazón, después de ignorarlo tanto tiempo. 

Emma no es una casamentera al uso. Eso puede serlo la querida señora Bennet de "Orgullo y Prejuicio", pero no Emma. Ella es una observadora de la naturaleza humana, al estilo, casi, de la vieja señora Marple que dibuja tan magistralmente mi adorada Ágatha Christie. Emma observa, analiza y concluye. La importancia de sus observaciones o la fiabilidad que tengan, es lo de menos, lo de más es que en esa sociedad de horas inútiles, en las que las chicas dedicaban la mayor parte del tiempo a labores de adorno, como pintar, bordar o tocar el piano, Emma es una heroína moderna, una adelantada a su tiempo, como también lo era, sin duda Jane Austen.

Emma es adorable, desde luego, pero también es malcriada, caprichosa y algo irreverente. No se trata de una heroína perfecta, se trata de que sus defectos son humanos y la autora los entiende, los mira con benevolencia. Ese mundo tan estrecho en el que se mueven los personajes semeja un laboratorio en el que Austen haya colocado arquetipos que, de alguna forma, nos ponen a prueba. Arquetipos que no suenan hueco, porque tienen personalidad propia. Probablemente no haya otro libro en el que los  secundarios estén tan bien definidos y acabados. Pero es que mi querida Jane no entiende de secundarios, para ella todo forma parte de un mosaico final. 

Después del señor Darcy, seguramente sea el señor Knightley el hombre ideal, el personaje masculino con mayor atractivo de los que traza Austen. Quizá aventaje al señor Darcy en que en ningún momento de la novela resulta orgulloso ni tiene necesidad de volver sobre sus pasos para tratar de explicarse los sentimientos que profesa a Lizzy. En el caso de esta novela, el señor Knightley es la columna vertebral de la sensatez, pero una sensatez que no resulta fría, sino llena de calidez. Es la persona más influyente de la región, la más rica y poderosa, pero también la más acogedora, la más educada y benevolente. Esa benevolencia no significa falta de criterio, sino todo lo contrario. Conoce muy bien el género humano, tiene claras sus limitaciones y flaquezas, pero sus ojos, que son los de la autora sin duda, se muestran abiertos y generosos. 

El señor Knightley tiene claro en su corazón, desde la primera línea, que está enamorado de Emma y que solamente ella puede ser la dueña de sus sentimientos. Pero el libro está tan sutilmente escrito que esos sentimientos se van liberando al compás de los acontecimientos y así, nosotros, los lectores, tenemos la impresión de que conocemos su secreto antes que él. Aunque, en el fondo, no sea cierto. 

En cuanto a Emma, de quién si no podía enamorarse...

No quiero desvelaros nada más del libro, por si no lo habéis leído. También os recomiendo que veáis la versión que hizo de la novela la BBC, muy buena y respetando el aire de la obra. Pero no me resisto a transcribiros un párrafo. Es el párrafo en el que se habla del baile. Me resulta tan especial que Austen amara tanto el baile:

"Es posible vivir prescindiendo totalmente del baile. Se conocen casos de jóvenes que han pasado muchos, muchos meses enteros, sin asistir a ningún baile ni a nada que se le pareciera, sin sufrir por ello ningún daño ni en el cuerpo ni el alma; pero una vez se ha empezado...una vez se ha sentido, aunque sea levemente, el placer de girar rápidamente al son de una música...es difícil renunciar a la tentación de pedir que se repita"

Siempre que leo este fragmento pienso en la modernidad de Jane Austen, en su anticipación de la vida de los jóvenes y de los adultos futuros. La música es para nosotros, ahora y desde hace tiempo, un alimento espiritual. Un alimento del que no puedes prescindir y ello sin que seas virtuoso o toques algún instrumento. Es la música como una manifestación que te hace el ánimo y que te envuelve. Eso mismo debía sentir ella por el baile y así lo transmite a sus protagonistas. 


miércoles, 9 de julio de 2014

"Mujeres enamoradas" de D. H. Lawrence

En algún lugar de este blog he hablado de David Herbert Lawrence, el escritor inglés que leí hace muchos años, que releí más tarde y cuyas frases, cuyo sentido, me vienen a la cabeza de vez en cuando. Es curioso cómo unos libros, unos escritores, se te quedan dentro para siempre, independientemente de los años que pasen o de la vida que tengas. Lo que hace especial a D.H. es que narra la pasión amorosa de una manera distinta a todos los que antes o después que él la han descrito. Es muy difícil hablar de sentimientos, de amor, de pasión, sin que caiga uno en lo chabacano, incluso en lo ridículo. Pero él lo consigue, porque desbroza los pensamientos, las sensaciones, de una manera especial. Es su mirada comprensiva hacia las emociones lo que lo distingue del resto. Es la ternura con la que entiende cómo los hombres y las mujeres de sus libros se dejan llevar, irremediablemente, por un río que no tiene retorno, que nace y desemboca en el mar, pero que no puede controlarse, salvo si se contradice su curso. Así entiende el amor D. H., algo alejado de la prevención, alejado de la mentira, algo distinto a lo planificado, algo a lo que no pueden sustraerse las personas. En muchos de sus libros aparecen estos sentimientos, estas inclinaciones, estos lazos, como él los califica. Para mí el libro en el que todo ello se presenta con mayor certeza es, sin duda, su novela "Mujeres enamoradas". 

No es fácil traspasar al lenguaje actual lo que el libro cuenta, pero puede hacerse, aún a fuer de parecer superficial. Aunque, al fin, todo es superficie, todo es piel. Dos parejas se encuentran en un momento dado de sus vidas. Una de las parejas está formada por Úrsula, una maestra, hija de mineros, una chica que desea cambiar de vida, que quiere alejarse de donde está, que no se conforma con palidecer día a día enseñando a los hijos de los mineros cosas que no quieren aprender y por Birkin. Rupert Birkin es un hombre atractivo, elegante, inspector de educación, que tiene una personalidad difícil que a Úrsula la atrae como un imán. Birkin no se deja deslumbrar por la riqueza de quienes son sus amigos, ni siquiera por la belleza. Él es un hombre de pensamiento, casi un intelectual, alguien a quien no se puede sobornar, un hombre puro. Es la pureza de Birkin lo que enamora a Úrsula. Presiente que con él podrá transitar hacia otros lugares, si no físicos, sí mentales, que ella necesita para poder llevar una vida luminosa. Lo quiere y sufre porque hay una parte de él que siempre se escapa, que no puede asir, por mucho que lo intenta. Rupert no quiere ser dominada, no quiere ser domesticado, quiere preservar su naturaleza libre y le cuesta por ello mismo abrir su corazón a Úrsula, a pesar de que la quiere, a su manera. 

La hermana de Úrsula se llama Gudrun y es una chica bellísima que ha vivido un tiempo fuera y que tiene aptitudes e inquietudes artísticas. Es una artista, de temperamento y de vocación. Estar lejos de los suyos, en un ambiente más cosmopolita y cultivado, ha hecho que tenga otras expectativas, ha hecho que aspire a más. Su belleza atrae a los hombres pero ella es inconformista y necesita tener lo máximo, necesita que su vida se colme en todos los aspectos posibles. Por eso se enamora del hombre más poderoso de la región, el más rico, el más atractivo, bello como un dios griego, nos dice el libro. Ese hombre es Gerald Crich. Gerald y Birkin son amigos y esta amistad es otro de los ejes de la historia, de una forma que pocas veces se ve reflejada en las novelas, pero que existe en la vida real, donde las relaciones no son tan cuadriculadas como suponemos. 

Úrsula y Gudrun quieren ponerle nombre a las cosas. Quieren que sus respectivas relaciones tengan futuro, sean algo. En ellas anida tanto el deseo de amar, como el amor mismo. Por supuesto, no se plantean tener hijos ni consideran que eso sea prioritario. En este sentido, D.H. abre una puerta diferente a la postura que la mayoría de las mujeres de la época solían mantener. Podíamos decir ahora con cierta prudencia que las dos hermanas son feministas, que luchan por ellas mismas, por sobresalir en un mundo de hombres. Pero olvidaríamos un factor que yo creo fundamental a la hora de enjuiciar este complejo entramado de relaciones. Ese factor es el de la clase social. Gerald Crich es rico y poderoso. Birkin es un alto funcionario. Ambos tienen una posición social y económica muy por encima de la de las hermanas. Ellas son de una familia humilde de mineros. Su conocimiento del mundo, su talento, su belleza, incluso su formación, no puede borrar esta circunstancia y este elemento, el de la clase social, el del dinero en suma, es algo que genera una considerable distorsión en las relaciones que se establecen. Al fin y al cabo, mujeres. Al fin y al cabo, mujeres pobres. 

La prueba evidente del papel que la situación económica y social de los personajes tiene en el desarrollo de este doble idilio es la presencia en el libro de una mujer poderosa, enigmática y antipática. Hermione, amiga de la familia Crich y enamorada de Birkin. Pero Hermione tiene posición, poder y dinero, lo que no tiene es el amor de Birkin, porque justamente él, no aprecia nada de esto como sustancial. La desdicha de Hermione es que su poderío no le sirve para nada. 

La descripción de las escenas amorosas es muy especial, como siempre hace este escritor. Es tan difícil escribir de amor, de sentimientos, de sexo por supuesto. Tan difícil. Pero él lo hace de una forma delicada, intensa, única, perfecta, minuciosa. Hay que leerlo. 


domingo, 6 de julio de 2014

"Escritos políticos" de Thomas Jefferson

Esta es una recomendación de lectura que puede sorprenderos pero que os gustará si vuestros intereses están en entender el mundo en que vivimos. Porque todo lo que se escribe y sirve para reflexionar sobre el pasado es una forma de arrojar luz al presente. Y nos hace mucha faltita esa luz, como diríamos en Cádiz. El libro se llama "Escritos políticos" y lo escribe nada menos que Thomas Jefferson, quien fue un personaje de importancia cenital en la conformación de ese país que hoy conocemos como EEUU. Jefferson (1743-1826) fue un político, abogado y arquitecto que había nacido en una familia de plantadores poco acomodados de Virginia. En sus cincuenta años de vida activa, fue representante del estado de Virginia en la convención de 1776, cuando se redactó la Declaración de Independencia. También fue gobernador de Virginia, coordinador de la comisión de reforma legal de este estado, embajador en París, ministro y vicepresidente y, por fin, a partir de 1800, tercer presidente de los EEUU. 

La figura histórica de Jefferson es, pues, enormemente atractiva, llena de posibilidades y aristas. Tenemos la suerte de que sus escritos fueron parte de su actividad, por lo que, junto a sus cartas, que también se reproducen en el libro, nos dan idea cabal de su pensamiento y de cómo era el panorama que tuvo ocasión de vivir en esos años convulsos pero tan interesantes de la conformación del país. Por eso podemos afirmar que Jefferson es una figura de referencia en el establecimiento de una versión propia de EEUU en lo que se refiere a la cultura política de la modernidad. En tiempos como los que vivimos, en los que la intelectualidad está ocupada por charlatanes televisivos o divulgadores de ocasión, no es poca cosa encontrarse la verdadera dimensión de la política, el que consiste en constituirse como un servicio público que sirva para mejorar la sociedad. 

En este libro, Jefferson aborda muchísimas cuestiones. Algunas de ellas las trata con una dosis de humor que hace muy elegante y ligera la lectura del libro. También relata anécdotas, que sirven para explicar el mundo en el que se movía, las concepciones sobre las cosas, la mirada hacia Europa de aquellos hombres y otras cuestiones de la vida cotidiana. Lo más interesante para nosotros pueden ser algunos capítulos que avanzan ideas sobre el racismo, los sistemas de beneficiencia que anteceden las estructuras de ayuda social que hoy conocemos o los planes educativos para el pueblo en Virginia, que fueron una de sus preocupaciones. Importantísimo conocer lo que vivió y lo que opinó de primera mano, a través de sus propios escritos. Como historiadora de formación que soy siempre digo que lo que no se escribe no sirve para el conocimiento, no pasa a la posteridad, no existe, en suma. El hecho de que Jefferson recogiera por escrito su actividad política, es más, que esos escritos fueran el eje explicativo de la misma, no solamente denota que conocía con claridad y exactitud su objetivo, sus metas, sino también que anticipó la necesidad de que se estudiara y entendiera, de una manera contextualizada y real, todo aquello que le tocó vivir y que forma parte de la historia. 

Por si queréis este verano leer este magnífico libro, os comento que lo publica la editorial Tecnos, en su colección Clásicos del Pensamiento. Su título completo es "Thomas Jefferson. Escritos políticos. Declaración de independencia, Autobiografía, Epistolario...". La edición y el estudio preliminar son de Jaime de Salas y la traducción de Antonio Escohotado y Manuel Sáenz de Heredia. 

Que lo disfrutéis. Esta reseña la he realizado con la colaboración del entusiasta lector y buceador de libros, Antonio Mesa León, mi hijo.